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Archive for the ‘Japón’ Category

Hay un cuento de Cortázar, “Cambio de Luces”, en el que su protagonista, un intérprete de obras de teatro en la radio, recibe un día una carta de una admiradora en la que ella, pese a sólo saber de él por su voz, le dice que cree conocerlo de veras y que está segura de que no es el hombre malvado y cruel que representa en la ficción. El, a su vez, se hace una imagen de ella por la carta que lee. Se encuentran y no son tal y como habían imaginado. Ella lo había imaginado más alto y con el pelo crespo, él a ella más chiquita y con el pelo castaño “como envuelto por una luz de vieja fotografía”. El incluso se la había imaginado escribiéndole la carta: desde un sillón de mimbre, en una galería de vidrios que agrisan la luz dándole un aire “ceniciento”. A partir de ahí, aunque se van a vivir juntos, él no podrá separarse nunca de la primera imagen que tenía de ella y poco a poco buscará encontrarla de nuevo. Primero le pide que se tiña el pelo, y ella acepta, luego compra un sillón de mimbre y sin que ella se dé cuenta cambia las bombillas para que den una luz más gris. Finalmente, trae las grabaciones de sus obras en la radio y las pone para que ella las escuche mientras él la mira. Un día, por una de esas casualidades, la ve salir de un hotel con un hombre. Un hombre más alto, con el pelo crespo.

Yo, como los personajes del cuento, tenía una imagen diferente de Japón. Y esa imagen me ha perseguido mientras contemplaba la real. Todos tenemos una imagen de los países que visitamos, comparamos, y muchas veces nos gusta más la imaginada. A mí me ha pasado algo así con Japón: me gustaba más la imagen “imaginada” que la real. No es que la real no me guste, pero como en el cuento, tratas constantemente de volver a la otra. Lo cierto es que Japón es el país del refinamiento exquisito, de las formas y los signos, y también de la distancia, aunque ya no del verde y las sombras, las luces de neón, lamentablemente, lo inundan todo. No me he encontrado al profesor culto y delicado que aparece en “La elegancia del erizo” sino a personas durmiendo en los vagones de metro y jugando con el móvil —el móvil en todos lados, por la calle, en los cafés, en las conversaciones—, aunque sí me he encontrado los cafés con música de jazz, los trenes de puntualidad científica y las panaderías francesas que esperaba. He visto un país aislado del exterior, con sus propias normas, a veces incomprensibles; he visto librerías sin títulos occidentales, inundadas de manga y novelas rosa; adictos a Internet, niñas que quieren ser Lolita una vez a la semana, adultas que llevan ositos de peluche, programas de tv infantiles. Aunque también he visto la modernidad y te fascina, la última moda, diseños increíbles y locales extravagantes, personajes de comic, frikis, ropa diferente y gusto por vestirse. Japón es exótico y elegante, sin duda, y seguramente lo que yo he visto es sólo la superficie, como en un juego de rol. Porque estoy seguro de que detrás de esas poses, de esos juegos con la modernidad hay otra cosa. Pero lo que ocurre en Japón es que es prácticamente imposible acceder más allá. Los japoneses tienen varias capas, la de arriba es formal y educada, aunque nosotros, yo, muchas veces no lo sea o lo haya sido, ellos sí lo son. La siguiente capa es más inaccesible, pasar de la formalidad a la camaradería como se hace con los conocidos, esa capa a veces la traspasas con simpatía y educación. Sin embargo, llegar más adentro, saber lo que realmente piensan, lo que sienten, eso es prácticamente imposible. Por lo menos sin conocer su idioma y sus costumbres. Por lo menos para mí.

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Geishas: Kyoto, el barrio de Gion, es donde se desarrolla “Memorias de una Geisha”. Una vez publicada la novela, la geisha Mineko Iwasaki, en quien se inspiró su autor, Arthur Golden, para crear al personaje de la novela, demandó a éste por 10 millones de USD por reflejar en la novela que la protagonista había vendido su virginidad. Llegaron a un acuerdo por una cantidad que no se ha hecho pública. De otras obras de Arthur Golden, no soy capaz de encontrar nada en Internet. Cito todo esto porque, lamentablemente, la única referencia que tenemos la mayoría sobre las geishas es esta obra-película que no parece muy verídica. Quizás habría que leer la obra que publicó la propia Mineko, “Vida de una geisha” si alguien está interesado en conocer un poco más sobre esta profesión que ya casi no existe. En 1920 había unas 80.000 geishas en Japón, hoy apenas quedan 1.000. En Kyoto se calcula que deben quedar unas 100 geiko (geisha en el dialecto de Kyoto) y 80 maiko (aprendiz de geisha). Por supuesto, las que salen en las fotografías que hace todo el mundo no son geishas auténticas sino chicas disfrazadas de geisha. En cualquier bar de Kyoto encuentras los folletos con detalles y precios. Un día vestida de “geisha” cuesta unos 600€.

