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Archive for the ‘China’ Category

Esta entrada debía haber aparecido cronológicamente entre Tailandia y Laos pero por error la publiqué como página, por lo que ahora lo corrijo y la pongo en su sitio.

Hong Kong son dos islas (Hong Kong y Lantau) + dos trozos de tierra (Kowloon y los Nuevos Territorios), que se explican, al igual que el nombre “Hong Kong” (literalmente, “Puerto fragante”) a través de la historia de cierta “fragancia”. Una historia, como todo el mundo sabe, muy relacionada con Inglaterra. La historia de Hong Kong comienza a principios del s.XIX, cuando los ingleses escogieron la ciudad, que entonces no era más que un mero puesto fronterizo, como puerto de entrada para sus exportaciones de opio desde Bengala. El comercio de opio no era nada nuevo para la Corona Inglesa en aquélla época, es más, era su producto estrella, a través del cual obtenían ingresos para sufragar las compras de porcelana, té y seda que demandaban ansiosas las masas aristocráticas inglesas. Como a los chinos no les interesaban para nada los productos ingleses, Su Majestad decidió que estaría bien convertirse en lo que podríamos considerar el primer “cartel de drogas” de la historia y así evitar el pago en plata que perjudicaba sus finanzas. Hay que decir que el honor de la instauración de la práctica de fumar opio mezclado con tabaco no es inglesa, en realidad fue iniciada precisamente por los españoles en el s. XVI, perfeccionada por los holandeses en el XVII y, finalmente, convertida en negocio por los ingleses en el  XVIII. Con sus plantaciones en la India ya a pleno rendimiento, en el año 1.773 la Corona Británica exportó exactamente 73 toneladas de opio a China, un dato realmente curioso visto desde la perspectiva actual. Este incremento en la producción tuvo sus efectos y a comienzos del s.XIX el número de adictos en China comenzó a subir escandalosamente, por lo que el emisario del emperador chino, Lin Hse Tsu envió la siguiente carta a la Reina Victoria.

“Existe una categoría de extranjeros malhechores que fabrican opio y lo traen a nuestro país para venderlo, incitando a los necios a destruirse a sí mismos, simplemente con el fin de sacar provecho. (…)Ahora el vicio se ha extendido por todas partes y el veneno va penetrando cada vez más profundamente (…) Por este motivo, hemos decidido castigar con penas muy severas a los mercaderes y a los fumadores de opio, con el fin de poner término definitivamente a la propagación de este vicio.(…) Todo opio que se descubre en China se echa en aceite hirviendo y se destruye. En lo sucesivo, todo barco extranjero que llegue con opio a bordo será incendiado.” Lin Hse Tsu. Carta a la reina Victoria. 1839.

Fue la excusa perfecta para que en 1.841, tras la destrucción de un cargamento inglés, la Corona británica declarara a China la llamada 1ª Guerra del Opio, que le permitió obtener, entre otras compensaciones, la propiedad a perpetuidad de la isla de Hong Kong.

En 1.860, otro “incidente” parecido desató la 2ª Guerra del Opio, en la que Francia y Rusia se unieron al cártel, y tras la cual Inglaterra obtuvo el trozo de tierra continental que hoy es el barrio de Kowloon, Francia el derecho a comerciar a través de los ríos chinos sus productos de Indochina y Rusia la península donde hoy se erige la ciudad de Vladivostok.

Ya en 1.899, esta vez sin incidentes, los ingleses consiguieron el alquiler por 100 años de la isla de Lantau (donde hoy está el  nuevo aeropuerto internacional y Disneyworld) y una gran extensión de tierra a partir de Kowloon, los llamados “Nuevos Territorios”. En un principio, esta parte de Hong Kong, caracterizada por densas montañas y que engloba varios parques naturales, quedó prácticamente deshabitada debido a la incertidumbre sobre su futuro, pero cuando hace unos años se supo que Inglaterra devolvería a China no sólo esta parte si no también la isla de Hong Kong y Kowloon comenzó un gran flujo migratorio desde China hacia esta zona, que hoy en día acoge al 50% de la población de Hong Kong (el total son unos 7 millones de personas).

En 1.997, los territorios que hoy forman Hong Kong fueron devueltos a China con ciertas condiciones, la famosa frase “un país, dos sistemas” que pronunció el entonces presidente chino Deng Xiaoping para justificar el mantenimiento de un sistema capitalista en Hong Kong, así como libertad administrativa, judicial y de aduanas (por eso no es necesario visado en Hong Kong para los europeos). Se trata de uno de los sistemas económicos más liberales del mundo, muy celoso de la protección de la propiedad privada (casi todas las empresas occidentales radican su sede en Hong Kong), y está basado principalmente en el sector financiero, que se desarrolló en los años 50 del pasado siglo como respuesta al embargo económico efectuado por China tras la subida al poder de Mao Tse Tung. Hoy, pese a unos años realmente catastróficos para la economía de Hong Kong —tras la devolución a China, como en una especie de maldición capitalista, se sucedieron: la crisis monetaria asiática que devaluó las principales monedas, el estallido de la burbuja inmobiliaria (otra más para la lista); la gripe aviar y la gripe SARS— la renta per capita de Hong Kong es de unos 40.000 USD/habitante, una de las más altas del mundo. En su encaje con China y sus peculiares normas, únicamente, y no es poco, el sistema de elección política queda controlado por el gobierno chino, ya que un 50% de los miembros del Parlamento hongkonés no son elegidos por sufragio universal sino que son elegidos entre diferentes “representantes” de sectores económicos y sociales (es decir, China).

