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Camboya (Epílogo): Khmeres

Decía en la entrada anterior que Camboya es un pequeño país que por su reciente historia y por su gente bien vale una visita. En el tren que tomé de Hanoi a Sapa compartí la cabina con un londinense: “Camboya es fantástica” me dijo, en cuanto le comenté mis intenciones de visitarla. La verdad es que me llamó la atención. Un tipo de mediana edad, con un cierto aire a Michael Caine y que trabajaba en la industria del cine. Eso le permitía disfrutar cada año de 3 meses de vacaciones y, desde hacía varios años, los dedicaba invariablemente a viajar por el sudeste asiático. Conocía todos los países, de Vietnam a Indonesia. Y se quedaba con Camboya. “Es mucho mejor que Tailandia. Puedes vivir por la mitad, hay buenos hoteles, la gente es encantadora. Y sin turistas”. Un tiempo después un ex compañero de trabajo me comentó también que tenía un gran recuerdo de Camboya; como un país especial. Y ahora que escribo desde el recuerdo yo también puedo decir algo similar. Hay algo en Camboya que te llega adentro. Con tal de que escarbes un poco, que salgas del paraíso artificial de Siem Reap y Angkor y visites otras ciudades; con tal de que pases la barrera de la timidez innata de los camboyanos y los conozcas un poco, y conozcas su historia, plena de luces y sombras; con tal de que hagas un pequeño esfuerzo, poco a poco despejarás los miedos y recelos de la llegada y empezarás a notar una cierta sensación agradable, cómoda, fácil. Y un sentimiento que, más que de admiración yo lo llamaría de respeto. Por su gente y por su país.

Es cierto que Camboya es un país que ha sufrido mucho: guerras, bombas, hambre y campos de exterminio en el pasado. Violencia, corrupción y explotación en los años recientes. La lista es amplia. La triste realidad es que hay miles de huérfanos y familias descompuestas aún hoy en día. Y relaciones padres-hijos condenadas por todo el horror vivido. Pero no es lástima o compasión lo que te hace sentir este país. Por un lado, no hay que olvidar que la mayoría de los crímenes los cometieron los propios camboyanos. No hubo un enemigo “externo” al que culpar. Pero tampoco es lástima porque tampoco los camboyanos predican con ella, no acuden a ti con esa actitud. Lo cierto es que, precisamente, hay veces en que parece todo lo contrario, hay ocasiones en que da la sensación de que todas esas desgracias, o bien no existieron, o bien no les han afectado demasiado. Con ese ritmo pausado que provoca el calor tropical, a ratos parece que les de pereza hasta quejarse. Seguramente, esa valentía de afrontar la vida con serenidad, pase lo que pase, de algunos camboyanos tenga que ver con su creencia, casi supersticiosa, en el karma budista. La reencarnación, que promete una vida futura mejor, y justifica una mala racha en otras vidas anteriores, que impide cualquier sentimiento de autocompasión o de culpabilidad. Una actitud que resulta un misterio y desconcierta a  los ojos occidentales, acostumbrados a lamentarse por cosas mucho más triviales. 

En Camboya muchas mujeres piensan que tener la piel morena es un signo de clase baja. No es el único país, sucede lo mismo en Japón, China o Singapur. Lo que ocurre es que en Camboya hay mucho más sol, su etnia es realmente de piel morena. Ya puedes tratar de argumentar que en Europa estar moreno está bien visto, que en realidad eso es una moda antigua de la época colonial o que, ya puestos, pensar eso es un poco racista. Da todo absolutamente igual, en cuanto salga un rayo de sol se taparán la cara con lo que puedan. Y también da igual que haga 40 grados. La verdad es que es gracioso. Pero otras actitudes hacia las mujeres no lo son tanto, Camboya es un país muy conservador y muy machista, que aún tiene que avanzar bastante en la igualdad entre sexos.

Otro punto que impresiona de muchos camboyanos humildes, más allá de algunas otras creencias sorprendentes como su confianza en la protección mágica de los tatuajes o en las maldiciones, es su poca avaricia, su desdén por el consumismo. En los más jóvenes no es tan así, pero, generalmente, la gente común no trata de estafarte. Los precios no se negocian tanto, muchos hoteles y servicios tienen dueños chinos, y casi no tienes esa sensación de que te están sableando que se respira en Vietnam o en Tailandia. En general, todo es más fácil. Y en otro orden de cosas, su apego por la familia, que viene de tiempo atrás, tiene algo de conmovedor.

Camboya tiene algo que te atrapa. La gente que ves en los mercados, en las granjas a los lados de las carreteras polvorientas, es la misma gente que en el pasado construyó ciudades mitológicas a imagen del universo para ofrecer a sus dioses. Es un bonito país, rudimentario y plácido, pero lo que realmente te conquista es la gente, su etnia, los khmeres. Porque, la verdad, hay veces que no entiendes nada.

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Para conocer Camboya uno ha de visitar Phnom Penh. En una de las entradas anteriores la calificaba como una ciudad a medio hacer, plena de contrastes, y con un aire de ciudad maldita que acaba atrapándote. Y lo cierto es que Phnom Penh es una ciudad efervescente de vida pero reposada y plácida a la vez. El intenso tráfico y el bullicio de los mercados contrastan con la tranquilidad de la ribera del río, los plácidos cafés afrancesados del paseo con la animada vida nocturna, los sórdidos tugurios de neón rojo con los exclusivos clubs para la élite camboyana. Niños que venden libros en cestas de plástico y tuk tuks con conductores durmiendo en el asiento de los pasajeros; residencias protegidas por alambradas de espino  y camionetas de cristales tintados; puestos ambulantes de comida con bancos de madera y grupos de camboyanos comiendo como en un colegio; refinados restaurantes —entre ellos uno magnífico y español: sangría y chorizo— con terrazas sobre el río Tonle Sap. Phnom Penh es un reflejo de la sociedad camboyana, de la desigualdad social, pero también una ciudad en pleno crecimiento, una muestra de lo que puede ser el futuro de Camboya. Para bien y para mal. Extraer dinero de un cajero no es un problema, los edificios de oficinas están creciendo y cada vez hay más restaurantes y hoteles nuevos, con ese estilo mezcla de oriente y occidente que le dio su fama en el pasado. Desde luego es una ciudad mucho más agradable que cualquiera de las capitales vietnamitas o que Bangkok. Phnom Penh una ciudad plana, fácil de recorrer, soleada y a veces asfixiante, con algunas atracciones ineludibles —el Palacio Real, Tuol Sleng— y un ritmo de vida pausado, como de vacaciones. Una ciudad que poco a poco te conquista, una ciudad a la que no te importaría volver.

Phnom Penh es la capital de Camboya desde 1430, cuando Angkor fue abandonada y Phnom Penh elegida como nuevo emplazamiento. Su situación, en la confluencia del río Tonle Sap —el que discurre por el paseo— y el Mekong, favorecía el comercio fluvial hacia norte y sur con Laos, China o Vietnam. Además quedaba lejos de la frontera con Tailandia para evitar invasiones. La ciudad creció durante los dos siguientes siglos hasta llegar a ser uno de los nudos comerciales del sudeste asiático. Eso la convirtió, a su vez, en pieza codiciada por tailandeses y vietnamitas, que se turnaron en las invasiones. Vietnam adquirió el sur de Camboya y el Reino de Siam arrasó Phnom Penh en 1772. La llegada de los franceses en 1863 embelleció la ciudad y le dio el aspecto que tiene hoy en día. Se dividió la ciudad en calles en forma de cuadrícula con números consecutivos como Nueva York, se construyeron edificios y monumentos importantes, el Palacio Real o el mercado Psar Thmei, entre otros. En aquélla época es cuando se la conocía como “la Perla de Oriente”. Tras declararse la independencia de Camboya en 1953 la ciudad no dejó de crecer y en 1970 la ciudad contaba ya con 500.000 habitantes. Empieza entonces el caos. La guerra civil provoca la llegada de refugiados de todo el país hasta llegar a una población de 2.000.000 de personas el  17 de abril de 1975, día de la entrada de los khmeres rojos y la evacuación de la ciudad. La evacuación siguió la pauta de dirigir a las personas en una u otra dirección según el lugar de la ciudad donde estuvieran en el momento en que se decretó. Familias enteras quedaron separadas y para muchos camboyanos su experiencia en los años posteriores dependería del lugar de la ciudad donde estuvieran ese día. Porque hubo muchas diferencias entre los campos de trabajo. Mientras ser dirigido a los campos del sur significaba una probable ejecución, en el norte esperaban el hambre y las enfermedades por sobrepoblación. Los campos del este y del oeste permitían más posibilidades de escape y fueron los menos sanguinarios. Durante la época de Pol Pot Phnom Penh no tuvo más de 50.000 habitantes, una cifra compuesta por militantes del partido, soldados y obreros en las pocas fábricas que se mantuvieron. Las décadas de los 80 y 90, plenas de decadencia, violencia, corrupción y pobreza,no significaron gran cosa para la reconstrucción de la ciudad. No sería hasta la última década cuando empezaran a arreglarse alcantarillas, carreteras y otras infraestructuras. Suficiente como para que Phnom Penh comience a recuperar su pasado.

Una de las atracciones de Phnom Penh es el Palacio Real. Situado al final del paseo del río, en una zona adornada con las banderas de todos los países del mundo, su imponente figura destaca al fondo de una bonita plaza de farolas y bancos blancos. Los días festivos los camboyanos retozan en la plaza al tiempo que echan una mirada distraída a las proles de niños que corretean por el césped. Muchos camboyanos acuden para pasar el día en familia y visitar el palacio de su apreciado rey ya que el Palacio es también la residencia de Sihamoni, hijo de Sihanouk y monarca desde 2004. La entrada es gratuita para los camboyanos y se exige un mínimo muy razonable de ropa para no verse obligado a alquilar una pieza extra: camiseta o blusa hasta el codo y bermudas hasta la rodilla. Es una visita muy agradable, sin las multitudes asfixiantes de Bangkok, en un entorno precioso. Grandes edificios de paredes blancas con puertas trabajadas en madera y cuidados tejados dorados con motivo khmeres que resaltan como islas gigantescas en un gran complejo espacioso y exquisitamente cuidado de jardines decorados con tinajas rellenas de flores de loto e hileras de flores violeta y amarillas. El monumento más destacado es la llamada Pagoda de Plata, que toma su nombre por el suelo, recubierto de más de 5000 baldosas de plata de 1kg cada una. En su interior, el Buda Esmeralda, sentado en lo alto de un pedestal, y un Buda de oro decorado con 9500 diamantes. Además de diversos motivos budistas, estupras y budas, el complejo contiene los sepulcros y santuarios de diversos reyes camboyanos y una maqueta preciosa del complejo de Angkor Watt sobre un estanque.

