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Archive for the ‘Birmania’ Category

Para acabar las entradas sobre Birmania vuelvo al inicio, al momento de mi llegada a Yangon. Para llegar a Birmania, volé desde Phnom Penh, donde había tramitado el visado (ojo, ya no se puede hacer a la entrada), vía Kuala Lumpur. Recuerdo que la embajada era una pequeña oficina que conseguí encontrar gracias a las indicaciones de los vigilantes de la embajada de Singapur. Había 13 solicitudes en un mes. Y tras una semana de espera, que aproveché para visitar el sur de Camboya, tenía mi visado, con foto incluida. Pero toda la sensación de incertidumbre que tenía sobre Birmania se disolvió cuando llegué a los mostradores de inmigración del aeropuerto de Yangon y contemplé a mis compañeros de aventura occidentales. Una gran mayoría iba sorprendentemente bien vestida. No había mochileros desaliñados ni tipos en camiseta de tirantes. “No pertenece al circuito”, pensé. Lo cierto es que me pareció que los turistas que estaban entrando en Birmania conmigo, o bien eran periodistas camuflados, o bien lo hacían para participar en un campeonato de golf. Supongo que esa composición de público en las aduanas tan diferente al resto del sudeste asiático tiene que deberse a que no es fácil moverte a tu aire por Birmania. Casi todo el turismo es organizado. Viajar por Birmania requiere más tiempo, más información, y supongo que también bastante más dinero (quizás un guía) que cualquiera de los otros destinos de la zona. Inevitablemente tendrás que pasar por establecimientos dirigidos por el gobierno o tomar algún avión, pero tratar de esquivarlos  es precisamente uno de los grandes retos del país. Por un lado te ahorrarás una pasta haciéndolo, por otro, la gente realmente te lo agradecerá. Y siempre puedes acudir, como hice yo, a una agencia en tu primera vez. Aunque todo eso, esos problemitas, son lo de menos. Porque viajar por Birmania te permite contemplar y relacionarte, “convivir” —o lo que sea desde el punto de vista de alguien que viene y se va con un plan organizado, y libre—, con una mezcla de razas y culturas increíblemente diversa, pueblos radicalmente distintos pero todo ellos hospitalarios y agradables, humildes, que viven en silencio desde hace muchos años. Realmente duele saber todo lo que no “ves”, pero conviene saberlo. Para no parecer un idiota. Es un país de paisajes increíbles, desconocido ahora pero que ha hecho las delicias de muchos antes, desde Orwell a Norman Lewis. Más recientemente, Emma Larkin, ha publicado un libro muy recomendable en el que sigue los pasos de Orwell. Viajar por Birmania cuesta más que hacerlo por Tailandia, es cierto, pero si realmente te aventuras en el país estoy seguro de que disfrutarás mucho más de la experiencia. Ahora que están de moda las “experiencias”.

Y para terminar, me gustaría dedicarle un párrafo a Zew. Vuelvo a Yangon, a la salida de la terminal. El calor te impacta de lleno. Es un bochorno húmedo, y enseguida entiendes porque los hombres van en pareo. Recuerdo que encendí un cigarrillo y di una vuelta, como hago siempre, para ver un poco cómo se organizaba todo. Y ahí apareció Zew, un birmano con un sofisticado pareo verde a cuadros, el longyi, y un inglés tan refinado como la prenda más típica de Birmania. Parecía salido del hall de un hotel de lujo. Me acompañó al taxi. “Muy amable”, pensé. Y subió también al taxi. Eso ya no me gustó tanto. Pero antes de que le preguntase directamente qué demonios hacía en mi taxi, Zew se me adelantó y me aseguró que, por precaución, era mejor que me acompañara hasta el hotel para que la policía no me pusiera problemas por viajar solo. Por supuesto pertenecía a una agencia de viajes, pero como realmente necesitaba una, no puse problemas. Me dejaron en el hotel y nos citamos al día siguiente para tratar el tema de los billetes. Vino con el mismo taxista, su compañero, Charly, un tipo rellenito y bajo, fumador empedernido como yo y con un sentido del humor bastante cáustico. Recuerdo que a la salida de la agencia me comentó sobre su jefa, una chica china de mediana edad, con cara de ogro y también bastante rellenita: “Está soltera…”. Y se rio el capullo. Con Zew y Charly hicimos varios viajes de ida y vuelta por Yangon. Y siempre paramos a comer algo. Aunque fuéramos al aeropuerto. Excelente, eso sí. Al inicio de mi viaje, para planear mi itinerario y conseguir pagarlo —tuve que hacer una transferencia a Singapur, desde el ordenador de su jefa, porque no llevaba USD suficientes en mano— y a la vuelta, para conseguir un billete de salida de Birmania. La verdad es que me encontré a Zew nada más llegar de Ngapali, parece que siempre esté en el aeropuerto. Esa segunda vez antes tuvimos que volver a la agencia porque a su jefa no le había llegado mi pasta. Por una vez me sentí yo el trilero. En fin, que como me lo pasé bien con ellos y son tipos divertidos, si alguna vez vais a Birmania podéis contactar con Zew para que os lo organice todo por su cuenta, que os saldrá más barato. Lleva 20 años trabajando en turismo y se conoce todo. Este es el mail: innwathar@gmail.com

Charly y Zew

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3 km de playa de arena blanca y palmeras verde lima, aguas casi turquesa y botes de pescadores en el horizonte. Tres bañistas, a lo sumo, chapotean a lo lejos. Alguna pareja pasea en solitario. La playa se extiende como una mancha blanca y desierta en una curva sobre la costa interrumpida únicamente por las tumbonas de los hoteles, unos 10 en total, y las vendedoras de piñas y refrescos. Son muy simpáticas, y vivas, 5 USD por una piña no es un precio birmano. Apoyas la bolsa de piña en la mesita junto a tu tumbona, saludas a las dos o tres parejas con que compartes alojamiento, te embadurnas de crema y cierras los ojos. Estás en Ngapali Beach, así que tráete mucho amor para compartir, un buen libro, o aprovecha para escribir un blog. El tiempo sobra. Y las langostas.

