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Archive for the ‘Australia’ Category

La imagen de Sydney son sus playas y el centro, el Downtown y la Opera, iconos de una ciudad de 4 millones y medio de habitantes que parece vivir en el futuro. Pero Sydney se extiende por las dos orillas de la interminable bahía que le da su nombre —una interminable lengua de mar que se adentra en la tierra como un cuchillo de sierra— y el 95% de la ciudad no es nada de eso. La mayor parte de la principal ciudad de Australia son barrios de casas bajas y calles silenciosas donde a uno le cuesta ver una amenaza, aunque probablemente exista. Y en ese conjunto no podían faltar los lugares chic, o por lo menos suficientemente modernos como para completar la dura vida de los sydneysiders. Una especie que gusta de pasar la tarde de los viernes de invierno cómodamente instalados en una terraza en la acera con la inevitable cubitera de vino australiano. No es fácil ser turista en Sydney.

Entrada a la Galeria de Brett Whiteley en Surry Hills

Oxford Street conecta el final sur de Victoria St. y Darlinghurst con el centro y hasta Bondi. Es una avenida interminable de edificios de una o dos plantas y aceras cubiertas por marquesinas de metal, una imagen inequívocamente australiana. Hacia la ciudad, en el cruce con Darlinghurst, las banderas arco iris señalan el inicio del barrio gay, una zona donde se mezclan tiendas de objetos sexuales y ropa atrevida con cafeterías y pizzerías baratas. Ser gay está bien visto en Sydney, no podía ser de otra manera, y el famoso hotel Oxford, en Taylor Square, es uno de los emblemas. Cada marzo se celebra en esta calle la habitual “parade”. A media mañana se observa un panorama diverso por las aceras, un muestrario que va desde elegantes ejecutivos a skaters en bermudas, pasando por tipos vestido con estilo gótico o parejas de hombres que pasean de la mano. EL Café Cubano, también en Taylor Square, está adornado con imágenes del Che y famosos cantantes cubanos que cuelgan de las paredes de madera, convenientemente despintada. En la nevera bajo la barra, una pila de botellas de Coronita dan el toque de confusión latina tan típicamente anglosajón, pero el ambiente cubano está muy logrado: mojitos en la barra, sillas de metal que parecen sacadas de un patio de la Habana y cestos de fruta sobre las repisas. Por supuesto apenas somos 4 clientes, aunque eso ya no sorprende tanto cuando llevas unos días en esta ciudad. Quizás sea sólo una casualidad pero la sensación que uno tiene es que en Sydney los bares y restaurantes parecen necesitar un 50% menos de clientes que en el resto del mundo para seguir abiertos.

Cafe La Habana

En el tramo de Oxford St. Desde el cruce con Victoria St.hacia Bondi se inicia el barrio de Paddington, Paddo, el lugar de la moda femenina y las exquisiteces. Un muestrario increíble de tiendas de moda y modernidad lucen sus escaparates con flores que cuelgan de los balcones art deco y las boutiques se alternan con coquetos establecimientos de aire retro o vintage. Paddington fue erigido por arquitectos con pretensiones victorianas, cayó en decadencia tras la Segunda Guerra Mundial y renació de nuevo en los años 60 hasta convertirse hoy en un lugar fuera del alcance de cualquiera que no sea rico. Decoración, librerías, dietética —cualquier cosa que sea moderna y sana— y pequeñas galerías de arte se intercalan entre las casas victorianas sin que las alarmas ostentosas ni las grandes puertas metálicas que tan presentes se ven en otros barrios acomodados occidentales, parezcan aquí necesarias para demostrar el status.

