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Archive for the ‘Filipinas’ Category

Filipinas no parece Asia, o, por lo menos, no pertenece al imaginario tradicional asociado a las tres principales religiones asiáticas. Filipinas es cristiana y tiene iglesias, el único país del continente junto con Timor Oriental, algo que a veces no resulta suficientemente exótico para la visión occidental. Pero este país que trata de acomodar a 92 millones de personas en miles de islas —algunas tan salvajes como paradisíacas— desparramadas por el Pacífico en una extensión comparable a Italia, también conserva su parte de Asia. Sus ciudades, caóticas y desiguales, donde la vida respira en cada esquina y en cada puesto de comida callejero, remiten a otras grandes urbes del continente como Shangai, Bangkok o Jakarta. Sus playas, de arena blanca y palmeras, de agua turquesa y pulpa de coco, te trasladan de inmediato a Indonesia o a Tailandia; y los campos de arroz, el alimento de Asia, con esos búfalos que dormitan en los charcos bajo las terrazas, son el mismo icono del Vietnam de las películas. También es Asia el tráfico asfixiante y los tuk tuks oxidados, la corrupción administrativa, las telenovelas coreanas y esa pasión juvenil de melodías pop, Facebook y karaokes. Filipinas es Asia y no lo es, es diferente. Los filipinos sonríen mucho más que el resto de asiáticos, es, sin duda, el pueblo más alegre del continente. Y tratan a los turistas con algo de sorna pero siempre con amabilidad, siempre con una sonrisa en las fotos y siempre con disposición para ayudarte. Si entablas una charla con filipinos probablemente cada uno te de un consejo sobre los mejores sitios de Filipinas, cada cual el suyo propio. Eso no es muy común en Asia. Es un carácter distinto, que mezcla sus propias tradiciones con muchas partes del mestizaje occidental, tanto español como americano. Es, me parece, el país más mestizo de Asia.

Filipinas no suele ser protagonista de noticias felices en los telediarios. Golpeada por el terrorismo y la desigualdad, por gobiernos autoritarios y catástrofes naturales, esos suelen ser los temas que habitualmente nos llegan. Sin embargo, Filipinas fue la primera democracia de Asia; y fue también, sin que eso llamara demasiado la atención en su momento, el primer ejemplo mundial de que un movimiento popular puede derrocar a un gobierno. Dos años después de la Revolución de la EDSA —la revuelta contra más de diez años de gobierno mediante ley marcial del Presidente Marcos— caía el muro de Berlín. Filipinas es occidental en su concepción del estado y de las libertades, sin embargo es también un país de oligarquías enquistadas en el poder y burocracia, una característica que remite a las peores tradiciones latinoamericanas y españolas. Es un país que por circunstancias históricas no ha dejado de mezclar su cultura con occidente, primero con España, luego con Estados Unidos y ahora ya quizás con el mundo entero. En eso es también diferente en Asia.

Pocos europeos escogen Filipinas como destino para sus vacaciones de verano, por lo menos para visitar algo distinto a los resorts de Boracay. Es cierto que el clima no es el apropiado, desde junio a noviembre es temporada de tifones, pero tampoco lo es en Tailandia o el resto del sudeste asiático. Todas estas entradas están escritas en agosto y el tiempo, excepto en Manila —en toda la isla de Luzón, que permanece casi siempre nublada— oscila entre claros y nubes, sol y lluvia, casi a diario. En agosto no tendrás el sol permanente que acaricia las aguas turquesa de Palawan en diciembre, pero en cambio esta agreste isla de playas desiertas y palmeras que se enredan entre las moles de karst acentúa en esa época su sensación de isla salvaje. Es posible que en esos meses de julio y agosto no puedas ver con tanta claridad el fondo marino en Apo Island, Malapascua o Alona Beach, algunos de sus más famosos lugares de buceo, pero las tortugas te seguirán igual con mal tiempo; y quizás las carreteras embarradas te hagan interminable el trayecto a las terrazas de arroz de Banaue, pero podrás dejar pasar el tiempo igualmente en pequeñas guesthouse con vistas a un océano de verde y tierra. En el verano europeo no tendrás perfectos días soleados en Boracay o en las islas que se distribuyen por el norte de Mindoro pero tampoco tendrás tantos turistas contigo y soportarás mejor el implacable sol filipino. No obstante, sea verano o invierno, siempre podrás visitar las iglesias de coral o las colinas de chocolate de Bohol, las calles empedradas de Vigan o las cascadas y las aguas termales de Camiguín, la isla tranquila. Y siempre tendrás Manila, para lo bueno y para lo malo.

Manila es intimidante y poco turística pero es también el auténtico corazón de Filipinas. Es una ciudad que ofrece algo más que la pobreza de las casas de chapa y las chabolas, los niños de la calle, las prostitutas y los vendedores de Viagra, que las parejas de Internet y la asfixia de una ciudad que te ahoga por el tráfico, las dimensiones y el calor. Manila es el corazón de Filipinas para lo bueno y lo malo. Allí están los mejores restaurantes de Filipinas, donde uno puede encontrar comida de todas partes del mundo —también española, y excelente, casi el único lugar de Asia—, y allí están también los mejores hoteles y centros comerciales, las residencias más exclusivas y los clubs más internacionales. Y están 20 millones de filipinos que tratan de sobrevivir en esta ciudad imposible poniendo cara amable, aprovechando cada fiesta de barrio, cada cumpleaños, para escapar un rato de las dificultades económicas y la oligarquía que ahogan Filipinas. Gente bromista, enamorada de los Estados Unidos y con un excelente nivel de inglés que hacen de Manila un paraíso para los retirados occidentales. Un lugar que quizás supere en decadencia a Bangkok pero también en alegría y joie de vivre, donde la música suena en todas partes y a todas horas. Donde las terrazas se llenan de jóvenes los fines de semana y las familias dedican el domingo a reunir a todo el clan para ir a misa.

Filipinas no ofrece el imaginario asiático de tímidos ojos rasgados, monjes calabaza, caligrafía artesanal y rituales de té, tan atractivo como inaccesible para el turista occidental. Tampoco hay estatuas de Buda que reflejen su imagen en el estanque de un templo de puertas doradas ni complejas sagas milenarias hindús talladas en piedra. No impone el respeto de las cúpulas de las mezquitas que proclaman por megáfono la vida virtuosa y la igualdad social. En Filipinas hay iglesias coloniales y procesiones de Semana Santa, hay partidos de baloncesto a media tarde y pasión por el rock and roll. Y hay también, aunque eso no llame tanto la atención, artesanía y cultura pre colonial. En Filipinas la mujer gobierna la vida social, es independiente y se divorcia, un detalle que aleja mucho a este país del resto de Asia, donde un odioso machismo subyace en casi todas las estructuras sociales, sean budistas, hindús o musulmanas. En Filipinas hay desigualdad y nepotismo, pero no existen medievales normas sociales que condenen de por vida a las personas por su condición al nacer. Porque Filipinas es mestiza, una mezcla de influencias de lugares muy distintos. La camaradería y las facciones, o la lengua, remiten a los pueblos que se distribuyeron por todo el Pacífico, desde Indonesia a las Islas Cook; la religión y las iglesias, las celebraciones populares que mezclan elementos propios y elementos que parecen españoles, también la oligarquía gobernante, remiten a la antigua colonia. Y el estilo de vida, la pasión por los malls, la tecnología, el baloncesto o el rock and roll;  las tesis doctorales en inglés o la búsqueda de oportunidades en otros lugares son indudablemente norteamericanas. De toda esa mezcla surge un país único en Asia, de paisajes espléndidos y playas tropicales que se emborronan por la marginalidad que late en sus grandes núcleos urbanos pero que vuelve a brillar cuando notas que estás en el único país de Asia donde realmente un extranjero puede integrarse en su cultura sin dificultad. Donde puede compartir las bromas y las celebraciones hasta llegar a ser uno más. No he visto otro país donde una familia comparta sus vacaciones tomando cerveza y escuchando música en la terraza de su apartamento frente a la playa con el recién llegado miembro occidental de su clan. Filipinas, un país mestizo, un país diferente.

Nota final: Como detalle para el recuerdo personal un enlace a la canción que nos acompañó en todos los bares de Filipinas. Es coreana pero el sentido del humor también podría ser filipino. Nobody” (Wonder Girls)

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Manila supone siempre tomar un camino diferente para llegar al mismo sitio. Cada trayecto es distinto y en cada trayecto descubres algo nuevo, a veces sorprendente. Es una ciudad que cambia abruptamente, sin transiciones, que pasa de un edificio de cristal con grupos de oficinistas que almuerzan en el parque a un descampado de miseria, hierba y vallas oxidadas; de una callejuela repleta de gente y olor a carne asada a un coqueto hotel en mitad de la nada; de una tienda de Gucci a una fiesta de barrio. Una ciudad donde el tráfico te obliga a deambular, a tomar atajos o a dar media vuelta; un entramado gigantesco de calles sin señales donde es imposible conducir por cuenta propia sin acabar exhausto. Para llegar a Makati, el distrito de negocios que ofrece algo de lo más exclusivo de Manila, a Quezón City, la ciudad de clase media, o a Bonifacio Global City, la residencia de los más ricos, uno ha de pasar antes por otras ciudades y barrios de Manila —o mejor dicho de MetroManila, porque así se define el conjunto de ciudades y emplazamientos que se extiende como una mancha de cemento desde la ventanilla del avión. Esos otros barrios que son aquellos que apenas salen en las guías; el otro lado de Manila. La miseria de las chabolas y los canales, la rutina de vida de la calle, la costumbre de la escasez: Pasay.