La seguridad es un tema que merece unas líneas. Como expliqué en la entrada anterior, Phnom Penh tiene un pasado bastante célebre en este aspecto. Pero ya es pasado en muchos aspectos. Las armas ya no circulan libremente, al menos en lo que te pueda afectar como turista. Supongo que los guardaespaldas de los niños bien que te encuentras por la noche las llevan, pero basta con tener un mínimo de sentido común: sonríe y no les des motivos a los niños. Respecto a los robos, no hay que dejarse asustar por las advertencias de las guías. La probabilidad de que te roben es mucho menor en Phnom Penh que en Barcelona. Eso lo tengo claro. Puede que la primera impresión tras llegar a Phnom Penh después de haber leído todas las advertencias de robos, putas y pederastas sea un poco intimidante. Pero a los dos días verás que la sensación de peligro va pasando sola. De día la ciudad es bastante plácida, de noche los conductores de moto son una buena forma de sentirse seguro. Encuentra uno que hable bien inglés (es lo más importante porque además de poderte entender presupone un nivel de educación diferente) y por 10 USD te llevará encantado toda la noche a donde tú quieras y te esperará fuera. Te dará consejos si hay algún peligro y te servirá de intérprete.

Mi conductor era tuerto. Un buen tipo, de unos 30 años, no muy flaco y de rasgos mestizos,  probablemente hijo de algún occidental. Espabilado y respetuoso, tenía esa forma pausada de recibir órdenes de los camboyanos. No le pregunté por el ojo. Visitamos 3 buenos clubs, con una mezcla interesante de locales, expatriados y turistas. Y sin “azafatas”. Element’s es un club un poco separado del río, destinado a la élite camboyana y por tanto muy cuidado, con asientos de cuero blanco y más aspecto de lounge que de discoteca. El público se compone de algún extranjero despistado y mayoría de jóvenes camboyanos que beben botellas de vino tinto enfriadas en cubiteras con hielo. Es un lugar para las primeras horas de la noche. Pontoon es el club de moda, con los mejores DJ’s y el mejor ambiente. Un local de aspecto europeo con mayoría de extranjeros, por donde pasa todo el mundo a partir de cierta hora. A unas calles de distancia, T-3 tiene más aspecto de bar, con tarimas de madera y sillones, pero también con espectáculos en directo y música electrónica. Es la alternativa al anterior, mucha gente va de uno a otro. Lo cierto es que Phnom Penh tiene una animada vida nocturna que va más allá de los burdeles de la calle 104 o de los bares de azafatas como el Martini’s (“Bored, hungry, lonely? We have everything you need” era su anuncio) que se hicieron famosos en la época de la UNTAC. Basta con buscar un motorista para que te lo enseñe.

 Una última referencia a los mercados de Phnom Penh, otra de las posibles actividades de ocio. El mercado más famoso es el de Psar Thmei, situado en un edificio art déco. Es gigantesco y extravagante, más una curiosidad que un lugar para comprar, pero tiene ese genuino caos asiático. Para compras de ropa y similares, la mejor opción es el Mercado Ruso o Psar Tuol Tom Pong. Además de miles de falsificaciones de artesanías y antigüedades, es obligatorio regatear, la oferta de ropa es suculenta, con precios de ropa occidental fabricada en Camboya (Calvin Klein, Gap o Banana Republic, entre otras) al 10% del europeo.

Phnom Penh apenas figura en los paquetes turísticos, una condición que hay que tener en cuanta para visitarla antes de que se convierta en un nuevo Bangkok o Hanoi. Una ciudad en la que te mueves con la cadencia de los paseos junto al río y las copas de vino a media tarde, donde uno puede relajarse del ritmo frenético de las vacaciones. Una ciudad en proceso de cambio, la mejor muestra del futuro y el pasado de un país, Camboya, que por su reciente historia y por su gente, bien vale una visita. No conozco a nadie que se haya arrepentido.

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La historia de Camboya tras Pol Pot —los años 80 y 90, hasta mediados de la década del 2000—, es como un viaje alucinógeno. Es difícil establecer la frontera entre realidad e irrealidad de los acontecimientos políticos o de los “sucesos” que conforman la vida cotidiana de los camboyanos. Phnom Penh es el principal escenario de todo ello, capital de un país que tras cuatro años de horror empieza la década de los 80 absolutamente desestructurado, con crisis alimentarias y enfermedades, con una clase media diezmada —sin médicos, sin ingenieros, sin escuelas— y con una población aterrorizada y con inevitables secuelas psicológicas, con familias rotas y huérfanos en las calles. Comienza entonces una nueva guerra civil que provoca movimientos en los países vecinos y en la comunidad internacional para tratar de influir, saquear y medrar lo suficiente como para sacar el máximo provecho político y económico de un país destrozado. A eso se le llamó “el problema camboyano”. El resultado de todo ello es la Camboya de los años 90 y principios del 2000, que podríamos resumir como lo más parecido al “Salvaje Oeste”. Hoy, por fortuna, parece que las cosas están empezando a cambiar mínimamente. No obstante Camboya sigue siendo uno de los países más corruptos del mundo. Esta entrada se centra en una década, los 90, que explica bastantes cosas de la Camboya actual.

El “problema camboyano” comienza tras la caída del régimen de Pol Pot en 1979. Los vietnamitas invaden el país y establecen un gobierno inspirado en su modelo. Se colectiviza la agricultura según el modelo vietnamita-soviético y se trata de asegurar un mínimo de orden público en un país en crisis alimentaria donde impera la ley de la supervivencia, en el que no hay apenas cuadros medios y en el que la economía se mueve con el saco de arroz y el tabaco como monedas. Mientras, los khmeres rojos siguen en las montañas. Como respuesta a la invasión vietnamita, China, uno de los apoyos de Pol Pot, invade Vietnam (por poco tiempo) y muchos países occidentales, entre ellos EE.UU. o Gran Bretaña, no reconocen al nuevo gobierno como réplica al apoyo de la URSS a Vietnam. Así que siguen apoyando al anterior, es decir a Pol Pot, cuyos representantes se siguen sentando en su asiento de la ONU —esta situación durará hasta 1991— al mismo tiempo que van descubriéndose las fosas comunes y las pilas de calaveras en Camboya. Tailandia, que por entonces recibía a los refugiados camboyanos que huían de la miseria y temía una (muy improbable, creo) extensión del comunismo en su país, ofrece campamentos dentro de sus fronteras para distribuir la ayuda internacional. Pero los tailandeses exigen que se distribuyan los alimentos también a los khmeres. Entre otras cosas, porque éstos dominaban la zona más próspera en piedras preciosas de Camboya. Es así, con la comida de los tailandeses, de las ONGs y de la ONU, y las armas de los chinos, como se rearman los khmeres y empieza entonces un periodo de diez años de guerra civil con dos bandos. Por un lado el gobierno pro-vietnamita y apoyado por la URSS de Hun Sen; por otro, el gobierno “internacional”, una coalición entre el partido del rey Sihanouk, un partido anti-comunista y los khmeres rojos donde son éstos últimos quienes ostentan el mando. Sihanouk es el presidente, Kieu Samphan, que hoy espera juicio por crímenes contra la humanidad, es el vicepresidente, y Son Sen, comandante en jefe de los khmeres rojos (posteriormente asesinado junto a 13 miembros de su familia por Pol Pot), el primer ministro.

En 1989, tras una conferencia internacional en París, China promete suspender las ayudas a los Khmeres Rojos y Vietnam retira sus tropas. Hun Sen queda a la cabeza del país como primer ministro. En 1991, las cuatro facciones enfrentadas firman la paz, estableciéndose un gobierno de transición supervisado por las Naciones Unidas, la famosa UNTAC (United Nations Transitional Authority in Cambodia), hasta la celebración de elecciones en 1993. El príncipe Sihanouk regresa al país y se establece como forma de gobierno una monarquía constitucional elegida por consulta popular. Nace el Reino de Camboya.

Los principales objetivos de los funcionarios de la UNTAC que se establecieron en Camboya de 1991 a 1993, junto a la supervisión de las elecciones de 1993, fueron “restablecer y mantener la paz” y “promover la reconciliación nacional”. Trabajaron unas 22.000 personas entre soldados y personal civil, durante un año y medio, con un coste de 1.600 millones de USD. En la página de la ONU se la califica hoy como una “misión única”, que dejó “muchas lecciones para el futuro”. Lo cierto es que más allá del hecho de que se celebrasen elecciones democráticas y la ayuda sobre el terreno en forma de instalaciones o ayuda a desplazados, la UNTAC no parece que fuera una misión muy exitosa. El SIDA entró en Camboya con la misión, y se extendió rápidamente llegando a afectar a 70.000 camboyanos en 1995. La industria de la prostitución recibió un estímulo tal con la llegada de los extranjeros que provocó que también las prostitutas vietnamitas invadiesen Camboya. De 6.000 prostitutas en 1991 se pasó a 20.000 en 1992. Respecto a la política, el partido comunista de Hun Sen, obtuvo menos votos que la suma del partido del rey y los anticomunistas en las elecciones de 1993. Sin embargo, no aceptó los resultados y se mantuvo en el poder tras pactar un gobierno de coalición nacional. Su control de las instituciones y del ejército, sumado a las múltiples coacciones y asesinatos de miembros de la oposición durante todo el proceso, forzaron esa solución de compromiso ante la amenaza real de una secesión del país y, de nuevo, una guerra civil. La UNTAC no movió un dedo para intervenir durante todo el proceso de “intimidación-negociación”. En realidad nada cambió en Camboya a partir de las elecciones. Los acontecimientos posteriores no hicieron más que reforzar la estructura de poder que había antes de las elecciones. Y esa estructura aún gobierna el país hoy en día. Pero esta última parte no se menciona en el informe de la ONU sobre los resultados de la misión.