Tienda en Paddington

Emplazado junto a Padington, Surry Hills, un poco más bohemio y alternativo, es también, como Paddo, el paraíso de cualquier agente inmobiliario. Hace 100 años este barrio era el hogar de los ladrones y los burdeles de la ciudad, pero hoy en día es difícil que no te guste una casa en Surry Hills. La entrada con un pequeño jardín rodeando los 3 peldaños de la escalera hasta la puerta, de madera con el número y un farol, y una ventana que da al salón. En el primer piso las habitaciones, con un balcón de hierro forjado art decó y tejados triangulares con buhardilla. Muy monas. Las calles serpentean en Surry Hills, y se respira una paz y un silencio que parece expresar comodidad. En la esquina de Crown Street, junto a la galería de Brett Whiteley —templo bohemio con representaciones, lecturas y talleres los fines de semana— hay una panadería donde la cola llega hasta la calle. Espero para pedir un trozo de pizza y un “pan de chorizo” (9€). Luego continúo hacia Crown Street, donde las tiendas de decoración tienen nombres europeos y la ropa se anuncia como “supercool stretwear”. Un poco más hacia el sur está el Surry Hills Market un lugar famoso por poder encontrar allí cualquier cosa que imagines. Una pareja de policías a caballo vigila un cruce y un tipo con un flequillo verde se cruza en mi camino. Hay una sensación como de Europa, incluso las sillas de los cafés tienen rejillas parisinas. Los cafés son pequeños, no más de 10 personas de aforo, todos encantadoramente semivacíos. Dos tipos con pinta de agentes inmobiliarios entran en mi café, el sol va y viene entre las nubes y afuera hay un lento discurrir de bicicletas y gente que para en las librerías. Un mustang amarillo brillante descansa en la otra acera y una chica de aspecto gótico para en el escaparate de una tienda de telas de colores para tumbonas. Un tipo cargado con una alfombra pasa delante mío y una pareja de gais de más de 50 años, ambos calvos, flacos y con el mismo pantalón estrecho de dibujo Oxford, decide parar a tomarse un café. Ritmo de Surry Hills.

Newtown

Los barrios de Newtown y Glebe, ubicados hacia el oeste desde el Downtown y con la Universidad de Sydney en medio, representan el hogar de la “street culture” de Sydney, una mezcla bohemia de estudiantes, artistas, activistas, frikis y todo aquél que pase por no convencional. Newtown no es especialmente bonito, pero su panorama de tiendas de discos de segunda mano, ropa usada, restaurantes de todo el mundo (vietnamitas, thai, griegos, mexicanos…) librerías polvorientas, garitos de tatuaje y pequeñas tiendas de ropa de diseñadores locales, le dan el carácter que conforma su estética. Tipos barbudos en camiseta y chicas con ropa vintage, abuelitas cargando el carrito de la compra, ciclistas y triviales edificios de apartamentos en la calles laterales a King Street, un lugar para empaparse del melting pot que conforma Sydney. No hay ejecutivos aquí, por lo menos no se ven. Las casas mantienen las fachadas con el año de construcción en lo alto, y todo tiene un aire heterogéneo y barato, moderno, casi grunge, y, eso queda claro, sin absolutamente ninguna pretensión. Glebe es una continuación más acomodada y mejor conservada de Newtown con algunos cafés interesantes, pequeñas casas con garaje y algo de vida nocturna. Badde Manor es uno de esos cafés-restaurante con decoración excéntrica, toda una institución, y, a unos pocos metros, la Chocolatería San Churro, “a doughnut like spanish dessert”, tiene el mismo aspecto que un local madrileño.

Newtown

Como gran metrópoli mundial, Sydney cuenta con diversos y variados ambientes para disfrutar de la mezcla de culturas que transita por esta ciudad soleada y hedonista. Hoy en día, Australia presume de una economía boyante, una moneda fuerte y uno de los sistemas de protección social más eficientes del mundo, no parece que hayan problemas en el horizonte. Y Sydney es un perfecto ejemplo de ello, basta con darse un paseo por cualquiera de estos barrios para comprobarlo, tan sólo una pequeña muestra de lo que ofrece la ciudad más moderna de Australia.

