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Archive for the ‘Indonesia’ Category

Indonesia es un país formado por islas, 13.776 en total. Uno podría pasarse la vida viajando de una a otra y no alcanzaría a verlas todas. O quizás decidiera quedarse a vivir en una de ellas. Es difícil escribir en Indonesia, en cualquier momento se inicia una conversación: unos niños vienen a saludarte, un vendedor trata de ganarte por simpatía, el tipo del bar te pregunta por tu vida. Los indonesios gustan de la conversación. En un país donde el trabajo no abunda, en las zonas más humildes de las islas apartadas, lo que no son las grandes ciudades donde la hospitalidad se difumina entre urgencias económicas y atascos de tráfico, los indonesios se pasan la vida hablando. Familias y amigos, mujeres y hombres, disfrutan de las sobremesas, de los tiempos muertos, charlando y bromeando con ese tono de voz fuerte y seco, a veces gritón —las vocales abiertas como en España o Italia— tan diferente a otros lugares de Asia. Ríen y se hacen bromas, rodeados de niños que corren en camiseta y pantalones cortos por todos lados. Los niños, sin duda, son otra de las imágenes de Indonesia. Niños solos, que hacen recados y cuidan de sus hermanos, que juegan en cualquier lado y miran con respeto a los orondos y bien vestidos niños occidentales. Y, por supuesto, la diversidad. Miles de caras y facciones en un país con cientos de razas y lenguas, separadas por el mar. Los hermosos rostros redondeados de las mujeres de Bali o las caras pálidas y achinadas de la juventud de Jakarta —la imagen oficial del indonesio, la de las telenovelas, que se quiere parecer a lo japonés o coreano—; las caras pequeñas y morenas, levemente europeas en la gente mayor, pobladas de rastas en los jóvenes, que pueblan la isla de Flores; caras semibrasileñas en Timor; rostros aborígenes en Papúa o las estrechas facciones de los toraja en Sulawesi. Rostros y modas: chicas con el velo musulmán, nunca cubriendo la cara, y otras con el cabello largo y ondulado tipo cosplay japonés, la mayoría, sin embargo, simplemente con una coleta. Chicos fuertes y musculados por el trabajo en las islas pequeñas, jóvenes modernos con gafas de pasta de colores en las ciudades, pescadores con las arterias marcadas en los gemelos por años de esfuerzo empujando la barca hacia el mar o simples oficinistas y ejecutivos de traje y corbata. Indonesia es un país que son varios, muy difícil de abarcar, ni siquiera en un libro. Los aeropuertos son el muestrario perfecto del país, cientos de rostros y clases sociales (en Indonesia no es difícil encontrarse con alguien que tome un avión por primera vez), con sus lavatorios y sus capillas para el rezo, con las maletas en las cintas que no son sino cajas de cartón atadas y con tipos que se acercan constantemente a decirte algo: ¡Mister, Mister!

Indonesia, como Malasia, es un país musulmán, el más poblado del mundo, lo que supone un cierto recelo —no así Malasia, curiosamente— para muchos occidentales. Pero el pasado pre-islámico, que en Malasia parece ser tan sólo una cuestión de vestidos tradicionales, en Indonesia, o más concretamente en Java, es el pasado de una gran civilización. El islam, que llegó aquí tan sólo en el siglo XV, es la fe formal, la que declara la mayoría de la población. Una fe que se acogió como a los marineros árabes que la trajeron, con hospitalidad y cortesía, y que se intrincó en su sistema de creencias con facilidad. El Islam es sencillo, más que el complejo sistema de divinidades hindú o la abstracción budista, y nunca fue impuesto, a diferencia del cristianismo. Los antiguos consejeros de las aldeas, que combinaban el animismo con el resto de religiones para atender a los problemas de su comunidad, fueron poco a poco sustituyéndose por clérigos musulmanes y así se extendió la fe. Pero el pasado budista e hindú, que había durado 14 siglos hasta entonces, sobrevive todavía de muchas formas en Indonesia. A veces íntegro, como en Bali, o como en el respeto por las formas. También en las representaciones de marionetas que explican el Ramayana hindú. A veces parcialmente borrado, levemente misterioso pero todavía impresionante, como Borobudur mismo. A veces totalmente borrado, aunque tampoco aparezca el islam, como en los clubs de Jakarta. Y es este pasado, no el Islam, lo que da a los indonesios el sentido de su unicidad. La Indonesia moderna, la que he visto (no he estado en Sumatra) es laica y bebedora de cerveza de Bintang, tan islámica como católica pueda ser España. La Indonesia pobre es musulmana y a veces fanática, pero la gran mayoría de los indonesios, pese a las tensiones en algunos lugares del país, pese a la pobreza y a los infames atentados de Bali, no parecen muy dispuestos a perder la educación y las maneras en pos del paraíso musulmán.