Ya entrando en los atractivos de Hong Kong para el turista, sin duda una de las grandes atracciones de Hong Kong son los rascacielos. Debido a la escasez de tierra edificable en la isla y a la alta densidad de población, Hong Kong es hoy la segunda ciudad del mundo con mayor número de rascacielos tras Nueva York. Y para aprovechar ese atractivo el departamento de turismo de Hong Kong organiza cada día a las 20h un espectáculo de sonido y luces bastante llamativo. En la llamada Avenida de las Estrellas en la punta sur de Kowloon se agolpa la gente para ver cómo, al otro lado de la bahía, en la isla, se encienden luces de colores en lo alto de los principales rascacielos. Dura una media hora, y los empujones hasta alcanzar la primera línea, valen la pena.

Otra forma de admirar los rascacielos, si el smog o las nubes no lo impiden, mi caso, es subiendo en tranvía al llamado “The Peak”, un edificio en lo alto de una colina en la propia isla, que permite tener una panorámica fantástica del skyline desde arriba. En mi caso, como he dicho antes, no se veía mucho. Y es que, en vez de lanzarse al tranvía nada más llegar, lo que hay que hacer es aprovechar cualquier intervalo de sol para ir, ya que llegas en un momento con el excelente sistema de transportes de Hong Kong. La próxima vez.

Aunque hay algunos templos que visitar y todavía sobrevive algún edificio colonial en los folletos turísticos, son muy pocos y no demasiado interesantes. Debido al tema del espacio, los hongkoneses han derribado casi todo para hacer rascacielos, únicamente ahora se está empezando a mantener cierto patrimonio histórico. Así que yo destacaría otras cosas en la ciudad. La primera son las tiendas de lujo. Hong Kong debe tener tantos establecimientos prohibitivos como Nueva York, París o Tokyo. Paseando por el sur de Kowloon, donde se agolpan las tiendas de lujo, uno puede ver cosas curiosas como colas de personas, perfectamente ordenadas y con portero y todo, a la entrada de Prada o Cartier. Como si fuera una disco. Es bastante friki. Otro punto interesante es la fotografía, con excelentes tiendas y otras que se aprovechan de la fama de las primeras. Estas últimas están en Nathan Road, donde los promotores callejeros te asaltan para que compres cualquier cosa, relojes, cámaras, joyas. Hay que informarse si quieres gastarte dinero o te enredarán.

Uno de los puntos más londinenses de Hong Kong son los barrios de Admiralty y los Sohos, que se ubican tras el primero subiendo ya por la colina de la montaña que delimita la ciudad. Admiralty recuerda a la City, con altos edificios acristalados de oficinas y miles de personas en traje, muchos europeos. Centros comerciales y pequeños cafés, autobuses de dos pisos y restaurantes con terraza. A través de unas escaleras mecánicas (las más largas del mundo) uno va subiendo por la empinada pendiente en la que se ubica el Soho y llega a una zona llena de restaurantes europeos, pubs y galerías de arte. Es como pasear por una gran ciudad europea.

El barrio de Kowloon, cuya principal arteria y punto de referencia es Nathan Road, es la zona con mayor densidad del mundo, 1,9 millones de personas en 42km cuadrados. La cantidad de chinos va subiendo a medida que te diriges hacia el norte. La punta sur está repleta de hoteles de alto estándar, pensiones atrapa-mochileros (un robo), pequeñas tiendas de electrónica, centros comerciales y casas de cambio. Pero una vez superas la mitad de Nathan Road desaparece el panorama turista y entras en territorio chino. Desaparecen los Burger King y aparecen miles de pequeños restaurantes muy recomendables (buenos y baratos), desaparecen los grandes hoteles y aparecen otros de tamaño medio y muy buena relación calidad-precio (yo me alojé en uno, perfecto), y empiezas a ver la variedad de tiendas que exige una gran ciudad: inmobiliarias, talleres, pastelerías, lavanderías, quioscos o correos (por cierto, uno de los mejores del mundo). No es una parte muy bonita, nada que ver con la isla, pero es muy práctica para alojarse ya que tienes de todo a un paso y mucho más barato. Para gastar dinero coges el metro y enseguida te plantas en Marks & Spencer.

Y para acabar uno de los sitios favoritos en mi visita: el Mercado Nocturno de Temple Street. No por el mercadillo, bastante cutre si no por algo que se ubica unos metros más al norte de los puestos de enchufes, encendedores gigantes y linternas: los/las pitonisos/as. Sólo ver las casetas con sus telas rojas y negras con dibujos de horóscopos, las listas de precios de los servicios y las  fotos promocionales de los adivinadores (tipo Master Joseph en la BBC), uno no puede resistirse y se pone a la cola. Hay que tener en cuenta que los precios varían mucho. En un principio yo me situé precisamente en la cola del Master Joseph que atendía con unos grandes tochos de números a una joven pareja. Hablaba con ellos y abría el listín de números, apuntaba y preguntaba algo, volvía al listín, dibujaba algo, se quedaba un rato pensativo y volvía a la carga. Estuve como veinte minutos admirándolo, hasta que unas chicas me explicaron que el gran Maestro cobraba unos 100€ por sesión y que duraban un promedio de una hora de garabatos y listines. Me quedé con las ganas de conocerlo, su currículum de fotos en televisiones de todo el mundo era apabullante. Así que me decidí por otro que tuviera también cara de ciencias ocultas chinas y costara 20€. Tuvimos un ligero problema ya que precisamos de un intérprete (un toque surrealista) pero me quedé muy satisfecho con mi futuro. Muy concreto, sin las vaguedades de los horóscopos de los diarios. La lectura de mis manos, además de confirmar dos cosas que ya sabía por otras lecturas anteriores —viviré muchos años y las relaciones sentimentales no son mi fuerte— me sirvió para saber de mis perspectivas a más corto plazo. En concreto me dijo que el 2011, en fechas chinas a partir de febrero, iba a ser un gran año para mis inversiones, que fuera al casino ya, y que también este mismo año conocería a mi esposa (no sé cómo supo que no estaba casado o con novia), con la que me casaría en el 2012. Y tendré dos hijos. Confío plenamente en él.