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Bondi significa “agua, o el sonido del agua, rompiendo sobre las rocas” en lengua aborigen. También era ese el significado de la palabra surf en sus primeros tiempos, un poco antes de que en los años 50 se popularizase en Hawaii el significado que todos conocemos. Hoy, en Bondi Beach, probablemente el kilómetro de arena más conocido de Australia y uno de los más famosos a nivel mundial, se sigue practicando el surf en cualquier época del año. También durante el plácido invierno de Sydney. Las olas son grandes y rompen con fuerza contra los acantilados de la parte sur de la playa, la zona de surf. No es fácil mantenerse en equilibrio. Al norte de la playa, las casas bajas que acogieron a los emigrantes judíos tras la II Guerra Mundial se elevan sobre el final de la lengua de arena. Me acerco a la orilla y sale un hombre del agua con su tabla bajo el brazo, se despeja la rubia barba rizada y puedo ver su cara, tendrá más de 60años. Tras de mí, una pista y un gran parterre de césped separan la playa de Campbell Parade, la calle que la bordea. Graffitis y algún skater comparten el cemento gris junto al parking más concurrido de Sydney. En el centro queda el Surf Bathers’ Life Saving Club y en una esquina, sobre los rompientes, el club Bondi Icebergs, famoso por las piscinas de hielo en que los vigilantes de la playa mantienen la forma durante el invierno. Apoyados en la baranda metálica con vistas a la playa un grupo de sydneysiders charla tras la comida en el club. Hoy no tienen la misma vista que el 26 de septiembre de 2007 cuando en esta playa se fijo el Récord Guiness de mujeres en bikini sobre la arena: 1010 mujeres. Para Cosmopolitan. Como dijo Mr. Sheedy, australiano y representante del Libro Guiness “es lógico que cualquier récord relacionado son sol, arena y surf sea conseguido en este país”. En esta playa, añado, en Bondi Beach.

Bondi Beach

De las dos asociaciones de salvavidas de la playa de Bondi, Surf Bathers’ Life Saving Club, fundada en 1907, es la primera a nivel mundial. Ellos inventaron, entre otras cosas, la cuerda que va atada a las tablas de surf. También realizaron, en 1935, el rescate de personas más numeroso hasta la fecha. Durante el transcurso del llamado “Black Sunday”, 5 personas murieron ahogadas y otras 250 fueron rescatadas luego de que una serie de olas gigantes arrastrarán a los bañistas y se los llevaran mar adentro. Las corrientes, además de  cocodrilos de mar, tiburones, pulpos venenosos, medusas y otras especies, son uno de los componentes que conforman el fascinante libro “Cosas que pueden matarle horriblemente en Australia”. Las playas son uno de los puntos calientes y como dice Bill Bryson, los australianos están tan rodeados de peligros que han desarrollado un vocabulario nuevo para hablar de ello. En Bondi —protegida por una red anti tiburones durante la época de baño—  a la parte sur de la playa se le ha dado el divertido nombre de Backpackers Express. Se llama así por dos motivos, por su proximidad a la parada de autobús pero también porque en esa parte de la playa, normalmente reservada a los surfistas, la corriente suele ser muy fuerte. Y los felices mochileros que llegan a Bondi con sus furgonetas de surf repletas de grafitis tienen una especial habilidad para no advertir el color de las banderas que ondean avisando del peligro. Han acabado tantas veces arrastrados y agitando los brazos mar adentro en dirección Pacífico Norte que se han convertido en un clásico. Backpackers Express, sentido del humor australiano. Pero, por suerte para ellos, a los miembros del Surf Bathers’ Life Saving Club no les importa trabajar de más.

Bondi Beach

Bondi Junction es la estación donde comienza Bondi Street, que llega hasta el mar. Varios centros comerciales rellenan de cristaleras el cruce, aunque los escaparates, repletos de artículos de grandes marcas, no resultan demasiado intrusivos. A media tarde la estación es un continuo movimiento de oficinistas que vuelven a casa y estudiantes de uniforme que merodean antes de volver. Desde Bondi Junction, Bondi Road, una avenida con un poco peor aspecto, te lleva hasta la playa. Bares, supermercados baratos y guesthouses proliferan en las cercanías del paseo, un lugar con aroma backpacker. En el final de la playa que da a los acantilados comienza el paseo que recorre la costa entre Bondi y Bronte, sin duda uno de los mejores de Sydney. Las rocas se rompen sobre el océano en afilados entrantes y el musgo y la hierba crece en los rebordes. En algunas rocas aún quedan figuras aborígenes talladas en la piedra, un motivo suficiente como para que se celebre aquí el festival anual “Sculpture by the Sea” durante el cual se adornan los rompientes con las esculturas participantes en el concurso. A medida que subes y bajas por el costado del acantilado, con la espléndida vista del Océano Pacífico ante ti, vas cruzándote en el camino con gente que hace footing: en solitario, con el perro, en grupos, una imagen inequívocamente aussie. Playa, ejercicio físico, salud, y casas imponentes que presumen de cristalera en los huecos que deja el terreno rocoso. No hay duda de que aquí vive gente pudiente pero sin excesos, simples casas con garaje, el sueño de todo australiano.