Rascacielos de Makati

Makati Avenue-Pedro Gil, por favor —es la dirección de nuestro hotel. Ha ido rápido, la cola era bastante larga a la salida del aeropuerto. Volvemos de Boracay, pero ahora ya sé donde está la parada de taxis, la salida a la derecha y al final de todo, pasadas las camionetas de transporte privado. La primera vez que llegué a Manila era de noche y un tipo de esas agencias, luego de rechazar su oferta, me indicó que los taxis estaban en el tercer piso.  Muy simpático.

¿Makati?

Makati Avenue —recalco. Es la avenida principal que cruza el barrio del mismo nombre.

Makati.

Makati Avenue, sí, usted la conoce. Vamos a Makati Avenue cuando cruza con Pedro Gil. ¿Pedro Gil?

Pedro Gil, sí —miro a Dani y asiente. No tiene ni idea. Es el problema asiático de indicar las direcciones como el cruce de dos calles y no por elementos físicos: una gasolinera, un hotel. Le enseñamos el cruce en un mapa pero, como suele ocurrir, lo rechaza casi sin mirar.

—¿Conoce el Mc Donalds de Makati? —es lo único que recordamos de Makati.

—…

Vale, ok, siga.

El teléfono sustituye al GPS en Manila. Mientras repite Makati-Pedro Gil por el auricular nosotros tratamos de identificar las calles en el mapa a medida que avanzamos. Es la hora de salida del trabajo y está todo colapsado. Nos espera una hora de taxi.

Makati Avenue cruza el barrio de Makati dejando a los lados los edificios de oficinas del centro de negocios de Manila para entrar en la zona turística, repleta de altos hoteles y restaurantes, cadenas de comida rápida y restaurantes con cristalera. Una imagen de occidente. Tras atravesarla un par de veces y varias llamadas más y paradas a preguntar preferimos bajar y llegar andando con el mapa. En un almacén hay una fiesta de empresa y están asando un cerdo en plena calle, se huele la salsa dulzona que se coloca siempre a la carne en Filipinas. La pensión que figuraba en la edición de Lonely Planet, tras cinco años de visitas, ya ha perdido todo el encanto que tenía para el redactor en 2006 y la zona, aunque está a 500 metros de las luces de Makati Av., es oscura y algo siniestra, sin apenas tráfico. No es precisamente una zona acogedora. El problema de las transiciones.

Los fines de semana no es fácil encontrar alojamiento barato en Manila. Vamos de un hotel a otro sin éxito, hasta que acabamos por dejarnos llevar por un tipo flaco y sin dientes que insiste en que conoce un hotel. Es un edificio nuevo y pulcro, y con habitaciones disponibles, en una callejuela al principio de Pedro Gil. Una sorpresa. También porque es una parte de Makati que tiene un carácter un poco diferente, aunque también orientado al visitante. A unos metros del callejón, siguiendo la calle que asciende alejándose de la avenida principal, los neones rojos y las puertas con asideras de los clubs de alterne se suceden y se alternan con un 7eleven o una tienda de electrodomésticos, y así una tras otro en aceras pulcras y despejadas que empiezan a llenarse de un tipo de vida diferente a medida que cae la noche. Bermudas y tacones afilados, grupos de jóvenes, tipos de seguridad y taxis, a veces un Ferrari y una pareja de smoking: el perfil de la noche de Makati.

Makati

El hotel tiene dos puertas entrada, algo que resulta un poco extraño. Una vez registrados, el pulcro recepcionista uniformado de blanco que atiende en el mostrador de la otra puerta, frente a los ascensores, se ofrece para ayudarnos en lo que necesitemos. Muy amable. Un americano de mediana edad sube con nosotros. Le acompañan una chica jovencita y alguna copa de más, un conjunto habitual. Nos instalamos, las habitaciones están bien y el precio es razonable, un acierto. Tras una ducha bajo al 7eleven y me reencuentro con el  americano en el hall, que ahora está gritando a una mujer filipina algo mayor. Parece que ha habido problemas de entendimiento y la chica que había subido con él ahora espera fuera con los brazos cruzados y fumando, con la mirada muy lejos de allí, mientras el tipo se desahoga con la madame y el recepcionista. A la vuelta del súper vuelvo a coincidir con él, ya tiene otra chica pero sigue cabreado y sigo sin entender lo que me dice. En la entrada también hay un grupo de chinos trajeados que suben a una camioneta con un grupo de jovencitas, dos elegantes europeos salen también acompañados y el tipo de recepción me vuelve a saludar con la misma sonrisa. Todo empieza a encajar: estamos en un hotel para hombres de negocios.

Los hombres de negocios forman parte también, junto al turismo familiar y los filipinos de clase media o alta, del público de Greenbelt 3, el complejo de centros comerciales, bares y restaurantes más conocidos de Makati. Perteneciente a la cadena de la familia Ayala, la tercera corporación de Filipinas, dispone de cuatro emplazamientos distintos dentro de Makaty City, y otros tantos por toda Manila. Un lugar excelente para una buena cena: tortilla española y pimientos de Padrón, calamares y queso manchego, vino tinto. Hay dos restaurante españoles en Greenbelt y uno de ellos, el mejor, con espectáculo de baile. Tras la cena hay varios locales para tomar una copa, con tipos de público distinto. Tabernas de comida, charla y copas, las preferidas de los filipinos, o pequeños locales con música pop y techno comercial para la comunidad internacional. También el Havana Bar una terraza con local de salsa y músicos cubanos, siempre lleno, donde maduros tipos vestidos de Ralph Lauren bailan agarrados con guapas filipinas y se respira un educado ambiente de discretas transacciones. A medida que pasa la noche el ambiente va cayendo, las terrazas se vacían de parejas y grupos y los ladyboys que merodean por el centro se hacen más visibles. Es la hora de empezar a buscar otro sitio, algo que resulta bastante más complicado en Manila que en otras grandes urbes como Shangai, Bangkok o Hong Kong. Filipinas, y particularmente Manila, es una sociedad de grandes separaciones de clase, donde la élite vive en un hábitat diferente, como en un gigantesco reservado. Fever, un club cercano de Makati, es un buen ejemplo. Un local con el ambiente de una fiesta de graduación universitaria para millonarios, ellas vestidas de noche y ellos con chaqueta y alguna pajarita, repleto de pieles inmaculadamente blancas y uno o dos Lamborghinis a la entrada. Un perfecto ejemplo de ese mundo alternativo, que vive en otro planeta, tan selecto como trivial.  Sin embargo, unos metros más allá por Makati Avenue, se emplaza Time, un local con estética neoyorquina, terraza en la azotea incluida. Un pequeño local donde mezclarse con expatriados jóvenes y modernidad filipina y disfrutar de un cuidado cartel de DJs o una copa en la terraza. Un ambiente que resulta un poco extraño en Filipinas. Y si hay hambre, en el restaurante adjunto, un local cutre de comida rápida en realidad, Amid, un libanés que vivió en México y habla un español de acento curioso, te ofrece la posibilidad de tomarte un burrito y bailar salsa al mismo tiempo, una divertida combinación. Él lo hace increíblemente bien.

DJ en Time

En Manila, una ciudad casi sin parques ni jardines extensos, los centros comerciales son la principal forma de ocio de la población. Hay incluso nuevos barrios residenciales construidos en torno a ellos o incluyéndolos. El antiguo barrio de Fort Bonifacio, donde se ubicaba una base militar del ejército filipino es hoy Bonifacio Global City, un excelso conjunto de residencias exclusivas en grandes moles de cristal y acero y con un largo paseo de tiendas y comercios para los habitantes más VIP de Manila. Un modelo americano de diseño urbano que ofrece en el American Cemetery and Memorial, donde reposan bajo la hierba los restos de 17.000 soldados muertos durante la II Guerra Mundial, una explicación contundente del fuerte vínculo de Filipinas con los Estados Unidos.

Centro Comercial Bonifacio

Otro ejemplo de urbanismo norteamericano es Quezón City, la ciudad residencial que se extiende por el norte de MetroManila. Sus avenidas principales confluyen en Quezon Memorial Circle, desde donde un surtido de pequeños centros comerciales, restaurantes internacionales y cadenas de comida internacionales se extienden en línea recta. Entre las grandes avenidas que cruzan esta ciudad se enclavan los bloques de viviendas de tipo medio, con verja de entrada y parkings interiores, que se mezclan con algunas casas bajas, la Universidad de Manila y trozos de campo sin edificar. Es un buen lugar para alejarse del caos de Manila, de las luces de Makati o del bullicio de Ermita.