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Augusto Monterroso tiene un célebre minicuento de una sola frase: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. En el caso de China, si vale esta comparación tonta, podemos decir que el dinosaurio —China, un dinosaurio de la historia de la humanidad— se está poniendo de pie.

El chino de hoy quiere un coche. Es curioso ver que la frecuencia de anuncios de coches en la televisión china es parecida a la que hay en España (en Japón, por ejemplo, hay muchos menos). Además de ser indicativo de nuestro nivel de desarrollo, lo es también del de China. El chino joven usa el móvil, Internet, viste ropa de marca (de imitación, pero es la misma) y quiere ir a Shangai. El chino de mediana edad procura que su hijo lo consiga. El drama está en la gente mayor y en el campo, la gente humilde, muchos millones de personas privados de educación que sólo saben trabajar en el campo o que ya son mayores para una fábrica o para entender un ordenador.

Por fortuna, los jóvenes sí están preparados, se nota en toda China un esfuerzo de la gente joven para salir adelante que es encomiable. Aprenden inglés por su cuenta, dominan internet, estudian. A diferencia de Japón, un país encerrado en sí mismo, aquí he visto curiosidad y esfuerzo, pero también bastante pesimismo.  Pesimismo respecto a su gobierno y respecto a la pobreza. Porque la cruel realidad es que hay mucha pobreza en China, pobreza extrema, la compartes en los trenes y se ve en los edificios y las fábricas destartaladas que pueblan el interior, ciudades grises y vidas modestas, muy lejos de nuestras pequeñas miserias. Pero también he visto un país precioso, lleno de lugares increíbles que poco a poco salen de la oscuridad. Bancales de arroz y montañas milenarias, ciudades antiguas y pueblos de grabado; el verde de la jungla y de los pueblos de montaña y el marrón de la estepa; la nieve y la ruta de la seda; playas tropicales en el sur y cientos de razas y caras diferentes. Poco a poco el turismo se desarrolla en China, al paso lento que imprime el gobierno, pero cada vez hay más anuncios y más lugares. Porque China es un continente. China está por descubrir.

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“De los viajes sueles retener en la memoria algunos incidentes, recuerdas el ambiente general, a veces alguna sensación que experimentaste y un montón de fotos que te aseguran que crees saber lo que viviste, y tal vez sea así. Sin embargo, la memoria no empieza a fluir de veras hasta que repasas tus notas: de repente se hace de noche y ahí están el abogado y su mujer, dos mecedoras en la galería, la lenta noche tropical cae sobre ti de nuevo como un telón: has regresado a tu propia memoria.”(Cees Nootebom)

Esta entrada se divide en dos, un pequeño experimento. La primera parte está escrita sobre la marcha, de corrido y nada más “vivir” la experiencia que se relata (que no tiene nada de particular). La segunda es posterior, una vez pasados varios días y ya con un recuerdo selectivo en la memoria. Y siempre se corrigen menos éstas últimas, el objetivo era saber eso. Seguramente porque nuestra propia memoria nos ayuda a seleccionar, nos detiene las emociones. Al escribir una vez pasado un tiempo, los recuerdos fluyen y se escogen los detalles, las sensaciones, de una forma más reposada, más vívida y quizás más objetiva, y lo que relatas te parece más cercano a lo que viviste, si es que de algún modo eso se puede saber. Porque, como dice Nooteboom, un montón de fotos no te aseguran nada.

Primera Parte

Me duelen los oídos. Noto como un pequeño pinchazo todavía, un leve eco que se mezcla con la música. El bar del hotel está casi vacío y ahora están poniendo boleros, puede que en mi honor, al fin y al cabo estoy aquí de nuevo, agotado y sudado, pero he conseguido llegar. Ahora suena “Cuando calienta el sol” y creo que está claro: es una dedicatoria, un homenaje por mantener mis oídos. Y es que vuelvo de una tarde de sábado perdida paseando por la calle más estruendosa de Shangai: Sichuan Road.

Mi gran idea de esta tarde ha sido ir paseando desde mi hotel en Duluan Road, el barrio de los escritores, una zona tranquila de calles peatonales y edificios bajos de ladrillo rojo de finales del s.XIX (reconstruidos, la mayoría), hasta el Bund, el antiguo muelle de carga de Shangai donde se emplazaban las Agencias de Comercio y aún hoy hay algunas Embajadas. Digo que ha sido una gran idea porque, después de 45 minutos andando por la calle más transitada de Shangai, de noche y con la sensación de que mi mapa era escala 1:1.000.000 he llegado al río y me he equivocado de dirección. Al menos he podido hacer unas fotos nocturnas con smog de los rascacielos del Pudong. Y es que el smog es uno de los emblemas de esta ciudad. Es impresionante, denso como la niebla y gris, pesado, parece que esté nublado y no lo está (miras el parte y efectivamente pone soleado). Ya unos kilómetros antes de entrar en la ciudad se nota. Es un smog de primera calidad. Personalmente creo que incluso deberían difuminar un poco el escudo de la ciudad como homenaje.