Indonesia fue una colonia holandesa durante 300 años. Fueron los japoneses quienes en la ocupación de Indonesia en 1942 abolieron el holandés. Ordenaron quitar o borrar todas las señales en holandés y así, de la noche a la mañana, el holandés desapareció. Los japoneses establecieron a Sukarno y a otros líderes nacionalistas, por entonces en prisión o perseguidos por los holandeses. Y organizaron el ejército, aunque pronto los indonesios se dieron cuenta de que Japón los usaba sólo para ayudarles en la guerra. Pero ese ejército lucharía contra los holandeses durante 4 años tras la guerra para conseguir la independencia en 1949, ese ejército retuvo a los movimientos separatistas durante el periodo de Sukarno y ese ejército lo derrocó en 1965 para instalarse en poder y sembrar un terror que hasta entonces nunca habían vivido los indonesios. Tras la llegada al poder del general Suharto, auspiciado por EE.UU., un millón de personas fueron declaradas comunistas o simpatizantes y asesinadas. El ejército decretó también que estaría presente en cualquier gobierno desde entonces y actualmente sigue siendo uno de los pilares de la unidad indonesia, un elemento respetado y temido a un tiempo. Hoy en día puede decirse sin mucho riesgo que gran parte del fulgurante crecimiento económico de Indonesia en los años 70 y 80, en el periodo de Suharto fue en detrimento del interés nacional. Mucha de su deuda proviene todavía de ese periodo y no hay a día de hoy, un verdadero sistema de salud nacional. Los bosques con los que la camarilla de Suharto construyó su fortuna se han reducido de forma escandalosa y la balanza comercial es negativa en algunos productos básicos como el arroz. Es cierto que también con Suharto se construyeron las horrendas y sobre desarrolladas ciudades indonesias —posiblemente, sólo Yoygakarta merezca una visita exclusivamente turística—, y que se dotó de sanidad y educación por primera vez a una generación entera de indonesios. Y el petróleo hizo el resto. Pero en esa etapa se generó también una increíble desproporción en la distribución de la renta, que hace que Indonesia pese a su riqueza, similar a la de Malasia, un poco inferior a la de España, se asemeje  más al Brasil de hace unos años que a sus vecinos los tigres asiáticos. La angustia y el hartazgo con la policía y el ejército siguen presentes. Los nuevos ricos no son los nobles de antaño. Lo cierto es que el periodo de Suharto, con sus hijos y familiares recibiendo obscenos y millonarios contratos del gobierno, no es excesivamente mencionado en Indonesia. Hoy en día, sin embargo, Indonesia es un régimen democrático, aunque aún tiene la lastra de los años de Suharto emponzoñada en sus administraciones. Y es en esa desigualdad donde el Islam, que habla de las injusticias de los gobiernos, crece con fanatismo.

Las circunstancias climatológicas del momento, en un país cruzado por el Ecuador y sin apenas estaciones, se imponen al viajar por Indonesia. Una semana puede ser excelente para viajar a las Molucas y al mismo tiempo horrible para visitar Borneo o a la inversa. La lluvia puede haber hecho impracticables las carreteras de Papúa o la bruma hace apenas visible el cráter de cualquiera de los famosos volcanes que pueblan las islas. Por ese motivo no he visitado las Molucas o Sumatra, por falta de tiempo Borneo y Papúa o Timor. Pero siempre queda algo por visitar en Indonesia. Y es justamente es eso lo que hace más interesante viajar por Indonesia, que siempre te queda algo por descubrir, que nunca puedes prever qué va a pasar, que, en cierta manera, cada viaje es una pequeña aventura.

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El mapa de Jakarta enseña sólo unas pocas calles. Son las avenidas por donde circula el tráfico, rodeadas de rascacielos y grandes centros comerciales, monumentos en recuerdo de la independencia y parque vallados por donde no pasa nadie. La ciudad está contenida entre esas avenidas, permanentemente atascadas, donde crece sin control. Una ciudad sin centro, sin lugares para pasear, que remite a otras megalópolis como Sao Paulo o Manila, una malla de antiguos kampongs o aldeas donde antiguamente vivían los granjeros que fueron perdiendo sus tierras y su sustento, y que ahora van reemplazándose por edificios de oficinas y apartamentos, por casas bajas a medio hacer y parkings entre los que florecen  humildes puestos de comida. En esa amalgama desordenada y gris, moteada de grúas, viven 9 millones de personas, algunos en la calle, otros en lujosos apartamentos. Una ciudad de hollín y grasa pero también de garitos de jazz y pasarelas de modelos, de arte y cultura clandestinos, y un punto fijo en la gira asiática de cualquier estrella del rock. Una ciudad de nubes bajas y tormentas esporádicas con un cielo blanquecino, de color informe, que desprende un calor bochornoso. Una ciudad de la que ya ningún mapa es capaz de reconstruir su red entera de calles y callejones.

Pero Jakarta, ya no más Batavia —el nombre dado por los holandeses tras su invasión y destrucción en 1619, un nombre que hace referencia a una antigua tribu que pobló Holanda en tiempos de los romanos— es también algo más que un gigantesco atasco de tráfico. Aunque sea francamente difícil acceder a esa otra parte. Por un lado es el centro político y social de Indonesia, la ciudad que expulsó a Suharto del poder en 1988, que no a los militares, la ciudad de las protestas y las movilizaciones. Jakarta es un nombre sánscrito que significa “la ciudad de la victoria”. Y aunque el sánscrito en el lejano oriente remite tiempo atrás en los siglos y nada de eso queda ya en Jakarta, sí es cierto que la victoria política y el éxito social en Indonesia se deciden en su capital. El nombre que dio al antiguo puerto de Sunda Kelapa el sultán Sunun Gunungiati tras rechazar a los portugueses en 1527 significa hoy, como entonces, una vana promesa de esperanza, de victoria frente a la pobreza, para muchos de los que pueblan o transitan por la ciudad en busca de su sueño. Desde la ventanilla de un taxi en cualquiera de los interminables trayectos que consumen tiempo y tiempo —Jakarta no tiene metro, una brillante idea— no es difícil distinguir la mezcla de razas, culturas y religiones que habitan la imagen de la invertebrada Indonesia hecha ciudad. Y detrás de esa mezcla de rostros, desde el blanco al negro; de estilos, del mendigo al look moderno japonés; uno puede intuir profesiones y posiciones como en cualquier otra ciudad del mundo occidental. Porque la capital del mayor país musulmán del mundo es más moderna que religiosa.