Lo cierto es que originariamente, las geishas eran hombres, profesionales del entretenimiento que debían aprender diversas artes tradicionales incluyendo entre éstas la ceremonia del té, ikebana, literatura y música. Luego fue derivándose en una profesión exclusivamente femenina y diferente a la prostitución. Actualmente, en exclusivos salones de té y restaurantes escondidos entre los callejones de Kyoto, y siempre que se cuente con la pertinente introducción de un “patrón” y se esté dispuesto a pagar 1.000 USD por una velada, uno puede asistir a una “shamisen” con geishas. La velada seguirá estrictas reglas de etiqueta para cada mínimo detalle, incluido el escenario y el entorno. Mientras los clientes comen platos de alta cocina japonesa (kaiseki), las geishas y maikos entrarán en la habitación y se presentarán usando el dialecto de Kyoto. Luego, mientras una o varias geishas cantan baladas tradicionales de la ceremonia del té y tocan instrumentos de cuerda, el resto servirá las bebidas a los clientes, encenderá sus cigarrillos y atraerá su atracción con exquisitas bromas. Obviamente, no tiene sentido asistir si uno no habla perfectamente el japonés ni conoce su cultura antigua ni sus reglas de etiqueta. No obstante, algunos hoteles top y agencias privadas, ofrecen “espectáculos” con geishas más o menos similares a los auténticos.

Os dejo una  foto de Gion, tras alguna de esas puertas puede que todavía haya una geisha maquillándose para la velada de esa noche.

Kiyomizu-dera : Este templo o conjunto de templos ofrece un poco lo mejor y lo peor de Kyoto. Por un lado, el edificio principal, sostenido por cientos de pilares de madera oscura que cuelgan sobre la falda de la montaña, ofrece unas magníficas vistas de Kyoto. Por otro lado, es el paraíso de los turistas, sobre todo japoneses, por las innumerables “atracciones” con que cuenta. Yo lo definiría como “Disneyland Shrine”, un lugar ideal para ir con niños de entre 10 y 15 años.

Un poco de antes de entrar en el templo principal está el Tainai-Meguri, donde por 100¥ puedes entrar en el útero de Daizuigu Bosatsu, una Bodhitsattva con el poder de conseguir cualquier deseo humano. Te descalzas y después de recorrer unos 50m en la más completa oscuridad y agarrado a una barandilla, llegas a una sala donde se vislumbra una gran piedra sobre la cual has de formular tu deseo. Al menos es original. Porque una vez superado el edificio principal está el “Templo del Amor”, lleno de atracciones y no tan original. La más popular consiste en recorrer 18m con los ojos cerrados entre dos piedras sagradas para conseguir al amor que se busca. Se figura que si no llegas no se cumple, por lo que las quinceañeras cometen bastantes irregularidades, probablemente fruto de la tensión. Además de las piedras tienes unos cubos de agua dentro de los cuales echas un papelito donde escribes un problema que deseas que desaparezca. El agua borra la tinta y así, por 300¥, se borrará también tu problema. También hay un pozo cuya agua tiene propiedades terapéuticas e innumerables puestos de venta de amuletos de fortuna con diferentes clasificaciones: amor, salud, boda, etc. pero también “traffic safety” o “travel safety”. Yo compré un papelito de esos que te hacen un compendio de tu futuro en diversos apartados. Como podéis ver, en el apartado “travel” es claro: “moderate”.

Templo Fushimi Inari: Un sitio también muy turístico pero que realmente vale la pena, las fotos son espectaculares y el camino por la montaña es agradable. El templo está dedicado al espíritu de Inari, protector de las cosechas y al que generalmente se le asocia con el arroz. Situado a las afueras de Kyoto (una parada de tren, 30 minutos), los miles de toriis rojos que acompañan la subida por la montaña hasta el templo son donaciones de particulares.

Para terminar con Kyoto y con Japón quien mejor que un enamorado de Kyoto de nuevo, esta vez con un tema más preparado (aunque habré de esperar a que esté fuera de China para colgarlo, el de la anterior entrada sí está colgado, no os lo perdáis). Si alguna vez vais a Kyoto, no dejéis de pasar por el parque Maruyama.


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Esta entrada y las 2 anteriores se las debo a Viajar24h.comy a Alex Lapuerta que es ya como una parte de este blog por toda la ayuda que me ha prestado y sigue prestándome. Va por él.

La imagen que uno tiene en la cabeza del Japón milenario es Kyoto, sin duda. Pero es sólo una parte de Kyoto, y no está tan a la vista, más bien hay que encontrársela. Hay que rebuscar entre los callejones de luz amarillenta, probar en los cafés y restaurantes escondidos tras una tela en la entrada, curiosear en una pequeña tienda de antigüedades, buscar entre las sombras de un templo poco visitado, para que, poco a poco y sumando esas pequeñas experiencias, uno llegue a esa imagen de “Memorias de una Geisha” que buscaba. Ese es el reto que propone Kyoto al visitante, ser capaz de combinar los inevitables circuitos turísticos (algunos templos y escenarios son únicos) con la disposición para alejarse del turista y por unas horas convertirse en un curioso entrometido. He de decir que yo no lo he conseguido y me marcho de Kyoto con esa espina. Y no hay que tener miedo, como me decía un músico callejero californiano al que pronto veréis en acción: Kyoto es la ciudad más civilizada del mundo. Ese mismo día paseaba yo por Gion, oscurecía y me metí a cenar algo en un bar-restaurante con un solo plato: una especie de kebab de tortilla y carne delicioso. Ahí me di cuenta de que es preferible pasear por calles oscuras y parar en locales como ése que seguir la corriente de turistas en los templos. Y es que Kyoto se vive básicamente al oscurecer, lo dicen también las guías, cuando se encienden las luces de los callejones, se vislumbra el interior de las casas sobre el río, los restaurantes se engalanan y la ciudad se llena de sombras y, al mismo tiempo, se vuelve refinada.