En 1997, tras diversas maniobras del partido monárquico por incluir a los khmeres rojos entre sus filas —que comenzaban a desintegrarse: Ieng Sary se integra en partido real y es perdonado; Pol Pot asesina a Son Sen—, comienzan enfrentamientos a tiros entre los miembros de los dos partidos mayoritarios. Hun Sen da un golpe de estado y vuelve al poder en solitario. En 1998 inicia una ofensiva contra los khmeres y toma su último bastión, Anlong Veng, al tiempo que Pol Pot muere en su cama. Muchos de los khmeres se integran en el partido de Hun Sen y se acaban los khmeres rojos como movimiento. En las elecciones de 1998, Hun Sen es elegido con amplia mayoría. Y así hasta hoy, porque Hun Sen sigue siendo primer ministro de Camboya. El más longevo de toda Asia tras la muerte del norcoreano Kim II Sung (más allá de que éste último sea en realidad Presidente Eterno de Corea del Norte).

Una de las más coloristas descripciones de la Camboya de los 90 se encuentra en el libro escrito por el profesor norteamericano Amit Gilboa: “Off the rails of Phnom Penh: Into the dark heart of guns, girls and ganja”. Gilboa convivió durante varios años, de 1996 a 1998 con la extraña comuna internacional que poblaba las calles de Phnom Penh. La mayor parte de lo que viene a continuación está extraído de allí.

Al principio del libro Gilboa explica que podría escribirse un libro entero sólo con el material relacionado con los funcionarios de la UNTAC. Es evidente la poca simpatía del autor hacia las NU pero, aún así, la  descripción que aporta un veterano de la UNTAC es demoledora.

“Los funcionarios de la ONU recibían una paga de 145USD diarios en un país cuya renta media anual era de unos 120 USD. Los peores eran los búlgaros. A pesar de sus increíbles salarios tenían el hábito de traer prostitutas al hotel y luego no pagarles. Los gerentes de los hoteles se veían con el marrón de tener que manejar legiones de taxi-girls histéricas en el hall del hotel a la mañana siguiente. Una vez escuché que para completar la cuota de la UNTAC, como los búlgaros pensaban que podía ser una misión peligrosa, sacaron gente de la cárcel y la enviaron a Camboya. Cuando se dieron cuenta del caramelo que suponía la misión trajeron de vuelta al primer lote y enviaron uno nuevo, igual de bueno, pero con mejores conexiones. Hay historias como la de un búlgaro borracho meando encima de un mendigo en mitad de la calle… la UNTAC llegó aquí para establecer la democracia y los derechos humanos…y para eso llegaron policías de Nigeria o Indonesia, dos bastiones de la democracia…No sólo fue por eso, pero la UNTAC se negó a hacer tests de HIV a sus miembros. Podías ver a esos indios o africanos locos por las putas llevando el SIDA a cada aldea camboyana. Era como una especie de proyecto misionero de locos. Un tipo fue tratado 50 veces de enfermedades venéreas. Llegó a tal punto la situación que la UNTAC emitió una directiva rogando a su personal que no dejara aparcados los coches de las UN delante de los burdeles todo el tiempo.”


El Phnom Penh de los 90 es la ciudad que describe Gilboa a partir de sus entrevistas con los expatriados que viven allí en una especie de delirio continuado de armas, sexo y drogas. Un abanico de personajes, alguna mujer también, que va desde simples aventureros a auténticos “losers” que encuentran allí su paraíso. Contratados la mayoría de ellos como profesores de inglés para los hijos de las élites militares y gubernamentales (bastaba saber hablar inglés para serlo) tenían sueldos de 6 USD/hora que les permitía “tener una lista de to do’s de 1 cosa al día”. Por ejemplo, llevar la ropa a la lavandería.

En una ciudad donde las prostitutas cuestan 4USD, Phnom Penh es, según uno de los personajes, un Mc Donalds del sexo, un 7eleven abierto 24 horas al día, donde puedes aprovechar cualquier break entre las clases”. Las conversaciones de la comunidad extranjera en el libro giran invariablemente alrededor del sexo hasta convertirlo en una obsesión generalizada. Más allá de las “aventuras” que se relatan, en general más llamativas por decadentes y deprimentes que por otra cosa, lo que realmente resulta impactante es el clima de total falta de prejuicios, de obsesiva lujuria impúdica. Lo cierto es que todavía hoy puedes ver a algunos de esos tipos por las calles de Phnom Penh. Un americano de mediana edad, con su camisa Ralph Lauren, cenando animadamente en un restaurante italiano del paseo con tres jovencitas camboyanas a la vez. O un alemán gordo sentado románticamente en una terraza con una chica a la que le lleva 40 años. Pero, a diferencia de Bangkok, donde todo parece más mercantil y a gran escala, en Phnom Penh las relaciones parecen más “naturales”, como si fueran una parte de la vida cotidiana. Porque seguramente las relaciones también son diferentes. Las mujeres camboyanas son diferentes que las tailandesas. Camboya es un país muy conservador y machista, donde las relaciones prematrimoniales están censuradas por la familia. Allí se dice que las mujeres son como el algodón y los hombres como el oro. Cuando metes el oro en un charco, si le pasas agua, queda limpio. Pero cuando metes el algodón nunca podrás limpiarlo del todo. Ese es el concepto que se tiene de la virginidad. Una mujer no virgen: divorciada, viuda, ex prostituta, violada, lo que sea, no tiene muchas oportunidades de establecer una nueva relación. Los extranjeros son a veces su única opción. Por eso no es tan frecuente que los estafen como sucede en Tailandia. Así que, a pesar de todas las historias sórdidas de los 90, no creo que hoy sea todo perversión ni turismo sexual en las parejas interraciales como parece dibujarse en las caras de muchos de los turistas que las observan con indisimulado horror. Por otro lado hoy, por fortuna, el SIDA está decayendo en Camboya, las campañas están surtiendo efecto y se ven carteles con teléfonos para denunciar a los pederastas por todos lados.

La Phnom Penh de los 90 es también el paraíso de los drogas. Los campesinos no tenían ni que cuidar los campos para que creciera la “ganja” (marihuana). Un kilo costaba 20USD. En algunos restaurantes uno podía pedir una pizza “extra feliz” y que se incluyera un ingrediente nuevo. Como decía uno de los personajes del libro “en un porro hay dos componentes, la marihuana y el papel de liar. Lo que tienes que comprender es que aquí el más caro, de lejos, es el papel de fumar”. La heroína, la otra droga más extendida, no era tan barata, unos 50USD el gramo, aunque, eso sí, 100% pura. En el libro se relata una noticia de un periódico que refleja bastante bien el clima de impunidad de aquellos años.

Theng Boon Ma, un viejo socio y asesor del presidente Hun Sen, quien ha denegado repetidamente las acusaciones de haber hecho una  fortuna a través del tráfico de drogas, se irritó mucho cuando Air Camboya no podía localizar su maleta tras un vuelo desde Bangkok. Según testigos, Mr. Boon le preguntó a su guardaespaldas si llevaba armas extra en el coche. El guardaespaldas sacó entonces un AK-47 del maletero del coche y ambos volvieron a la terminal, atravesaron los controles y entraron en la zona de pistas. Allí Mr. Boon Ma  disparó al avión que le había traído desde Bangkok. Una de las ruedas, valorada en unos 2.000 USD, fue destrozada en el tiroteo.  Mr. Boon Ma no negó la historia, “Es un servicio muy malo. Si fueran mis empleados les habría disparado en la cabeza”.

El personal del aeropuerto encargado de los controles de inmigración y aduanas rechazó hacer comentarios sobre el hecho de que dos personas armadas atravesaran el aeropuerto.

El departamento de policía, contactado por este periódico, admite que las acciones del Sr. Boon Ma fueron ilegales, pero reconoce que no existen planes para arrestarlo.

El ejemplo anterior es también una muestra del nivel de corrupción política que se permitía en Camboya. Hay casos parecidos, como el del exportador Mong Ret Thy, otro socio de Hun Sen y encargado de construir las “escuelas Hun Sen” por todo Camboya. Se le encontraron 6 toneladas de marihuana en un envío de caucho a Sri Lanka. Y entonces, la policía, en vez de arrestar a Ret Thy, arrestó a los funcionarios de aduanas. “Por falsificar documentos para tratar de incriminar a Mr. Ret Thy”. Este hombre era el mayor exportador de caucho porque era el único que estaba exento de pagar el 10% del valor de la producción que se exigía como tasa de exportación.

También se dice que en uno de los envíos de billetes de riels que hacía el fabricante, francés, al Banco Central de Camboya, se le pidió a éste un paquete extra de billetes, pongamos un 10%. El monto principal entró en el Banco Central y el extra fue entregado en maletines al personal del Ministerio de Finanzas.

La corrupción política en Camboya ha sido, y continúa siendo, un hecho cotidiano. Una corrupción que llega a extremos grotescos como cuando a Hun Sen le dieron un Premio de la Paz en 1996. La organización que se lo concedió, llamada World Peace Corpus, era absolutamente desconocida, así que los periodistas preguntaron. El representante de la organización sólo fue capaz de citar entre sus miembros a “Baron Vaea, rey de Tonga, y al Comandante en Jefe de los Mongoles del Mundo”. Parece una broma, pero a la ceremonia de entrega del premio se le dio la máxima cobertura e incluso asistieron los embajadores principales en Phnom Penh. Muchos camboyanos pensaban que era el Premio Nobel de la Paz.

En los años 90, un narcotraficante podía campar a sus anchas por Camboya. Por entonces, uno podía contratar la muerte de alguien por 300 USD. Un equipo de guardaespaldas equipados con AK-47 y granadas costaba unos 2.400 USD/mes (6 tipos a 400 USD/mes cada uno). Durante los primeros años de Hun Sen se citan cientos de ejemplos de periodistas o políticos amenazados, torturados o asesinados. El propio primer ministro llegó a predecir, como forma de intimidación, un ataque con granadas en un mitin de la oposición. No es que lo supiera, ni tuviera nada que ver, por supuesto, simplemente tuvo un “presentimiento”. Y ocurrió. 16 personas murieron. El golpe de 1997 sería la demostración de su fuerza, ahora ya sí, por vía directa, sin subterfugios. Todo ello para mantener y acrecentar su poder. La violencia en los 90 era un tema cotidiano en Phnom Penh, y un modo de mantener o adquirir poder. Los jóvenes llevaban pistolas y las disparaban en la calle sólo por diversión, para demostrar su fuerza. Los chicos las llevaban a la escuela y los maestros eran coaccionados para que aprobaran a los hijos de la élite. Todo para obtener prestigio o poder. Algo más importante que el dinero. El dinero lo hacían los chinos.