Playa de Ngapali

Situada en la costa oeste de Birmania, la principal razón del aislamiento de este pequeño paraíso de playa era, hasta hace unos años, la dificultad del acceso por carretera. Hoy en día, con la inauguración del aeropuerto de Thandwe, a unos 20 kilómetros, el turismo está empezando a invadir este tranquilo rincón del llamado, por su etnia, mezcla de hindús y bamares, Estado Rakhine. Sin embargo, no parece que los lugareños hayan acelerado en demasía su ritmo de vida. Como en la mayoría de pueblos que viven del mar, la mayor o menor fortuna en la captura del día establece el tiempo de trabajo de los pescadores. Y en las pequeñas tiendas de alimentos que siguen la línea de la carretera los tenderos aguardan a los clientes recostados en el interior de sus cabañas de madera mientras miran la televisión. Las empleadas de los hoteles se levantan temprano y por la tarde desaparecen. A mediodía es cuando parece que hay mayor actividad. Los niños salen de los colegios en sus uniformes y es un buen momento para comer algo en los puestos de comida. Lo hice una vez durante mi estancia, cansado de los precios del hotel. Una mujer que sostenía un bebé mientras revolvía un puchero con una especie de curry no me dejó pagar. Un gesto por sentarme con ellos a comer. También me ofrecieron pasteles de carne que esta vez, y siendo maleducado, supongo, sí que pagué. No nos entendíamos pero no importa. Nadie parece tener prisa en Ngapali. Ni siquiera los huéspedes de los hoteles, que como cada día, dormían la siesta en tumbonas a la sombra cuando retorné al hotel.

Playa de Ngapali

Precisamente del aeropuerto de Thandwe tengo un bonito recuerdo porque fue en un bar situado a la salida donde olvidé mi mochila por segunda vez. Esperaba la furgoneta del hotel (sí, vienen a buscarte gratis) y dejé la mochila en una silla mientras tomaba un café. Luego subí a la furgoneta sin ella. A los 2 km me di cuenta y volvimos. Y allí estaba, claro. He de decir que el nivel de tensión por la incertidumbre de que te roben algo en Birmania es parecido al que se debe tener en una guardería. Ya con mi mochila llegué al Royal Beach Motel un lugar sencillo, no excesivamente caro para la zona (45 USD la habitación más barata) y con acceso a la playa. Para el que quiera disfrutar del lujo a precios razonables, Amata Resort es una excelente opción. Decorado con buen gusto y exquisitamente cuidado, un coche de época te espera a la entrada y los chóferes llevan levita y gorra. Lo conozco bien porque me pasé varias horas en su centro de Internet tratando de conectarme.

Royal Beach Motel

Además de tomar el sol y piñas coladas, la actividad principal en Ngapali consiste en contratar a un pescador para que te pasee en su bote por las zonas de snorkel de las islas que rodean la cota. Luego, seguramente, también te organizará una parrilla de marisco en el bar de la isla de arena que hay en frente de la costa. Puedes comprar las langostas directamente en el agua porque los chavales que las pescan a pulmón las ofrecen a los turistas a 12 USD cada una.

Langosta fresca

Dos italianos que se alojaban en mi hotel, Davide y Enea, me invitaron a compartir el viaje en barco con ellos. Aficionados al buceo, llevaban varios años visitando las islas de Indonesia, Malasia o Filipinas y me dieron buenos consejos para elegir destinos. Cuando el pescador nos dijo que el total del tour más la parrilla de gambas, calamares y pescado en la playa (ellos habían cenado langosta 2 días) eran 15 € por persona, los tres pusimos la misma cara. Mi última noche en Ngapali fui a cenar con ellos en uno de los excelentes restaurantes que bordean la carretera. El dueño y cocinero, que ya los conocía, además de un magnífico vino y pescado, nos ofreció una entretenida y realista charla sobre la situación política en su país. Una agradable velada para acabar mi periplo por la que es, sin duda, la mejor playa de Birmania. Y una de las mejores de Asia, por lo que llevo visto.

Con Davide y Enea

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Refinados hoteles emplazados sobre pasarelas de teca que descansan sobre el agua y grupos de huéspedes desayunando en amplias terrazas moteadas de plácidas tumbonas. Lanchas alargadas de colores vivos atraviesan la gran planicie de agua del lago Inle transportando grupos de elegantes turistas entre canales, aldeas, pagodas y marismas. Situado en la parte central del país, a unos 300km al sudeste de Mandalay, el día en el lago más turístico de Birmania suele comenzar con un paseo en motora por el lago. Los pescadores, flacos y arrugados por el sol, tendrán la gentileza de cambiar a su curiosa forma de remar, utilizando una pierna, en cuanto vislumbren que se acerca una lancha con turistas. Con asombrosa naturalidad se incorporarán y enredarán su pierna derecha sobre el remo, la otra en el bote, y darán una patada hacia atrás para impulsarse. La bruma matinal difumina la luz y las figuras de los pescadores se convierten en sombras sin color en un fondo de agua plateada. Grupos de garzas ascienden en columnas desde las marismas al escuchar el sonido del motor. Lo demás es silencio y luz, un espectáculo plástico y hermoso que, sin duda, satisface las expectativas del visitante.