El antiguo barrio de Kota, hoy apenas una plaza, es una de las pocas atracciones mencionadas en las guías. El taxista duda antes de dejarme frente a una plaza con dos edificios de estilo neocolonial y un museo. Puestos de alquiler de bicicletas de colores, algunas rosas, otras decoradas con lazos y sombreritos de paja, le dan un toque naif a la escena. Cientos de escolares pasean y  forman grupos en torno a los antiguos cañones emplazados en las esquinas. Es mediodía y el Museo de Historia de la ciudad está vacío, tampoco parece muy atractivo, aunque he leído que hay un cañón en su interior que se ha convertido en símbolo de fertilidad para muchas mujeres indonesias, que ofrecen flores para asegurar así una prole numerosa. Pero prefiero seguir andando bajo el bochorno. Dos calles más hacia el puerto el panorama cambia: hay tipos durmiendo entre cartones y rebuscando en la basura, una imagen que intimida aunque sea a pleno día. Intento continuar pero no parece que la cosa mejore, doy marcha atrás y sigo a unos turistas japoneses que tratan de cruzar una de las avenidas destinadas al tráfico. Hay que lanzarse y levantar la mano. Los japoneses entran en un bar, anunciado por un letrero de “café italiano” en medio de bloques derruidos y almacenes. A mediodía el calor es húmedo, y el local parece un pequeño oasis. Un escenario vacío ocupa el centro y el bar se sitúa en torno a él. Los carteles de las paredes anuncian jazz y galerías de arte, y una corriente de agua canalizada en tuberías de mármol negro refresca el ambiente. Los techos son altos, propios de un almacén, soportados por robustas columnas de madera, y en las esquinas destacan pequeñas esculturas balinesas. Tras una hora de trayecto en taxi para llegar a Kota, decido que es el lugar perfecto para terminar mi visita a Jakarta.

De vuelta al hotel, esta vez hora y media, trato de identificar los monumentos en el mapa para pasar el rato. Por todos lados hay gente sentada en la acera y gente esperando, una ciudad que espera. Pasamos junto a un parking con cientos, miles de motos, una universidad supongo, aunque no se distingue el edificio. Hay Vespinos nuevas y los jóvenes llevan cazadoras tejanas raídas, chapas y el pelo largo; una chica y su hermana aprenden a desmontar una de ellas junto a un taller. Ya en el hotel me quedo mirando una película india (supongo): dos terroristas llevan un avión secuestrado y están hablando con Bin Laden sobre las condiciones para estrellarlo. Ha habido problemas y de las 40 vírgenes que les había prometido en el paraíso sólo puede asegurarles cinco. Pero para los dos, con lo cual, uno deduce, ya no serán todas vírgenes. Se enfadan porque Bin Laden les haya engañado y deciden no estrellar el avión, pero en ese momento los pasajeros abren la cabina, se lanzan encima de ellos y, como no se entienden, acaban estrellados igualmente. Un poco de humor negro para terminar el día. La mañana siguiente me dirijo al aeropuerto para comprar directamente un billete de salida.

Si uno tiene que escoger una ciudad para pasar el jet-lag tras un vuelo intercontinental, probablemente Jakarta no sea la mejor opción. Es una de esas ciudades que requieren de tiempo para conocer o de un guía local para que te introduzca, recorrerla por tu cuenta es complicado y la noche parece, aunque atractiva, también algo peligrosa. Jakarta fue la ciudad donde entré y salí de Indonesia, por eso la he colocado al final en vez de al principio. Pero la entrada también tuvo su anécdota: el tipo del mostrador de aduanas me pidió un billete de salida de Indonesia para entrar al país. “No lo tengo”, le dije. “Son las reglas, Mr.”. “Pero no puedo comprarlo aquí”, le respondí, a lo que me repitió lo mismo de las reglas, sin más, con lo cual entendí: “¿Me puede ayudar de alguna forma, agente?” y puso cara amable. “¿Cuánto es el fee?”, le pregunté, mientras el resto de occidentales hacían cola a unos metros de mí. “Lo mismo que la tasa de entrada (20€)”. Saqué un billete y se lo di, me estampó el pasaporte y entré en Indonesia. Había oído hablar de pagar a los tipos de aduanas en las fronteras terrestres, pero hacerlo en mitad del aeropuerto fue una novedad. Lo cierto es que no existe ninguna normativa que diga que tienes que tener un billete de salida, normalmente no lo piden.  Pero, para evitar un mal trago, a lo mejor es conveniente llevarlo.