Como explicación de ese clima de violencia e impunidad, algunos de los entrevistados por Gilboa hacen referencia a la idea de que a los camboyanos los bienes materiales no les interesaban demasiado. Su creencia budista en una nueva vida generaba esa falta de ambición por el dinero y les permitía soportar mejor las privaciones físicas. Un estudiante cuenta la historia de una chica forzada a casarse con un hombre que odiaba durante el periodo de los khmeres rojos. “Tuvieron un niño y con la llegada de los vietnamitas se divorciaron, pero en esa situación ningún camboyano la miraba ya. Ella ha perdido la esperanza de ser feliz en esta vida. Sólo está esperando que se acabe y así poder empezar de nuevo en la próxima vida”.


La sociedad camboyana de los 90 no es la de hoy. Ya no hay armas a la vista, aunque sigue habiendo 4×4 con cristales tintados y jóvenes con guardaespaldas, probablemente armados. Hun Sen sigue en el poder, aunque ahora parece que la corrupción se está desplazando hacia el ámbito inmobiliario. Las drogas ya no están a la vista y la prostitución no es tan escandalosa. Parece que poco se va dejando atrás esa década de violencia, lucha por el poder y corrupción. La década prodigiosa para toda la selecta comunidad internacional de Phnom Penh, la década de “Guns, Girls and Ganja”.

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En los años posteriores al fin del régimen de Pol Pot, los maestros no podían emplear la expresión “ir a la escuela”, los niños la identificaban con la muerte. Para los khmeres rojos llevar a alguien “a la escuela”, o “a estudiar”, significaba llevarlo al antiguo colegio católico de Tuol Svary en Phnom Penh, la sede de “S-21” (Santebal 21) o Tuol Sleng. Santebal (la Rama Especial) era el nombre por el que se conocía  a la policía política de Pol Pot, y Tuol Sleng fue el mayor centro de detención y torturas del país. Hoy en día Tuol Sleng es el “Museo del Genocidio”, en reconocimiento a las miles de víctimas que fueron internadas allí, sistemáticamente torturadas y finalmente ejecutadas de un garrotazo en la nuca. Para ahorrar balas. Es una visita dura, silenciosa, de la que algunos visitantes salen visiblemente emocionados. En las instalaciones, con más pinta de un inocente complejo de oficinas que de una cárcel, se han conservado las celdas en su estado original, con los somieres de metal y las herramientas de tortura, con fotos en las paredes de los cuerpos atados a las camas. En otras salas hay hileras de murales inmensos con las fotos en blanco y negro de las caras de los miles de aterrorizados reclusos y un número identificativo. Rostros de ultratumba que incluyen mujeres, ancianos y niños en una interminable colección que resulta extenuante y deprimente. Siguiendo la política de Pol Pot de “evitar venganzas” no sólo se encerraba a los presuntos culpables, también a sus familiares cercanos. A lo largo de los años se han ido rellenando los nombres de las personas de las fotos. Muchos visitantes camboyanos han identificado a sus familiares desaparecidos y han escrito su nombre en bolígrafo bajo la foto, otros salieron de los propios registros de la cárcel. Esas hileras de caras en blanco y negro, rígidas por el terror, son uno de los mayores y más horribles documentos de la barbarie de Pol Pot.

Unas 15.000 personas fueron trasladadas a Tuol Sleng, por las más diversas excusas o acusaciones, y todas ellas acabaron confesando sus crímenes. Primero se les obligaba a describir una detallada autobiografía y luego se les torturaba hasta que confesaban. Bastaban unas tenazas, un barreño de agua o un pequeño generador eléctrico, no es necesario mucho más para torturar. Un antiguo ministro de Pol Pot, encarcelado por ser “demasiado vietnamita”, detalló 32 confesiones con los nombres de los conspiradores antes de ser ejecutado. Todos los reclusos tenían 3 posibilidades de confesión: confesar ser espía de la CIA, del KGB o de los servicios secretos vietnamitas. Todo el mundo confesaba. Los reclusos vivían encadenados con grilletes, algunos hacinados en celdas, esperando su turno para morir. Cada día, al hacer la limpieza, se evitaba tocar a los cadáveres de los que a causa de las heridas habían muerto desangrados, algunos atados a las camas, y se les fotografiaba. Esas fotos, que ahora figuran en las paredes de algunas de las celdas, lo más horrible de contemplar, fueron encontradas por los vietnamitas cuando entraron en Phnom Penh y liberaron Tuol Sleng. Los guardias y el siniestro director de la prisión, el antiguo profesor de matemáticas llamado Duch (Kaing Khek Iev), ya se habían ido pero antes de marcharse trataron de matar a todos los reclusos. Sólo siete sobrevivieron. Siete de 15.000.


 

Duch escapó con su mujer y sus hijos y se convirtió al cristianismo a principios de los 90. Volvió a ejercer como profesor y colaboró en una organización cristiana. Sus alumnos, que no sospechaban quién era, dicen que apreciaban su dedicación a ellos y su forma de enseñar. Pero en una de sus últimas entrevistas, Pol Pot negó el conocimiento de la existencia de S-21. Eso indignó a Duch, que llamó a un periodista británico para revelar su identidad y confesar sus crímenes. Fue encarcelado y en febrero de 2008 Duch fue llevado de nuevo a Tuol Sleng como parte del proceso que comenzó a juzgar, tras muchos años de parálisis, los crímenes contra la humanidad de los ya pocos supervivientes del régimen de Pol Pot. En un acto que conmovió a los presentes, pidió perdón a las víctimas antes de empezar a llorar apoyado en el hombro de uno de los guardias que lo escoltaban:

“Os pido perdón… sé que no podéis perdonarme, pero os pido dejarme la esperanza de que podéis”.

Se dice que una de las víctimas sobrevivientes de S-21, allí presente, gritó:

“He aquí las palabras que había añorado oír desde hace 30 años”.

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Phnom Penh es una ciudad soleada y quizás algo peligrosa, de tráfico atropellado y mediodías asfixiantes, la antigua “Perla de Asia” del protectorado francés de la Cochinchina es hoy una ciudad a medio hacer, ambivalente, con callejones oscuros y sórdidos bares de prostitutas que contrastan con el espléndido Palacio Real y los cafés de aspecto afrancesado de la ribera del Mekong. En el paseo que da al río los niños juegan al fútbol a media tarde y los profesores de aerobic dan clases a ritmo de house a los divertidos camboyanos. Es una ciudad de agradables paseos pero también de ambientes decadentes, paraíso de expatriados y, ya menos, destino de turismo sexual. Y protagonista a su vez de una historia trágica, la de Camboya, que conmueve y espanta a la vez, pero que creo que es necesario conocer, tratar de comprender, para comprender el país y a su gente. Mucha gente vivió los años de Pol Pot y las secuelas psicológicas siguieron vigentes durante años. Imaginemos un país entero con el mismo trastorno que los veteranos de Vietnam. Pero sin tratamiento. Phnom Penh es un punto de partida para interesarse por la historia reciente de Camboya, Tuol Sleng, la antigua cárcel y hoy museo es el primer impacto de esa historia. Allí he visto a alguna turista llorando. Luego, los excelentes libros que los niños venden por la calle, copias de grandes historiadores y periodistas, te pueden ampliar esa base si es que te interesa saber más. En esta y en la próxima entrada hablaré de ello, de Pol Pot y de los años que siguieron, luego me quedaré con la Phnom Penh de hoy, un lugar con un aire de ciudad maldita que pese al rechazo inicial, y no sé muy bien por qué, acaba atrapándote.


La primera referencia que muchos de nosotros tenemos sobre Pol Pot y el régimen de los khmeres rojos que gobernó Camboya desde 1975 hasta 1979 es una película, “The Killing Fields”. Se trata de una honesta película dirigida por Roland Joffe, con imágenes realmente preciosas de Camboya y está basada en el reportaje que escribió en 1980 el periodista del New York Times Sidney Schanberg: “Life and death of Dith Prahn”. Narra el antes y el después de la entrada de los khmeres rojos en Phnom Penh desde dos protagonistas, el propio periodista norteamericano y su colaborador, el camboyano Dith Prahn, que pasó 4 años en un campo de trabajo. La narración comienza con el bombardeo de Neak Luong en 1972, un ejemplo de los efectos de los indiscriminados bombardeos norteamericanos. Una pequeña ciudad incrustada en el corazón del centro de Camboya, la zona dominada por los khmeres rojos, y arrasada, con miles de víctimas entre los escombros. Los bombardeos duraron de 1969 a 1973. Los campesinos no entendían los continuos raids de bombas y napalm que mataban a sus familias y destruían sus templos y campos de cultivo. Bombas en escuelas, en bodas, en funerales. La escalada llegó a tal punto — un joven campesino cita que en 1973 su aldea fue bombardeada de 3 a 6 veces al día durante 3 meses— que muchos campesinos se hacían sus necesidades encima sólo al ver los aviones, les aterrorizaba simplemente escuchar el sonido de los motores. Y cada vez que había un bombardeo los khmeres rojos llevaban a los aldeanos a ver los cráteres, los cadáveres. Casa por casa, para conseguir el mayor número de adeptos. Los campesinos, asustados y temerosos por las represalias, creían todo lo que les decían los khmeres. Y en aquellos casos en que alguna bomba había herido a niños pequeños incluso les ofrecían al resto de sus hijos. Si en 1967 la guerrilla khmer estaba desorganizada y dispersa, en 1973 era un grupo compacto y centralizado en torno a Pol Pot. Lo irónico del caso es que el fin de los bombardeos se produjo cuando la administración norteamericana llegó a la conclusión de que los khmeres rojos no estaban suficientemente organizados como para ser una amenaza. Precisamente pasaba lo contrario. El número total de víctimas camboyanas entre 1969 y 1973 se calcula superior a 150.000, con una cifra de bombas mayor que la arrojada por todos los bandos durante la II Guerra Mundial. La burda estrategia orquestada por Kissinger, fruto de la escalada de la guerra en Vietnam y pensada para tratar de frenar las rutas de abastecimiento del Vietcong a través de Camboya (como ocurrió en Laos), explica algunas cosas sobre el posterior desarrollo de los acontecimientos en Camboya. Uno de los grandes interrogantes del régimen de los “khmer rouges”, más allá de Pol Pot, es cómo explicar que los simpáticos y agradables campesinos camboyanos se convirtieran en crueles asesinos. El propio Sydney Schanberg no se lo explica. La pérdida de tierras, el miedo a los propios khmers o el odio a los burgueses de Phnom Penh no parece suficiente. El dice que la única explicación es que la guerra, los bombardeos, los endureciera.  