Lago Inle

Atravesado el lago, toca transitar por los canales adyacentes, poblados de aldeas y búfalos que bajan atados de los arrozales a refrescarse. La profundidad varía, y en algunos puntos las alargadas lanchas, sin apenas calado, tienen algunas dificultades para avanzar. Uno de los puntos destacados en los folletos turísticos es el mercado flotante de Ywama. Sin embargo, hay pocos lugareños de compras. La mayor parte del público son rostros sonrosados. La mayor parte de la mezcla de etnias característica de la zona aguarda con exquisita amabilidad tras los mostradores de los puestos de venta instalados en tierra. Bastará un pequeño gesto de interés para que se lancen con una sonrisa sobre el conjunto de pamelas, parasoles y chalecos de bolsillos que curiosean con elegante distancia entre los puestos de baratijas artesanales. Los puestos de libros cosidos y  rollos de papiro escritos en sanscrito ofrecen curiosos certificados de autenticidad.

El calor aprieta y, tras un par de horas de zigzagueo por los canales, llega la hora de almorzar a la sombra en algún restaurante sobre el agua. El pescado es una buena opción para olvidar el arroz y el curry. Un café y vuelta a la lancha. La tarde discurre alternando visitas a pagodas descuidadas por falta de fondos y aldeas de la etnia intha construidas sobre el agua. En el famoso Monasterio Nga Hpe Chaung (“de los Gatos Saltarines), los gatos dormitan impasibles alrededor de resignados monjes que tratan de aguantar con estoicismo la difícil prueba del turismo. Las aldeas de la etnia intha ofrecen un singular espectáculo de reflejos sobre el agua. Las hileras de casas de tablones y techos de paja reseca que aguantan sobre altos postes de madera gris, se alzan con garbo varios metros sobre el agua replicando su figura en el agua. Los niños despiden desde los embarcaderos a las lanchas que transitan en dirección a las tiendas para turistas.

Aldea Intha (Lago Inle)

Telares de madera convenientemente manejados por “mujeres jirafa” y tiendas que ofrecen exquisitas piezas de seda a precio casi occidental. Alguna tienda de artesanía más y una visita a una fábrica de tabaco birmano. Un grupo de mujeres jóvenes enrollan el tabaco en papel de fumar hecho con hojas de sabores diferentes y los venden en atados de veinte por algo menos 3 USD. Luego, vuelta al hotel atravesando de nuevo el lago para llegar a Nyaung Shwe —donde hay múltiples pensiones y pequeños hoteles que proporcionan alojamiento barato si uno no quiere disfrutar de los placeres y de los precios de los hoteles sobre el lago— y acabar así un día provechoso sobre el lago más bello de Birmania. Juegos de luz sobre el agua; arrozales verdes, fango y niños que bañan a los búfalos; elegantes pescadores y apacibles lugareños que te reciben con una sonrisa. Está claro que el Club Med también visita uno de los lugares más turísticos de Birmania pero, aún así, también vale la pena el viaje.

Mujeres jirafa

Para llegar al lago Inle, uno de los mayores de Birmania, con 22km de largo y 17 de ancho, la forma más fácil de hacerlo es en avión. Un billete de Yangon o Bagan a Heho, donde se sitúa el aeropuerto más cercano al lago, cuesta unos 80€. Porque, lamentablemente, viajar por carretera en Birmania es duro y consume mucho tiempo. El trayecto entre Yangon y Mandalay son más de 15h en autobús. Y llegar al lago desde Bagan o Mandalay, los enclaves turísticos más cercanos, suponen más de 10h en autobús por carreteras montañosas y no muy seguras. Aunque seguro que será un trayecto inolvidable, sólo hace falta ver los autobuses atestados que se ven por las carreteras birmanas para comprobarlo. No obstante, también hay que decir que el aeropuerto de Heho está a más de 1 hora en taxi y 20 USD por trayecto de Nyaung Shwe, la localidad que alberga a la mayoría de visitantes de Inle. No es barato viajar por Birmania.

Carreteras de Birmania

No quisiera acabar esta entrada sin hablar de mi guía, Poe Theat, que trabajaba en el hotel de Nyaung Shwe donde me alojé. Un tipo discreto y elegante, joven, inteligente y en excelente forma física, de movimientos silenciosos y exquisitas maneras. Durante el modesto trekking que realizamos por las colinas que rodean la localidad —una de las alternativas al lago, aunque es útil saber que al mediodía hace 35 grados—, Poe aceptó con amabilidad mis preguntas sobre el régimen y la vida de los birmanos en los últimos tiempos. Charlamos relajadamente, sin nadie alrededor. Comí con él en un puesto de batata frita y luego me acompañó a visitar una de las pocas viñas que existen en Birmania y una fábrica de azúcar. En el camino, nos sentamos a descansar junto a un grupo de vecinos que construían el armazón de un pequeño templo para su aldea. Una cuadrilla de quince tipos de diferentes edades que dedicaban su día festivo, era domingo, a trabajar solidariamente por su comunidad. Los jóvenes, encaramados al armazón de madera, se pasaban las tablas y las clavaban bajo la dirección de los mayores, que compartieron té y pasteles con nosotros. Posteriormente, paramos para conocer a una humilde familia de campesinos que cultivaban chile. Dejaron de trabajar y sentaron a charlar conmigo, lo cual resulta tan amable como incómodo. Le envié a una de las hijas, eran seis, esta foto.

La verdad es que no hay muchas esperanzas de cambio en Birmania, lo que impera entre la gente corriente según Poe es más bien la resignación, el silencio y el esfuerzo para llegar a final de mes. No hay tiempo ni fuerza para más, parece. Las recientes revueltas en los países árabes, con situaciones parecidas de gobierno y que se veían por televisión a todas horas durante mi visita, sólo suscitaron un “ojalá pasara aquí” entre el personal del hotel que me acompañaba junto al televisor. Ni un leve signo de esperanza. Se tienen muy presentes las represalias del pasado. El turismo, sin embargo, sí es una esperanza para gente como Poe, que con el importe del trekking, exclusivo para él, tiene una ayuda para sacar adelante a su familia.