Quezon City Cercle

Vuelvo de Makati a Ermita, Dani ya se ha marchado y cambio de hogar de turistas a hogar de turistas, para lo que uno ha de atravesar Pasay, el barrio que se extiende por el sur de Manila hasta llegar al aeropuerto. Varios chicos descargan un volquete frente a un almacén de cartoneros y clasifican los restos en vagonetas para dejarlas frente al río, un fluido marrón que parece estar a punto de desbordar los canales. Ayer llovió muy fuerte, el tifón, y partes de la ciudad están inundadas. Los coches circulan sobre charcos y hay trozos de chapa derribados por el viento junto a las chabolas que cuelgan de los canales. Tienen las puertas abiertas: una televisión y dos o tres muebles; un colchón que se vislumbra en un costado. Tras el hospital de la Cruz Roja hay un cartel del ayuntamiento: “Making Pasay a healthier place to live” pero en la televisión esta mañana mostraban a un grupo de niños con cara de estar pasándolo muy mal: hay una pequeña epidemia de dengue en los barrios marginales. El taxista, sin embargo, está de buen humor y se lo toma con ironía, un tipo simpático que me comenta que cada vez que un político menciona que la situación está controlada la ciudad se inunda. Pasamos carteles de “load na dito” (“cargar aquí”) y puestos de comida callejeros, ropa tendida y madera que parece crujir ya desde lejos. Paredes de chapa o rehechas de ladrillo, ventanas sin cristal y los cartoneros, que pasean con un carrito y ofrecen restos y conversación. Los vecinos dejan pasar el día en la calle, un viejo dormido en una silla de playa, una mujer lavando sobre una mesa o una niña que cuela su triciclo en mitad de la corriente de niños que juegan descalzos entre los charcos. Camiones de pollo descargan en Monique o Janice Store y dejan la mercancía en la entrada, junto a los gatos que dormitan sobre las cajas de San Miguel. Las bocinas de los jeepneys atraviesan el barrio y a veces, entre casas y casetas, aparecen lugares sorprendentes, una tienda de flores, una papelería o un pequeño almacén de juguetes.

Pasay

Pasay es la primera imagen que uno recibe de Manila y, como cada vez que he hecho este recorrido, siempre me ha parecido estar cruzando una ciudad distinta, el otro lado de la ciudad del turista en una ciudad que no ofrece grandes transiciones. Un recorrido visual que te recuerda lo cerca que está en Filipinas la miseria de la opulencia y, a la vez, lo cerca y lejos en que vivimos los turistas.

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Los barrios de Ermita y Malate, uno tras con el otro, discurren en paralelo junto a la parte norte de Roxas Bulevard la avenida que recorre Manila siguiendo la línea de la costa. La calle Mabini, la vía principal que cruza el abigarrado corazón de estos dos barrios de aceras estrechas y bulliciosas, repletas de vida y de contrastes, es un muestrario en pequeñas dimensiones de la heterogeneidad de Manila, de su turismo y de sus dificultades para salir adelante. Los jeepneys, tan plateados y omnipresentes como para que esa imagen te vuelva siempre al recordar Manila, se enredan en la madeja de taxis, camionetas privadas, triciclos y peatones que se mueven entre sus calles formando un increíble atasco lento y armónico. Un suave fluir de turistas, estudiantes, oficinistas, mendigos y vendedores que te envuelve y te engancha con momentos que oscilan entre la negra realidad, la rutina diaria y el surrealismo. Triciclos oxidados con un anuncio prestado de “Free Wifi” enganchado con otro de “Opticas Master” y usados para cubrir los laterales o postes eléctricos tan repletos de cables que parecen estar a punto de caer sobre la acera. Furgones blindados protegidos por soldados que cargan en las oficinas bancarias junto a mujeres que mendigan con un bebé a cuestas o tipos que dormitan sobre una caja de cartón. Grasientos puestos de comida callejeros y cuidados restaurantes italianos, casas de cambio mugrientas y coquetas agencias de viaje con pegatinas de las aerolíneas en el cristal. Agradables cafés donde repasan los estudiantes y un bonito y opulento centro comercial en torno al cual merodean niños solitarios y parejas que se citan en Starbucks. Hoteles con carritos de maletas dorados y recepcionistas uniformados, pensiones y hoteles “de día” con opción “garaje” para no ser visto al entrar. Peluquerías regentadas por gais, terrazas para tomar copas y lavanderías. Vendedores de Viagra y relojes de imitación, bares de neón y karaokes, expatriados y turistas. Ermita y Malate son el primer hogar del extraño en Manila, un excelente lugar para empezar a conocer esta ciudad. Para experimentar Manila.

Ermita

El Parque José Rizal se sitúa al final de Roxas Bulevard, al otro lado de las brumosas aguas de la  Bahía de Manila, un poco más allá del barrio de Ermita. Roxas es una ribera que pese a la instalación del Centro Cultural de Filipinas y otros edificios de ocio sigue siendo, como el propio Parque Rizal, todavía un poco siniestro como para un romántico paseo nocturno.  Sin embargo, de día, y especialmente los fines de semana, el Parque Rizal o Luneta Park es uno de los lugares de ocio favoritos de las familias filipinas. Entre los jardines que ocupan las 60 hectáreas que ocupa el parque se encuentran, entre otros, el lugar donde se fusiló a Rizal y varios monumentos en referencia a los héroes nacionales filipinos, incluido uno de los más famosos: la estatua de Lapu-Lapu el jefe indígena que mató a Magallanes. Un taxi es la mejor opción para llegar y salir del Parque Rizal, especialmente de la zona en torno al mercado, un lugar que conviene evitar. Los carros de caballos pasan allí de un sonriente “twenty pesos” por un paseo a un agrio “twenty hundred” y los niños de “Slumdog Millionaire”, o “el sindicato” como los llamó mi taxista, perfectamente limpios y drogados, aporrean y se agarran a la ventanilla del taxi hasta que el movimiento los deja atrás.

Parque Rizal

Pero no todos los niños de la calle pertenecen a una mafia. En Ermita hay muchos que van por su cuenta. Son una de esas imágenes que te llevas de Manila, una de las cosas a la que te has de acostumbrar. “Llévate siempre unas monedas en el bolsillo” me dice el guarda de seguridad del hotel. Es un tipo joven y fuerte, de palabras suaves y una expresión que parece decirte que no ha usado nunca la pistola que cuelga de su cinto. Las monedas son para los niños, así te dejan tranquilo. Niños descalzos con la camiseta de baloncesto una talla mayor y una mueca de pena fingida, que sería incluso irónica si no fuera por los manchones de suciedad que les afean las mejillas. Dan pequeños golpes en los muslos, como para que les atiendas y Dani, que ahora habla por teléfono a la salida del hotel, tiene a uno dando vueltas a su alrededor, aunque no le hace mucho caso. Te está metiendo la mano en el bolsillo de las bermudas” le digo, mientras separo a otro de los míos con una mano. Dani le mira, le dice que pare y sigue hablando. Le vuelvo a avisar, tienen dedos tan finos que casi no se notan. El joven guardia se acerca y les dice con cierto reparo que se vayan, sin violencia, quizás con algo de vergüenza. Los filipinos adoran a los niños y odian eso, esa mierda. Y los niños lo saben y se aprovechan, no se retiran tan fácilmente. “Hungry” le responden, intuitivamente saben que eso significa más que lo que uno entiende. Quizás no se debe dar dinero a los niños de la calle pero la verdad es que a mí me cuesta cumplirlo. Otro día, junto al café que frecuentaba cada mañana en Manila volví a ver a una niña de cinco o seis años y su hermano, de no más de tres, que venían a pedirme cada vez que me veían, sin mucho éxito. Ella llevaba siempre un abrigo crema de tela barata, como de carnaval, con las solapas forradas imitando la piel de un abrigo de lujo, y él una camiseta blanca rota a la altura del hombro. Un día el camarero me explicó que vivían en la calle pero no allí, en Ermita, sino mucho más lejos. Cada mañana se agarraban a la parte trasera de varios jeepneys para llegar hasta su lugar de trabajo. El pequeño lo era demasiado como para acordarse de pedir, como para entender, y se pasaba el rato jugando con los cartones que regalan en las bolsas de patatas. Y me costó volverme a negar. “Thank you” me dijo tímidamente la niña, alejándose con los  10 pesos y su hermano, que seguía jugueteando con los cartoncillos.

 

Junto a ese café está Robinsons Place, el centro comercial perteneciente a la principal cadena filipina e incrustado en mitad de Ermita. Es el lugar donde jóvenes y adultos, familias y parejas, se reúnen los fines de semana para curiosear, almorzar y pasar la tarde. Un pequeño oasis de consumo en mitad del desorden de Ermita donde los filipinos hacen colas interminables frente a los cajeros y las tiendas de móviles de segunda mano, y donde los locales de comida igualan a las tiendas de ropa. Comer en grupo forma parte del ocio filipino pero en el Friday’s, donde hemos ido a comer, la mayor parte de clientela es extranjera. Un cliente coreano cumple años y los camareros, ellos con un horrendo uniforme rayado de tirantes repleto de chapas y campanillas, y ellas, con medias de colores pantone y falda también rayada, se reúnen en corro para cantarle al cliente la versión americana de “Cumpleaños Feliz”. Llega una tartita de Friday’s con la estatua de la Libertad en medio, suena la campana y todos los filipinos cantan sinceramente, divertidos. Un ejemplo de mestizaje cultural que, por supuesto, al coreano y a las dos chicas filipinas que le acompañan les ha encantado. Los malls filipinos, son como la comida rápida o las calles de rascacielos del centro de Manila, un singular ejemplo de mestizaje, un trazo de la herencia americana que ha permanecido en la isla.