Los khmeres rojos nacieron en 1967, tras una revuelta en Batambang por una subida de impuestos que fue seguida de una dura represión militar. Una facción del partido comunista fue ilegalizada y se transformó en guerrilla. Su líder Saloth Sar, llamado ya entonces Pol Pot, contaba entonces 42 años. Pol Pot nunca trabajó en un campo de arroz ni sabía prácticamente nada de la vida en el campo. Una de sus primas, bailarina, llegó a ser una de las esposas del rey Minivong y él paso su infancia en el Palacio Real y en colegios de élite. A los 20 años recibió una beca para estudiar en París. Allí se hizo miembro del partido comunista francés y se casó con la primera universitaria camboyana. Conoció a Ieng Sary y Son Sen, que estarían con él 40 años. Según sus amistades de la época no hubiera sido capaz de matar ni a una gallina, era un hombre modesto, encantador. En 1953 volvió a Camboya en mitad de la lucha por la independencia y viajó a Vietnam donde los comunistas le enseñaron a trabajar con las masas para construir comités a nivel de cada villa. Vivió unos meses en una aldea del norte de Vietnam, y parece que fueron esos meses de frugalidad los que le convencieron de la idoneidad de la vida en el campo. Entraría en el partido comunista en 1963, donde sus dotes oratorias y la familiaridad con la burguesía de Phnom Penh pronto le harían ascender. El misterioso asesinato del anterior líder del partido y los acontecimientos de Battambang serían el espaldarazo definitivo para convertirse en líder de los revolucionarios del pañuelo rojo,  los “khmers rouges”.

En marzo de 1970 los khmeres rojos no eran una amenaza real pero la crisis económica y la radicalización política entre izquierda y derecha, con la amenaza latente de un ascenso de los comunistas al gobierno, provocó un golpe militar dirigido por el general Lon Nol y el príncipe Sissowath, primo del rey, que obligó a la abdicación del rey Sihanouk. Se estableció un régimen militar apoyado por EE.UU. Poco después Lon Nol envía un ultimátum a las tropas norvietnamitas que se refugiaban en Camboya para que salieran del país. En abril, las tropas norteamericanas y de Vietnam del Sur invaden Camboya para atacar a los norvietnamitas. Estos comienzan una retirada, pero hacia el norte de Camboya. Unidos a los khmeres rojos fácilmente superan al inexperto ejército camboyano y en julio llegan a los templos de Angkor. Luego se retiraron hacia Vietnam. Los khmeres rojos se extendieron por todo el país y comenzaron los bombardeos y la guerra civil entre el gobierno de Lon Nol y los khmeres.

Los jóvenes soldados khmeres entraron en Phnom Penh el 17 de abril de 1975, unos días antes de la caída de Saigon. La gente los recibió con aplausos. La guerra, los bombardeos, habían terminado y se avecinaba un nuevo régimen, un poco de esperanza para un país que había sufrido 500.000 muertos por las bombas, las minas y la guerra civil. Pero los habitantes de Phnom Penh pronto se dieron cuenta de que algo raro pasaba. Inmediatamente se dio la orden de evacuar la ciudad. Todas las ciudades fueron evacuadas. Se le dijo a la gente que los norteamericanos iban a bombardearlas como represalia. Los que protestaban eran ejecutados. Las imágenes de la evacuación masiva de la ciudad de “The killing fields” son únicas, se usan en muchos documentales ya que no existen otras que las recreadas con mucho detalle por Joffe. La gente cargando sus posesiones en la espalda, en bicicletas o en carretillas y las familias desesperadas buscando a sus familiares, los niños llorando apretujados entre la masa. Se sacaron los libros de las bibliotecas y se quemaron en las calles. Los pacientes fueron expulsados de los hospitales, los familiares cargaban con las camillas tratando de moverlas entre la muchedumbre, algunos con las bolsas de plasma y los tubos colgando de un lado a otro. Tullidos y paralíticos se arrastraban por el suelo. A lo largo del camino los khmers rouges fueron preguntando las ocupaciones a la gente. Los ex soldados eran apartados y fusilados. Más de mil personas fueron asesinadas sólo en la evacuación de Phnom Penh: un cuerpo a cada metro del camino recuerdan las víctimas. Las matanzas indiscriminadas duraron un mes, luego paró.

La primera gran medida del nuevo régimen fue convertir Camboya en un gigantesco campo de trabajo para cultivar arroz. Se cerró el país al exterior, se cortaron las comunicaciones, se abolió el dinero y se abolió la libertad de movimientos, se prohibió la religión y la propiedad privada, desde un coche a una gallina o a un cubierto. Todo se volvió comunitario y dirigido por un ente cuyos miembros eran desconocidos: Angkar, (“la Organización) decidía, dictaminaba las órdenes, el bien y el mal. Un  gobierno secreto de hombres sin rostro. Pol Pot se daría a conocer en 1976, pero hasta 1980 nada se supo en el exterior de lo que realmente sucedió en Camboya. Se dividió a la población en 3 clases: “viejos ciudadanos” (campesinos); “nuevos ciudadanos” (clase media de las ciudades) y “candidatos”. Se ejecutó a soldados pero también a maestros, estudiantes, comerciantes o profesionales. Cualquier persona sospechosa de tener conocimientos burgueses era asesinada. Se prohibió enseñar y aprender nada que no fuera Angkar y sus principios. La población fue distribuida en campos de trabajo tras interminables desplazamientos en los que la gente moría por el camino. El campo se transformó con gigantescos diques y canalizaciones, montañas de tierra que se levantaban y se movían para crear hectáreas de campos de arroz. En los 4 años que duró el régimen nada de eso funcionó. Los ingenieros trabajaban el campo y campesinos analfabetos dirigían las obras. Y no se permitía aprender. Un doble sinsentido. Las cosechas fueron reduciéndose y el hambre creció, junto con las enfermedades, las mujeres perdieron la menstruación. En los campos se fijaron objetivos individualizados, se separó a las familias, se obligó a todo el mundo a vestir igual y a cortarse el pelo de la misma manera. Comenzaron las ejecuciones indiscriminadas y caprichosas, las purgas, el espionaje. Todo atomizado al individuo para destruir los grupos sociales, creando un único trabajo y una sociedad mimetizada, reduciendo al máximo la comunicación y la privacidad. La omnipresente posibilidad de morir fue el punto final para obtener la obediencia total. En esos 4 años para sobrevivir en Camboya eran precisas tres cosas: no saber nada, no oír nada, no ver nada.


La sociedad camboyana hasta entonces se caracterizaba por su homogeneidad económica, social y cultural: 80% rural, 80% khmer, 80% budista. La vida de los campesinos se organizaba en grupos de 10 o 15 familias que compartían la tierra y los equipamientos, sin usura ni rentas, con impuestos bajos. Había una cierta prosperidad. La política de los khmeres rojos privó a los campesinos de las cosas más importantes de su estilo de vida: tierra, familia y religión. Si en un inicio el campesinado apoyaba la revolución, eran gente pobre y veían a los ricos comer con ellos, en 1976 nadie los quería. El terror y la alienación social eran insoportables. Como explica una de las víctimas, sólo les quedaba “cavar, agacharse y maldecir por dentro”.

Para ilustrar el terror un ejemplo. En un pueblo, 400 antiguos maestros y estudiantes fueron llevados a una reunión. Allí se les dijo que tenían libertad para abrir sus mentes, que podían compartir cualquier crítica, que Angkar ayudaría a resolverlas. Algunos lo creyeron y preguntaron si se podrían abrir las escuelas, si podrían usar dinero para ayudar a mejorar la vida de la gente, si podrían dormir con sus hijos, tener algo de libertad. Otros, los que ya conocían cómo funcionaban las cosas, simplemente dijeron “Yo sigo y obedezco a Angkar”. Los separaron y el primer grupo, unas 200 personas, fue ejecutado. Otro, una costumbre usual de los khmeres rojos era que cuando se ejecutaba a alguien por lo que fuera se matara también al resto de su familia: mujer, hijos, parientes. Para así “evitar las venganzas”. Hay miles de ejemplos como estos en el libro del historiador australiano Ben Kiernan “The Pol Pot Regime”. Kiernan, uno de los mayores expertos mundiales en Camboya, entrevistó a unos 500 camboyanos de diferentes orígenes y condición tras la revolución. De ahí es de donde he extraído la mayor parte de la información que figura aquí. Es uno de esos que se consiguen fácilmente en las calles de Phnom Penh.

El fin del régimen de Pol Pot ilustra un poco  la megalomanía y poco juicio de la realidad de sus dirigentes. Una de las obsesiones de Pol Pot eran los vietnamitas. Los odiaba de una forma racista, por su tipo de revolución y por su actitud paternalista hacia los camboyanos, además estaba el objetivo de la recuperación de Kampuchea Krom, los antiguos territorios khmer del sur de Vietnam anexionados por los vietnamitas en el s. XVII. Tras los primeros meses de la revolución Vietnam llegó a acuerdos con Pol Pot para expatriar a sus ciudadanos, muchos de los cuales habían escapado de la guerra en su propio país. Pero no todos se marcharon, muchos estaban establecidos y tenían familias. Pol Pot realizó una auténtica limpieza étnica con los que quedaron. Con ellos y sus familiares, muchos camboyanos. Una de las acusaciones que se usaban para ejecutar a alguien era precisamente ser “espía vietnamita”, “mentes vietnamitas en cuerpos camboyanos” como expresó el propio Pol Pot. En 1977 el gobierno de Pol Pot decidió pasar a la acción y comenzaron incursiones en territorio vietnamita para matar y arrasar aldeas. La facción más moderada de los khmeres era la que compartía territorios con los vietnamitas en las zonas del este de Camboya. Las incursiones fueron el detonante para la rebelión y algunos dirigentes pidieron asilo a los vietnamitas. En febrero de 1978 los vietnamitas presentaron su última oferta de paz. Unidos a la propia rebelión en las filas de la zona este, el 7 de enero de 1979 los vietnamitas tomaban Phnom Penh tras una ofensiva de tan sólo 2 semanas. Tratar de hacer frente a un ejército como el vietnamita, que había hecho retirarse a los americanos, es algo difícil de comprender. Pero aún hubo tiempo para varias matanzas, los soldados khmer hacían a cavar zanjas “trincheras antivietnamitas” a la gente que evacuaban de los pueblos fronterizos. Luego los mataban y los arrojaban allí. Poco tiempo después de la liberación de Phnom Penh se constituía la nueva República del Pueblo de Kampuchea y Heng Samrin, uno de los rebeldes, fue designado primer ministro, Hun Sen, futuro presidente de Camboya, ministro de exteriores. La gente volvió a sus casas y a buscar a sus familiares, pero también se extendió el hambre. Los khmeres rojos se refugiaron en las montañas del oeste, en la jungla fronteriza con Tailandia. La revolución genocida había terminado. Para las potencias exteriores era el comienzo del “problema camboyano”.