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Bagan es uno de esos paisajes únicos en el mundo. Una llanura interminable de tierra naranja y polvo, moteada de palmeras y de la que emergen miles de cúpulas de ladrillo que se extienden más allá del horizonte. Desde lo alto de cualquiera de los 2300 templos que aún quedan en pie la vista es grandiosa. La mirada no consigue abarcarlo todo. Miles de pequeñas manchas anaranjadas de distintos estilos y distintos tamaños se propagan por todo el campo visual. Un lugar irreal que permite el capricho de escoger tu propio templo, ascender a lo alto y admirar el paisaje en completa soledad, sin ningún turista a tu alrededor. Absolutamente solo. O  esperar a la puesta de sol para que la luz desenfoque las fotos y añada a la instantánea el halo de los miles de espíritus (nats) que según los birmanos aún permanecen en la antigua ciudad abandonada de los 4400 templos. Una ciudad fantasma que Marco Polo describió como “uno de los lugares más bellos del mundo”.

Puesta de sol en Bagan


El apogeo de Bagan duró 200 años. Se inicia con el ascenso al trono del rey bamar Anawrahta en el año 1044, quien usó 30.000 prisioneros de guerra para comenzar un gigantesco proyecto de construcción, un complejo de templos que se convirtiese en el  centro del budismo theravada de la época. Sus sucesores continuaron con su obra, a un ritmo de veinte templos por año hasta llegar a los definitivos 4400 templos. Sin embargo, al cabo de 230 años las ciudades y los templos fueron abandonados. La versión popular achaca a Kublai Khan y los mongoles el fin de Bagan, aunque podrían haber sido los enfrentamientos entre las distintas etnias de Birmania la razón del abandono. Lo cierto es que entre el s.XIV y el XVII Bagan fue considerada una región maldita, llena de bandidos y espíritus. Al igual que ocurre en Angkor, es difícil imaginar cómo debió ser la ciudad. Lo que se ve actualmente son sólo los edificios religiosos más importantes, construidos con materiales permanentes. Los palacios reales y las miles de casas y otras estructuras de la ciudad se hicieron con madera y desaparecieron.

Terraza sobre un templo, Bagan

Además de las impresionantes vistas, otro pequeño placer de Bagan es compartir la visita con la gente local. Gente humilde y sencilla que vive del turismo como puede (la mayor parte de los ingresos se los llevan los hoteles y las agencias), bien sea con pequeños puestos de bebida o con algún modesto restaurante, bien sea tratando de enchufar souvenirs, collares o pinturas a los turistas. Bagan es tan extenso y, en cierta medida, tan homogéneo, que no precisa de grandes explicaciones. La mayor parte de los templos son similares, no se necesita de un gran guía. Si alquilas una bicicleta, paras en un puesto de comida o en un templo y charlas un rato con alguno de los miles de chavales que pululan por todos los lados (y que hablan un excelente inglés) seguro que se te ofrecen para hacerte de guía. Son tan simpáticos y espabilados que disfrutarás mucho más. Y únicamente te pedirán que pares en algún negocio para comprar una pintura o una cerámica. De esta manera, lo que finalmente les acabes pagando —porque no os pedirán nada, está prohibido—, será para su familia y no para el gobierno.

Pintoras en Bagan


Así coincidí con Pakula, un chaval de unos doce años, listo y delgado como son los niños birmanos, y acostumbrado a tratar con los turistas y ganarse unos USD sólo por resultar simpático. Llevaba en las mejillas las tradicionales marcas de la thanaka —la corteza en polvo color canela que se ponen las mujeres y los niños birmanos en la cara— y me hizo de guía por los templos con el único compromiso de ver las pinturas de su hermano. Como decía, en Bagan está prohibido cobrar por guiar a los turistas —eso queda para los funcionarios del gobierno— así que hay que vestirlo todo de alguna manera. Me encontré a Pakula en el puesto de café y bebidas que tiene su madre enfrente del Museo Arqueológico, un edificio blanco del s.XIX con verjas doradas y que resulta un poco fuera de lugar en mitad de cientos de templos de piedra y ladrillo. Venía de un paseo de una hora en bicicleta, tras atravesar lo que aún se llama el “antiguo Bagan” —antiguo porque el gobierno obligó a desplazarse de sus casas a sus habitantes para colocarlos en otro lugar, “menos a la vista”— y después de realizar una corta visita a uno de los muchos pequeños templos olvidados y desiertos que se sitúan en los bordes de la carretera. Allí, un joven birmano, con una antigua radio de mano que usaba para pasar el rato y la boca manchada por la mezcla color sangre de nuez de areca picada y pasta de lima que mastican los birmanos, me guió hasta lo alto. La verdad es que poder contemplar todo el panorama encaramado a un templo sin nadie más a tu lado es realmente un privilegio. Nos citamos para un partido de fútbol a media tarde pero, lamentablemente, no pude llegar a tiempo para el evento. Pakula hizo bien su trabajo y a esa hora compartía con los turistas la increíble vista de la puesta de sol desde uno de los templos favoritos de los tours organizados. Tras acabar mi segundo café y obtener el permiso de su madre, Pakula y yo comenzamos a pedalear por el entramado de carreteras, pistas de tierra y caminos arenosos que conectan los templos. Una excursión relajada, combinando visitas a criptas oscuras con figuras doradas de Buda y ascensiones a los zigurats, regateos con los vendedores ambulantes y charlas con los birmanos. Porque, por lo que vi, a Pakula lo conoce todo el mundo en Bagan. No me extraña. Uno de sus amigos, un chico de su edad, me enseñó una libreta donde guardaba las dedicatorias de todos los extranjeros a los que había guiado. Una chica australiana le había enviado un polo desde Bangkok como regalo y estaba orgulloso de enseñarlo.