Lo cierto es que la tarde no empezó bien, los primeros 45 minutos de visita de la ciudad los he dedicado a una sucursal del Agricultural Bank of China. El promedio de tiempo para cambiar dinero en China está entre 30 y 40 minutos (siempre que el banco esté más o menos vacío, claro), sin embargo, esta vez ha sido más porque aunque he preguntado previamente si podía cambiar sólo con el DNI y me han dicho que sí, pero luego de esperar media hora y ver pasar delante de mí a todos los clientes, al llegar a la ventanilla han sido implacables: pasaporte. Era de una de esas chicas chinas tan guapas que parecen de porcelana, por el color y por el frío que transmiten. De vuelta con mi pasaporte me ha dicho sin modificar su expresión facial un milímetro, que además me cobraba 5 euros por el servicio. Como tenía un policía de gris siguiendo toda la operación a mi lado, me he abstenido de hacer comentarios irónicos. Entre medio de mis operaciones han atendido cuidadosamente a un chaval de unos ventipico con gafas de sol, gabardina, acompañante de porcelana y una de esas caras que parece que lleven escrito en la frente “mi sueño es ser mafioso”. Como no hacía más que mirar de un lado a otro nerviosamente, daban ganas de preguntarle si era su primera vez ingresando dinero negro. Hasta el policía que tenía a mi lado ha tenido que levantarse un momento y acercarse, sólo acercarse, para dar un poco el pego. Porque otra primera sensación que da esta ciudad es que hay bastantes “posibilidades” de ganar dinero. En 2 horas de paseo he visto un Lamborghini (blanco, con el escudo ocupando todo el capó), una limousine y dos Cayennes. En China. Supongo que el pasado de la ciudad retorna, aunque personalmente prefiero los contrabandistas y las putas del siglo pasado a los macarras del nuevo milenio.

Para acabar la gloriosa tarde no he podido encontrar taxi y he tenido que volver andando, con las bocinas retumbando en la cabeza. En fin, son unas primeras impresiones, muy subjetivas, sobre esta maravillosa ciudad. Espero que esta noche y los próximos días descubra el Shangai fascinante que figura en las guías. Estoy seguro de que lo lograré, hoy ha sido simplemente un mal día.

Segunda Parte

Es mi segundo día, y ya con la luz del sol, hoy sí que he visto cosas interesantes. Mi primer destino ha sido el antiguo barrio francés, la “Concesión Francesa”, una zona que aún conserva algunos edificios, cafés y hoteles con el diseño de principios del siglo pasado. El Shangai de esa época era una ciudad portuaria donde las principales potencias de la época se disputaban el control del comercio en China. Una ciudad que tenía 70.000 extranjeros viviendo allí y la quinta población del mundo. La ciudad de Rita Hayworth y Orson Welles en “La dama de Shangai”, trágica y morbosa, con esa escena final de los espejos tan memorable. Hoy en día, el barrio francés es una zona tranquila, agradable parar pasear y sin el estruendo de otras partes de la ciudad, con calles de nuevos edificios de oficinas y cafés modernos que se mezclan con otras de paredes de ladrillo gris y ventanas granates, pasadizos internos, casas de época con jardín reconvertidas en restaurantes o tiendas de diseño y otras más turísticas con tiendas de ropa, electrónica y souvenirs. He tomado el metro, muy cómodo y moderno, y me he plantado en mitad de la ciudad. A pesar de que en Shangai también viven muchos millones de personas, al igual que en Beijing, los chinos no han montado ningún lío en sus estaciones. Se sale a la calle fácilmente y, además, en los letreros con los nombres de las calles han añadido N/S o E/W. Ideal. Se confirma, pues, mi primera impresión de que los japoneses son un poco especiales. De mi paseo por el barrio francés destacaría una calle, creo que es Shanxi Rd, en la que, no exagero, seguramente he visto más de 30 pequeñas boutiques de vestidos de noche. Y muy bonitos, telas exquisitas y un toque oriental muy original, algo que no se encuentra en España. También un café francés, La Mer, realmente precioso, con un piano y libros antiguos expuestos. He pagado a precio europeo mi café y mi trozo de tarta pero ha valido la pena. Y es que hay muy bonitos lugares en Shangai. Es una megalópolis donde realmente puedes encontrar de todo, de lo más bajo a lo más exquisito. Y mucho más barato y con más clase que en Tokyo, por ejemplo. Se nota el pasado europeo de esta ciudad.

Mi paseo ha continuado por el Bund, la zona que no pude ver mi primer día. Shangai se enclava sobre el delta del río Yangtse, que atraviesa la ciudad y sirve de orientación. El skyline de Shangai es otra de esas cosas únicas que tiene esta ciudad. La vista de los rascacielos del Pudong, el barrio de negocios a la otra orilla del río, con las barcazas atravesando el canal, es espectacular. Y entre los edificios del Bund aún hay algunos teatros y hoteles que recuerdan a nuestros edificios de principios de siglo, y de ellos salen y entran chóferes, gente en smoking y dinero, mucho dinero.

Otra forma de ver el Pudong es de noche, o bien subiendo a la Jim Mad Tower, donde hay un bar con vistas impresionantes de todo Shangai, o bien saliendo de noche a alguno de los clubs de moda. Shangai está recorrido por unas inmensas vías rápidas (al estilo de nuestras rondas pero multiplicado por seis) y para llegar a alguno de estos sitios has de recorrerlas. 30 minutos en taxi a 120km/h y a tu lado filas y filas de rascacielos iluminados que parecen no acabar nunca. Luces y luces que te hipnotizan. Hay un momento en que piensas, “espero que haya taxis a la salida”, pero rápidamente lo olvidas y sigues mirando las luces. Y así llegué a un local que parecía sacado del Soho de Londres.  Túneles de ladrillo como en el metro de Londres, grafitis en el baño y un DJ de Berlín. Algunas chicas chinas de aspecto underground pero mayoría de extranjeros, gente muy peculiar, desde tipos con rastas o yanquis en bermudas hasta oficinistas alemanes de traje. Una mezcla curiosa. Eso sí, poco súbdito de su Majestad, así que le faltaba un punto de sabor británico. Estuve charlando con un chico francés que llevaba 4 meses en Shangai que, además de confirmarme que él tampoco sabía exactamente donde estaba, me comentó que en Shangai los expatriados viven muy bien, aunque cuesta entablar relaciones con los chinos. Casi todos los extranjeros se relacionan entre ellos y para las chinas eres una billetera andante. No es fácil, aunque tienes todos los lujos que quieras.