"Cliff Walk"

Antes de llegar a Bronte se pasa por una pequeña playa perfectamente redondeada, Tamarama Beach. Un hombre pasea a su perro por la orilla mientras observa a los jóvenes que hacen surf unos metros mar adentro. No hay nadie más en toda la lengua de arena. Un letrero de “salvemos el barrio” te anuncia tu llegada a Bronte. La playa de Bronte es conocida por los “breakfast on the beach”, un espacio de hierba y mesas tras la arena está reservado para ello. Pero Bronte no es Bondi. Aquí la madera de las vallas está despintada y queda algún descampado en venta, el ladrillo a veces está sucio. Casas con tejados triangulares y puntiagudos edificios de apartamentos con ventanas de aluminio oxidadas, un aire de suburbio venido a menos que se transmite a través de las calles desiertas, únicamente algún estudiante espera el autobús. Tiendas baratas y coches con varios años a cuestas, alguna furgoneta de surferos. En la avenida principal las cosas mejoran y aparecen los techos sobre la acera con los carteles de las tiendas colgando. Un aire otoñal, melancólico, cae la tarde y la luz va menguando. Creo que la gente está en Bondi Junction: hamburgueserías, pastelaria “Caravela” tiendas de surf y vitaminas. Donde vive el ambiente de surf de la ciudad.

Tamarama Beach

El nombre de Manly (masculino) para una playa, Manly Beach, resulta quizás algo chocante. Pero todo se entiende mejor si colocamos al capitán Phillip —el fundador de Sydney— y sus 700 presos en la historia. No se puede decir que el señor Phillip fuera un hombre con suerte, además de llevarse el encargo de colonizar una tierra yerma con reclusos, Phillip murió al caer con su silla de ruedas por unas escaleras, ya en Inglaterra, y una vez superados sus tormentosos años en Australia. El nombre de Manly fue dado por Phillip, porque en esta playa fue donde los aborígenes le clavaron una lanza en el hombre como bienvenida: “their confidence and manly behaviour made me give the name of Manly Cove to this place“. Algunos de los hombres de Phillip compartían los restos de una ballena con los aborígenes y cuando éste se acercó apara presentarse no fue bien recibido. No fue un hombre de suerte, desde luego.

Manly Beach

Hoy la península de Manly acoge varias atracciones que bien valen el coste del ferry (6€ trayecto). Además del propio trayecto en ferry, que permite unas preciosas instantáneas de Sydney, Harbour Bridge, la Opera y la bahía, el recorrido a pié desde el puerto de Manly y bordeando la costa es uno de los que figuran recomendados en cualquier guía. No obstante, la playa de Manly es probablemente su mayor atracción. A diferencia de Bondi, de aspecto más descuidado y joven, aquí el tono es el de de una playa primaveral, vacía y mecida por una temperatura agradable. Escuelas de surf, tablas en la arena y algunas chicas tomando el sol en el equivalente europeo de febrero. Madres que juegan con sus hijos y grupos de chavales que lo hacen al futbol australiano. Tras la playa, hoteles de ladrillo y edificios de apartamentos con grandes cristaleras y terrazas que dan a la bahía. Todo parece cuidadosamente diseñado para encajar con el paisaje, ningún edificio destacadamente feo y todo con un adecuado nivel en las alturas. Desarrollo y equilibrio, sin colillas ni botellas.

Manly

En la avenida que une el puerto con la playa —que lleva el curioso nombre de El Corso, la siempre atestada avenida romana— se mezclan restaurantes baratos para turistas, tiendas de surf o moda y locales de venta de souvenirs con la bandera australiana por todos lados. Algunos edificios aún mantienen las fachadas de principios del siglo pasado pintadas de tonos pastel y con pequeños tejados sobre las ventanas de las buhardillas. En el hotel Steyne se conservan en la fachada posters de 1920 con bañistas de la época. Ambiente de pueblo de veraneo a 30 minutos de la ciudad y 9 meses al año: un lugar privilegiado. Otra playa en la ciudad.