Pakula y su colega

A mediodía volvimos para comer en un pequeño bar junto al puesto de su madre. Su dueño, vecino de Pakula, me trató con todos los privilegios de un invitado. Un buen sitio a la sombra, menú especial con Mandalay Beer y un pequeño taburete para apoyar los pies y leer un poco después de la comida. Comer en este tipo de sitios, me refiero a donde lo hacen los birmanos no a los restaurantes para extranjeros, es una agradable experiencia. La comida es buena, a veces excelente, y en Birmania hay mucha gente que habla bien inglés, incluso entre la gente pobre. Generalmente tienen la cortesía de charlar contigo un rato, interesarse por tu familia o tu trabajo e incluso bromear un poco. Desde luego, el ritmo y la forma de vida es bastante diferente que en occidente.

Burma "way of life"

Pakula comió en su casa, una cabaña de madera gris con varias estancias y el suelo cubierto por láminas de caña. La mayor parte de los birmanos viven en este tipo de hogares, que no son pequeños y, por tanto, pueden acoger a familias enteras. Normalmente reúnen el dinero para contratar a una cuadrilla de obreros que se encarga de la obra principal: clavar y asegurar los tablones de madera o bambú que conforman la estructura, colocar el techo de paja seca y cubrir el suelo con caña. Empalman cables con los postes de electricidad para tener luz y, en algunos casos, disponen de pequeños generadores para ver la tele. Allí Pakula me enseñó el “estudio” de pintura de su hermano, que estaba por llegar. Apareció al cabo de un rato en el bar, junto a un amigo. Dos chicos de veintitantos, con pantalones militares y camisetas de Deep Purple. La verdad es que la obra del hermano no me convenció. Eran telas de diferentes tamaños pintadas con la técnica birmana de la zona, algunas con los mismos motivos en serie que se ven en todos los tenderetes y otras con dibujos originales, lamentablemente las peores. Aunque ya había avisado de que no tenía espacio para más cosas en mi maleta, la verdad es que el argumento no era muy sólido tratándose de pinturas. Me supo un poco mal porque, aunque la mayoría fueran compradas, había bastantes que parecían hechas por el chico. Por fortuna, saliendo con Pakula hacia el templo Sulamani Pahto para ver la puesta de sol, mi bicicleta pinchó y coincidimos de nuevo con su hermano y su colega que andaban recorriendo en moto las carretas para tratar de vender las pinturas a los turistas. Sin que yo se lo pidiese, sacaron la rueda y repararon el pinchazo allí mismo con evidente destreza. Eso me permitió pagarles un extra por los servicios y así compensar un poco el no haberles comprado la pintura. Digo un poco porque creo que no era el dinero lo que contaba sino el hecho de vender una pintura más, de volver a confirmar que eso, la pintura, podía ser una salida.

Pinturas tradiconales

Cuando llegamos a Sulamani Pahto, el templo estaba a rebosar de turistas. Encaramados en la gran plataforma rectangular que sostenía la cúpula esperaban que el sol fuese cayendo sobre la gran planicie de Bagan. Los puestos de baratijas y bebidas, sin embargo, no parecían ejercer ninguna atracción para las hordas blancas. De toda la gran marea, sólo algunas “mamas” italianas se entretenían con las chicas de los puestos de collares y artesanías. Y es una pena, porque esta gente vive con muy poco. Lo entendería si fueran chicos jóvenes con presupuestos ajustados, pero el turismo de Birmania es de un nivel adquisitivo bastante alto, eso es evidente sólo mirando las maletas en los aeropuertos. Pero, y no sólo en Bagan, casi no vi gente comprando en esos puestos. La verdad es que es un poco triste.

Vendedoras en Bagan

Se acercaban nuevos autobuses, así que ascendimos rápidamente a la plataforma rectangular junto a un nuevo colega de Pakula. La verdad es que fotografiar la puesta de sol, aunque ya no sea en completa soledad, es uno de los momentos más especiales de Bagan. La luz se vuelve marrón y se mezcla con el polvo difuminando los contornos de los templos en el horizonte. Es especial. El sol se puso y Pakula me acompañó junto a su amigo hasta la carretera que me llevaría de vuelta a mi hotel. Nos despedimos y me supo mal no poder quedarme unos días más. Me pasaría más veces en Birmania.

Pakula

Pakula, un chaval entrañable. Aunque diga que me parezco a David Villa.

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En las entradas referidas a Camboya mencionaba que era preciso conocer la historia reciente del país para tratar de comprender mejor a sus habitantes. Pues bien, lo que sucede en Birmania es que el drama no ha terminado aún. Sigue ahí. Ahora. Por eso me gustaría usar esta entrada para dos cosas. En primer lugar, para recomendar a todo el mundo que visite este país. Es una experiencia única, mucho más auténtica que cualquier paquete turístico asiático. Los templos de Bagan están a la altura de Angkor, y las playas y hoteles de Ngapali a la altura de Tailandia. Y la gente humilde es realmente encantadora, entrañable, sobre todo teniendo en cuanta su situación. Sólo por eso vale la pena hacer el viaje. Birmania es un país gobernado por una Junta Militar desde 1962 y hasta hace unos años los opositores al régimen, encabezados por la Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyy, recomendaban no visitar el país como medida de presión ante los militares. Esa opinión está cambiando. La extensión de la presencia de turistas contribuye a frenar mínimamente las represiones de los militares sobre sus habitantes y a dar a conocer al mundo la situación. Además, el dinero que el visitante gasta en los establecimientos locales ayuda a su población a sobrevivir. La segunda intención de esta entrada es informar y ofrecer algunos consejos actualizados. Viajar a Birmania NO es peligroso, nadie te va a encarcelar. Pero es una pena hacerlo con un paquete contratado desde España.