20 millones de habitantes, clubes y bares occidentales mezclados con excelentes puestos callejeros de comida donde puedes cenar por 3 o 4€, boutiques y mercadillos, taxis siempre ocupados, coches de lujo y carritos, europeos que vuelven a tomar la ciudad y millonarios chinos. Creo que Shangai es de esas ciudades que odias y amas al mismo tiempo, que te atraen pero pueden ser insoportables. Me he quedado con las ganas de ver más. Habrá que volver porque lo que sí parece claro es que esta ciudad va a ser una de las 4 o 5 principales del mundo si no lo es ya.

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El Tibet es de esos destinos que deja un sabor dulce en la memoria. Cielos azules y brillantes como el rastro de pintura que se deja en una paleta, aire puro y nieve en el horizonte —el Everest en la frontera—,  lagos interminables y carreteras desiertas; gente amable que ríe y mira sorprendida al extranjero, monjes de granate y púrpura y peregrinos cansados y arrugados por el sol; telas, fardos, pinturas y magia; carne de yak y olor a incienso; flores y velas derretidas: un mundo de colores.

Y un pueblo pobre y oprimido, resignado y sufriente, que conmueve y extraña a la vez. Un pueblo que viaja en vagones diferentes y al que no se le permite entrar en el bar del tren o subir por las escaleras mecánicas en la estación de Lhasa. Un pueblo devoto de sus creencias, que viaja miles de kilómetros para postrarse y ofrecer respeto a sus maestros, que no adora ni reza ni pide el favor de sus dioses —porque en el budismo no hay ídolos, ni credos ni libros sagrados— que simplemente lo hace por la salud y felicidad de su propia conciencia. Agolpados unos sobre otros y repletos de convencimiento, casi como idos, recorren el interior del sagrado templo de Jokhang, en Lhasa. Se postran juntando las manos y se levantan fuera de él, repetidas veces, sobre pequeñas colchonetas alargadas. Viejos y jóvenes, razas mezcladas, pieles curtidas y mejillas rosadas. Una imagen que impresiona.

Los peregrinos hacen 3 tipos de ofrendas: velas como símbolo del Dharma, incienso como símbolo de la fragancia de la virtud, y flores, que representan lo efímero de la vida. El Dharma, literalmente “las riendas” o “lo que nos sustenta”, es el término que utiliza la doctrina budista para referirse al camino para el aprendizaje. Como muchos otros términos budistas se ha utilizado en occidente profusamente. “Vagabundos del Dharma”, la novela de Kerouac y luego biblia metafísica de los hippies, es seguramente el primer y más verdadero ejemplo, ya que cuenta la historia de un hombre que peregrina a un monasterio budista en Japón, todo esto mucho antes de que los Beatles visitaran al Maharayasi, Osho se mudara a California y lo zen se pusiera de moda. Una famosa y reciente serie de televisión utiliza el término “Iniciativa Dharma” para denominar un complejo científico técnico, y hay un grupo catalán de música denominado “Companyia Eléctrica Dharma” (aquí sí que no veo relación).

Pero volviendo a los tibetanos, una cosa que me sorprendió en mi estancia en Lhasa fue que no lograba comprender (en parte porque mi inglés es lamentable) las profusas explicaciones que me daba mi guía, Dickey, en las visitas. “Tengo que leer más sobre budismo porque tengo la sensación de que me pierdo, de que me falta algo para entender lo que me cuentas”, le decía. Ella, claro, me miraba como diciendo, “estos turistas son muy raros”. Independientemente de esto, he de decir que es una guía muy profesional, inteligente y con ese carácter tibetano que permite un break para tomar un café y pasteles, acompañarte al super o marcharse antes de los sitios. Tengo su contacto por si alguien quiere ahorrarse un dinero y pagar a una agencia tibetana en vez de a una china. Una vez fuera del Tibet y entre Internet y “Buddhism Explained”, un libro que me compré de un monje tailandés específico para gente que no sabe nada de budismo, he llegado a entender lo que me faltaba. La mayor parte del malentendido, como veréis a continuación, proviene de la propia historia y estructura social del Tibet y de que el budismo tibetano, como consecuencia, es algo diferente del budismo tradicional.

Lhasa es la capital del Tibet, un territorio mayor que Texas y que durante una gran parte de su historia ha vivido como un reino o teocracia independiente pero que tiene una relación histórica indudable con China. Los tibetanos invadieron China en el 763 d.C y fueron luego posteriormente invadidos por los chinos. Fue Gengis Khan quien, en una hábil maniobra política, instauró la figura del Dalai Lama (de “Dalai”, en mongol “océano”; y “Lama” en tibetano “maestro espiritual” o “guru”) como gestor de un territorio administrativamente independiente del resto de China y a la vez “reencarnación de Buda en la Tierra”. El Dalái Lama se convierte así en el jefe supremo de una monarquía feudal teocrática absolutista que duró hasta la invasión del Tibet por parte de China en 1950. Los Lamas eran considerados como parte de la élite dentro del sistema de organización feudal de la sociedad tibetana, donde la vasta mayoría de la población estaba compuesta por siervos, y donde un 5% de la misma estaba al servicio de los Lamas. Hoy en día, esto ya no es así, los chinos desmantelaron el sistema feudal y la verdad es que han construido hospitales, carreteras y próximamente centros comerciales, pero los tibetanos siguen profundamente ligados a sus costumbres y tradiciones, inmunes al discurso chino que justifica en estas inversiones su dominio del Tibet. Lo chocante es que, más allá de los actos represivos chinos, parece que prefieran un sistema feudal. O al menos no lo critican. Pregunté a Dickey por la estructura social, por la propiedad de la tierra antes de China pero no me entendía (o no quiso hablar de ello). Una cosa que le llamó mucho la atención fue que estudiáramos filosofía, “qué suerte”, me dijo. Porque en el Tibet eso está destinado a los monjes.