Kyoto es también la ciudad de los 4.000 templos, de los cuales 13 son Patrimonio de la Humanidad para la Unesco y es prácticamente la única ciudad de Japón que conserva un importante número de edificios del s.XIX. Fue la capital de Japón desde el año 794 hasta 1.868, cuando la revolución Meiji acabó con el régimen feudal del Shogunato Tokugawa e instaló la capital del nuevo régimen en Tokyo. Fue precisamente ese patrimonio histórico de la ciudad lo que hizo que fuese respetada por los bombardeos americanos durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy en día, el ayuntamiento de Kyoto y sus habitantes están haciendo un esfuerzo conjunto por tratar de preservar ese patrimonio de las presiones inmobiliarias que han estropeado (o  “modernizado”, según se mire) el resto de ciudades de Japón. Se ha prohibido el tráfico nocturno por el centro histórico y muchas casas y locales antiguos se están renovando por sus nuevos propietarios tratando de mantener el estilo arquitectónico original. He leído en algún lado que los japoneses no tienen el mismo concepto que nosotros sobre la belleza formal de los edificios. Para ellos, el aspecto exterior, un edificio en su conjunto, es algo meramente funcional, debe echarse abajo y construir otro si se requiere para que cumpla con las nuevas necesidades. Si unimos eso a la burbuja inmobiliaria de los 80, seguramente podemos entender el aspecto de las ciudades japonesas, tan moderno y tan irracional al mismo tiempo (y así también entiendo yo personalmente el motivo por el cual las estaciones tienen 20 salidas distintas pero sólo 6 a la calle, hecho que me ha  permitido conocer con profundidad el subsuelo de ciudades como Tokyo). Si Tokyo es el paradigma de todo esto, Kyoto es la excepción, su único edificio “moderno” es la propia estación.

Para organizar esta entrada (seguramente acabarán siendo dos) lo que haré es ir mencionando mis lugares y “otros temas” preferidos, de tal forma que me voy a dejar un montón de cosas, entre ellas todo lo que no visité, que debe ser un 40% del total (en 5 días). De algunas de esas cosas que no explicaré hay fotos que se explican por sí solas, el resto quedarán para cuando vuelva a Kyoto, que lo haré algún día.

Kinkaku-ji (El Pabellón Dorado): El símbolo de la ciudad, y se entiende a la perfección. El Pabellón que da nombre a toda la zona, fue construido originariamente en 1.397 y reconstruido varias veces. Originariamente era una villa de descanso de un shogun, que fue transformada en templo budista por su hijo. El nombre viene porque las dos plantas superiores están recubiertas de hojas de oro puro. En 1.950 un monje trastornado quemó el edificio, suceso que queda relatado en la novela de Yukio Mishima “El Pabellón Dorado”, siendo posteriormente reconstruido. En la novela se narra la transformación de la imagen del templo en la mente del protagonista, el propio monje que luego lo quemará, quien, después de una primera visión decepcionante poco a poco va descubriendo la belleza del edificio en la copia perfecta de la estructura que queda reflejada en el estanque que lo rodea. El concepto de la belleza del reflejo, de algo superior a la belleza real, se introduce obsesivamente en su cabeza de tal forma que el reflejo del templo comienza a inundar sus pensamientos hasta tal punto que el templo incluso llega a aparecer en sus fantasías sexuales. Más allá de la anécdota, la novela es una reflexión sobre la belleza, exquisitamente escrita. He leído que Paul Valéry dijo una vez que “la belleza es lo que nos desespera”, he aquí un ejemplo.

Ginkaku-Ji (El templo del Pabellón de Plata): Fue construido en 1474 por el shogun Ashikaga Yoshimasa, quien buscaba emular el Pabellón Dorado construido por su abuelo Ashikaga Yoshimitsu, aunque, lamentablemente, no pudo recubrir el edificio con plata tal y como había planeado. La foto más típica de este templo es en invierno, cuando el blanco de la nieve se complementa con el color oscuro de los edificios y los jardines de arena blanca.

Honen-In: Este es uno de esos lugares de los que hablaba al principio, uno de esos templos ocultos con una atmósfera especial. Fundado en 1.680 en honor al monje Honen, es un pequeño templo envuelto en sombras, juegos de luz y cuidados jardines con una galería de arte adjunta en la que se exponen ocasionalmente artistas locales e internacionales. Al estar un poco desplazado, con difícil acceso para los autocares, suele estar casi vacío, lo que, sin duda, mejora mucho la experiencia. Yo llegué casi por casualidad, atraído por el bosque que lo precede. Y también por casualidad resulta que hice la foto con que suelen presentarlo.

Ryozen: Este templo, aunque parezca sorprendente, no es muy visitado (no sale en la Lonely Planet). La razón, supongo, es que junto a él a un memorial por los soldados japoneses muertos en la Segunda Guerra Mundial, un tema bastante tabú en Japón. Si enciendes una varilla de incienso y pides un deseo de espaldas al Buda, se supone que se cumple (creo que es de espaldas, yo pedí que bajaran los precios de los hoteles en Japón).