Clases de surf

Tanto Manly como Bondi figuran sin duda entre las playas más populares de Sydney. Pero no son las únicas en una ciudad que se caracteriza por su abundancia. Dicen que los habitantes de Sydney nadan antes, después (y también en lugar de) ir al trabajo. Para ello hay que considerar también las playas de Avalon (con aspecto de haberse quedado en los 70); Balmoral (hacia el norte, antes de llegar a Manly) y Clovelly (más una piscina, pero con buenas vistas submarinas). Éstas son algunas de la que se suelen citar además en esta ciudad que parece vivir en un perpetuo estado de vacaciones. Porque ¿cuántas ciudades conoces en que se pueda hacer surf al salir del trabajo?

Piscinas del club Bondi Icebergs

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Creo que me he quedado dormido. Un jardinero municipal me indica amablemente que me aparte un poco, ahora le toca regar la hierba de mi zona. No hay problema, estoy en Sydney, una ciudad donde en los carteles de los parques te piden que “huelas las flores, abraces a los árboles, hables con los pájaros y hagas un picnic sobre el césped”Circular Quay es el punto donde desembarcaron los primeros colonos y tengo frente a mí la mancha azul cobalto que colorea uno de los puertos naturales más grandes del mundo. El agua, apenas agitada por el viento, mece los veleros a lo lejos, las gaviotas sobrevuelan los restaurantes y se escuchan las bocinas de salida de los ferris. A un lado queda el arco de hierro del Harbour Bridge y al otro las blancas conchas aladas del Opera House. Nunca había dormido una siesta en pleno invierno en el centro de una ciudad de 7 millones de habitantes. Pero aquí hace tiempo de primavera en invierno. Un ambiente de alegre laboriosidad completa la escena. Elegantes oficinistas con camisas inglesas desprovistas de corbata que vuelven poco a poco al trabajo y grupos de escolares montando en autobuses amarillos. Se van vaciando los bancos y ya sólo quedan los turistas y un tipo de barba rizada que toca baladas country con una mandolina y una armónica. Se trata de gente que vive en una sociedad segura y equitativa (una de las más equitativas del mundo, al nivel de Noruega), en un clima que te hace fuerte y guapo, en una de las mejores ciudades del mundo y que va a trabajar en barco. Y ese barco atraca en Circular Quay, posiblemente el puerto más hermoso del mundo. Estás en Sydney.

Sydney

King’s Cross es el equivalente sydneysider —así se denominan los habitantes de Sydney— de la zona de alojamiento barato en torno a Victoria Station de Londres. Pero aquí los hostales de mochileros con baño compartido tienen barandillas art decó de hierro forjado en los balcones y dos peldaños de escalera hasta la puerta. Los precios son prohibitivos en Sydney, así que hasta los turistas japoneses comparten mi modesto pero impecablemente pulcro guesthouse. Para entrar se ha de traspasar dos verjas de seguridad algo que resulta un poco extraño cuando uno llega de Asia. A las 10 de la mañana no se oye un alma en la calle, otra característica de Sydney. Tan sólo el sonido de la conversación de los grupos de surfistas franceses que han instalado su camping urbano en torno a las Volkswagen antiguas decoradas con grafitis surferos que se alquilan en los locales de William Street. En Australia no te tienes que molestar por parecer un surfer, tu furgoneta alquilada ya lo va a dejar claro. En Victoria Street, mi calle, las aceras combinan cafés de aspecto europeo con clientela de una talla más, tipos grandes y fuertes en camiseta que no parecen notar demasiado que no se llega a los 20 grados. Las terrazas y pasear en camiseta haga el tiempo que haga son dos constantes en Sydney, como una marca de estilo. En el cruce de King’s Cross, una modesta y bastante más fea versión de Piccadilly el panorama ya no es tan acogedor. Los locales de striptease se alternan con comercios normales, pequeños locales grasientos de comida rápida, mendigos y carteles de pensiones baratas. Es obvio que no es la mejor parte de Sydney, pero no dura más de 200 metros, Macleay Street enseguida te lleva en dirección norte hacia Potts Point, el puerto donde atracan los buques de la marina australiana. Uniformes verdes y grises cargan con sus petates hacia la estación de King’s Cross por una avenida silenciosa de casas separadas y algún bloque de edificios que se alterna con tiendas de delicattessen, boutiques y cafés de nombre francés.