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Cada mañana, centenares de bicicletas se unen a triciclos, carros de caballos, motos, coches y furgonetas de reparto para generar un colorido atasco en el centro de Yogyakarta. Los estudiantes, uniformados en elegantes conjuntos azul y blanco pedalean en grupos y hacen sonar los timbres para esquivar, divertidos, lo que para ellos no es sino el juego de cada mañana, felices en un momento feliz del día, un momento feliz de la vida. Yogyakarta, el “alma de Java” es la ciudad de los estudiantes, de las universidades y los museos, la ciudad que da acceso a Borobodur, el tercer gran complejo de templos de Asia, tras Angkor y Bagan, la ciudad de los músicos y los pintores, la más visitada tras Bali. Regentada todavía por un sultán y con un régimen administrativo propio, la capital cultural y de las artes de Indonesia no es una ciudad indonesia al uso: las grandes avenidas no se han cedido al tráfico y aún se puede pasear entre sus calles y callejones con la ayuda de un mapa y tratar de encontrar alguna galería nueva o curiosear entre las paradas del mercado de aves o las piscinas del kraton del sultán. Si es que uno tiene fuerzas para andar, porque en Yogyakarta el calor es húmedo y bochornoso, más propicio para una moto. O para una bicicleta.

Yogyakarta se establece como un sultanato en 1755 con la construcción del kraton (Palacio Real) del nuevo rey, el sultán Hamengkubuwono. 25.000 personas se organizarán en torno al complejo construido para el sultán y su familia, una pequeña ciudad y el mayor reino en Indonesia desde el siglo XVI. Hoy en día aún se mantiene en pié, aunque parcialmente restaurado y con elementos arquitectónicos posteriores. Una visita recomendable. No es un palacio al estilo europeo, alto y ostentoso en sus dimensiones, con grandes habitaciones y lujosas cortinas. Los muros son bajos y las residencias austeras, enclavadas entre puertas de madera ornamentada, grandes patios vacíos y lujosas plataformas, aquí sí, para las recepciones y el asueto. Sobre una de ellas descansan, tapados bajo un fino cobertor de terciopelo, varios gamelanes dorados, el instrumento de la música javanesa. En las vitrinas se muestran objetos y fotografías de los monarcas, piezas artísticas y vestuario. Los vigilantes charlan sentados en torno a las entradas con el traje de los guardas de la época —camisa azul y batik, un pañuelo en la cabeza— y se dejan interrumpir, amables, para una fotografía con sonrisa. Este cambio en el estilo, en el lujo, sorprende, incluso decepciona al occidental, acostumbrado a imaginar un palacio como algo parecido a Versalles. Pero en Indonesia eran las formas, la conversación y la cortesía, lo que determinaba a la nobleza. Si en Europa el poder de una casa se ha medido siempre, aún hoy en día, por la cantidad de tierras y propiedades, en Indonesia era la cantidad de súbditos —su salud y su sustento, su cuidado— lo que ha dado siempre el respeto a una familia real. De ahí procede la cortesía y amabilidad de los indonesios, algo que el progreso, todavía, no ha conseguido cambiar.

Un edificio peculiar asentado junto al kraton es el Palacio de Agua de Taman Sari. Construido por un arquitecto portugués entre 1758 y 1765, la leyenda dice que el arquitecto, náufrago en Java, lo levantó, mezclando técnicas y materiales de Europa y Java, en agradecimiento al sultán por salvarle la vida. Desde una torre sobre las dos grandes piscinas conectadas, el sultán observaba a sus esposas y concubinas durante sus baños matinales. Luego lanzaba una rosa a una de ellas como señal: la que la recibiese tendría el privilegio de bañarse a solas con él. Un privilegio que podía ser mayor: un complejo sistema de pasadizos y túneles permitía al monarca entrar y salir en cualquier momento de una estancia a otra, fuera para escapar o para secretas visitas. Fue tanta la satisfacción del sultán con su nuevo edificio secreto que dice la leyenda que el arquitecto portugués fue ordenado ejecutar al poco de acabar la construcción. Quién sabe, quizás fuera por otro motivo. El palacio fue parcialmente destruido durante la guerra de Java y un terremoto en 1865 pero hoy en día las piscinas han sido reconstruidas con la colaboración de la Fundación Gubelkian de Lisboa. En homenaje al desafortunado arquitecto.

El barrio de Kuta Gede es otra de las atracciones de Yogyakarta. Apartado del centro de la ciudad, su red de calles y callejones permite contemplar, de vez en cuando, alguna de las viejas casas coloniales holandesas, de puertas y ventanas de madera pintadas en verdes y colores claros. Es el lugar para comprar los famosos trabajos en plata de los orfebres de Yogyakarta, auténticas pequeñas maravillas en metal. Desde joyería a pequeñas esculturas en metal brillante encerradas en una caja de cristal. Un material único. También allí, o en la avenida Marlioboro, la más conocida arteria de la ciudad, podrás encontrar las famosas telas indonesias, los batiks. Y también entre sus calles, o cerca del barrio, cualquier conductor podrá acercarte a una galería de pintura local. A diferencia del 99% de las galerías que te enseñan en los tours por Asia, incluso en Bali, aquí es difícil resistirse a comprar una pieza, aunque sospeches que no es auténtica. Los grandes lienzos pintados por los artistas locales combinan motivos locales y pintura abstracta usando una técnica especial para pintar en tela. Las bicicletas, por supuesto, son un tema recurrente, los precios, ridículos. Una fantástica opción para decorar una casa con algo de significado.

Finalmente una pequeña reseña para Borobudur, que no visité por un problema familiar que me hizo salir de Indonesia sin visitar el centro de la antigua cultura hindú. Silenciado por el Islam, iconoclasta, los templos fueron redescubiertos por los holandeses, que los presentaron al pueblo de Java. Hoy en día, pese al silencio en las mezquitas, todo indonesio se siente orgulloso de ese trozo de su tierra, una pequeña maravilla arquitectónica que uno no puede dejar de ver en Yogyakarta, la ciudad de las bicicletas y los batiks.