Bagan


Ngapali Beach

Comienzo por hablar de la situación política y social. Como decía anteriormente, una Junta Militar gobierna el país desde hace más de 40 años. Los intentos por llevar a cabo la transición de un modelo que en los años 60 era una vía al socialismo y hoy ya no se sabe qué es a la democracia, han sido abruptamente frenados. Las protestas de 1988 se saldaron con disparos a los manifestantes y 3000 muertos; las elecciones de 1990, en las que venció la oposición, el partido de Suu Kyi con un 82% de los votos, fueron anuladas y los dirigentes de la oposición encarcelados —se especula con que fueron sólo una maquiavélica maniobra de los militares para sacar así a la luz a sus opositores y encarcelarlos—; las manifestaciones de 2007, promovidas por los monjes budistas, también fueron fuertemente reprimidas. Los militares han perpetrado en todos estos años muchos crímenes, entre ellos obligar a trabajos forzados a la población o repugnantes episodios de violaciones. Dejo aquí un enlace a un artículo sobrecogedor publicado en 2006 en El Mundo. Es cierto que las cosas parece que se suavizan ligeramente. Hace unos meses, la Junta Militar, liderada por el radical general Than Shwe, permitió que se celebraran elecciones. De hecho, en estos momentos preside el país un nuevo gobierno, formado por dirigentes del partido satélite a los militares. Pero tampoco hay que engañarse, las elecciones fueron una farsa. El partido de la oposición, la LND de Suu Kyi fue ilegalizado previamente y sus miembros amenazados o encarcelados. No pudo presentarse. Por otro lado, los militares establecieron por decreto apropiarse de un 25% de los escaños. El recuento final dio un 92% de los votos a los militares. Todo sigue igual, en realidad. Birmania es hoy un país aislado de occidente —EE.UU y la UE decretaron un embargo comercial en 1996 que aún sigue vigente— en el cual los dirigentes políticos de la oposición son perseguidos y han de hacer auténticos equilibrios para liderar un cambio y no ir a la cárcel por ello. Las propias palabras de Suu Kye expresan perfectamente la situación.

“No es el poder que corrompe sino el miedo. El miedo de perder el poder corrompe a los que lo tienen, y el miedo del abuso del poder corrompe a los que viven bajo su yugo.”

Suu Kye fue recientemente liberada el pasado noviembre de la pena de arresto domiciliario a la que llevaba condenada, en distintas fases, 16 de los últimos 21 años. Hija de Aung San, héroe nacional de la independencia birmana, “la Mandela de Birmania” es una figura tan respetada dentro y fuera de Birmania por su lucha a favor de la democracia, y por la que recibió el Nobel de la Paz en 1991, que los militares no pueden ir más allá de inmovilizarla en su domicilio para tratar de frenar su actividad. La Junta Militar ha tratado de liberarse de ella a través de invitaciones de exilio y jugando con el acoso psicológico. En 1999 su marido, el británico Michael Aris, murió de cáncer de próstata sin poder volver a ver a su mujer, que se mantuvo esperando el visado para viajar a Londres que el gobierno birmano nunca le concedió. Otro capítulo similar sucedió en abril de 1999 cuando a su hijo menor, Kim Htein Lin, sólo se le permitió reunirse con su madre por unas horas en el aeropuerto de Yangon. Suu Kye ha escrito varios libros sobre la situación en Birmania como “Cartas desde Birmania”; “Libres del miedo y otros escritos” o “Voces de Esperanza”. Galardonada con múltiples premios, recibe el apoyo de múltiples organizaciones, desde pequeños blogs personales a grandes organizaciones como Amnistía Internacional. Para saber un poco más, dejo aquí algunos enlaces sobre ella y blogs que tratan sobre la situación en Birmania.

Información sobre Suu Kye;Blog Birmania Libre; Solidaridad con Birmania;

Mujer birmana en su casa, cerca del lago Inle

El sistema económico de Birmania oscila entre el surrealismo y la tragedia. Sin un modelo que guíe las directrices económicas Birmania hoy es, más que nada, un satélite de China, que poco a poco va haciéndose con la mayor parte del país y recompensando así a sus gobernantes. Birmania es un país rico en recursos naturales —madera, piedras preciosas, gas— que, sin embargo, refleja unas estadísticas de pobreza y mortalidad infantil de las peores del mundo. Como otra más de las extrañas paradojas de las relaciones internacionales, Birmania sufre un embargo por parte de la mayor parte de los gobiernos occidentales, con quien, dicho sea de paso, apenas comercia. Sus principales relaciones están en Asia. Y Japón, Tailandia, India o Sri Lanka, además de China, no tienen ningún problema en negociar con los militares. Un ejemplo surrealista: pregunté a varios birmanos cómo se hacía en su país, ya que no hay bancos y el sistema de propiedad no es muy claro, para comprar una casa. Obviamente, no era un tema que estuviera entre sus preocupaciones. “Ni idea. Bueno, supongo que sí, haría  lo que tú dices, llevar el dinero en bolsas”. Pero en realidad poco importa el cómo. Nadie se lo plantea cuando apenas se tiene para llegar a final de mes con un trabajo medianamente digno.

Casas en el Lago Inle

Y ahora algunos consejos de viaje. Espero que sean suficientes para convencer a quien le interese viajar a Birmania que no necesita un paquete organizado. Además, estos paquetes están repletos de grupos de jubilados.

CONSEJOS DE VIAJE

1)      Dinero: Como decía en la entrada anterior, en Birmania no existe la posibilidad de pagar con VISA y la única forma de cambiar moneda es en establecimientos orientados a turistas o en el mercado negro. Por tanto, es preciso llevar USD en efectivo suficientes para todo el viaje o pagar un paquete por adelantado.