Nanzen-ji: Este complejo de templos rodeado de bosque se edificó como villa de descanso del emperador Kameyama y fue convertido en templo a su muerte en 1.291. Además de los templos hay un jardín de arena y un pequeño templo escondido en el bosque. Es un bonito lugar para pasear, especialmente por la tarde cuando la luz se cuela entre los árboles.

Bosque de Bambú de Arashiyama: Otra de esas fotos de Japón. Arashiyama es un barrio a las afueras de Kyoto, rodeado de bosque, montañas y atravesado por un río. Aunque parezca un lugar idílico, que lo debió ser, hoy está lleno de gente. La calle principal que lleva a los templos (que yo no visité, estaba saturado) está plagada de restaurantes, tiendas y gente, tanto turistas como japoneses. Por suerte, el Bosqué de Bambú, que es a lo que yo iba, no estaba muy lleno. Se trata de un camino de aproximadamente 1 km de largo en torno al cual hay grandes tallos de bambú en los lados por lo que da la sensación de que caminas como por un túnel de bambú. Es curioso. Más allá del camino se llega a una parte del bosque en la que en un claro se ve el tren de Arashiyama (un tren antiguo) cruzando el río a través de un puente de hierro. A los japoneses, que les chiflan los trenes, les encanta.

Por último, para poner un poco de salsa después de tanto templo, una foto con mi colega Steve en el parque Maruyama y un video que espero poder colgar. Steve vive en California pero se pasa la mitad del año en Kyoto, tocando la guitarra en este parque, porque dice que es la mejor ciudad del mundo. Como me gustó lo que tocaba fui a dejarle unas monedas y empezamos a charlar. De su estancia en Barcelona en los años 80, cuando llegó a Perpignan en un 2cv pensando que ya estaba en España y entró a pedir una “cervesa” en un bar, nos queda esta pieza que me dedicó en mitad del parque. Buen tipo.

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Sigo con problemas de censura para acceder al blog por lo que estoy pidiendo a gente en España que me pegue los textos y las fotos. Como no puedo acceder no puedo responder a comentarios, los veo y los puedo publicar desde el correo, pero no puedo responder. Tampoco puedo subir fotos…cuando llegue a Vietnam, en 10 días, pondré todo en orden.

Aprovecho para comentar la censura, ya que me censuran (no tengo muy claro si comentar la censura también es censurable, me iré a tomar unas birras con los soldados para preguntarles).Por lo que veo en los cafés de Internet, aquí está prohibido acceder a contenidos “políticos” (no sé cómo lo detectan, la verdad), “pornográficos” (aquí es más fácil,no hay mucha originalidad) y, atención, “religiosos”. La idea de que las encíclicas papales puedan llegar a ser subversivas resulta bastante curiosa. Aunque supongo que se refieren a las muchedumbres que pueden llegar a comandar los monjes tibetanos en una revuelta a gran escala por todo el país.

Pero vamos a Kagoshima con una foto que no merece muchos comentarios.

Esta instantánea fue tomada en los baños de arena de Ibusuki un pueblo en la punta sur de Japón, a unos 50 Km de Kagoshima. Está en una zona volcánica, por lo que la arena en algunos sitios se mezcla en el subsuelo con corrientes de vapor y se calienta. El “enterramiento” es un tratamiento medicinal, dicen que diez-quince minutos bajo la arena sirven para depurar tu cuerpo. No sé, pero la verdad es que, aparte de que es divertido verte enterrado (no estás inmovilizado, puedes salir si te agobias), la arena realmente quema. Cuando digo que quema me refiero a que los brazos salen algo rojos y que cuando llevas quince minutos realmente no puedes más. Si te olvidaste de que tenías una herida, no te preocupes, recordarás durante diez minutos el punto exacto. Al salir, estás sudando (de ahí la toalla). Eso sí, luego de la arena pasas a los baños de agua caliente o fría y te quedas nuevo, realmente nuevo. Si no recuerdo mal, costaba unos 20 €. Un par de fotos más.

La verdad es que, en gran parte, mi desplazamiento hasta Kagoshima, una ciudad a 4 h en tren desde Nagasaki (los trenes rápidos llegarán aquí en febrero de 2011), fue para hacer esta chorrada. En un documental de Pilot Guides (muy recomendables, por cierto, en www.seriesyonquis.com están) vi a un reportero enterrado y me dije que tenía que probarlo.Pero además de esto, tenía curiosidad por ver una ciudad algo alejada de los circuitos normales, una ciudad costera y los pueblos de las cercanías.

Kagoshima es una ciudad de tamaño medio situada en la punta sur de Japón. Debido a su clima, bastante caluroso para Japón y a que justo enfrente de la ciudad hay un volcán activo, el Sakurajima, la llaman la Nápoles de Japón. Su última erupción fue en 1.914.

La ciudad no tiene mucho de particular, sus habitantes tienen fama de bruscos (en Japón es realmente difícil saber qué significa eso) y creo que trata de impulsarse a través de desarrollar la zona comercial del puerto, un poco tipo Barcelona hace 20 años. Pero aún les queda mucho. Una visita turística interesante son los Jardines Senganen. Los jardines, las viviendas y la montaña en torno suyo eran la antigua “finca” del clan Shimazu, una dinastía muy poderosa en Japón.