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Hay 98 km desde Moni a Maumere, una de las dos pequeñas ciudades con aeropuerto—la otra es Ende— más cercanas a Moni. En Flores eso supone 4 horas en autobús. Salgo a la carretera con la maleta, tal y como me ha dicho el tipo del hostal, y espero. Aquí no hay paradas, tú paras al autobús, para subir y para bajar. Tras diez minutos, obviamente nadie para ni soy capaz de distinguir cuál es el autobús correcto. Pero, de pronto, el tipo del guest house, que tiene un parecido sorprendente a Roberto Carlos pero con coleta, deja su silla y sale corriendo para parar un autobús, que frena en seco. Hay un sitio libre. Es un autobús viejo pero tradicional, alto y con esos confortables asientos antiguos que se acomodan al cuerpo. Como en las bemos de colores de Labuanbajo, del techo y de los costados cuelgan ositos y gusanos de peluche y la música combina reggae, opera, bakalao (español) y pop tradicional. Pasamos por el mercado de Moni, que a media mañana, está en plena actividad. Hay frutas y verduras acomodadas en el suelo, batiks y cestos de mimbre, arroz y ropa barata. Las mujeres esperan envueltas en el paño marrón y negro con forma de bandolera que usan para todo, como protección para el frío o para llevar a su hijo colgando. Ahora suena una canción en español, así que enciendo el video.

A la salida de Moni una excavadora corta la carretera. Parece que hay desprendimientos y están tratando de derribar las rocas más débiles. Todo es precario en la carretera, pocas señales y ninguna luz, curvas pronunciadas y asfalto gastado pero asfalto. La carretera bordea la montaña dejando a un lado un abismo de sesenta metros y una vistas espectaculares del valle. Grandes casuarinas y largos tallos de bambú, palmeras y sauces que nacen en el fondo y sobrepasan los treinta metros de altura. No es un viaje para gente que se maree, las curvas son constantes y muy cerradas: un niño, situado delante de mí, pide una bolsa a su hermana. El niño vomita en la bolsa, y al hacerlo, contagia en el acto a su hermana, que lo empieza a pasar mal. Vomita también. Los dos a la vez. Bajan. Ella tiene manchas de sudor alrededor de la nariz. Los pasajeros se han movido para dejarle aire pero es difícil seguir así. Puede que esperan a otro, puede que sea su destino. Quizás mejor, empezaba a tener yo también sensaciones extrañas. Nunca lo había sentido tan de cerca, pero ver gente vomitando a tu alrededor se contagia. Paramos en el primer pueblo grande. Hay bemos multicolores aparcadas, pintadas con rayos de fuego en los costados y luces de colores, como si fueran autos de feria. En la baca llevan un poco de todo: botes de pintura, verduras, sacos de arroz, ramas de escoba, neumáticos. Incluso pasajeros. En el trayecto vamos cruzando camiones con el volquete repleto de gente. Una chica ha subido junto a su marido y un niño de 1 año que me mira con curiosidad. Al cabo de cinco minutos, ella también empieza a pasarlo mal, está pálida y sudando. Pero aguanta y se duerme. Pinchamos y calculo el tiempo de reparación, que preveo será espectacular. Cinco minutos y reanudamos la marcha, es para eso que llevan los neumáticos en el techo.

Los ríos dejan a su paso grandes hileras de cantos rodados color grafito al acercarnos a la costa. Aparecen los campos de arroz y pueblos hechos de chapa gris y oxidada. Obras y gente acuclillada, en esa posición de descanso asiática, mirando pasar el tráfico. Las mujeres llevan fajas sobre las cuales apoyan los cubos en la cabeza, con el pelo recogido en un moño. Los niños son flacos y de ojos vivos, despiertos, ágiles. Llevan cajas, van a buscar recados. A los 15 años son adultos. Hay ropa tendida y vacas en los costados, un continuo fluir de bemos de colores y los inevitables trozos de carretera con desprendimientos. El autobús sufre en las cuestas pero avanza y llegamos a los bungalows situados en la playa de Maumere, unos kilómetros antes de la ciudad. Se ve algún turista paseando.

Maumere sufrió un terrible terremoto que mató a miles de personas en 1992, y el subsiguiente tsunami destruyó gran parte del arrecife de coral, una de sus principales atracciones. Y parece que nadie haya hecho nada desde entonces. Quizás sea por su condición de ciudad cristiana. Aquí se situaba una de las más importantes comunidades de la isla, con más de 400 años de antigüedad desde que los monjes dominicos establecieron aquí sus iglesias. En la entrada a la ciudad hay algunos edificios, modestos pero limpios, que parecen seminarios. Ya en el interior de Maumere, las calles, repletas de boquetes y tráfico, son lo más moderno. Las casas parecen seguir en el mismo estado que tras el terremoto, ventanas caídas y agujeros, obras pendientes por todos lados. Es una ciudad fea y bochornosa, repleta de chicos jóvenes que no parecen tener mucho trabajo, ruidosa pero inofensiva. Entro en un restaurante y como nadie habla inglés pero he visto pescado le hago entender a la camarera que me lo enseñe. Me acompaña a la cocina y elijo una pieza (4€) de una nevera de playa. El restaurante se va llenando de soldados, de uniforme caqui. Los oficiales tienen el cuerpo fibrado y las facciones duras, intimidantes, y una mirada inquisidora y despectiva muy alejada de la cortesía indonesia. Desprenden miedo y poder. No me gusta como miran a una chica que sale del restaurante con un niño. Parece una prostituta, no estoy seguro, pero la conocen. Tras la cena vuelvo al hotel, al día siguiente tengo un avión. Al llegar hay algo así como una celebración, mucha gente, indonesios, charlando y viendo la tele comunitaria en el hall del modesto hotel. Necesito un taxi para la mañana siguiente pero no hay nadie en recepción. Una familia charla animadamente, seis o siete personas reunidas en sillas en torno a la puerta de las habitaciones, en la planta baja. Han venido para celebrar que un miembro de la familia se hace cura. Juan da Silva, el hermano del futuro padre, me presenta inmediatamente a todos los miembros y charlamos con la ayuda de su hermana pequeña, Lilian, de unos 12 años, que trata de hacer de traductora. Son de la parte indonesia de Timor, “real Timor”, según me aclara la madre. Juan se ofrece a llevarme al aeropuerto a la mañana siguiente. “¿Cuánto?”, “Nada”, “¿Nada? Pero es a las 7 de la mañana”, “No importa”. Real Timor.