Robinsons Place

Otro ejemplo de herencia yanqui son los Jeepneys, uno de los emblemas de Manila y, por extensión, de Filipinas. Originariamente eran antiguos jeeps militares del ejército norteamericano que, una vez acabada la guerra, fueron vendidos a los filipinos antes que dejarlos abandonados. Los filipinos pronto los reconvirtieron en taxis añadiendo una capota de metal y alargando y adecuando su espacio trasero para llevar pasajeros. De ahí evolucionaron hasta ser fabricados en Filipinas como réplicas de los originales y así hasta hoy, donde los ya escasos fabricantes imitan las partes delanteras de las carrocerías de Mercedes, Hummer o Toyota. Los compradores reciben el vehículo y ahí es cuando colocan su propio toque personal, las llantas de fuego, las imágenes de la Virgen María o el escudo del Capitán América. Algunos tienen nombre de mujer o llevan banderas insólitas (Australia, Suecia) y el trayecto suele figurar pintado en amarillo y negro en un costado, junto a un teléfono y la frase “how is my driving?”, como si realmente alguien fuera a llamar. Un billete de jeepney cuesta unos 0,2€ y es la forma más habitual de transporte en una ciudad que no tiene metro. Montar en un jeepney y pasarse un rato embutido en un asiento de metal y rodeado de señoras con la compra, estudiantes y chavales que a veces usan hojas de afeitar para llevarse tu bolsillo entero sin que te enteres es una experiencia casi obligatoria y realmente muy auténtica.

Robinsons es un excelente lugar para comer entre semana, pero para una cena de cumpleaños se exige algo más. Y enclavados entre el laberinto de pequeñas tiendas, pensiones y burdeles de Ermita hay excelentes restaurantes. Por ejemplo, La Dolce Vita, un elegante restaurante italiano situado en una antigua casa colonial y decorado con máscaras venecianas. Verduras a la brasa, porcini de ricotta con setas y vitela para celebrar mi cumpleaños, que coincide con el de Jane, una de las camareras. Tanto a ella como a Mitch, su compañera, yo las conocía por haber venido a comer varias veces aprovechando la “happy hour” de pizza y pasta (de 14h a 18h). Dos chicas inteligentes que resultan un encanto cuando juegan a parecerse a un personaje de Jane Austen. Tras la cena charlamos un rato con Jason “Bigboy” Valencia, el encargado comercial, un tipo bromista y alegre que lleva una agenda con la Sagrada Familia y que transmite un tipo de camaradería que yo ya conozco pero no sé exactamente de dónde. Quizás mexicana. Nos ofrecen acompañarles cuando acaben, una de las grandes cualidades de Filipinas, ese espíritu de fiesta de barrio. Se van a celebrarlo al Cowboy Grill uno de los típicos lugares filipinos para salir, así que nos citamos a la salida.

Mitch y Jane

Pero antes nos vamos a tomar algo a la famosa zona de bares junto a Remedios Circle, en Malate, una plaza y una calle que se invade de mesas y cubiteras de cerveza los fines de semana. En el camino hacia Remedios St. Mabini ofrece otra de las imágenes de su peculiar fama turística. Los neones rojos y las cortinas de los clubs de alterne se entremezclan con karaokes y locales con chicas vestidas de colegiala que saludan a los peatones desde improvisados balcones. Niños, guardias de seguridad y vendedores invaden las aceras y de vez en cuando se te acerca un tipo con un catálogo de fotos y nombres sugerentes. No es lo más agradable pero tiene la rara cualidad de que no te sientes inseguro paseando, al fin y al cabo eres un potencial cliente para todo el mundo. Ermita y Malate tienen un ambiente de neón que no es el de Bangkok, es menos crudo, quizás también más jovial y no sé si más humano.

Mabini de noche

De vuelta al restaurante nos esperan Jason, Jane, Mitch, el cocinero y el guarda de seguridad para irnos al Cowboy. Una fiesta de cumpleaños filipina charlando y haciendo fotos en una mesa repleta de cervezas y platos de comida, con grupos de rock en el escenario y esa simpatía que transmiten las filipinas cuando bailan. Más con Dani que conmigo, ya se sabe que el baile no es lo mío.

La primera noche que sales a la calle en Ermita quizás asuste, pero luego pasa. No es peligroso en realidad, en comparación con otros lugares. Hay que acostumbrarse a Manila. Como pasa con algunas ciudades asiáticas o latinoamericanas la primera impresión suele ser la de “me quiero largar de aquí cuanto antes”. Las agencias de viaje suelen llevarse a los turistas a Makati, el barrio de las residencias de cristal, para que se sientan cómodos. Allí van las familias para distribuir su tiempo entre visitas en coche y paseos de compras. Algunos también dejan algo de tiempo para su barrio rojo, bastante más espectacular que el de Malate aunque no tenga tanta fama. A Ermita, en cambio, suelen llegar los “amigos” de Facebook, los amigos desesperados. Esos tipos que te acompañan en el desayuno del hotel junto a sus parejas treinta años menores y que no hablan demasiado. Una selección de occidente, ya lo he dicho en algún otro lado, que parece sacada del casting de Mad Max. Sin embargo, a veces, una caricia amable te sorprende por sincera en esas parejas tan surrealistas. No todo es siempre sórdido. Por ejemplo, ver a un hooligan cargado con un cochecito y dos niños filipinos es más bien una estampa curiosa.

Gente de Ermita

Para sentirte cómodo en Manila has de experimentarla, olvidarte de los vendedores de Viagra y de esas parejas para poder disfrutar de sus espléndidos restaurantes occidentales, probablemente los mejores de Asia, o para poder probar los platos característicos de las diferentes islas filipinas. Para contemplar a los filipinos en la fiebre del centro comercial o para cortarte el pelo en una peluquería donde inmediatamente eres el centro de atención. Para compartir una mesa tomando cervezas, para charlar y pasar un buen rato. Y Ermita en eso es como las Ramblas de Barcelona, quizás como el Raval, contiene lo mejor y lo peor de la ciudad y todo a un paso. Estuve tres veces distintas en Manila. La primera en Ermita y la segunda en Makati, para probar. La tercera volví a Ermita. Me sentía más cómodo. Tenía más experiencia.

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Una hilera de cañones oxidados sobresale por encima del recinto amurallado de Intramuros. Algunos apuntan hacia Manila, que aparece irregular e interminable, difuminada por el smog y la bruma de la bahía y asomándose por encima de las almenas recubiertas de musgo de Fort Santiago. En el lado norte de la fortificación, el baluarte de Santa Bárbara se eleva por encima del río Pasig, que fluye espeso y cargado de barcazas y manglares. En la otra orilla, el sonido de las bocinas de los jeepneys ahoga el ruido de los niños que corretean descalzos entre los puestos de comida y las cabañas de madera podrida de uno de los peores barrios de la ciudad. Manila es caótica y delirante, a veces surrealista en sus contrastes, pero también cercana y humana, incluso demasiado humana. Desde las murallas de Intramuros, que protegen la antigua ciudad administrativa y colonial fundada por Legazpi, uno parece alejarse de todo ello y trasladarse por unos instantes a otra época en el tiempo. Una época de calabozos y baluartes, de calesas y guardias filipinos de uniforme azulado y fusil al hombro que, ahora ya únicamente como elemento turístico, pasean por el entramado de calles paralelas de adoquines, plazas cuadradas y suntuosos edificios e iglesias barrocas castigadas por el tiempo, la dejadez y las bombas norteamericanas que destruyeron la ciudad a finales de la II Guerra Mundial. Intramuros es una pequeña ciudad colonial dentro de la gran megalópolis que es Manila, restos de la única ciudad auténticamente “europea” que sobrevive en Asia. Sólo por eso merece una visita, el último legado de un pasado que apenas sobrevive entre las ruinas.

Fort Santiago, Intramuros

El distrito amurallado de Intramuros es la ciudad original de Manila que fundó Legazpi en 1571. Las murallas de piedra, revestidas con baluartes defensivos que hoy todavía siguen en pie, separaron en un principio los edificios gubernativos, iglesias, monasterios, escuelas y hospitales de los asentamientos musulmanes que la rodeaban. Entre sus murallas vivieron los primeros administradores de la ciudad, mientras la población nativa se instaló en los vecinos barrios de Paco y Binondo. Durante el periodo de expansión comercial y rápido crecimiento que vivió la ciudad desde finales del s.XVI, Manila se transformó en una metrópoli de 40.000 habitantes y en el centro del comercio entre China, el sudeste asiático y México. Las residencias se embellecieron y se construyeron nuevos conventos e iglesias. Se construyó el fuerte de Santiago, hoy Fort Santiago, y la antigua Catedral de Manila, la más antigua de Filipinas en su momento. Sin embargo, la que figura hoy junto a la Plaza Roma, pese a su aspecto ajado, es sólo una reconstrucción que data de 1951. Un letrero descolorido junto a los pórticos tallados de la entrada recuerda todavía la visita del Papa Juan Pablo II en 1995 y en el interior, las capillas ofrecen triviales vidrieras de colores y esculturas con placas donde el nombre de los santos y las vírgenes figuran en inglés, un idioma que resulta un tanto ajeno  en una catedral de estilo hispanomexicano. En un lateral hay una mujer arrodillada que reza con la cabeza gacha junto a un gran Cristo crucificado y a la salida, sólo entre unos pocos turistas, es inevitable quedarse atrapado entre las mujeres que ofrecen rosarios y estampas de los santos. Pero con unos pesos es suficiente.