2)      Viajar por libre: Cuanto más viaje uno por su cuenta, menos dinero recibirá el gobierno y más los birmanos. Pero no es fácil, exige más tiempo. Un desplazamiento en tren o en autobús, lo más barato, entre Yangon y Mandalay, por ejemplo, está en torno a las 15 horas de viaje. Un coche privado o con conductor es bastante más caro, unos 100 USD / día. Los billetes de avión, hay 2 compañías semiprivadas, están en torno a los 80€ por trayecto pero no se pueden comprar por Internet, sólo a través de agencias. Conviene tener el billete de salida comprado, yo no lo tenía y fue un engorro muy caro conseguirlo. Una forma de organizar un viaje por libre es pasando un par de días en Yangon al llegar y visitando alguna agencia turística para comprar únicamente el transporte. El alojamiento no es difícil de gestionar por cuenta propia. Se obtienen, además, mejores precios y sin intermediarios.

3)      Seguridad: En Birmania los extranjeros no tienen ningún problema, sólo se somete a los birmanos. Aunque no lo vas a ver. Y si alguien pretende hacer cualquier tipo de activismo político, que lo haga desde el exterior. Hay zonas remotas de Birmania por las que no se puede transitar fácilmente, pero las zonas turísticas son totalmente accesibles.

4)      Establecimientos locales: comer en los restaurantes de los hoteles o comprar en sus tiendas significa pagar precios occidentales. Basta con salir y buscar algún lugar local. Los pescadores de Ngapali Beach te ofrecen langostas vivas acabadas de pescar por 10€, en el hotel cuestan 70€.

5)      Comunicaciones: los teléfonos no funcionan en Birmania. Hay acceso a Internet, muy lento, en cafés de Internet y en algún hotel. Está censurado, pero los birmanos saben cómo saltarse las censuras.

6)      Visados y aduanas: Hay que tenerlo hecho, actualmente NO se puede hacer en la llegada al aeropuerto de Yangon como sucede en Camboya o Laos. El visado debe especificar los días con un límite de 30 y se te pregunta sobre los sitios a visitar. Obviamente se ha de decir que se van a visitar sólo los clásicos sitios turísticos. Yo no aconsejaría entrar por tierra, para evitar estafas. Ya no hay ningún problema en entrar ordenadores.

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Yangon, la antigua Rangún británica y capital de Myanmar —yo prefiero llamarla Birmania, por su referencia a los Bamar, etnia mayoritaria del país—, es una ciudad desordenada y pintoresca, soleada y a ratos asfixiante que no hace justicia a un país verdaderamente precioso. Yangon es un mosaico de razas y de estilos arquitectónicos un tanto ruinoso pero también repleto de vida. La población se agolpa en la red de calles en cuadrícula del centro, construida por los británicos y que ya apenas conserva nada de su antiguo esplendor. Riadas de hombres y mujeres ataviados con bonitas faldas planas verde oliva (longyis) atraviesan las atestadas calles del centro para ir o volver al trabajo esquivando vendedores ambulantes, buscavidas y  taburetes de plástico. Los puestos callejeros de curry se despliegan a mediodía invadiendo las desgastadas aceras y los cambistas se preparan para atrapar turistas manejando fajos de billetes en bolsas de basura. Pandillas de escolares un uniforme hablan por el móvil junto a carritos repletos de DVDs piratas, grupos de monjes azafrán se deslizan discretamente entre la multitud e hileras de taxistas recorren las largas avenidas onduladas que se extienden y se entrecruzan en una malla con forma de embudo en dirección al norte y al aeropuerto internacional.

Y en medio de la ciudad, junto al lago Kandawgyi, la pagoda más sagrada de Birmania, una de las más impresionantes de toda Asia. Una inmensa cúpula dorada que se ve desde casi cualquier punto de la ciudad y que reverbera con el sol con solemne majestuosidad: La Shwedagon Paya. El escritor Rudyard Kipling, la describió así en su libro de viajes “From Sea to Sea and Other Sketches”

“Un misterio dorado que emerge sobre sí mismo en el horizonte. Una hermosa maravilla pestañeante”.

Sólo por eso vale la pena visitar Yangon.