Por un precio añadido a la entrada normal, uno puede visitar la casa de la familia guiado por una geisha auténtica y asistir a una ceremonia del te. Yo lo pagué aunque creo que no tiene nada de particular, es bastante soso todo, geishas y guiris me parece que no mezclan bien. Por un lado, a las geishas se les nota que les da cierta pereza tratar con gente de fuera de Japón y, quizás por eso, la explicación: la sala de dormir, la sala de estar, el baño…estancias con una decoración mínima y sin anécdota, sólo es en japonés. Lo único que realmente vale la pena es ver un ejemplo de jardín con “escenario robado”. Se trata de construir un jardín en torno a un paisaje real, integrándolo en el decorado. En este caso el volcán y la bahía de Kagoshima. Desde la sala de estar y sólo desde ahí, al mirar el jardín el volcán y la bahía parecen estar construidos a propósito para que encajen con las formas de los árboles y las corrientes de agua. Es realmente refinado. Respecto a la ceremonia del té, como había un grupo de australianos jubilados: gigantes y con sombreros de cocodrilo, en perfecta forma física, por supuesto, y grabándolo todo en video, me dio pereza y me marché a mitad.

Decía anteriormente que también vine para ver la costa. La verdad es que, puede que fuese por el tiempo (días nublados), pero lo cierto es que es bastante fea. En general, cuando viajas por Japón el paisaje es feo. Únicamente la zona de los Alpes ofrece buenas vistas, el resto del país es gris: casas grises, antenas, vías de tren. El país del “verde y las sombras” No obstante,volviendo de Ibusuki hice una parada en un pueblo, Chiran, donde si sentí un poco el Japón interior. Mi objetivo era visitar el Museo del Kamikaze.

El Museo del Kamikaze (la palabra kamikaze significa “viento divino” y es el nombre que los japoneses dieron a los tifones que en 1273 les salvaron de ser invadidos por los ejércitos mongoles de Kublai Khan) es de los que me gustan. Concreto y muy bien expuesto todo. Hay toda una colección espectacular de uniformes, armas y todo tipo de utensilios militares de los soldados japoneses en la Segunda Guerra Mundial y, además, como habéis visto, aviones a escala real. No obstante, la parte importante del museo es el archivo de cartas escritas por los pilotos kamikazes en los días previos a su último viaje. Cartas a sus esposas, a sus padres, a sus hermanos. Son cartas cortas, de entre diez y veinte líneas y, aunque la mayor parte hablan del orgullo de cumplir con el deber (la mayoría eran soldados de entre 17 y 25 años) hay algunas que debieron ser difíciles de escribir. Recuerdo una de un teniente de 28 años que dirigiéndose a su esposa, en un momento de la carta pasa a hacerlo a su hija mayor, de 6 años, pidiéndole que cuide de su hermana pequeña. Termina la carta recordando que pronto será abril y los cerezos volverán a florecer.

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Antes de empezar a hablar de Nagasaki, mencionar que como estoy en China, estoy teniendo ciertos problemas a la hora de acceder al blog. Es una censura un poco chapucera (tipo la nuestra) pero a algunas páginas no puedo acceder (youtube, por ejemplo) y el acceso a la página del blog es bastante complicado. No obstante, me las apañaré.

Japón ha sido siempre un país receloso respecto al exterior. Su historia es básicamente insular,  y su cultura, aunque influenciada por chinos y coreanos, ha mantenido siempre su propia singularidad. De ahí quizás ese carácter tan especial que tienen los japoneses, esa distancia de la que uno no sabe hasta dónde es formalidad y dónde empieza la indiferencia o directamente el desdén. Los japoneses tienen varias capas, capas que incluso mantienen entre ellos. Una pequeña inflexión de voz, la “forma” con que se dice algo (en japonés hay muchas maneras de decir lo mismo según sea más o menos cordial, emotivo, etc.), un leve gesto corporal, indican todo lo que no muestran sus rostros. Esos matices, por supuesto, son incomprensibles para alguien que llega a Japón por primera vez, por lo que la comunicación, la poca que es posible tener, queda desprovista de emoción: ni ellos entienden nuestra gesticulación o nuestras bromas, ni nosotros sus leves inflexiones. Incluso bebiendo una copa con alguien cuesta saber si realmente le caes bien a esa persona o simplemente está siendo educada. Por otro lado, más allá de las diferencias de comunicación, los japoneses son, ya de por sí, un pueblo bastante cerrado al exterior. Aunque los anuncios llenan las calles de rostros europeos y los escaparates se comparan con París o Milán, aunque viajar a Europa es un sueño y la última moda es “ponerse” una nariz o unos ojos occidentales… a pesar de todo eso, mi impresión es que siguen queriendo aislarse del resto del mundo. Si le preguntas a una japonesa cuál es su marca de tejanos favorita, te dirá una marca japonesa, aunque esa marca sea “Comme des Garçons”. Si entras en una librería de tamaño medio sólo veras tres o cuatro títulos occidentales traducidos al japonés; los móviles del resto del mundo no funcionan en Japón; sus deportistas preferidos son japoneses, en fin, lo que quiero decir es que mi impresión es que los japoneses importan lo que les llama la atención y luego lo transforman en algo suyo, olvidándose de dónde vino.  Creo que, simplemente, no les importa el exterior, y en ese paquete van los extranjeros. Y el origen histórico de ese aislamiento algo tiene que ver con Nagasaki, que, por cierto, es el título de esta entrada. Como introducción, una foto de lo poco que existe en Japón que tenga algo que ver con España, un dulce, un “Castella”, originario de Nagasaki.