Catedral de Manila

Pasear por Intramuros quizás resulta algo nostálgico. Reconoces los balcones y las balaustradas, las grandes piedras y los portones de madera y reconoces el olvido, un interés arquitectónico que parece únicamente turístico. Poco se conserva que no sea para este fin, y la sorprendente idea de instalar de un club de golf junto a las murallas —no es broma, atraviesas la puerta de un calabozo y te encuentras con una hilera de tipos preparándose a golpear hacia el green— es un colofón surrealista. La Casa Manila es otro ejemplo, menos llamativo. Un edificio colonial cuidadosamente restaurado para acoger una réplica del interior de una mansión colonial pero que peca de un mobiliario exagerado y excesivo, que resulta incluso ajeno pese a su indudable valor. Mucho más agradables son los patios con jardines y pozos de piedra que envuelven el Hotel Intramuros, un coqueto y precioso hotel de habitaciones con balcón y persianas de madera en una antigua residencia española cuyo precio oscila entre los 35 y los 45€. Un pequeño lujo.

Patio junto al Hotel Intramuros

Adiós, padres y hermanos, trozos del alma mía,

Amigos de la infancia en el perdido hogar,

Dad gracias que descanso del fatigoso día;

Adiós, dulce extranjera, mi amiga, mi alegría,

Adiós, queridos seres, morir es descansar.”

(Mi último adiós, José Rizal)

 

José Rizal, escribió estas líneas desde su celda en Fort Santiago. Forman parte de un poema, sin título ni destinatario y escrito en español, que el médico, escritor y héroe nacional filipino escribió la víspera de su ejecución, el 30 de diciembre de 1896. Al día siguiente sería fusilado por soldados españoles en lo que es hoy el Parque José Rizal de Manila, falsamente acusado de sedición por las órdenes religiosas de dominicos y franciscanos. Al poema, encontrado entre sus pertenencias, un amigo suyo le dio el nombre de “Mi último adiós” antes de publicarlo en la prensa y pasar a formar parte, como el propio Rizal, del legado patriótico y nacional de Filipinas. Fort Santiago es, sobre todo, un museo en su honor. Apenas hay, en todo el recinto, mención alguna que haga referencia a  hechos anteriores al s.XX. Los turistas se agolpan en el Jose Rizal Shrine, un espacio en torno a la celda que habitó y donde se muestran cuadros, ropa y escritos de Rizal. El famoso poema se extiende sobre el suelo de una gran habitación traducido al inglés mientras la versión en español cuelga de una pared junto a otras traducciones al ruso, al alemán o al japonés. Incluso en la web www.joserizal.php patrocinada por la Universidad José Rizal de Manila y dedicada a su vida y obra, el poema figura sólo en inglés y tagalo, una circunstancia bastante reveladora de cuál es la situación de la herencia española en Filipinas. Una situación que requiere de la historia para comprenderla mejor.

La historiadora María Dolores Elizalde ha escrito varios libros sobre el periodo colonial español en Filipinas que resultan muy ilustrativos para conseguir entender ese desapego, la distancia que hay hoy entre Filipinas y España en comparación con otras ex colonias. La primera circunstancia que debe tenerse en cuenta es que el sistema de organización colonial que se desarrolló en Filipinas fue muy diferente al establecido en América. La situación de Filipinas, aislada entre potencias enemigas y sin productos atractivos (especias) para el comercio internacional, no permitía afrontar el gasto que suponía una fuerte presencia española en la colonia. Por ello, la administración española decidió tener una presencia mínima, compuesta por militares, funcionarios y religiosos pero sin colonos. Como forma de organización económica se estableció el llamado sistema de encomiendas, que consistía en ceder parcelas de tierra a unos pocos dueños españoles y religiosos a cambio de los impuestos personales que pagaban los residentes locales, obligados a trabajar pero teóricamente libres. Esos dueños cedieron a su vez la gestión a los dirigentes locales, que mantuvieron así el poder al mismo tiempo que evitaban los conflictos con la población local. El resultado es que la política local permaneció en manos de los tradicionales mandatarios filipinos que conservaron el poder político y judicial, y un gran poder económico al gestionar el reparto de tierras, cosechas y trabajos. No se extendió el español porque no era necesario y muchos territorios, Mindanao, por ejemplo, permanecieron casi ajenos a la colonización.

Fort Santiago, Intramuros

Las órdenes religiosas, por otro lado, se convirtieron en protagonistas principales de la colonización, de ahí el mantenimiento de la religión y su relevancia en la Filipinas actual. Fueron el único elemento colonial que se extendió por todas las islas, y, en vez de predicar en español, se vieron obligadas a aprender las lenguas locales para su misión evangelizadora —el conocimiento del español en las escuelas sólo sería obligatorio en un breve periodo del s.XIX. Al mismo tiempo, se transformaron en los interlocutores entre la Administración española y la población indígena, obteniendo así un status muy respetado. Fueron los responsables de la construcción de escuelas y hospitales, de denunciar abusos de los colonos y de oponerse al tradicional sistema de esclavos que existía hasta entonces en Filipinas. El resultado de una mínima presencia colonial, representada en su mayoría por religiosos, condujo a un sistema que separaba a filipinos de españoles y que se mantuvo con relativo éxito hasta finales del s.XIX con el auge de movimientos nacionalistas, la intervención de Estados Unidos y la guerra con España. El propio Rizal nunca pidió la independencia de Filipinas sino la equiparación de las condiciones con las otras provincias españolas y el fin de los abusos de la administración española. Es un héroe nacional pero no fue un nacionalista en el sentido actual. Sin embargo, el uso de su muerte y su figura por los políticos del pasado siglo explica parte de ese rechazo a todo lo español. No tanto el abrazo a lo norteamericano, que tiene que ver más con circunstancias económicas.

Iglesia de San Agustín, Intramuros

Una de las preguntas que uno se hace recorriendo las celdas de barrotes oxidados y las murallas recubiertas de musgo de Fort Santiago, tan similares a otras del mundo latinoamericano, pienso en Cartagena de Indias, por ejemplo, es ¿por qué ya no queda nada de ese pasado más allá de los nombres de las calles y un puñado de iglesias? Pero no es tanto así. Escarbando un poco en la realidad social filipina, que es evidentemente anglófila, no sólo por el idioma —de enseñanza obligatoria— sino también por el propio diseño de las ciudades —planas e interminables, con exclusivos “villages” protegidos por guardas de seguridad rodeados de cabañas y chozas que proliferan como guettos—, algo sí se puede encontrar. No queda el idioma, que nunca fue realmente hablado, pero sí queda un fuerte sentimiento católico que se expresa en las procesiones de Semana Santa y las festividades religiosas, celebraciones que incluyen también elementos locales. También quedan las fiestas de barrio, un elemento único en Asia, donde los filipinos abren sus casas a los vecinos, incluso a forasteros, y festejan en comunidad. Y un carácter, alegre y tímido a la vez, marcadamente diferente del resto de pueblos de Asia.

Intramuros

Uno de los problemas que menciona el  profesor  de antropología filipino Nick Joaquín al respecto de su país es el de su identidad: “la identidad de un filipino es preguntarse cuál es su identidad”. En ese problema está también parte del origen del desdén hacia la época colonial. Incrustados en Asia, la cultura tradicional o la lengua de los filipinos, no tienen mucho que ver con las clásicas asiáticas, están más próximas a los pueblos de Oceanía que emigraron por todo el Pacífico. Tampoco hay pagodas ni bajorrelieves brahmánicos en Filipinas, muy pocas mezquitas. Y las iglesias barrocas, que si se conservan, son consideradas como un elemento ajeno. Su arquitectura y religión no despiertan el interés de los estudiosos y extrañan a los asiáticos. Muchos filipinos de clase media o alta —la inmensa mayoría de la población tiene otras preocupaciones más obvias— se sienten excluidos en Asia. También existe una tendencia “buen salvaje” a asumir que la pobreza y la desigualdad no existieron en Filipinas antes de los españoles, lo cual es cierto si no se tiene en cuenta a los esclavos, que eran la fuente del poder, y no la tierra, en las organizaciones pre coloniales. La situación económica de las ex colonias latinoamericanas en comparación con Hawaii o Guam, por ejemplo, incrementa ese prejuicio. Todo ello hace que los propios filipinos desprecien su patrimonio hispano. Les aleja de lo que se suele considerar como auténticamente asiático y es algo que les convirtió a sus propios ojos en una cultura “bastarda” y les perjudicó económicamente. Muy poca gente humilde en Filipinas es capaz de decirte algo sobre España, menos incluso que en Vietnam o en Camboya donde, gracias al fútbol, España es mucho más conocida. Esa es la realidad que he visto.