Al mismo tiempo que la figura del Dalai Lama se crea el budismo vajrayana, una corriente budista diferente a las clásicas theravada y mahayana, que son las mayoritarias en el mundo. Aunque el Dalai Lama no es un maestro Buddha sino un Bodhisattva (una figura heroica, real o mítica, que representa un modelo a seguir en la práctica del budismo), es el patrono del Tíbet y los tibetanos adoran a sus lamas como auténticos guías espirituales. Las estatuas de bodhisattvas y lamas son tan numerosas que uno cree que se le están presentando dioses similares a Buda cuando no es así. Una de las diferencias principales con el budismo tradicional es que los budistas tibetanos o lamistas creen que, tras la muerte de un Dalai Lama, su conciencia tarda un intervalo de cuarenta y nueve días, a lo sumo, para encarnarse de nuevo en un niño (Panchen Lama). Hay que decir que la creencia de que la condición de Bodhisattva pueda ser “heredada” en un niño es bastante incompatible con la bases del budismo tradicional, una religión donde el aprendizaje y la meditación son prácticas fundamentales. Actualmente el budismo tibetano está presente, además de en el propio Tibet, en Mongolia y Bhutan de forma mayoritaria (aunque con sus propios líderes espirituales), así como de forma minoritaria en otras partes de China y tiene sus propias comunidades en el mundo. A continuación, una foto del Palacio de Potala, sede del Dalai Lama desde 1.648 hasta el exilio a la India del actual y que cuenta con 900 habitaciones.

Finalmente, un par de datos prácticos. El primero, un restaurante, “Lhasa Snowland” en el casco viejo de Lhasa, con una comida excelente (el yak a la plancha es delicioso), un gerente muy enrollado que pone música electrónica tibetana y te dibuja los ingredientes del plato en un papel para que te enteres, y unas camareras que no hacen más que reírse de ti. También tienen una foto de Colin Farrell comiendo allí. El segundo: nada más llegar al hotel poned el aparato de aire acondicionado frío-calor al máximo si no queréis coger un constipado de caballo como me pasó a mí. Muchos hoteles en Lhasa no tienen calefacción central y por la noche hace un frío de narices. Sabréis si tienen calefacción si en recepción llevan anorak.

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Una de las ventajas que tiene viajar en tren cuando lo haces solo es que te permite conocer un poco mejor el país que visitas. Por un lado lo ves, ves los cambios en el paisaje, en los colores, o en la luz, ves las diferencias en los campos de cultivo y en la entrada a las ciudades, ves la gente que espera o sedespide en las estaciones, ves la pobreza y la riqueza. Por otro lado, especialmente en los trenes donde haces noche, también ves y hablas con personas muy diferentes. Los trenes generan historias.

El tren de Beijing a Lhasa recorre 4.064km en un trayecto que dura 48h y asciende de prácticamente el nivel del mar hasta una altitud máxima de 5.072 metros en el paso Tangu-La. Es el tren que viaja a más altura del mundo. La primera parte del recorrido va de Beijing a Xining con paradas en Xi’an (la ciudad de los Guerreros de Terracota) y Lanzhou. La mayor parte de los viajeros chinos desciende en uno de estos 3 destinos. El paisaje de los suburbios y las pequeñas ciudades en ese tramo es desolador. Polvo y fábricas. Miseria. Los apartamentos se aprietan en colmenas de ventanas rotas y verjas oxidadas, con la ropa de colores —la pobreza es de colores chillones, la riqueza es mate— tendida en alambres que apenas se sostienen. Desguaces, ruinas, y el cielo gris y cubierto, triste. Sin embargo, una vez pasado Xining, llegando a Golmud, donde comienza el altiplano tibetano, el panorama cambia completamente. Las vistas que se van sucediendo son realmente espectaculares: una sábana de pequeñas montañas de un marrón apagado, casi yermas, pobladas de yaks y nada más. Sin edificios, ni vida, la vía y la carretera paralelas y alguna moto tibetana acompañando por un instante al tren. A medida que el tren asciende, los picos nevados de los glaciares de Yuzhu Feng aparecen en el horizonte y el cielo se vuelve casi azul cobalto, un azul que brilla y continúa en la tierra al atravesar el lago Tsonak, a 4.608m. En el descenso a Lhasa se ven a lo lejos las estructuras a medio hacer de los nómadas tibetanos, más motos y camiones con la carga atada, las banderas ondeando frente a las casas y colores, un mundo de colores: el Tibet.

Como decía al principio, una de las ventajas que tiene el tren cuando viajas solo es que conoces gente. Y en la clase “hard sleeper”(2ª clase) del tren Beijing-Lhasa mucho más porque tienes 5 personas más contigo en un compartimiento en el que normalmente con 4 ya hay problemas de movilidad. En esas circunstancias puedes olvidarte de meter una maleta grande allí dentro, obviamente, si no quieres que aquello parezca el camarote de los Marx. Las maletas grandes van en el pasillo, junto al baño. Y al comprobar que estás rodeado de chinos que no entienden una palabra de inglés pero han llenado de botes de noodles preparados la mesita para 6, y que el personal de a bordo es tan agradable como un funcionario de prisiones es entonces cuando piensas: esto puede ser divertido. Y lo fue. Aunque a decir verdad los 6 sólo fuimos una noche, a partir de Xian nos quedamos dos, bueno tres. Aquí va una foto del tercero, Yung-Zi, un verdadero maestro en el arte de comer pipas y muy aficionado al I-PAD (al botón de encendido básicamente). Con un año de edad ya toma el biberón sólo, con una mano, como si fuera una cerveza. Y un dato: en China no es infrecuente que, como los pañales no están al alcance de mucha gente, las madres lleven a los niños con unos pantalones abiertos por delante y por detrás para que así cuando al niño le apetece desahogarse la madre se dé cuenta y lo lleve al baño para limpiarlo. Bueno, si se da cuenta a tiempo. Hubo una vez que no y Yung nos dejó un pequeño recuerdo en el suelo que su madre se encargó de limpiar rápidamente. No problem.