Nagasaki es hoy una ciudad portuaria, activa y comercial. Construida en torno a una bahía y rodeada de colinas, la presencia del mar se siente en los embates del viento, que se cuela a cada instante entre las calles por las que suben y bajan los tranvías que recorren la ciudad desde el centro a los suburbios. Es una ciudad junto al océano, aunque su importancia histórica como punto de entrada del comercio con Europa queda ensombrecida hoy por la tragedia atómica. Sin embargo, mi impresión —y es una impresión que no tiene ninguna base, quizás demasiado sesgada por mi propia experiencia personal— es que Nagasaki, a diferencia de Hiroshima, quiere olvidar. Así que en esta entrada no hablaré mucho de la bomba y sus efectos (parecidos a los de Hiroshima en número de muertos y horror) simplemente incluiré algunas de las fotos de los monumentos más característicos y un video que grabé en el Museo de Nagasaki.

Volviendo a Nagasaki, la ciudad fue fundada por marineros portugueses hacia 1.500, quienes pronto la convirtieron en la puerta del comercio de Japón con China y Corea. La ciudad creció rápidamente, al mismo tiempo que los jesuitas llegaban a Japón guiados por San Francisco Javier. Estos dos hechos luego serán claves en la historia de las relaciones de Japón con el exterior y, quizás, parte de la explicación del carácter tan especial de los japoneses. Como decía, los jesuitas llegan a Japón y, tal y como venían haciendo en otras partes de Asia (China, Filipinas, Ceilán), se integran en las costumbres locales, aprenden el idioma, y comienzan a convertir a todos los nativos que pueden al cristianismo. Sin embargo, mientras en China y a través del emperador, obtienen un puerto, Macao, desde el que dirigir su iglesia y su tarea sin una preocupación excesiva por parte del que en aquélla época era un imperio comparable al español (sino más grande), en Japón las cosas no fueron igual. Japón era un reino feudal, con una población sometida a un cruel sistema de impuestos y más preocupado de las amenazas que pudieran entorpecer el mantenimiento del sistema que de tener relaciones exteriores. Es en esa época cuando comienza a fraguarse el comportamiento obediente y respetuoso con las normas de los japoneses: el miedo al castigo era tan terrible que saltarse las normas era considerado un deshonor. Y en esas llegaron los jesuitas con una moral muy diferente, una notable arrogancia, y, sobre todo, con una Iglesia a su espalda que, desde el punto de vista militar (que fue el considerado por los señores feudales) podía movilizar un ejército que sumaría las fuerzas de prácticamente toda Europa. La llegada de un barco español a Nagasaki en 1596 fue interpretada por el shogun Hideyoshi como el inicio de una invasión, y 26 cristianos, jesuitas y convertidos, fueron crucificados. En 1.637 la rebelión Shimabara, iniciada en Nagasaki contra el shogun Tokugawa (que había llegado al poder tras acabar con Hideyoshi), fue interpretada como inspirada por los jesuitas, y todos los extranjeros fueron expulsados definitivamente de Japón. Durante dos siglos, los únicos extranjeros que tuvieron relación con Japón fueron los holandeses, quienes convencieron a Tokugawa de que ellos no eran católicos y obtuvieron una parte del puerto de Nagasaki, Dejima, como base de operaciones. Curiosamente, asimismo le convencieron de que los ingleses también eran católicos, por lo que les fue prohibida  la entrada hasta el s.XIX. No fue hasta entonces cuando Nagasaki recuperó su antigua característica de puerta de entrada de Occidente, principalmente a través del Imperio Británico. Estas son algunas fotos de las villas que los ingleses instalaron en Nagasaki, en el llamado Glover Garden.

Otro hecho destacable de Nagasaki es que es allí donde se desarrolla la historia que se explica en la ópera “Madame Butterfly” de Giacomo Puccini. En realidad, la ópera está basada en el libro “Madame Crysanthème” de Pierre Loti, autor francés que relató en sus numerosos libros los viajes que hizo por Asia y Oceanía. De la vida de Mme. Butterfly, como la historia se narra en primera persona, no sabemos si fue Loti quien realmente la conoció o el joven marinero que llega a Nagasaki buscando comprar una joven esposa y acaba enamorado de la geisha de “trece o quince años”, es un producto de su imaginación. Y ahí, precisamente, está la gracia. En el Glover Garden hay una estatua de ella junto a otra de Puccini. Me parece terriblemente injusto que se hayan olvidado de Loti.

Por último, mencionar algunos de los monumentos más relevantes en relación a la explosión atómica.

La “Estatua de la Paz”, creada por el escultor Seibō Kitamura y que simboliza el deseo de los habitantes de Nagasaki por alcanzar la paz. Cada 9 de agosto se hace una declaración de paz al mundo frente a la estatua.

La Catedral de Urakami: La catedral fue uno de los edificios destruidos durante el bombardeo y sólo uno de sus muros se mantuvo en pie. Fue reconstruida en 1959 y en sus alrededores se muestran objetos que sobrevivieron a la explosión.

Hipocentro de la bomba: en el punto exacto donde cayó la bomba hay una columna negra de mármol que pretende simbolizar el horror causado.