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La leyenda local dice que los espíritus viajan hasta el volcán Kelimutu al morir. Una vez allí, será la edad y el comportamiento en vida del difunto lo que determine en cuál de los tres lagos que adornan los cráteres se sumergirá el espíritu. Los espíritus de hombres viejos quedarán confinados en el lago apartado, en Tiwi Ata Mbupu, el lago frío. Envuelto de pinos y coníferas, con el agua color verde botella, su aspecto hoy tiene algo de cementerio. Ya ha salido el sol pero, aún así, nadie lo fotografía en el mirador. Quizás cuando sus aguas fueron blancas, o negras, apenas hace un año, tuviera más éxito. Los espíritus de los jóvenes van a parar al lago principal, al Tiwu Nuwa Muri Koo Fai, el más fotografiado y que se mantiene turquesa. Finalmente, los espíritus de los maliciosos quedan para el Tiwi Ata Polo, el lago más cambiante, adjunto al principal, y que ha sido rojo y marrón, y que actualmente es verde crema. Al cabo de una hora de la salida del sol, los turistas se van yendo y se puede oír el sonido de los pájaros envolviendo las conversaciones de los vendedores locales. Los lagos quedan en la pendiente, con sus aguas cambiantes, dice la ciencia, por los minerales que desprende el volcán. Pero en el horizonte, el juego del sol y las nubes abriéndose paso entre las cumbres de las montañas de Flores, como dice la leyenda, sí parece fijar un camino hacia otro mundo.

El pueblo de Moni es el lugar de alojamiento para visitar Kelimutu. Desde el aeropuerto de Ende, donde llego junto con Sam, mi eventual compañero de viaje en Flores, hay 52 km, que se recorren en dos horas. La carretera sigue el curso del río, serpenteando entre las montañas, y a cada curva, los tres chicos que van agarrados a la puerta de la furgoneta, con el cuerpo afuera, se balancean con pericia para no caer. Cuento y somos quince. Casuarinas y palmeras adornan los bosques circundantes, el río discurre entre grandes cantos rodados de piedra gris y en los campos de arroz, secos y fríos, hay ropa puesta a tender sobre la paja. Es una zona humilde, de casas de bambú y techos de chapa, búfalos en los costados y, a veces, algún caballo. Los pasajeros van bajando en sus domicilios y Sam trata de explicar al tipo que gestiona la furgoneta dónde está su país (Bélgica; aunque ya ha desistido y se presenta como holandés: es flamenco). La típica conversación asiática que uno no puede evitar filmar.

Más allá de las vistas de los lagos y volcanes Moni tiene algo especial: su gente. Sólo recorriendo los apenas dos kilómetros de carretera en cuyo contorno se sitúa el pueblo, uno se da cuenta de la hospitalidad y cortesía de sus habitantes. Los niños corretean por todos lados y cada tienda es una conversación confusa y entretenida. Las mujeres sonríen y posan con sus hijos, los hombres ríen. Un viejo se acerca a mí al pasar frente a su casa. Barre la entrada de su casa y su mujer observa desde el tendedero de la ropa. Ambos deben tener más de ochenta años pero siguen trabajando. Tras una corta charla me advierte: “¿Vas a Maumere, mañana? no pagues más de 30.000 rupias (2,5€) por el autobús.”

Para llegar hasta Kelimutu uno tiene que atravesar Flores hasta Moni, situado aproximadamente en mitad de la isla. Puede hacerse en avión, hasta Ende o Maumere y de allí en autobús hasta Moni (2 y 3h respectivamente), o todo en autobús, un trayecto de 12 horas. También se puede alquilar un coche con conductor por tres días, la opción más cara, unos 200€, pero que permite ver las aldeas tradicionales de Bajawa y parar cuando uno quiera para fotografiar el paisaje de Flores. Un paisaje que hace creer en las leyendas.

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Una larga pasarela de madera vieja conecta el embarcadero con la playa de Kanawa. Los tablones grises, mal clavados y desgastados por el sol, crujen a cada paso como si un escenógrafo hubiera intervenido para recrear con más fuerza la imagen idílica de una isla desierta. A los lados, el agua es transparente, el fondo se distingue claro y  nítido como en una botella. Al frente queda el manto de arena blanca que conforma la playa, que parece rodear la isla. Una montaña forrada de verde queda en el fondo. Al pisar la arena un cartel con letras de madera te informa: Kanawa.