Casas en Victoria Street

Recorrer Sydney es también recorrer parte de la historia de los primeros días de la colonización británica de Australia. Un buen punto para empezar es junto a la estatua del Capitán James Cook, en el Hyde Park de Sydney. Unos kilómetros al sur de allí, en Botany Bay, la bahía que acoge el aeropuerto internacional, es donde el famoso capitán y explorador  inglés decidió el 21 de agosto de 1770 desembarcar un momento para plantar una bandera y anexionarse una costa que, en ese momento del año, más o menos el mismo que en esta narración, le pareció que ofrecería hacia el interior un terreno similar a la campiña inglesa. Cook se dirigía a Tahití para una observación meteorológica pero llevaba consigo mapas de algunos de los navegantes que durante 3 siglos habían circulado alrededor de la llamada Terra Australis Incognita, el mítico continente meridional, sin que a ninguno le pareciera demasiado interesante lo que veían a unas millas de distancia. En 1605 la expedición portuguesa-española de Váez de Torres pasó por el estrecho, ahora llamado de Torres, que separa en tan sólo 150 km la punta norte de Australia de Nueva Guinea y en 1644 Abel Tasman había navegado por la costa sur hasta desembarcar en Tasmania y luego en Nueva Zelanda (donde los maoríes devoraron a parte de la tripulación) pero no en Australia. Otras expediciones holandesas y portuguesas sí habían hecho paradas pero a nadie hasta la llegada de Cook le pareció que la tierra donde acababan de desembarcar, generalmente un páramo, resultase demasiado atractiva. De hecho, en 1770 ya se conocían perfectamente, entre otras, Nueva Zelanda, Nueva Guinea, Fiji, Vanuatu, Tuvalu o Tonga, entre otras islas del Pacífico.

Estatua del Capitán Cook en Hyde Park

Diecisiete años después de la llegada de Cook, en 1787, Gran Bretaña había perdido las colonias americanas y necesitaba un lugar para enviar a sus maleantes, así que pensó en Australia. 1.000 personas se embarcaron al mando del capitán Arthur Phillip hacia una tierra que sólo se había visto un momento. Tras ocho meses de viaje llegaron a unos parajes que en nada se parecían a los prados naturales que mencionaba Cook en sus descripciones. Cook confundió el invierno y verano europeo y austral, por lo que en pleno mes de enero se encontró que lo único que había en Botany Bay eran pantanos y mosquitos. Phillip siguió la costa hacia el norte y se encontró con otra bahía natural que se adentraba en la tierra. En el punto donde hoy se encuentra Circular Quay el 26 de enero de 1788, día de Australia, Phillip fondeó sus naves y fundó una ciudad: Sydney.

Lancha en Circular Quay

El escritor norteamericano Bill Bryson, cuenta en su divertido libro sobre Australia “En las antípodas”, que de las 1.000 personas que desembarcaron en una tierra yerma y estéril, sin herramientas ni animales, poblada por tribus indígenas que no eran beligerantes pero que mataban a todo el que se acercase a ellos, y, para más inri, en pleno verano austral, 700 eran presos. Entre ellos se menciona que sólo había un pescador y no más de cinco con algunos conocimientos sobre construcción. Los años de la llamada Primera Flota, que son la génesis de los australianos de hoy, no fueron especialmente felices. Sin campos de cultivo, con una flora que es única en la Tierra y una fuerza laboral no especialmente motivada, es un periodo un poco oscuro. Como anécdotas curiosas, cuenta Bryson que durante muchos años se puso de moda entre los reclusos venderles a los recién llegados un mapa secreto para escapar de allí y llegar a China andando, o que se solía decir que los granos de arroz estaban tan llenos de gusanos que “se movían”. Un libro interesante sobre ese periodo es “La Costa Fatídica” de Robert Hughes, que narra la vida en aquella época y cómo se ha tratado ese oscuro origen de sus antecesores en el último siglo. Hoy ya es incluso chic tener un preso en el árbol genealógico, pero no siempre fue así.