Se calcula que durante el régimen de los “khmeres rouges” hubo en Camboya entre un 1.500.000 y 2.000.000 de muertes. Las causas principales, más o menos en la misma proporción, fueron el agotamiento físico, el hambre y las ejecuciones. Un 20% de la población camboyana murió, un 100% de los vietnamitas no evacuados y un 40% de otras minorías étnicas como chinos, tailandeses o los musulmanes cham. El régimen de Pol Pot que gobernó Camboya entre 1975 y 1979 es posiblemente el régimen más sanguinario y alienado de la historia del mundo. El más incomprensible. Un holocausto que combina los campos de exterminio nazis con las purgas estalinistas y un modelo de estado que sólo se asemeja al que creó la invención fantástica de Orwell. Un delirio colectivo que afectó a cualquier camboyano que hoy siga vivo y tenga más de 35 años. Y eso es tan sólo un 30% de la población actual, ése es quizás el dato más estremecedor. Y esperanzador a la vez.

Pol Pot murió de un presunto ataque cardíaco el 15 de abril de 1998, tras 20 años refugiado con un pequeño ejército en la jungla. Unos meses después de ser juzgado por asesinar a Son Sen, uno de sus amigos de juventud, fue juzgado y condenado por sus propios correligionarios. Se dice que iba a ser entregado. El prestigioso y premiado periodista español Vicente Romero, autor de varios libros entre los cuales hay uno sobre Pol Pot con pasajes narrados en la Camboya de 1980, fue uno de los pocos reporteros autorizados a ver el cadáver. Realizó este reportaje para Informe Semanal.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/informe-semanal/informe-semanal-pol-pot-el-ultimo-verdugo/412749/

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Febrero es uno de los mejores meses para visitar Asia, el tiempo es agradable en los lugares más tórridos como Camboya, no es estación de lluvias y ya no hace tanto frío en las poblaciones de montaña. Pero antes de salir asegúrate de una cosa: evita las fechas del Año Nuevo Chino (ver Nota 1). Durante los 3, 4 o 5 días que duran las festividades del Año Nuevo Chino, además de una invasión de chinos, sufrirás también los desplazamientos del turismo local. Todo se llena y los precios suben escandalosamente, especialmente para los NO chinos. En Camboya, además, pero también en Laos, muchos de los hoteles y guesthouses están regentados por chinos. A mí me pilló en Kep y tuve que marcharme al día siguiente, en parte por los precios (me pedían 75USD por una habitación que costaba 25 normalmente) en parte porque apenas se podía caminar.

Kep es una localidad costera a pocos kilómetros de la frontera con Vietnam. Fundada como retiro colonial para la élite francesa en 1908, en los años 60 se convirtió en el lugar de vacaciones de la clase adinerada camboyana. Se construyeron lujosas mansiones y villas donde se celebraban deslumbrantes fiestas para la jet-set camboyana e incluso en 1970 el rey Sihanouk construyó un palacio en una isla cercana, la llamada “Île des Ambassadeurs”. Con la guerra y la subida al poder de los khmeres rojos todo se destruyó implacablemente. Como símbolo de la burguesía adinerada era un objetivo jugoso para todo el odio que destilaba la ideología de las huestes de Pol Pot. La ciudad fue arrasada, las villas quemadas y el palacio quedó sin inaugurar. De hecho, el Sur de Camboya, no sólo Kep, fue uno de los lugares donde la represión y el hambre causó mayores estragos en la población.

No fue hasta mediados de los 90 cuando Kep volvió a resurgir, esta vez de manos de los promotores inmobiliarios que, con el lento ritmo de la especulación en Camboya, han ido construyendo complejos y hoteles de lujo aunque sin una verdadera planificación urbanística. Hoy Kep es una amalgama de casas de veraneo desperdigadas en la montaña, algunas a medio hacer, hoteles baratos y grandes hoteles de lujo y resorts diseminados a lo largo de la carretera que bordea la costa. Si bien su diseño urbanístico no es ninguna maravilla y muchos hoteles son cochambrosos, sí es cierto que dispone de algunos rincones donde disfrutar de las tranquilas, aunque no muy bonitas, playas los días de entre semana.

Porque el fin de semana, Kep se convierte en uno de los destinos preferidos de los camboyanos. La plaza que da a la pequeña bahía donde se sitúa la playa de Kep, una estrecha franja de arena marrón, se inunda de pick ups y furgonetas llenas a reventar de familias camboyanas. Familias son de 10 o 15 personas apretadas, muchas en la parte trasera de la pick up, durante los 179 km que hay hasta Phnom Penh. Salen de madrugada, llegan por la mañana y se instalan bajo la hilera de toldos que bordea la playa a pasar el día. Traen la comida, que cocinan a veces allí mismo, y cuando cae el sol, recogen sus bártulos y vuelven a la ciudad. La verdad es que te sientes un poco extraño allí en medio. Como un camboyano en Benidorm, supongo.

Una de las cosas que me llamó la atención es la “organización” del parking situado en la plaza que da directamente a la playa. El parking es libre y, por tanto, en teoría el primero que llega deja allí su pick up y se va a la playa. No obstante, estuve observando mientras desayunaba desde la terraza de mi, por decir algo, hotel, y ya desde primeras horas de la mañana una curiosa mezcla de uniformes dirige el cotarro. Hay uniformes verdes y marrones de militares y uniformes azules de policías. Lo más curioso es que nadie “que no le toque” intenta aparcar en los “sitios reservados”. Se van llenando solos a medida que llegan sus “dueños”: barrigudos camboyanos con polos de marca en 4×4 japoneses y sus mujeres, que van a la playa casi con vestido de cóctel. Mientras, el resto de lo que sería “clase media” aparca sus furgonetas disciplinadamente en los bordes de la carretera. Es una tontería, pero indica un poco como sigue funcionando Camboya y en lo que se puede convertir Kep, hoy un lugar más o menos agradable (mi experiencia no es válida) que puede acabar siendo el Torremolinos de Camboya.

Añado un par de curiosidades en forma de notas.

Nota 1: El calendario chino, al igual que el judío, es lunisolar, es decir, tiene en cuenta tanto las vueltas de la Tierra alrededor del Sol (para los años), como las vueltas de la Luna alrededor de la Tierra (días-meses). Su origen data de hace 3000 años, pero las aproximaciones más correctas a la duración real del año datan del 104 a.C. y 480 d.C. Para ajustar los movimientos de la Tierra y la Luna los años tienen 12 meses y 353-355 días, más un año de 13 meses (385 días) cada 3 años que hace de ajuste. De esta manera se consigue que el año comience cuando el sol entra en la constelación de Piscis, la primera luna nueva (entre el 21 de enero y el 21 de febrero). Nuestro calendario, el gregoriano, fue creado en 1582 y es únicamente solar. Por supuesto, ni el calendario chino ni el judío tienen en consideración el año 0 en el mismo momento que nosotros. Actualmente estamos en el año 4709 en el calendario chino y 5771 en el judío.

Nota 2: Buscando información sobre el calendario chino en Internet me enteré de una noticia que no puedo evitar reflejar aquí aunque no tenga nada que ver con Camboya. Parece ser que en enero pasado un astrónomo hindú de la Minnesota Planetarium Society, Parke Kunkle, tuvo el desliz de declarar a una periodista que los cálculos cronológicos del Zodiaco estaban errados por no tener en cuenta el desplazamiento del eje de la Tierra y que, en realidad, habría que incluir un signo nuevo para corregirlo, Ofiuco, para los nacidos entre el 29 de noviembre y el 17 de enero, trasladando todos los demás signos unos días. Enseguida se creó un maremoto en Internet con gente protestando ferozmente: “me niego a dejar de ser geminiana” o grupos en Facebook tipo “No pienso cambiar mi signo zodiacal”. Incluso he llegado a leer declaraciones de gente pidiendo la cabeza de Parke. Por fortuna para el pobre Parke, que enseguida se retractó y declaró que se habían aprovechado de él: “me han engañado, yo no he declarado nada que no se conociese científicamente desde hace muchos años”, al cabo de unos días la comunidad de astrólogos internacional intervino para exculparlo. Sus miembros anunciaron que la existencia de diferencias (aproximadamente un mes) entre los signos zodiacales astrológicos y los “astronómicos” ya se conocían, tal y como declaró Parke, desde hacía mucho tiempo. Y que eso, si bien podía afectar al horóscopo chino (sic), no suponía ningún problema para la astrología ni se iba a incorporar ningún signo nuevo en el Zodíaco occidental.

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Kampot: Ritmo camboyano

Kampot es la población donde instalarse para visitar Bokor y una buena base para explorar el sudeste de Camboya. Situada en la ribera de un estuario que conecta el mar hacia el sur, y el río hacia el norte, hacia las montañas de Bokor, Kampot es uno de esos lugares donde uno se queda más tiempo del planeado aunque no haya nada especial por hacer. O precisamente por eso. Es una tranquila ciudad donde disfrutar de los paseos y del ritmo pausado y amable de sus habitantes. Una ciudad para cenar en cualquiera de los cuidados y discretos restaurantes regentados por occidentales que se sitúan junto al río. O para pasar la tarde leyendo en la terraza de alguno de esos pequeños hoteles que aún mantienen el encanto colonial de la arquitectura francesa. Kampot es sencillo y cercano, sin resorts ni grandes bares con “Friends” o la “Premier League” en múltiples pantallas por todos lados. No tiene templos, ni monumentos que visitar. Únicamente el viejo puente de hierro, con su aspecto de acabar de terminar una batalla, tiene encanto fotográfico. El puente y la gente, claro. Una pequeña ciudad a salvo del turismo de masas. Y con una comunidad internacional muy integrada, que ha decidido instalarse allí y que pretende que siga estando a salvo.