Embarcadero de Kanawa

El coral empieza a poca distancia de la orilla. El fondo marino tiene muy poca pendiente, por lo que tras treinta metros de avanzar y superar una selva de plantas marinas te lo encuentras de golpe. No hay más de metro y medio de profundidad, al nadar has de hacer escorzos con tu cuerpo para no golpear los escollos que sobresalen. El coral es ocre, bosques y robustos bulbos como rocas. Grandes estrellas de mar con brazos amplios y plagados de ventosas, rosadas y naranjas, llaman enseguida tu atención. Otras estiradas y finas, de un profundo azul turquesa recuerdan a los dibujos de Miró. Afilados erizos negros, tubos esponjosos como orugas y multitud de pequeños peces tropicales juegan entre los filamentos de las esponjas de mar. Incluso puedes tratar de cazarlos con la mano. Al recorrer la zona llega un momento en que te das cuenta de que quizás estás demasiado cerca del fondo, de los erizos y de oscuras cavidades entre las grandes masas de coral. Un aliciente más, al fin y al cabo estás a dos pasos de la playa, en una pequeña cordillera de colores a menos de cien metros de la orilla.

Un café y hamacas colgadas de palmeras de grandes frutos naranjas son el sencillo decorado de los bungalows de la dos únicas posibilidades de alojamiento en Kanawa: Kanawa Island Resort y SIR Kanawa. A pocos kilómetros de Labuanbajo, Kanawa es una de las dos o tres islas que ofrecen alojamiento en la costa oeste de Flores. Pero esta isla no es un folleto turístico, no hay resorts ni clubs de golf. Simplemente es otra isla más en la inabarcable pléyade de islas de fantasía que pueblan Indonesia. Uno podría pasarse la vida entera descubriéndolas. Y que cada cual escoja su retiro.

Kanawa

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El mar, plano como una tabla verde —a veces una mancha turquesa—, apenas genera una leve onda cuando se cruza otra embarcación. Desde el puerto de Labuanbajo la isla de Rinca queda a unas dos horas de viaje según el capitán Mardoki. Con 32 años de experiencia en las aguas de Flores, su contagiosa sonrisa confiada es mayor garantía de seguridad que el aspecto del “Bees”, un pequeño barco de madera con cabina, un baño y una cocina de apenas un m2 y espacio en cubierta para 4 personas. Me acompaña Sam, un ingeniero belga (flamenco) que trabaja en Australia y con el que comparto el precio del tour de 2 días y 1 noche por Komodo y Rinca (35€/pna.), las islas donde habitan los famosos dragones.  Es un trayecto agradable, las colinas e islas se multiplican, la brisa despeja el calor, el mar apenas hace mover la embarcación. Bordeamos la costa y en el contorno se suceden pequeños trozos de arena envueltos de manglares y montañas, secas y rojizas, a veces amarillentas por la hierba seca, con largos troncos de palmeras en hilera en las cumbres. Un juego de caprichos naturales con la forma de un interminable merengue marrón y verde. Ni un barco a la redonda, alguna una lancha de buceadores, solo el chup chup del barco y el viento. Las emociones quedan para tierra: el famoso varano, el lagarto más grande de la Tierra, tan repugnante que genera una atracción hipnótica.

Rinca

En Junio de 2001, la conocida actriz Sharon Stone regaló a su entonces marido y editor del San Francisco Chronicle, Phil Bronstein, una visita al zoo de Los Angeles. Ella sabía que a él le hacía mucha ilusión poder contemplar a un dragón de Komodo, un animal seductor y que remite a los dinosaurios (erróneamente, es sólo otro lagarto) y a monstruos de fantasía. La actriz arregló con el cuidador del zoo una visita privada, y éste les aseguró que el dragón era muy pacífico. Pero no contaba con los zapatos blancos de Phil. Al entrar en la jaula el cuidador advirtió que el dragón se excitaba: confundía los zapatos blancos que llevaba el editor con las ratas, también blancas, que le daban para alimentarse. El editor se quitó los zapatos pero, aún así, el dragón seguía inquieto. De pronto, sin que el cuidador pudiera evitarlo, el dragón se lanzó sobre uno de los pies de Phil y se lo metió en la boca, fijando a la presa con sus potentes dientes de sierra. Tiraba hacía sí para tragarse entero al editor que, con sorprendente entereza, se mantuvo calmado y se agachó para, con las manos, abrir la mandíbula del dragón y sacar el pie. A duras penas consiguió salir de la jaula con una herida que le llegaba hasta el hueso mientras el dragón golpeaba el cristal como un loco. En el hospital repararon los tendones severamente dañados y sometieron al marido de Stone a un intensivo tratamiento de antibióticos. Los dragones, que se muerden las encías al masticar, tienen la boca siempre llena de sangre, un caldo de cultivo excepcional para todo tipo de bacterias. Unos días antes, unos niños habían cogido una fuerte salmonelosis sólo por acercarse a la boca para dar de comer a uno de los dragones. ¿A qué son entrañables?