Fort Santiago

Así como Europa sí tiene una fuerte identidad histórica común pese a estar constituida por muchos países, en Asia esa identidad no existe. Muy poco tienen que ver Laos, India y Malasia, por ejemplo. Cualquier referencia a la “cultura asiática” es inmanejable. Filipinas, dentro de ese universo heterogéneo es un país mestizo en costumbres de asiáticos y occidentales (españoles y americanos), un hecho singular que la diferencia. Pero mestizo es un término neutro que no existe en inglés, las acepciones inglesas llevan todas un carácter peyorativo. Y quizás eso no ayuda. El mestizaje puede ser una riqueza. Basta pensar en las influencias árabes, hispanoamericanas y latinas en España o en la mezcla de razas de Brasil. A nadie le parecen algo que se deba esconder. Ojalá que en un futuro la situación económica de Filipinas mejore y se pueda dedicar algo de esfuerzo a recuperar algunas de las ruinas de ese pasado.

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Tengo en la mano una postal de Boracay: una palmera en un costado que facilita el encuadre, arena blanca rodeando el motivo —dos tumbonas de madera desgastadas por la sal y solitarias en mitad de la inmensidad blanca, casi azúcar— y el mar, el agua turquesa que se hace más oscura en el horizonte. Una imagen que remite a la imagen del paraíso de vacaciones occidental. Un paraíso al que sólo le falta un grupo de turistas en medio haciendo el gesto de victoria con la mano para ser real. Un pequeño detalle. Pero Boracay no engaña: ofrece sol, arena y comodidad. Y en multitud, como en los más populares enclaves mediterráneos. Esos grupos de señoras que invaden la playa desde primeras horas de la mañana o las clásicas familias cuyos miembros pasean vestidos todos del mismo color por el estrecho paseo que ha sobrevivido al avance de los hoteles sobre la playa. Esas mujeres asiáticas de piel pálida que demuestran su poder atreviéndose a vestir de noche para ir a la playa. O el perfil más joven, permanentemente protegido por gafas de sol, que pone cara de agobio ante la sensación de pista de baile que supone caminar por el paseo que discurre junto a la playa. Boracay es el principal paquete vacacional de Filipinas, y también el más cómodo. En esta pequeña isla de apenas 9 km de largo no hace falta molestarse en buscar nada, todo se te presenta a ratos a medida que avanzas por el interminable paseo que recorre White Beach, la principal playa de la isla. Un lugar tan cómodo y trivial que a nadie se le pasa por la cabeza hacer algo distinto a pasarse el día haraganeando entre la playa, las tiendas y los restaurantes. Un paraíso de vacaciones. Y con locales de buffet libre, mis preferidos.

White Beach, Boracay

Dicen que en los 80 el único sonido que se escuchaba en las playas de Boracay era el de los exprimidores de fruta. Pero de eso hace ya mucho, de poco vale lamentarse. Además, hay otras muchas islas en Filipinas. Hoy Boracay es un lugar sagrado para el Ministerio de Turismo y la economía de Filipinas. El principal objetivo es que se mantenga tal y como está, en el límite del sobredesarrollo, para que siga siendo una provechosa fuente de ingresos para el gobierno y la población local. Así está pensado y diseñado y el futuro se dirige en la misma dirección: pocas licencias de construcción y sólo para algunos hoteles de renombre internacional. La oferta de alojamiento es ya tan numerosa y variada que parece una política sensata. La idea es mantener a Boracay como un destino de paquetes de luna de miel, turismo familiar o cualquier otro tipo de turismo de alto poder adquisitivo. Un tipo de cliente al que no le importe demasiado pagar precios que frecuentemente doblan a los del resto de Filipinas, pero que siguen siendo muy asequibles en comparación con otros paraísos vacacionales. Con la ventaja de que, además, en Boracay no hay ni prostitutas en los bares ni niños pidiendo en las esquinas, los policías pasean en bermudas por la playa y las boutiques están a un paso de tu hotel.

Hotel en Boracay

El interminable paseo, unos 5 km, que recorre la playa de White Beach es el centro de la vida turística en Boracay. Allí es donde todo el mundo va. Donde todo el mundo se aloja, donde todo el mundo come y cena, donde todo el mundo se broncea y donde todo el mundo llega. Porque para alcanzar Boracay uno debe llegar primero a Caticlan, en la isla de Panay y tomar una bangka en el puerto. Lo más sencillo es llegar en avión hasta Caticlán, aunque también se puede hacer en ferry. Desde el puerto, un viaje de veinte minutos y tres paradas en White Beach. Una vez en tierra y ya convenientemente instalado se puede salir a pasear. Una estrecha franja asfaltada discurre entre los hoteles y la playa y allí se suceden ininterrumpidamente tiendas de ropa, de souvenirs, dibujantes aficionados, tatuadores de mentira, agentes de viaje, vendedoras de fruta y repartidores de flyers que se alinean apelotonados en los bordes del camino. A veces cuesta caminar. Pero siempre se puede optar por sentarse y disfrutar de alguno de los buffets hasta hartarse de comida como hace la mayoría. La calidad, como en todos lados, varía bastante con el precio. Tras la playa, la ciudad, donde viven los filipinos, se extiende en las calles paralelas del interior. Comercios, bancos, algún bar y el aspecto de las casas que empeora a medida que uno se va alejando de la playa. Curiosamente, o no tanto, no hay mucha animación en Boracay cuando cae el sol. Dos o tres bares en el interior de la ciudad se diputan a la mayoría de clientela internacional, la playa se mantiene a salvo de chiringuitos, música y cualquier elemento que pueda distorsionar el sueño. Sol, arena y comodidad.

Paseo de White Beach

Porque la principal atracción de Boracay, más allá de la playa y las palmeras, está en el agua. Este paraíso no lo es por cualquier cosa. Una barrera de arrecifes que mantiene el agua como un plato rodea la isla. Hay más de 30 lugares de buceo a menos de quince minutos de la orilla en Boracay, un lujo. Otra forma de disfrutar del paisaje marítimo es contratando un paseo en bangka. Unos 25€ por dos personas y cuatro horas sobre el agua o contemplando el fondo marino en los diferentes puntos que ofrece la isla. Los chicos que llevan las bangkas, pese a la miseria que se llevan, 3€ cada uno de esos 25, harán lo posible para que te diviertas. Luego comida en algún restaurante apartado y vuelta al hotel. Lo cierto es que cualquier cosa que se te ocurra para hacer sobre el agua está disponible en Boracay: parasailing, motos, plátanos, sea el capricho que sea, lo vas a encontrar.

 

Boracay es turismo y comodidad, vacaciones en familia, disfrutar del placer de estar con tu gente y de no hacer nada, de probar el lujo a precios más asequibles. El que busque sofisticación o aventura que se vaya a otro lado. Es como una operación de cirugía estética, uno no debe avergonzarse por la idea si es que realmente se va a sentir mejor. Y, además, tienes buffet libre.

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Una lengua de arena hace de embarcadero en Sabang aunque el agua no invita demasiado al baño, sólo los buceadores cargan con su equipo por el agua. Para bañarse hay playas desiertas a pocos kilómetros en bangka. Largas franjas de arena que se estiran por los pequeños islotes diseminados entre las sinuosas bahías de la punta norte de Mindoro, la isla más accesible desde Manila (4 horas de autobús y ferry). Las bangkas de los centros de buceo fijan el ancla junto a los arrecifes y algún yate recorre la línea de la costa buscando una cala escondida. Desde el agua, los dos enclaves principales, Sabang y Puerto Galera, donde se dejan caer la mayor parte de los turistas, no son más que una amalgama de hoteles y restaurantes sin encanto. Sin embargo, las colinas que los sobrepasan, moldeando de verde oscuro la isla, aparecen salvajes e impenetrables en el horizonte. Tras ellas, los campos de arroz y los carabaos —los pequeños búfalos, uno de los animales nacionales de Filipinas—: la vida rural. Porque Mindoro es una isla de contrastes: sórdidos bares y multitudes sedientas rodeadas de playas y bahías escondidas en la punta norte; carreteras que se cortan, trayectos interminables y pequeñas aldeas aisladas del turismo en el resto de la isla. Contrastes que reflejan, a pequeña escala, los mismos contrastes que conforman Filipinas.

Isla junto a Sabang

Sabang es uno de los centros turísticos del norte de Mindanao. La franja de playa que da al mar está ocupada por hoteles y restaurantes, uno junto a al otro. Tipos con pinta de veteranos de guerra reposan en las terrazas de los apartamentos acompañados de una botella de licor de marca, familias filipinas charlan y dejan pasar el día entre cervezas acompañados por la música de los móviles y grupos de coreanos y japoneses, un público muy habitual de Filipinas, pasean por la estrecha franja de cemento que se eleva por encima de la playa. Por las calles interiores se asciende hacia la montaña que separa Sabang de Puerto Galera. Allí se amontonan los comercios y las casas de chapa y ropa tendida que acogen a la población local. Las masajistas charlan sentadas en el rellano de los locales y los motoristas merodean por el pueblo buscando clientes. En una estrecha calle paralela a la playa se suceden los “bares”, una de las atracciones principales para muchos de los visitantes de Sabang. El redactor de Lonely Planet los define como “locales de “bailarinas exóticas” que se hacen pasar por discotecas”, una definición típicamente británica. Ya desde media tarde los porteros descorren las cortinas de la entrada de los locales cuando pasa un extranjero. En el interior suena la música y los clientes, sentados en torno a una barra circular que rodea el escenario, invitan a bebidas y charlan con las bailarinas. Las chicas se turnan tímidamente sobre el escenario con la ropa y movimientos de una go-go principiante, sin que a nadie parezca importarle demasiado, y las camareras insisten con las copas. No hay mucha oferta en Sabang para tomar algo, así que, a veces, también se ve a alguna pareja curiosa observando el espectáculo. Es un ambiente cutre e inofensivo, sin striptease ni billetes en los sujetadores porque el negocio está en las bebidas: las chicas se llevan lo que cuestan las suyas, el bar se lleva el resto. Luego, alguna también hace el suyo propio por su cuenta.