Situada a orillas del río Yangon, que la envuelve, la urbe más importante y cosmopolita de Birmania tiene el aspecto de una ciudad a medio hacer. Porque Yangon tiene unos edificios magníficos, pero parece que acabe de pasar un terremoto. La mayoría son herencia de la colonización británica y necesitan una urgente renovación, una mano de pintura y, seguramente, apuntalarlos un poco. Hasta el célebre Hotel Strand, donde se alojan todas las personalidades que visitan, visitaban, el país, situado en el paseo del río y con habitaciones por encima de los 250USD, da pena. En los soportales coloniales que continúan el paseo en el que se sitúa el famoso hotel, donde uno esperaría ver las sedes de grandes compañías y bancos internacionales apenas hay movimiento. Tampoco petulantes puertas de cristal que inviten a entrar. Más bien al contrario, decrépitas verjas de hierro franqueando las entradas vacías. Myanmar Airways, una de las compañías gubernamentales, tiene el mismo aspecto que un tugurio de puerto. Fue por esa zona donde me salió al paso una vendedora de postales, de unos diez años, con las marcas amarillas de pintura que llevan las birmanas en las mejillas. Insistía y me seguía, como hacen los niños, así que para darle algo de dinero le pregunté dónde podía cambiar USD. “Yo sé. Buen cambio”. En Birmania no hay cajeros, ni bancos donde cambiar dinero —los bancos extranjeros dejaron el país hace unos años— así que para cambiar moneda tienes que buscarte la vida. La VISA no sirve, ni los euros, y los USD sólo te los cambiarán si están impolutos: ni tachaduras, ni bordes rotos. En la calle los precios están en moneda local (kyats) y no circulan 2 monedas, como pasa en Camboya. Los pequeños comercios no aceptan USD. No quieren problemas. A veces, las agencias del banco central no se los cambian. Únicamente en los establecimientos orientados a turistas, hoteles y tiendas de artesanías, con flujos constantes de USD te los pueden cambiar. Justo lo acababa de comprobar en un pequeño restaurante, donde me había sido algo difícil pagar la cuenta. Me hicieron hecho un favor. Sabía que me quedaba una opción antes de tener que volver al hotel: el mercado negro. Y allí me dirigí con mi joven acompañante. Ya había tenido una primera impresión del mercado negro, no muy satisfactoria, y buscaba algo “más de confianza”. El taxista que me había traído desde el hotel me dejó en la rotonda de más tráfico de Yangon. Allí es donde se ubica la Sule Paya, una pagoda con dos mil años de antigüedad y donde se supone que se conservan cabellos de Buda. Y la pagoda está justo en el centro, otro ejemplo de las incongruencias de Yangon. Es como si Santa María del Mar estuviera en mitad de la Plaza de España de Barcelona. Como el taxista no estaba muy contento con mi trayecto paró junto a los cambistas. Para hacerme sufrir un poco, supongo. Así que durante los 500 metros que tuve que recorrer para salir de ahí no hice más que sacarme de encima a los chavales con fajos de billetes en la mano y que me ofrecían magníficos cambios. Lo barato es caro, ya se sabe. Sobre todo si no eres capaz de distinguir los billetes caducados de los que están en curso. Así que preferí algo más serio. Por ejemplo, el tipo al que me llevó la niña. Un hombre de mediana edad, de rasgos indios, con la camisa de sarga blanca medio abierta y fumando sentado en una caja de fruta como si estuviera pasando por un estado de insoportable aburrimiento. Desde esa ubicación controlaba su negocio, un mostrador instalado en la entrada de un edificio desde el que un puñado de jóvenes birmanos en camiseta entraban y sacaban bolsas de basura negra. Las bolsas, llenas de billetes. La niña me lo presentó y le di un par de USD. El tipo me ofreció un cambio razonable pero intenté negociar. Típico de turista. Como era de esperar, girando la cabeza y refunfuñando me mandó a la mierda: “menudo gilipollas” (imagino que debe ser la traducción). Así que tuve que recurrir de nuevo a la niña como intérprete. Agaché la cabeza y acepté, un chaval vino hacia mí con un fajo de una bolsa e hicimos el intercambio. La verdad es que es más cómodo hacerlo en el hotel. Aunque sí puedo decir que fue el mejor cambio que obtuve en toda mi estancia en Birmania. Los hoteles te crujen.

Mi primera tarde en Yangon la dediqué a visitar la esplendorosa Shwedagon Paya, la pagoda más famosa de Birmania y uno de los monumentos budistas más sobrecogedores de toda Asia. Construida entre los siglos VI y X, los trabajos para cubrir su cúpula de capas de oro comienzan en el s. XV como ofrendas de los reyes de la época. Saqueada por portugueses y británicos, la pagoda ha logrado sobrevivir hasta convertirse hoy en el lugar más sagrado de Birmania. Porque no es sólo la imagen dorada, reverberante de día, brillante de noche, de la cúpula emergiendo con elegancia entre los edificios repletos de cables y antenas oxidadas que se ve desde cualquier punto de la ciudad. El complejo en el que se enclava la pagoda Shwedagon es increíblemente bello. Las empinadas escaleras de acceso, construidas en piedra y con altos techos trabajados en madera como si formasen parte de un palacio francés, son un primer elemento que da cierto respeto. A medida que subes, pasas tiendas donde los devotos pueden comprar flores, ofrendas o pequeñas estatuas. La primera impresión al llegar a la plataforma donde se sitúa la pagoda repleta de estatuas, pequeños templos, santuarios, imágenes y pabellones que se sitúan a su alrededor es como un festín de reflejos brillantes. La pagoda es el elemento central, que propaga su brillo dorado a todos los elementos circundantes creando un caleidoscopio de colores y reflejos que va variando de tonalidad con la luz del día. Procesiones de birmanos y otras comunidades asiáticas recorren la pagoda en el sentido de las agujas del reloj y van dejando sus ofrendas y se arrodillan para rezar en el circuito de pequeños templos e imágenes de Buda. Shwedagon Paya es para los birmanos algo más que un monumento religioso, se trata de un lugar de peregrinación al que se le dedica una intensidad de devoción que sólo he visto en los templos del Tibet. Un monumento imprescindible al que la luz cambiante de la tarde le dota de escenas únicas para fotografiar.

Hay otras pagodas, pocas, y algún monumento más destacable en Yangon como el Buda reclinado de la Chaukhtatgyi Paya o los jardines en torno a los lagos de la ciudad, un bonito lugar para pasear si a uno no le molesta el ruido del tráfico, pero nada es comparable a la pagoda de oro. Lo cierto es que Yangon, más allá de la pagoda, ofrece un interés más humano que turístico. La gente local es la más abierta del país, la que tiene menos miedo y la que critica con más sigilosa acritud a la infame dictadura militar que gobierna el país desde 1962. Un  grupúsculo tiránico que observa desde sus impresionantes mansiones junto al Lago Kandawgyi como la capital se deshace y subsiste, convirtiéndose en una última oportunidad para muchos birmanos que tratan de buscarse la vida y escapar de la pobreza y de las atrocidades de los militares en los lugares más remotos. Muy lejos de los clásicos enclaves turísticos en los que yo he estado. Y donde tampoco van los grupos organizados de turistas del Club Med. Pero eso es materia de otra entrada.

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