Dragones de Komodo en Rinca

La práctica de dar de comer a los dragones, para regocijo de los turistas, también era un rito que hacían los habitantes de las aldeas de Komodo y Rinca para convivir con los dragones sin problemas. Formaba también parte de una leyenda en la que se reconocía al dragón como una reencarnación de antepasados desaparecidos. Hoy en día, para mantener a los dragones en su hábitat natural,  la dirección del parque lo ha prohibido, por lo que los dragones, que tienen un olfato finísimo —la lengua es lo que usan para oler y orientarse— suelen reunirse debajo de los almacenes de comida de los cuidadores del parque, para dormir allí a la espera de que caiga algo. También parece que, al no tener tanto acceso a comida, se dedican a comerse las cabras y los pollos de los aldeanos, que no ven con muy buenos ojos, especialmente desde que uno de ellos mató a un niño, las medidas conservacionistas instauradas por la dirección del parque. En definitiva, que los lugares de almacenamiento de comida son los mejores emplazamientos para ver a los dragones. En el trayecto guiado por la jungla en que consiste la visita a cualquiera de los dos parques es bastante común que no veas más que algún búfalo salvaje revolcándose en el barro. Este es un video filmado precisamente en uno de esos almacenes en Rinca.

Además de una vista no muy desarrollada, que confunde un zapato con una rata, 70 kg de peso y una longitud que puede llegar a 3 metros, el dragón de Komodo también tiene otros atributos especiales. Por ejemplo, son caníbales. Las hembras ponen los huevos en agujeros en el suelo y los incuban siete meses. Cuando nacen los dragones, que apenas miden unos centímetros, en vez de salir a la superficie por el mismo agujero excavan en la tierra para encontrar una salida próxima a un árbol y trepar. Porque las madres, que no desarrollan ningún tipo de instinto de protección, si tienen hambre se comerán a sus propios hijos si los atrapan. Un sorprendente instinto de supervivencia. Por otro lado, los dragones jóvenes cuando se acercan para comer los restos que dejan  los adultos, que atacan en grupos a las presas grandes, se envuelven de materia fecal e intestinos de la víctima para disuadir a los mayores de que los ataquen.

Los dragones son los mayores depredadores de las islas y durante la visita los cuidadores adornan con los huesos los emplazamientos donde los dragones se han comido alguna presa, lo que incluye cornamentas de búfalo y hasta algún caballo.

La visita al parque de Rinca dura apenas hora y media. Tras ella, Mardoki pone rumbo a Komodo, también unas dos horas de trayecto. Es tarde, el sol se va poniendo en el horizonte y la luz cae.

Y de uno de los motores sale humo blanco. El aceite se ha mezclado con agua, según el capitán. Avanzamos y cada vez se ve menos, pero él bromea y no le da mucha importancia, embutido en una camiseta de camuflaje: “No problem”. No lleva ni carta, ni aparatos ni radio, lo común por estas islas. Las formas de la costa y el instinto sirven a alguien que lleva tanto tiempo navegando las mismas aguas para hacerlo en completa oscuridad, iluminados simplemente por la luz de la luna que brilla en el firmamento. El mar es un plato y no hay nubes. Pero no siempre es así: “El mar no es siempre así aquí, comenta Mardoki. Es muy peligroso, pero ahora no problem”. Ni un faro ni una luz, ni radio. El móvil. A medio camino, él e Inra, el cocinero, un chico joven que es capaz de cocinar en el espacio de un retrete, sacan el generador, un aparato rojo y cuadrado encerrado en una especie de cubo y lo suben al techo sobre la cabina. Luego encienden las luces. Así, tras una hora de viaje en plena oscuridad en la que Sam no lo pasó especialmente bien llegamos a la bahía de Komodo. Mardoki se aleja de los barcos grandes, que generan olas, y busca un rincón apartado junto a otras dos lanchas.  Amarramos y una canoa con tres chavales, como una aparición de piratas, se acerca enseguida para ofrecer souvenirs, comida y bebidas. Son habitantes de las pequeñas aldeas de Komodo, que conocen a Mardoki. Tras la cena, extendemos una colchoneta y dormimos en cubierta, en completo silencio. Un privilegio.

Cabina de mando del "Bees"

El zorro volador es el murciélago más grande del mundo. Se alimenta de frutas, de ahí que generalmente se le vea colgando de los arboles. En Komodo, la primera actividad de la mañana para los turistas es despertar a los murciélagos a base de golpear los árboles con un palo.

El parque de Komodo, pese a su fama, no es tan bonito como Rinca. Básicamente el tour consiste en repetir el mismo paseo por la selva de hierba baja y palmeras, sin tampoco ver ningún dragón. Sin embargo, dos grandes águilas marrones  de cuello blanco que sobrevuelen el embarcadero durante unos minutos, bastan sólo para que valga la pena la visita.

Parque de Komodo

A pocos kilómetros de Komodo se encuentra la bahía de Red Bite, que dibuja una playa solitaria. Tres turistas toman el sol en tumbonas y una pareja pasea. En un islote cercano, forrado de verde, hay un barco anclado. A 300 metros de la playa empieza el coral que llega casi hasta la orilla. No es muy profundo, 4 o 5 metros, con la máscara de snorkel se distingue todo perfectamente. Arboles de ramas doradas y granates, pequeñas formas ondulantes amarillas y violetas. Una gran anémona, como un puff turquesa que respira, rellena de filamentos en los que revolotean dos nemos. Miles de peces tropicales, bandadas de colores, y grandes peces violeta del tamaño de un mero. Precioso.

Red Bite

A mediodía partimos hacia la isla de Kanawa, que merece una pequeña entrada. Una playa para descansar de la selva baja, el calor y los lagartos. Para poder tener los pies a salvo.

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