La Kampot Survival Guide es un fanzine gratuito en blanco y negro que se reparte en los bares de Kampot y creada mediante la colaboración de algunos de los expatriados que viven en Kampot. Además de una estupenda guía de actividades turísticas y de ocio, direcciones y consejos, está escrita con un corrosivo sentido del humor. Organizada mediante definiciones, creo que es un perfecto ejemplo del estilo de vida que se lleva en Kampot. Algunos extractos de la sección “Do’s, Dont’s and Local Info” creo que pueden servir de muestra (en un intento de traducción no demasiado riguroso):

“Expatriados (Pats) de Kampot (Pot): Muchos “Pot-Pats” adornan Kampot. Algunos trabajando en proyectos o dirigiendo los múltiples negocios occidentales, otros sobreviviendo de forma inexplicable. A todos ellos les aburre que les des el coñazo con historias de viaje y penurias de mochilero pero la mayoría estarán dispuestos a charlar con tipos interesantes por el precio de un par de birras.”

“Mochileros: Conocidos como “caracoles” por los expatriados de Kampot, o “embarazadas” si llevan dos mochilas. Normalmente son vistos andando de Guesthouse en Guesthouse, demasiado cargados y demasiado ratas como para pagar a un motorista o a un tuk tuk que podría ayudarles (¡sí, tú, olvídate de la guía y no seas rata!).”

“Policía: Si te metes en líos con la policía probablemente lo mejor será que involucres a tu hotel. Explícaselo también a los expatriados de Kampot, les encanta echarse unas risas. Y no esperes comprensión de nadie, es una costumbre khmer reírse de este tipo de cosas, especialmente con una posible muerte.”

“Mendigos: La moda de la invalidez ha asaltado Kampot, con mendigos en perfectas condiciones físicas que arrastran muletas alquiladas. Asegúrate de  chequear el  número de miembros  sanos antes de hacer una donación, no olvides que alguna de esta gente sí necesita estas donaciones para sobrevivir. No hay pensiones de guerra ni servicio médico gratuito aquí.”


Relax, una cerveza a media tarde y una divertida conversación con alguno de los especímenes que adornan la ciudad. Eso es Kampot, auténtico ritmo camboyano.

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“Ciudad de fantasmas” es una película dirigida y protagonizada por Matt Dillon e íntegramente rodada en Camboya. Un thriller cuyo atractivo está más en los pintorescos escenarios camboyanos —el decadente hotel de Phnom Penh regentado por Gerard Depardieu, el sórdido karaoke de Kep o las bonitas imágenes de los templos de Udong— que en la propia trama, quizás un poco enredada.  Y entre esos escenarios, yo tenía una imagen en la memoria: el edificio que aparece hacia el final, el antiguo Casino de Bokor. Una de esas imágenes que se te graban. La verdad es que no recordaba mucho más de la película, ni siquiera el título o los protagonistas, pero cuando vi la foto del casino en un folleto turístico inmediatamente lo reconocí. Y es tal cual como figura en la película. Tal cual la bruma espesa que asciende por la ladera de la montaña, la hierba alta ondulada por el viento y el aspecto fantasmagórico del antiguo casino abandonado: las paredes herrumbrosas y desconchadas de tonos ocre, la sensación sombría de las antiguas salas de juego ahora vacías y la inquietante imagen del complejo en el horizonte, como sacada de un cuento de Poe. La sensación de un escenario tenebroso, aunque demasiado imponente como para una película de terror.

La Estación de Montaña de Bokor es el nombre que se le dio al complejo de edificios construido en los años 20 en lo alto del monte Phnom Bokor, incluido en el ahora Parque Nacional de Bokor. La construcción de la carretera, ahora ya por fin definitivamente arreglada, fue realizada por trabajadores forzados camboyanos, muchos de los cuales murieron en el transcurso de las obras. En 1925 se abrió el Bokor Palace como elemento principal del complejo. Un lujoso hotel-casino donde los potentados franceses y camboyanos pudieran disfrutar de un clima más fresco y con todas las comodidades a su alcance. Un edificio de cuatro plantas con sala de bailes y suites en la planta superior, suelos de cerámica, chimenea  y cuidados baños con azulejos multicolores. El casino se abandonó en 1940, en medio de la lucha por la independencia de Camboya, fue recuperado después y volvió a ser abandonado en 1972, cuando las fuerzas gubernamentales lo cedieron ante el avance de los khmeres rojos. Durante la década de los 80 las tropas vietnamitas y los guerrilleros khmer se lo disputaron por su posición privilegiada, llegando incluso a batallar durante varios meses. En la actualidad, la estación de montaña de Bokor posee un inquietante aspecto de edificio maldito que mejora con los años y cuanto peor sea el tiempo el día en que lo visites. Un musgo naranja cubre las esquinas del edificio, las paredes están despintadas y sucias y apenas queda ya nada que no haya sido robado o destruido. Únicamente la estructura y el viento, que se cuela entre las ventanas generando sonidos extraños. Además del casino se construyó una iglesia católica, igualmente inquietante hoy, una oficina de correos y una torre de agua de formas insólitas.

El Parque Nacional de Bokor es igualmente una visita muy recomendable. Además de la muy remota posibilidad de llegar a ver un tigre —el reclamo turístico, la realidad es que sólo se han visto con cámaras—, es un lugar que ofrece la experiencia de un cómodo paseo por la jungla siguiendo únicamente trozos de tela roja colgados de los árboles. Eso sí, no es un lugar para perderse. El personal que trabaja en el parque puede contratarse por 30USD al día y persona para una ruta un poco más profesional, pero cualquiera de los motoristas o conductores que viajan a Bokor podrá guiarte para un paseo más corto y por menos dinero.

Hablaba al principio de “Ciudad de fantasmas”. Ahora que he vuelto a ver la película creo que es un film verdaderamente recomendable para todo aquel que tenga la intención de visitar Camboya. No sólo por Bokor, por las imágenes del casino y la jungla circundante, sino también porque me parece que es la única película occidental que muestra imágenes de Camboya más allá de Angkor. Durante gran parte de la película aparece el Phnom Penh del año 2003, interesante por sí solo aunque quizás un poco exagerado, pero también Battambang, Kampot o Kep, el Mekong o los templos de Udong. Si prescindimos de la violencia, que es cierto que formó parte de la vida camboyana tal y como se refleja en el film, y seguramente con parecida cotidianeidad, y nos centramos en los paisajes y los ambientes, en la gente corriente, podemos descubrir algunas de las cosas especiales de Camboya. Respecto a la violencia, simplemente decir que hoy ya no es así. Hoy uno puede pasear tranquilamente por Phnom Penh y, desde luego, nadie secuestra a los extranjeros.

Otro film más famoso, e imprescindible, sobre Camboya, “The killing fields” —no entiendo por qué se tituló en español “Los gritos del silencio”, por muy poético que suene—, en realidad fue rodado en Bangkok y Tailandia por razones obvias: en 1984 Camboya estaba cerrada a los extranjeros. Creo que todo el mundo la conoce y la recuerda, volveré a ella en Phnom Penh.

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Sihanoukville es el complejo de playa de Camboya. Es un lugar turístico, sin duda, aunque un poco menos que cualquiera de los conocidos enclaves tailandeses. Aún le queda algo de viejo paraíso de mochileros, de esa playa perdida donde uno podría instalarse por un tiempo. Es un lugar que está cambiando hacia el modelo tailandés pero lentamente, como si faltase dinero, permisos o algún turbio trato por hacer. Pero, como decía, aún queda algo de ese pasado en las playas: estrechas franjas de arena blanca parcialmente invadidas por restaurantes de madera, flotadores de caucho negro en pilas desordenadas y tumbonas en hilera que se convierten en butacas de mimbre y antorchas al caer el sol. Un ambiente de media temporada y un público variopinto: grupos de bebedores maduros y mochileros, parejas convencionales y parejas no tan convencionales, niños que roban bolsos y guapas masajistas, malabaristas y mendigos tullidos que se arrastran por la playa pidiendo limosna. Gente trabajando con ese ritmo que impone el calor pegajoso del sudeste asiático, gente buscándose la vida y gente disfrutando de la rutina de no hacer nada. En Sihanoukville la mayoría de negocios son propiedad de occidentales que se han instalado allí, americanos en su mayoría, pero también italianos, australianos o franceses. Y supongo que escogieron Sihanoukville porque querían separarse de los grandes complejos y del turista organizado, porque les atrajo, el lado salvaje y libre, imprevisible, de Camboya. Y no me refiero a las putas de 5 USD o la marihuana a 4 USD el kilo de los 90, cuando Camboya era el “salvaje oeste”. Puede que para alguno fuera eso, o las historias que se contaban sobre eso, pero hoy eso ha cambiado y me inclino más por gente que un día decidió vivir tranquilamente en un lugar alejado de su mundo habitual. Alejados pero no aislados. Y que, a pesar de los proyectos de nuevos complejos turísticos que se ven por todos lados, aún trasladan ese espíritu al que visita Sihanoukville. Un lugar turístico, pero menos.


Sihanoukville, que cuenta con mayor puerto de Camboya, es una ciudad de alrededor de 200.000 habitantes, situada en una pequeña península en la punta sur del Golfo de Kompong Sum, en el sudoeste del país y separada de Tailandia por dos atractivos enclaves naturales: el Parque Nacional de Botum Sakor y la cordillera de los Montes Cardamomo. Dos fantásticas opciones para los amantes del trekking y de la naturaleza, con un paraíso a pocos kilómetros mar adentro: la isla de Koh Kong.

El nombre de la ciudad, fundada en los años 50 con el objetivo de ser el puerto marítimo del país, hace referencia al rey Sihanouk, figura fundamental en todo el proceso político de Camboya desde su independencia en 1953. Músico, director de cine ocasional y conocedor de varios idiomas, entre ellos el español, ha sido primer ministro, presidente y rey de su país en los sucesivos regímenes diferentes que ha tenido Camboya durante el siglo XX. Todo un record Guiness. A pesar de que su oposición al intervencionismo americano le llevó incluso a apoyar al régimen de los khmeres rojos, su figura es bastante respetada en Camboya. Casado 6 veces, uno de sus 40 hijos, Norodom, es el actual rey del país, una monarquía constitucional actualmente.