Pero todo comienza con Dai Li, Senior Manager de China Travel Service Limited, la mayor y más cara agencia de viajes de China. Porque uno no puede ir al Tibet por su cuenta, ha de hacerlo a través de una agencia autorizada que le facilitará un visado especial de “grupo”. En mi caso el grupo era de uno. También te preguntan si eres periodista. Normalmente te piden una semana de tiempo para el papeleo pero yo tenía sólo 4 días para arreglarlo, así que me tocó pagar extra. Una de las cosas buenas que tiene China es que siempre puedes acelerar los trámites. Dai Li me acompañó a su sede central, un edificio entero, entramos por la puerta trasera y subimos por el ascensor hasta las oficinas. Una vez allí, le di el dinero del primer billete de tren en efectivo, unos 100€, a él en vez de a la oficinista que tenía delante y todo arreglado. Incluso luego estuvimos buscando Dai y yo en Google cuál es la marca de coches exclusivos de Mercedes que había colocado uno (real) de anuncio en la azotea de su edificio. Es Maybach, y valen unos 500.000 €.

Como yo hice 2 trayectos en tren, de Beijing a Lhasa y de Lhasa a Shangai tuve muchos de compañeros de viaje. Por cuestiones de presupuesto y prisas el primer viaje fue en 2ª, el segundo en 1ª aunque también hay una 3ª clase, asientos, que no se vende a extranjeros. Está oculta entre los compartimientos de 2ª, por lo que si viajas en primera no te enteras de que existe. Y es la pobreza en un tren. Volviendo a los compañeros de viaje, en el primer viaje destaco a Yung-Zi y a su madre a quien ya conocéis y a mis compañeros del compartimiento contiguo que me invitaron a ver “Elektra” en su dvd portátil. En el segundo a Liu Jiang y a su padre, quienes regentan una tienda de antigüedades en Xian. Estaban realizando un viaje juntos por China y compartimos su te, fotos de viaje y futbol. Si alguna vez voy a Xi’an me ofrecieron su casa. La gente sencilla de China es buena gente.

En el segundo viaje también compartí compartimiento, con Nana, una chica thailando-alemana que trabaja como diseñadora freelance en Frankfurt, su madre Anna y la guía china de su viaje. Habían contratado un viaje organizado Nepal-Tibet-Beijing desde Alemania y para su desgracia les tocó un grupo de 10 alemanes del Inserso a cual más aburrido. Por cierto, por 1.500€ all inclusive. Como llevaban varios días ya con ellos, la acidez se les había acentuado. La madre me comentaba señalando a uno de ellos, “tengo la sensación permanente de que a este hombre le va a dar algo de un momento a otro. Fíjate cómo respira, ¿qué hace en el Tibet con ochenta años?” o “fíjate, pregunta todo varias veces porque se le olvida lo que le explican”. Una mujer divertida, que se marchó de profesora a Thailandia cuando era joven y volvió a Alemania para que su hija estudiara. Como a las 20h los encantadores funcionarios del bar no me quisieron dejar entrar (supongo que tocaba poker y birras) ellas me invitaron a cenar unos noodles y salchichas que habían traído por si acaso. Y me cuidaron con pastillas y un ungüento chino que va fenómeno para la tos. Compartimos experiencias de viaje, lo aburrido que es Frankfurt y anécdotas varias. Uno de esos ratos que nunca encontrarás en un avión.

Y para terminar, el lado oscuro de China: los funcionarios, especialmente los empleados diversos que pululan por los trenes sin hacer nada. Además de ser maleducados deliberadamente, obtusos, y con pocas luces, tienen un sentido del servicio un poco especial. Se ponen a beber y fumar en grupo en mitad del bar (su bar) y realmente se molestan si les pides algo. A partir de que les chillas la cosa va mejor, comienzas a entrar en sus códigos. Una anécdota de ejemplo. En el tren se puede fumar en una parte del pasillo, junto a los baños. Pero al llegar a una altura, a una estación, hay un letrero que indica que se prohíbe a partir de ahí. Yo estaba fumando y viene uno de los revisores hacía mí y me dice que apague el cigarrillo que ya hemos pasado tal localidad. Ok. Al cabo de cuatro horas voy al baño, saco la cabeza por la zona de fumadores y ¿a quién me encuentro fumando? Al mismo tío. A partir de ahí ya fuimos íntimos.

Para acabar lo más parecido a un revisor chino que puedes encontrar en el Tibet.

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La sensación que da Beijing, con sus grandes plazas y avenidas comunistas, sus soldados en las calles y sus funcionarios implacables conviviendo con los nuevos centros comerciales, los coches de lujo y las boutiques exclusivas de los grandes hoteles, es que hay algo que no encaja. No es Shangai, una ciudad tan occidental que parece un error de cálculo en el “nivel de apertura”, pero pronto lo será. Porque lo que más llama la atención al llegar a China es el desfase temporal de su sistema político. Su sistema económico es una economía de mercado desde hace ya tiempo, eso es bastante evidente, y una economía de mercado, por cierto, bastante agresiva. Supongo que a medida que los políticos chinos puedan asegurar sus coches de lujo y su nivel de privilegios fuera del partido será más fácil que se marchen y dejen que las nuevas generaciones formen partidos políticos y se peleen entre ellos como pasa en el resto del mundo. Porque el sistema actual es ridículo. Aquí me veis con uno de los muchos soldados jóvenes que ves por China (el servicio militar es obligatorio durante 3 años, creo). Un minuto antes de la foto estaba riendo con otros dos soldados, pero para la foto se puso firmes. Como debe ser.