Museo de la Paz: además de una exposición audiovisual muy completa, en su interior hay una sala donde, en una columna a modo de archivo, están los nombres de todas las víctimas del bombardeo. Todo el museo está rodeado de agua, que se desliza por las paredes exteriores y penetra en el interior, rodeando la sala de las víctimas. Esa agua es el agua que pedían las víctimas de la bomba, una manera de reconciliarse con el horror. Es muy impresionante entrar y pasear por el interior porque hay un completo silencio, sólo se oye el agua. A continuación, el video que comenté al principio (que lo publicaré cuando salga de China).

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HIROSHIMA

El segundo día de mi estancia en Hiroshima era viernes, así que decidí ir a cenar fuera y tomar una copa para distraerme un poco. Había leído en la Lonely Planet que el barrio de “ocio” de Hiroshima se llamaba Nagarekawa y pensé en ver cómo sería el espíritu de paz de Hiroshima por la noche. Al salir de la estación dudé, como siempre, pero un cártel de neón rojo de lado a lado de la calle con la siguiente inscripción “Welcome to Nagarekawa”, me facilitó la búsqueda.  Y es que otra de las cosas que me gustaron de Hiroshima es que no me perdí en ningún momento, cosa bastante extraña.

Bien, pues Nagarekawa no es precisamente pacífica. Es una calle de aproximadamente 1 km de largo, inundada de taxis, y con todo tipo de locales a los lados: restaurantes de todo tipo y precio, bares, clubs, clubs con corazoncitos en la puerta y supongo que lo que uno quiera imaginar. A medida que avanzas, de vez en cuando has de sortear a alguna “colegiala” que te invita a entrar en su local (y me viene a la memoria Sánchez Dragó y su reciente polémica. No sé qué tipo de colegialas le asaltaron a él, pero las de 13 años llevan un uniforme azul y calcetines blancos hasta la rodilla, son las que salen en muchas fotos que he colgado. Yo no estaría muy orgulloso. Por lo demás, la edad de las japonesas no la sabes si no la preguntas, y siempre son por lo menos 5 o 6 años mayores de lo que dirías). A lo que iba, buscando restaurante me topo con uno con una bandera francesa gigante a la entrada  y una cestita de mimbre con frutas y una botella de vino y me digo: si entras eres idiota. Y fui idiota. Los japoneses tienen una relación bastante extraña con Francia, ya que reverencian todo lo que suene, recuerde o tenga algo que ver con nuestro vecino y además, lo hacen de una forma bastante snob. Les parece muy chic pagar 5 € por una baguette que puede ser del día anterior (yo los he pagado, en Japón el pan es un bien de lujo). No ocurre lo mismo con Italia, por ejemplo, de la que pasan bastante, a pesar de que también tiene sus exquisiteces. De España no hace falta hablar. En realidad, creo que es posible que muchos japoneses hayan anclado en el tiempo el París de los años 50 y sigan pensando que cuando una pasea por París todavía puede encontrarse a Edith Piaf cantando en una esquina con una gorra en la mano para las monedas. Y esa imagen la trasladan a los restaurantes en ambientación rococó, paneles visibles llenos de botellas de vino y precios increíblemente caros para unas “tapitas”. Lo dicho, idiota y 54€ la broma.

Para compensar el lujo, a la salida me metí en el club más underground que encontré, que en eso sí que tienen su propio estilo. The Edge: unas escaleras que bajan a un sótano y un japonés modernillo con gafas de pasta que mientras me habla en perfecto inglés me mira como diciendo ¿y este guiri qué hace aquí? Pero todo fue muy bien, muy amables, además. Incluso el jefecillo, el de la entrada, vino a charlar un rato conmigo mientras me tomaba una copa. Quería ir a Ibisáh, claro. El local, por decir algo, medía unos 50m2 y había unos 20 japoneses con gafas, sudadera y peinado fashion que se turnaban como DJ. La verdad es que parecía más una fiesta privada con guiri que un bar. Y lo mejor de todo es que en la mini pista se bailaba DESCALZO. Me tomé un par de copas, estuve hablando un rato con el camarero y con una chica (que se llamaba Chika, por cierto), quienes ambos habían estado en Barcelona: “Sí ,sí, sí, sí… in Spain you always say… sí, sí, sí, sí”, me decían, bailé un poco descalzo y me fui para el hotel. Os dejo una foto del flyer.

FUKUOKA

La estación de tren de Fukuoka, Hakata, es uno de los puntos neurálgicos de la red de tren en Japón. La ciudad está al norte de Kyushu, la isla más al sur de Japón, y enlaza la isla (Nagasaki, Kagoshima) con la parte central de Japón (Osaka-Kyoto). La ciudad no tiene puntos históricos importantes o monumentos, más bien ha crecido a partir del transporte y se ha convertido en una ciudad moderna, con aspecto cuidado y llena de estudiantes. A mí me venía de paso hacia Nagasaki, así que como era sábado, decidí quedarme una noche y ver el ambiente nocturno.