La organización de Sihanoukville es un tanto caótica, con dos centros urbanos diferenciados, el nuevo centro, más moderno, y Victory Hills, una colina que antes constituía el centro de la ciudad. Las  playas se diseminan en el contorno de la península, suficientemente alejadas una de otra como para que se requiera de transporte, una moto, para moverse de una a otra. La primera partiendo desde el norte es Victory Beach, cercana a Victory Hills, antiguo enclave de mochileros y hoy un poco venido a menos. En Victory Hills, además de pensiones de mochileros está la calle de los burdeles que hay en toda ciudad asiática con turistas. No es lo ideal para alojarse, pero sí es lo más barato. La playa es muy tranquila y hay algunos restaurantes con cierto encanto, aunque la visión del puerto a lo lejos le quita cualquier viso de lugar paradisíaco. La siguiente es  Independent Beach, que no merece mucho la pena, y tras ésta se sitúa la playa de Sokha, hoy perteneciente a un resort. Posiblemente sea la más bonita aunque el ambiente no es muy auténtico. Eso sí, estás a salvo de que los chavales que corretean por las playas te roben la cámara. A continuación, están las playas de Serendipity y Occheutal, quizás las mejores para alojarse en sus alrededores y bajar andando a la playa. Algunos de los mejores restaurantes de la ciudad están cerca y es la playa de la que hablaba al principio, con sus hileras de tumbonas, sus destartalados chiringuitos y su público heterogéneo. Yo me alojé en un hotel a 20 metros de la playa, correcto, y muy cómodo para bajar a comer y cenar pescado o carne a la parrilla en la propia playa y quedarse un rato tomando una cerveza. Otras opciones más paradisíacas son las islas que hay en torno a la costa, especialmente Koh Russei y Koh Rong, dos lugares con playas increíblemente desiertas donde también se puede bucear. Como última referencia, citar las cascadas de Kbal Chhay, a 17 km de la ciudad. Es un lugar muy popular, que apareció en una taquillera película camboyana y que atrae a numerosos turistas locales. Los domingos las familias camboyanas se llevan el picnic y comen en pequeñas plataformas elevadas luego de bañarse en el río (ellas vestidas).

Sihanoukville es principalmente un lugar de playa pero su característica población le da también un peculiar ambiente nocturno, también bastante heterogéneo. Hay lugares bastante sórdidos, como el barrio rojo de Victory Hills, y lugares absolutamente inofensivos como los bares de Serendipity. Y entre medio, algunos clubs divertidos como The Box, un club al aire libre con piscina y sala de música electrónica, donde uno puede encontrarse con las nacionalidades más insospechadas mezcladas entre los grupos de americanos aficionados a los shots, los expatriados veteranos instalados en la barra y las bar girls haciendo negocios en sus mesas reservadas. Como Colin, un neozelandés afincado en Saigon, aficionado al scotch y con algunos problemas para manejar su moto a partir de cierta hora de la noche, Carmen, una camarera valenciana, o Fatih, un turco con cara de español que no soporta a los musulmanes de su país y que vive en Sihanoukville con un amigo y el dinero que le da su piso alquilado en Estambul. La verdad es que no es ningún problema salir en Sihanoukville. Hay muchos extranjeros viviendo allí que te contarán su historia con mucho gusto, y si no, siempre queda algún turista solitario para acompañarte con la cerveza. O con el scotch. Otro lugar peculiar es el V Lounge, una discoteca para la élite camboyana. Aquí lo peculiar son los camboyanos, jóvenes de veinte años que se comportan como auténticos pequeños mafiosos, con sus mesas reservadas y sus grupos de chicas, también reservadas. Es una pena, porque algunas son muy guapas, pero si te da por hablar con una de ellas ten en cuenta que es posible que de repente aparezca un camboyano de metro y medio y se la lleve arrastrando como si fuera un mueble. Hay varios tipos de seguridad por todos lados pero a veces no entienden el inglés: “Is this normal?” En Camboya, sí es normal, hasta sale en las guías. Forma parte de los atractivos de Sihanoukville, un lugar que no es tan convencional como parece.

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Situada en el noroeste del país, Battambang es una ciudad calurosa y plana, erigida en torno a la ribera del río Stung Sanker y rodeada de grandes llanuras y carreteras polvorientas que se alternan con el característico paisaje camboyano de palmeras, búfalos escuálidos y campos de arroz en torno al río. Es una ciudad pequeña, la tercera ciudad de Camboya, y dispone de todos los servicios que puedas necesitar, incluida una estación de autobuses genuinamente caótica, algunos templos más o menos interesantes en los alrededores y restos, muy pocos, de arquitectura francesa de la época colonial en la parte de la ciudad situada al sur del mercado. A pesar del entusiasmo de algunas guías lo cierto es que dichas casas coloniales apenas mantienen la pintura y algunas ventanas y balcones en pie. Para acabar con cualquier resquicio de nostalgia colonial, en los bajos de los edificios que dan a la calle hay instalados todo tipo de negocios, desde un grasiento taller mecánico hasta una peluquería o una moderna tienda de móviles. La verdad es que no hay mucho que hacer en Battambang, es un lugar para observar la vida cotidiana de los camboyanos, para reposar después de Siem Reap y sus aglomeraciones, para viajar, en definitiva. Las atracciones turísticas se sitúan en las afueras de la ciudad.

Battambang, además de la ciudad, es el nombre de toda la provincia. Fronteriza con Tailandia, perteneció al Reino de Siam entre 1795 y 1907 y durante la II Guerra Mundial. También fue usada por los jemeres rojos como emplazamiento de campos de trabajo y luego, en la posterior guerra civil, fue sembrada de minas como muchos otros lugares de Camboya. Precisamente durante mi estancia en Camboya (ya no estaba en Battambang) hubo una disputa con Tailandia a propósito del templo Preah Vihar, situado más al norte, y los territorios circundantes. El templo es de arquitectura khmer y está reconocido como camboyano. No obstante los tailandeses reclamaban algunas de las tierras que lo rodean. Se produjo una refriega entre los soldados a ambos lados de la frontera que acabó con cinco muertos y algunos días de tensión para la población de la zona. Finalmente se declaró el alto el fuego y la mediación de la ONU en la disputa. Lo recuerdo perfectamente porque salía en cada noticiario, soldados descansando en las piedras del templo, gente huyendo de sus casas y cañones disparando sin un objetivo muy claro. Por supuesto, reclamaba la atención de todos los camboyanos presentes y realmente parecían preocupados, con esa preocupación silenciosa de los camboyanos, aunque yo lo veía bastante lejano, como si no fuera conmigo o no fuera posible que ello acabara en algo grave. Supongo que cuando llevas una década de paz tras 40 años de guerra, bombardeos y asesinatos todo te parece más vulnerable de lo que en realidad es. Y a la inversa con nosotros. Pero lo cierto es que Tailandia tiene otras cosas mejores que hacer que invadir Camboya.

En mi recorrido por los alrededores de Battambang contraté a un motorista para un día de tour (8USD) por las modestas atracciones de la zona. Y entre ellas una que figura en todas las guías y que visitan todos los turistas: El Tren de Bambú. Además del famoso tren, visitamos el templo de Prasat Banan y la montaña de Phnom Sampeau donde se encuentra un monumento en memoria de una de las matanzas de los khmeres rojos.

El Tren de Bambú o norry es una atracción de feria para turistas, más simpática que realmente interesante (a pesar también del entusiasmo de algunas guías). Se trata de un recorrido de media hora en un “tren” que consiste en una tabla de madera de 3m de lado y cubierta con una alfombra de bambú que descansa sobre dos vagonetas bajas. La vagoneta trasera lleva un pequeño motor de gasolina de 6cv que el conductor, de unos 15 años, arranca con una manivela. Es como ir montado en una mesa baja de comedor a 15km/h. La gracia del tren es que la vía, construida por los franceses, es de sentido único así que cuando se encuentran dos norrys lo que se hace es desmontar la tabla y directamente sacar la vagoneta de la vía para que pase el otro. Los dos conductores se bajan, sacan a los turistas de encima, quitan entre los dos la tabla y las vagonetas y una vez pasado el otro tren lo vuelven a montar y sigue la marcha. En realidad lo único interesante es que los lugareños aún siguen utilizándolo. Grupos de 10 o 15 personas ordenadamente sentadas con sus cestos de fruta y sus sacos de arroz que van de un pueblo a otro y, eso sí, hacen bajar a los turistas cuando se los encuentran en vez de bajar ellos. También pasa algún tren convencional por las mismas vías pero, además de que los conductores conocen los horarios, la velocidad de éstos unida a la velocidad del tren de bambú hace que uno tenga tiempo hasta de fumarse un cigarrillo antes de colisionar.

El templo de Prasat Banan, 28 km al sur de Battambang, fue edificado en el s.XI y tiene cinco torres, al estilo de Angkor Wat. No obstante, se trata de un edificio mucho más modesto y pequeño, que se alcanza tras subir 358 escalones de piedra que te llevan hasta lo alto de una colina. El templo está parcialmente derruido aunque aún conserva algunos dinteles y bajorrelieves interesantes, y durante la ascensión se pueden fotografiar los carteles de “peligro minas” emplazados en las laderas. Luego de la visita puedes comer en alguno de los chiringuitos y, previa mediación de tu guía, echar una siesta junto a los camboyanos en las fantásticas hamacas de tela que tienen instaladas en cabañas abiertas de madera.

La verdad es que hice un intento de subir a pie la montaña de Phnom Sampeau, 12 km al suroeste de Battambang, pero no fui capaz. Demasiado calor y demasiada pendiente. Llegamos después de comer y, luego del correspondiente café, el hijo de la dueña del puesto de comida, de unos siete años y muy vivo, se ofreció como guía para acompañarme andando. Como decía, acabamos tres en una moto por 2 USD más. En lo alto de la montaña se erige un pequeño templo budista moderno y se tienen unas magníficas vistas de toda la llanura, aunque quizás lo más interesante sean las cuevas de la Matanza de Phnom Sampeau. Se trata de una caverna a la que se accede por una escalerilla, y desde abajo se tiene la perspectiva del tragaluz en lo alto desde donde los jemeres rojos arrojaban los cadáveres después de las palizas a las que sometían a sus condenados. En la cueva hay un monumento conmemorativo con paredes de cristal y lleno de calaveras y huesos de las víctimas. Un espacio sombrío y sobrecogedor con una estatua de Buda al fondo. Es difícil no dejar un donativo. El encargado, un hombre sonriente y silencioso, se encargará de atarte una pulsera roja de la suerte en la muñeca si lo haces. Y seguramente será eso lo que mejor recuerdes de Battambang.

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