Hyde Park Barracks Museum

El edificio donde se sitúa el Museo de Hyde Park Barracks, situado en la punta norte de Hyde Park, es un ejemplo real de las antiguas dependencias donde vivían los presos, y ofrece un recorrido por las costumbres y forma de vida de los reclusos. Luego, la calle Macquarie, que asciende hasta el Quay, es un paseo por muchos de los edificios oficiales y museos de Sydney, la mayoría de ellos de estilo neoclásico. Junto a la estatúa de Cook de Hyde Park se encuentra la Catedral de Saint Mary, de un muy australiano color tierra. Ya en Macquarie están el Parlamento, la Biblioteca de Nueva Gales del Sur y los Royal Botanic Gardens, que acogen en su interior la casa del famoso Gobernador Macquarie y la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur, sin duda el mejor museo de la ciudad. Los jardines botánicos son un perfecto ejemplo del estilo de vida sydneysider. Entre las diferentes especies de árboles y flores uno puede encontrarse una barbacoa benéfica para recoger fondos, oficinistas durmiendo y un continuo flujo de gente sana haciendo footing o de picnic un día laboral. Cuando uno se topa con los carteles proponiendo que pises el césped, huelas las flores o te abraces a los árboles no te parece que haya algo más apropiado. Saliendo de los jardines hacia el este se erige el downtown de la ciudad, con el Ayuntamiento y altos edificios de cristal de aspecto americano en muy pocos metros cuadrados. Siguiendo Macquarie hasta el mar se llega al Opera House y al Quay, donde uno puede ver singulares espectáculos de música aborigen callejera o tipos disfrazados de capitán Cook junto a la entrada de los ferris.

Espectáculo callejero en el Quay

Cuando en 1956 se concedieron las Olimpiadas a Melbourne, Sydney no era ni de lejos la ciudad que es hoy. Pero fue ese impulso de su ciudad rival lo que decidió a instaurar un concurso para dotar a la ciudad de una sala de conciertos, el Opera House, que se ubicaría en lo que entonces era un garaje municipal de tranvías. Fueron las prisas lo que salvaron el proyecto del arquitecto danés Jon Urtzon, si alguien se hubiera detenido a estudiar la complejidad, el edificio nunca hubiera salido adelante. Se tardaron cinco años sólo en calcular los principios fundamentales para construir el techo y quince para acabarlo, y costó catorce veces más de lo previsto. Pero si hay un momento en el que realmente uno puede decir “estoy en Sydney” es cuando te sientas en alguno de los cafés que lo rodean y, tras dejar 3€, contemplas las ovaladas paredes color crema de ese edificio que es ya un símbolo universal.

Opera House de Sydney

The Rocks, a unos metros del Quay, es el barrio más antiguo de Sydney. Este histórico suburbio portuario fue el hogar durante gran parte del s. XIX de lo más selecto de la ciudad. Deambulaban por allí los borrachos, marinos, prostitutas y presidiarios que conformaban la particular composición de la colonia. Hoy en día, sin embargo, más allá de los espíritus y fantasmas que forman parte de los tours turísticos, ya no queda nada de aquel acogedor lugar que sufrió una plaga de peste bubónica en 1.901. El máximo riesgo que puedes experimentar hoy en las cuidadas calles de adoquines decoradas con boutiques francesas, tiendas de vinos en edificios de ladrillo, pubs de madera y un gran centro de souvenirs verdes y amarillos, por donde ya sólo pasean turistas, es sufrir una resaca de cerveza. Cruzando el siniestro túnel Argyle, construido por presos encadenados, se llega a las impresionantes columnas de hierro que soportan el Harbour Bridge. La gran mole que atraviesa la bahía ofrece unas vistas privilegiadas de la ciudad y tiene también, como casi todo en Sydney, un uso turístico. Por unos modestos 250€ aproximadamente uno puede subir con un arnés a los 134 metros de su punto más alto.

Harbour Bridge

Este es un paseo por la parte histórica de la ciudad, pero todo Sydney tiene un aire extrañamente agradable. Es una ciudad donde no parece que exista la prisa y que tiene una asombrosa capacidad para conservar su escasa historia prácticamente intacta y amablemente embellecida para el turismo. Se vive a un ritmo pausado, como si los sydneysiders habitaran en un estado permanente de charla de terraza multicultural. Las casas tienen dos pisos y balcones de metal, una fachada que conserva las antiguas tuberías y una verja puntiaguda rodeando el porche. La gente hace jogging y surf, no hay atascos y las pinturas aborígenes se exhiben en las galerías más modernas. Algo ha cambiado desde la época de la peste, desde luego. Hoy en día, ya a partir de las tres de la tarde de los viernes, las aceras se empiezan a llenar de cubiteras con vino australiano enfriándose y de gente bronceada que disfruta de unos menús que casi doblan en precio a los de las ciudades europeas. La verdad es que no puedes evitar preguntarte quién realmente está de vacaciones en esta ciudad.

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