Uno de los efectos más lamentables del pasado reciente de China, y que notas nada más llegar al ver deambular entre la miseria a gente de más de 50 años, es que hay toda una generación excluida de la educación más básica, producto de los años de la llamada “Revolución Cultural” de Mao. Es bastante penoso que un país con la historia de China haya tenido que pasar por una etapa de destrucción de la cultura el arte y la educación tan terrible, y que todo eso fuera sustituido por cantos patrióticos y un listado de las ocurrencias intelectuales de un militar. Hoy, por fortuna, las librerías de Beijing tienen todos las novelas occidentales que uno puede encontrar en España, desde los suecos más de moda a “Lolita”, “El guardián entre el centeno” u “On the Road”. Esta última como me la aconsejasteis muy acertadamente la pedí en inglés pero estaba agotada, sólo quedaba en versión china. Una de las primeras cosas que hice al llegar a Beijing fue buscar una librería. Y la encontré. Cinco pisos de librería dividida por temas. Desde una sección increíble de filosofía con todos los títulos occidentales que uno quiera comprar compartiendo espacio con varios estantes de filosofía oriental, a otra sección íntegra de literatura occidental en inglés. Política (“Los archivos del FBI”, por supuesto), sociología, economía…Una planta de idiomas y otra de literatura traducida al chino. Espectacular. Con tanto libro a disposición, ¿qué sentido tiene la censura en Internet? Pero existe, y es un incordio. Y una gran pérdida de tiempo: el del censurador y el del que busca encontrar lo censurado (siempre te las puedes apañar). Y es que hoy, afortunadamente, la censura es casi una tarea imposible. En la foto siguiente estoy a la entrada de la Ciudad Prohibida, la antigua residencia del emperador, debajo de la famosa pintura de Mao que ahora a ver quién se atreve a sacar (porque no pinta nada en un edificio del s.XV).

Ahora algunos datos que he recopilado sobre China antes de hablar de Beijing. Por ejemplo, China es el país más poblado de la tierra, todo el mundo lo sabe, pero es que siempre lo ha sido. En el año 1 dC tenía 57 millones de habitantes, más que el Imperio Romano. Es la única cultura que se remonta sin interrupción desde la antigüedad, y el imperio que duró más tiempo, 3.000 años, tanto como el resto de imperios de la historia. Son los inventores de algunos de las cosas más peligrosas que ha ideado el hombre: el papel, los ministerios, la pólvora, el papel moneda o la imprenta, y tienen la literatura más antigua. Sus funcionarios, en el s.X d.C., accedían a sus cargos mediante exámenes, con materias como moral, escritura, razonamiento, derecho o matemáticas. Es decir, igual que ahora. Y un dato curioso: el último descendiente de Gengis Khan —cuyo imperio ha sido hasta ahora el mayor de la historia, y cuya dinastía gobernó China desde 1.280 a 1.368 d.C.— Alim Khan, murió en 1.944 en Kabul dando así por finalizada una dinastía de siete siglos, equiparable a los Borbones. Una pena porque estoy seguro de que hoy los descendientes de Gengis darían mucha cuerda en la prensa rosa.

La foto que viene a continuación está tomada en el Palacio de Verano, uno de esos lugares que te transportan en la imaginación a épocas pasadas.

Pero volviendo Beijing, lo primero que tengo que decir es que el hotel donde me alojé fue un gran acierto. Si al principio de este blog me refería a la oportunidad que tienes al viajar de compartir experiencias, de tratar y conocer otras costumbres, en Beijing lo he conseguido. Si no os importa alojaros en un hotel modesto pero muy bien situado, y os gusta tener un bar donde entre y salga gente de todos lados, donde comer excelentemente y con un personal divertido y amable que os ayudará en lo que pueda, os lo recomiendo: Forbidden City Hotel. Allí podréis ver películas de kung fu y telenovelas en pantalla gigante y poner a Estopa en el equipo de música con un camarero que lleva una camiseta que dice “E melhor un gramo de coca que un un kg de merda” y no sabe qué significa lo que lleva escrito. Podréis hablar en español con Phil (no recuerdo bien su nombre, sorry), un texano que vive en Beijing y ayuda en el hotel. Podréis discutir si un espresso son uno o dos shots en la cafetera con Memo, la divertida encargada del bar, o contratar una excursión a la Gran Muralla por 25€ con Jane, la guapa encargada de los tours, que quiere irse a vivir a Shangai por encima de todo. Por todos ellos y por haber sido capaces de calcular mi cuenta del bar van estas fotos.


Beijing es una ciudad demasiado extensa como para pasear, sin embargo no es una ciudad agresiva, me ha resultado bastante fácil (más allá de los atascos) moverme de un sitio a otro. Nada que ver con los líos que montan los japoneses en sus estaciones. Seguramente, el hecho de que los taxis sean muy baratos ayuda (la mayor distancia es al aeropuerto; 10€) aunque eso sí, hay que llevar el nombre de donde vas escrito en chino porque si no empieza el caos. Al crecer a lo ancho y tener una estructura deformada por el desarrollismo comunista no tiene barrios al estilo de nuestras ciudades europeas, aunque si hay que escoger una zona para alojarse, seguramente los alrededores de la Ciudad Prohibida es el mejor lugar, ofrece un poco de todo y se puede ir de compras, a un restaurante o comer extraños animales en el Mercado Nocturno. Mi primera noche cené allí: un pincho de tiburón (nada especial); otro de serpiente de mar (muy buena, similar a la sepia); uno de gato (aunque lamentablemente no pude apreciar la textura porque llevaba mucha salsa), uno de kebab y otro de fruta. Es un poco “especial”, los puestos desprenden un olor entre fritanga y otra cosa indefinible que no da mucha confianza pero tiene su gracia para los turistas.

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