Salí tarde y pensé en cenar algo por la zona pero a la salida del metro volví a perderme y se me hizo más tarde todavía, así que como había leído que en Fukuoka había excelentes puestos de comida por la calle opté por probar uno de ellos. Miden unos 5 metros por lado y están en medio de la acera, con la gente sentada una al lado de la otra.  Lo “japonés” es que ponen unas cortinas de tal forma que ves el cuerpo de quien está comiendo pero no la cara ni lo que come. Para definir la comida yo usaría “casera” en vez de “excelente”. Por suerte, el menú no pasa de 4 o 5 platos por lo que es fácil mirar los platos que comen los de al lado y señalar. La verdad es que es increíble cómo consiguen cocinar los japoneses en espacios pequeños. En muchos sitios, como cocinan delante de ti, ves todo el proceso, con humo y todo. Es entre un placer —por la destreza y por ver cómo cocinan a la vez un arroz, un caldo de fideos y carne a la plancha en 3 metros cuadrados— y un pequeño horror porque ves las bolsas de comida de dónde sale todo. Recuerdo un local en Hiroshima: un rectángulo de 3 x 2 con los clientes sentados en torno, una chica atendiendo y un cocinero muy amable que debía ser su padre. En media hora que estuve debió servir 15 platos. El tipo tenía un grifo de agua y 3 fuegos de butano, uno para la sartén y dos ollas gigantes, una llena de caldo y donde hacía los fideos, la otra para calentar agua, una nevera y una máquina de cerveza fuera de la cocina. En un lado había una alarma para recordarle, mientras atendía a los clientes o terminaba de aderezar un plato, que tocaba sacar algo del fuego; y la sartén la usaba para el arroz o la carne, terminaba una cosa y la limpiaba con agua y una toalla. Miraba las notas, preparaba una cosa, la servía, sonaba la alarma, cambiaba algo, volvía a los clientes, iba a buscar algo a la nevera con tiempo para que lo que hacía no se quemase, en fin, un genio. Y los ramen (caldo de fideos con carne) estaban buenísimos. Los ramen de Fokuoka, sin embargo, no tanto. Mejor el sake.

Respecto al ambiente nocturno, me parecieron destacables dos cosas: la primera que Fukuoka, no me preguntéis por qué, está lleno de mexicanos; y la segunda, que les encanta el rap tipo “gangsta”. Por lo que he visto en Tokyo y en otras ciudades, en Japón hay toda una colonia de porteros de discoteca gigantes emigrados de Harlem que se dedican a atraer a los guiris a sus locales. Y de ahí que también, para cuando no trabajan, haya locales con música rap y japoneses raros y negros con camiseta de fútbol americano mezclados y bailando. Es bastante intimidante entrar. A los mexicanos los menciono porque en una misma noche me encontré con varios. Iba yo perdido con mi mapa desplegado cuando se me acercó una japonesa que en inglés perfecto se ofreció a acompañarme al bar que buscaba. Justo al lado, había un antro terrorífico denominado Halley, y como me dijo que la música era buenísima, pues entré a tomar una copa con ella. Una vez me acostumbré a la penumbra me encontré con esto sonando a todo volumen:

vamo arriba
papi un poco de gente por ahi con los afros
hey, hey negrito.(hey el negrito)… ta’ guillao

dame,dame,dame el chance a mi
vamo’a brincar a la yale lady
dame,dame,dame el chance

La verdad es que fue bastante shock encontrarme con “Dame chance” un reggaetón-rap de Tego Calderón (hasta hoy no sabía quién era) en un bar en la otra punta de Japón. El dueño y la mitad de la clientela (unas 8 personas) eran mexicanos y vivían en Fukuoka y según ellos había muchos japoneses a los que le gustaba la salsa y el reggaetón.

En el segundo bar, el típico sitio de guiris y japoneses, me encontré con dos mexicanos más, Caeli, ella, y su hermano Misael que estaban en Fukuoka estudiando japonés. Nos hicimos unas fotos pero, pese a que le escribí en brazo mi email en letra grande para que se acordara, aún las estoy esperando. Supongo que a la computadora le habrá pasado algo.

Y el flyer del Halley.

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Esta es una pequeña entrada básicamente turística.  Porque Miyajima, el torii que hay en el mar, es otro de los sitios más fotografiados de Japón. Si queréis ver fotos buenas, en Internet hay millones. Esta es la mía.

Miyajima es una pequeña isla situada muy cerca de Hiroshima (de hecho, entre tren y ferry no tardas más de 45 minutos en llegar) y en la que hay un santuario cuyo torii de entrada está en la playa, de forma que cuando sube la marea queda en mitad del mar. Al atardecer, y de noche, cuando lo iluminan, es realmente muy bonito. Además, de noche los turistas se han ido, por lo que pasar la noche en la isla es seguramente la forma más especial de verla. Lamentablemente, yo tenía que coger un tren, así que no pude quedarme.

Además del santuario de Itsukushima, al que pertenece el torii, en la isla hay algunos templos más y un trayecto por el bosque hasta el punto más alto de la isla (al que también se puede subir en funicular). Y cervatillos por todos lados, que bajan del bosque a que los turistas les den de comer. Por lo poco que he leído, parece que toda la isla es un lugar sagrado, y eso impide matar animales. De todas formas, yo, de la isla no me quedo ni con el torii ni con los ciervos, me quedo con las ostras. Porque por otra de las cosas que es conocida Miyajima es por sus ostras. Las hacen a la plancha y están deliciosas (a mí las otras no me dicen nada crudas). Paseando por el pueblo y una vez superada la calle de los turistas, me encontré con una viejecita que hacía las otras en una plancha. Pedí primero 6 (10€, creo) y luego decidí que comería sólo ostras por una vez en mi vida, así que pedí otra ración y una cerveza a la salud de que las ostras no fueran también animales sagrados.

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