Bar de Sabang

Los bares, el buceo y los tours son el centro de la vida en Sabang, su turismo y su modo de vida. Los centros de buceo ofrecen los clásicos paquetes de inmersión y contratar una bangka para un paseo por las islas no sale por más de 15€. También hay opciones más ruidosas, como paseos en quad, pingball o lugares de tiro, pero no parecen tener un gran éxito. Con el paisaje que rodea la costa es casi una obligación entrar en el agua. Almejas gigantes, de un metro de ancho y con la concha ondulada como un rigatone pueblan el fondo de la bahía principal, más allá de Coco Beach, donde se sitúan algunos de los hoteles de mayor nivel. Está prohibido tocarlas, entre otras cosas para evitar que cierren la concha y te atrapen la mano. El vigilante, un tipo arrugado que se acurruca en una piragua protegido por un paraguas, se acerca lentamente para cobrar el fee de entrada y luego vuelve a su posición, en el centro de la bahía, como si formara parte del paisaje. Los manglares recorren las orillas y los erizos el fondo, con algunos tramos de playa aislados entre la vegetación y largas franjas desiertas en los islotes que surgen junto a la costa. Al bajar de la bangka no hay nadie en un kilómetro de playa, sólo arena y trozos de roca que llegan desmenuzados a la orilla. Al cabo de un rato aparece otra bangka con dos o tres occidentales y una mujer mayor, colorada como una gamba, desciende para explorar el terreno y dejarse caer sobre la arena. La verdad es que no hay mucho más que hacer que ponerse crema y quedarse tirado.

Puerto Galera no es tan animado como Sabang, y ya queda poco del antiguo “Puerto de Galeones”, unas buenas vistas de la bahía y algo más de vida urbana. Para encontrar un alojamiento un poco más a la altura del paisaje, con playas vacías y tranquilidad hay que desconectarse un poco de los nudos de transporte y trasladarse hasta los hoteles de Coco Beach, o más hacia el oeste, a White Beach y los pequeños pueblos que recorren la costa norte de Mindoro. Pero Mindoro es una de las islas con peores comunicaciones de Filipinas. La carretera que recorre el norte hacia el oeste llega un momento en que se corta, por lo que sólo queda circular en el sentido de las agujas del reloj para recorrer la isla. Y es una isla para recorrer con tiempo, sin muchas exigencias, para sorprenderse y observar la vida pacífica y relajada de las aldeas filipinas. Por lo demás, los turistas, en general, no pasan del norte, sólo algunos se atreven a llegar a  Sablayan y tomar un bote hasta la isla de Pandan —donde sólo existe un lugar de alojamiento el Pandan Island resort— la forma más fácil de acceder al Parque Marino de Apo Reef (no confundir con el de la costa de Negros) que con más de 200 especies de peces y coral es uno de los mejores lugares de buceo de Filipinas. Para completar el circuito de contrastes, desde el puerto de Roxas, en la parte sur, un ferry te lleva en 4 horas hasta Caticlan en la isla de Pasay, el punto de entrada para Boracay, la meca del turismo en Filipinas.

Carreteras de Mindoro

Pero no sólo en el agua hay cosas que ver en el norte de Mindoro. Un paseo en moto es la mejor forma de admirar la línea de la costa y las bahías. La carretera circula en alto sobre la maraña de árboles que crecen en las laderas, ofreciendo una vista privilegiada de bahías que se enmarañan, playas e islotes azulados cubiertos de nubes. En agosto es un cielo azul pálido esplendoroso y solemne, con grandes nubes que se mueven en comitiva tapando y descubriendo el sol. Pasadas las cascadas de Tamaraw, un amplio salto de agua que cae junto a la carretera y sigue bajo ella, a unos 30 km, se llega uno de los destinos más pintorescos de la parte norte de Mindoro. Es lo que llaman “Paradise Falls”.

Cascadas de Tamaraw

La “asociación de carros” de la aldea es quien organiza los paseos en carabao hasta “Paradise Falls”. En una pared de lo que parece el lugar de reunión de toda la comunidad hay un letrero con los turnos y tareas de cada uno de los miembros separados en colores. El conductor engancha el búfalo al carro y partimos junto con dos mujeres de mediana edad, vendedoras de souvenirs, que nos acompañarán en el paseo. Una de ellas, pequeña y simpática, tiene tres hijos y corre cada mañana por la jungla; las piernas, finas y fibrosas no dejan lugar a dudas. Lleva una gorra con “Panamá” escrito sobre la visera, regalo de un turista, que ya parece formar parte de su indumentaria. La otra mujer es grande y fuerte, con un rostro redondo y pacífico que esconde una sonrisa irónica. Tiene ocho hijos porque “antes se iba mucho la luz”, nos aclara. El camino discurre atravesando seis veces el mismo río, atravesando la jungla por un camino de tierra envuelto de árboles frutales: mango, cacao, lichi, bananas, cocos.  El carabao tira de sus 350 kg para sobrepasar las piedras que atascan el camino al cruzar el río mientras conversamos. La mujer atleta baja en esas partes para ayudar al animal y nos alcanza un poco después.

Carabao

“Paradise Falls”, a pesar de su nombre, no es más que un trozo de río que genera una pequeña balsa de agua con un salto entre las rocas. Alrededor se organizan tenderetes de souvenirs y puestos de comida, que ya están vacíos cuando llegamos. Es media tarde y no esperaban a más turistas, pero las vendedoras pronto se organizan para ir a buscar sus bolsas y traernos la parafernalia habitual: pareos, figuritas, camisetas y abalorios. Saben tratar a los turistas, con gancho y amabilidad, con ese aire tranquilo y sencillo propio de los lugares aislados que viven de sus propios recursos. Donde ir a la oficina es hacerlo hasta Paradise para vender a los turistas, una rutina diaria rodeada de carabaos, fruta y el ruido del río. A la vuelta ya casi cae el sol y todo el mundo ha acabado de trabajar en la aldea. Los chicos juegan al baloncesto en una cancha de tierra y los adultos charlan relajadamente esperando la hora de la cena. Pagamos el “parking” y volvemos hacia Sabang. A unos pocos kilómetros paramos en un campo de arroz para meter la mano en el agua y sacar una hoja pero un chico nos explica que no es tiempo todavía de recogida. Es sólo un instante más de vida rural antes de llegar a la civilización: a las camisetas de tirantes, las botellas de licor y las bailarinas exóticas.

Paradise Falls

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Una sombrilla con triángulos de colores y una pequeña cabaña de bambú donde dormitan los pilotos de las bangkas. Eso compone todo el mobiliario de White Island. Más que una isla es un arrecife, un arrecife de arena blanca que se adentra poco a poco en el mar y queda sumergido con la marea alta de la mañana. El agua a su alrededor es cálida y transparente como en un acuario, propicia para una foto paradisiaca o para juguetear como un niño. Con las gafas de buceo se distinguen fácilmente las estrellas de mar, los erizos y algunos peces que se mueven entre las rocas y el fondo arenoso. Peces payaso que se esconden entre las anémonas o una especie de lenguado que se mimetiza con la arena. Y luego no cuesta nada acercarse nadando a las barcas de los pescadores y ayudarles a palmotear para atraer a los peces a las redes. Es kinilao, un pez muy pequeño que se come crudo, con vinagre y ajo. Quedan atrapados entre los agujeros de las redes y los pescadores los llevan hasta la arena para compartirlos con los barqueros y los dos o tres turistas que visitan la isla. Un aperitivo perfecto antes de echar un último vistazo a la arena y volver a Camiguín, que aparece imponente a un par de kilómetros, con las crestas verdes de los volcanes introduciéndose entre las nubes.

White Beach

Kinilao

Camiguín es una pequeña isla junto a la costa norte de Mindanao. No es un lugar que suela aparecer en los folletos turísticos o en las postales, y su proximidad a Mindanao ahuyenta también a muchos turistas. Sin embargo, es el lugar de la Tierra con mayor número de volcanes por km2, 20 en 1000 metros. Es el primer destino en Filipinas que comparto con Dani, que me acompañará en las próximas entradas. Nos encontramos en el aeropuerto de Manila para tomar un vuelo a Cagayán de Oro, el aeropuerto más cercano a Camiguín. El mercado inmobiliario español, su especialidad, y una estancia también conmigo en Tailandia son dos buenos campos de experiencia para ayudarme a evitar a los taxistas que tratan de camelarte a la salida del aeropuerto de Cagayán de Oro. En general, en Filipinas conviene preguntar en los mostradores turísticos o consultar en las guías por los precios de los taxis porque el primero que te aborda suele pedir el doble. Cagayán de Oro es la tercera ciudad de Mindanao y sede de la mayor planta de piña en Filipinas de la empresa americana de fruta Del Monte. El centro urbano tiene cierto desarrollo pero en los alrededores, por donde discurre la carretera, todo tiene el aspecto de un suburbio industrial rodeado de palmeras y manglares. Los 88 km que nos separan de Balingoan, desde donde sale el ferry a Camiguín, son un pasar sucesivo de casas de madera podrida y chapa, alambradas rotas y e hileras de camiones a los que cuesta adelantar. Vamos en un coche con 700.000 km y el tipo que nos lleva besa un rosario que cuelga del retrovisor cada cierto tiempo. Luego trata de ajustar con la mano izquierda el embrague, que se va soltando. Tras dos horas y media de trayecto y una parada que parecía definitiva para colocar el embrague, ya suelto del todo, llegamos, tarde, pero entramos en el ferry. En el puerto, a la salida del barco, un grupo de niños nada a su alrededor. Desde la cubierta la gente les tira monedas y ellos se sumergen y reaparecen con la moneda en la mano. Somos los únicos turistas.

Puerto de Balingoan

La mayor parte de la población extranjera que te encuentres por Camiguín no serán turistas, serán residentes. Y el más joven seguramente tendrá más de 40 años. Forman una comunidad llamativa, algunos tienen negocios, otros simplemente están retirados, pero la mayor parte tienen mujer o hijos filipinos, algún vínculo con las islas. Y disfrutan del ritmo de vida de Camiguín. Un lugar fuera del cordón de los tifones y del peligro de Mindanao, sin aglomeraciones y donde todo el mundo los conoce. Una isla de jungla y volcanes con mucho espacio libre para construir, para tener una casa rodeada de campos de arroz o entre la selva. La mayor parte de ellos, no obstante, residen en la parte norte de la isla, la zona donde están también los principales hoteles, no más de quince en total. El núcleo urbano principal de la isla, Mambajao, está en el centro y no tiene más de 30.000 habitantes, básicamente filipinos. Es un pequeño pueblo sin apenas tráfico, con los triciclos aparcados en hilera y los sacos de arroz separados por categorías a la entrada del mercado.

Camiguín

Perry’s Pizza es el centro de encuentro de la comunidad de expatriados. Un local, más bien un puesto de bebidas, de no más de 20 m2  con cuatro mesas y una barra y donde es muy posible que una noche te quedes sin hielo. Pero no importa demasiado. Mom” Perry, la dueña, es una mujer mayor de expresión indiferente y pacífica, con unos ojos pequeños y soñolientos pero siempre atentos a su florida clientela. Atentos, por ejemplo, como para dejarles la moto una noche para continuar la charla en Mambajao. “Pero poned gasolina”. La verdad es que no hay mucho que hacer por la noche en Camiguín que no sea charlar. Forma parte de la calma de la gente local, que contrasta con la febril actividad cervecera de la comunidad internacional. Greg, un australiano de más de 50 con barba de chivo rizada y pelirroja y cuya palabra preferida es “fuck”, incluso ha montado un bar con billar en el jardín de su casa. Es una villa en mitad de la jungla con un par de cabras y dos niños morenos que merodean entre los coches del parking. Al, cuya edad es indefinible, quizás 70, quizás 80, es un neozelandés que mantiene la suficiente vitalidad como para adoptar tres hijos y aguantar las reprimendas de su esposa para que vuelva a casa. Son un grupo de unos diez o quince, que se reúnen cada tarde para tomar cervezas, algunos más de la cuenta, y que se muestran muy acogedores con los nuevos visitantes. En cierta manera, es como si algo del carácter local, la familiaridad, la despreocupación por el futuro, se hubiera transferido a esta colorida selección internacional. Y son una ayuda muy útil para saber cosas sobre Filipinas, sobre lugares que visitar o costumbres de la gente local.

Perry's Pizza

Por ejemplo, Jasper. Jasper nació en Delhi pero vive en Klagenfurt (Austria). Tiene un negocio de alquiler de coches y un piso en Girona. Dice que se lo vendieron en una zona de “gitanos”. Está divorciado y tiene dos hijas, y le encanta Camiguín: “tiene un ritmo de vida diferente al resto de Filipinas”. Pasa una temporada cada año, y conoce bien las costumbres locales “Las mujeres gobiernan la vida común en Filipinas. Ellas traen el dinero a casa, el que es seguro y constante, y ellas arreglan y limpian la casa. Ellas hacen la comida y se ocupan de los niños. Y a cambio, deciden. Deciden lo importante, como comprar una casa. Los hombres son parásitos: no ganan lo suficiente y cuando lo hacen, muchas veces se lo gastan en el bar”. Como el matrimonio es una institución en Filipinas, un compromiso que una mujer ha de tomar antes de los 25 —en muchas ocasiones nadie da trabajo a una mujer si no está casada— el divorcio supone un doble problema para una mujer: ocuparse de los niños y dificultades para encontrar un buen trabajo. Algo que explica muchas salidas fáciles. Thomas es suizo y lleva 20 años casado con una filipina, algo, ese tiempo casado, que no es muy usual en la comunidad internacional. Es un tipo centrado con dos hijas que estaban con él en nuestro hotel. “En Filipinas falta una buena política de nutrición, que alguien se ocupe. ¿No veis mucha gente, niños, con los dientes rotos? Aquí prácticamente sólo se come arroz, mezclado con cuatro hilos de carne. Los filipinos no entienden que no quieras arroz como acompañamiento cada día. Y además, muchos te dicen que no quieren verduras porque es de gente pobre…”. Puede que eso explique su tamaño, o el que las filipinas dejen de crecer a los quince años. Su hija, nos dice, apenas ha variado en los últimos cinco años y a Mimi, la chica que nos atiende en el hotel, le hubiéramos puesto quince. Pero tiene 21 y un hijo. Es la ventaja de charlar con residentes, obtienes un punto de vista occidental, que tú puedes entender. Y en Camiguín no es difícil.

Mimi, en "Jasmine on the Sea"

El multicab es una furgoneta con la parte trasera acomodada para llevar pasajeros. Es el medio de transporte en Camiguín. En la cabina, Ryan lleva dos adhesivos de la Virgen y el acelerador enganchado con una goma elástica al depósito, que separa los dos asientos. “Older but better engine”, proclama. Es un tipo torpe y demasiado aficionado a la cerveza, de esa clase de personas que tienen una sonrisa que te hace desconfiar inmediatamente. Sin embargo, se muestra animoso y contento de que le hayamos contratado para enseñarnos la isla. La primera furgoneta, la nueva, nos dejó tirados a un par de kilómetros de nuestro hotel unos días atrás, así que tampoco es que tengamos grandes esperanzas.

"Older but better engine"

La primera parada es la cascada de Katibawasan, donde el agua duele cuando te golpea sobre la espalda. Es un salto de agua de 70 metros que cae sobre una piscina natural y envuelto de arbustos y lianas que trepan por la roca gris. Una visión tropical. Los monos se dejan caer entre las lianas y se agarran de nuevo a las ramas. No hay nadie en agua, y la sensación de mirar a lo alto y contemplar el agua cayendo te absorbe por unos instantes.

Cascada de Katibawasan

Por el camino que recorre la punta norte se alcanza un observatorio que permite ver el contorno de la isla: “Las Estaciones de la Cruz”. Tras una subida de poco más de media hora aparecen los picos de los volcanes cubiertos de niebla tras de ti y la falda de las montañas rellena de palmeras que circula junto a la costa. Durante la subida hay 15 estatuas, cada una referida a una etapa en el Calvario de Jesucristo, de tamaño real y piedra blanca: Cristo con la cruz arrodillado, las mujeres que le dan agua, el soldado que le golpea. Una mujer a la salida aguarda en un pupitre con una caja de metal para las donaciones. Hace calor y nos acercamos a Santo Niño Cold Springs, una piscina de agua natural, fría, que incluso se puede beber. Camiguín es uno de los pocos lugares de Filipinas donde puedes beber agua del grifo. Los ríos y los picos de los volcanes que se introducen entre las nubes dejan suficiente agua como para suministrar a toda la población. También agua caliente, los Ardem Hot Springs son una de las atracciones principales, un lugar ideal para ver la puesta de sol.

Vista de Camiguín

Una cruz erigida en mitad del mar marca el lugar del “Cementerio Hundido” de Camiguín. El terremoto de 1871 hundió el cementerio, las lápidas todavía se vislumbran bajo el agua, y la cruz señala el lugar exacto. Junto a la cruz están las ruinas de una iglesia española del sXVII, destruida por el mismo terremoto. Las ruinas, recubiertas de musgo tienen el color morado de las antiguas fortalezas pero ya ni se vislumbra la estructura. Un tullido hace de vigilante por el privilegio de pedir limosna. Tras la iglesia nos dirigimos a White Beach para pasar un par de horas en la pequeña montaña de arena blanca. Y a la vuelta Ryan no aparece. Ni él ni su primo, que nos ha acompañado en el tour para darle charla. Finalmente, lo hace. Y parece que se ha gastado ya parte del adelanto, porque la resaca es monumental.

Cementerio Hundido de Camiguín

De vuelta hacia Cagayán de Oro también somos los únicos turistas en el ferry. Hay algo cálido en Camiguín, en sus carreteras desiertas y verdes, en la despreocupación y la cordialidad de sus habitantes, en la imagen de los pescadores que aleteaban en el agua junto a White Island, algo que no es turístico. Las atracciones importan poco, aunque sean bonitas. Camiguín tiene eso, un aura cálida y cordial en la que hay momentos en los que, realmente, pareces estar retirado del mundo.

Camiguín

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