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Archive for the ‘Laos’ Category

Me quedé tres semanas en Laos, más de lo previsto, pero no vi ni la mitad de lo que había planeado. Pasé bastante más tiempo de lo habitual en Vientiane, una ciudad que los tours y los turistas ven como una estación de paso pero en la que yo me dediqué a compartir cervezas, música y largas charlas con la curiosa mezcla de expatriados, visitantes y locales que pueblan los bares de la capital; y fui alargando mi estancia día a día en Luang Prabang, hipnotizado por la calma de las sobremesas junto al río y el ritmo budista de la ciudad. Dejé el norte por el frío y en vez de seguir mi idea original y dirigirme hacia Camboya cruzando el país, visitar Pakse y los paisajes de karst de Tham Kong Lo, la meseta de Bolavan y los templos de Champusak o las 4.000 islas que se forman en el Mekong en su tramo fronterizo, decidí no hacerlo y volar a Angkor Wat. Todos ellos son destinos que aparecen en las guías, destinos que merece la pena visitar. Pero me marché. Pensé en que dejar buena parte del país sin visitar sería la excusa perfecta para volver. Porque Laos tiene eso, te deja la sensación de que te gustaría volver.


Laos es un país pobre y joven, de carreteras de tierra naranja y frondosos valles entre montañas, un lugar en el que los eternos desplazamientos te muestran el ritmo cotidiano de su gente y donde un viaje en autobús es imprescindible para comprender la forma de vida de los laosianos. Un país para amantes del trekking o de las motos, para los que huyen de las multitudes o para aquél que disfrute tomándose la vida con calma. Un país con una de las ciudades más bonitas de Asia, Luang Prabang, y con una gente encantadora. Laos es pobre, decía, y un país muy dependiente de la ayuda extranjera. Con una de las rentas per cápita más bajas de Asia (junto a Camboya), y un gobierno con uno de los índices de corrupción más altos del mundo (también junto a Camboya), es la ayuda y el pequeño auge del turismo lo que permiten tirar adelante un país donde el 80% de la población vive en el campo. Y lo va consiguiendo, Laos está ofreciendo cifras positivas de crecimiento en los últimos años. Escuelas y pozos, puentes y  centrales eléctricas, en cada pueblo de Laos hay un cartel con el origen de la ayuda. Con lo que quedó de ella, me imagino. Pero, y es precisamente eso lo que te maravilla, los laosianos no parecen estar preocupados en demasía por su pobreza. Viven con esa calma tan apaciguadora y tan budista, con ese sentido de la existencia tan sabio que les impide lamentarse de sus desgracias ni inquietarse demasiado por su futuro. No pierden el tiempo: “la gente que se preocupa mucho no es feliz”, dicen en Laos. La eterna sonrisa de Laos viene de compartir una bicicleta o una cerveza con un extraño, de celebrar con la familia la comida del domingo en un restaurante sobre el río o de ofrecer un bote de leche a una embarazada, de una buena interpretación de karaoke o de una partida de cartas a media tarde, pequeños regalos que crean múan (alegría) y que forman parte del carácter laosiano. Conscientes de las limitaciones de su pequeño país, los laosianos se aproximan con simpatía y sinceridad a los extranjeros, son amables y respetuosos con su ignorancia y se ríen de nuestras extrañas costumbres. Y algunos extranjeros pronto se dejan atrapar por ese ritmo cadencioso y van dejando atrás su pasado, sus matices, su propia identidad y se envuelven de las nuevas costumbres, de su saludo contagioso, del tráfico silencioso y la camaradería en los bares, de comer siempre en grupo y de bodas para todo el pueblo, de esa suave voluptuosidad que envuelve la vida en Laos.


Leí hace poco en un blog a un viajero que resumía Laos como un país “normalito”. Y es cierto, supongo que es lo que le debe parecer a mucha gente. Pero no es grave. Si llegas a Laos y te pasa eso, haz como ellos: sonríe y no te preocupes.

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Es difícil hablar de Luang Prabang sin resultar empalagoso. Pero no me voy a esforzar, no creo que nadie me lo eche en cara. Enclavada en la confluencia de dos ríos, el Mekong y el Nam Khan, Luang Prabang es Patrimonio Mundial de la Unesco, una de las ciudades más encantadoras de Asia, la ciudad de las postales de Laos. Hileras de monjes con túnicas siena que recogen comida al amanecer y templos granates de puertas doradas entre palmeras donde nunca parece haber mucha gente. Barcazas de colores que recorren silenciosamente el Mekong y casas coloniales de madera convertidas en hoteles con coches de época en la entrada. Tiendas de pañuelos que parecen sacadas de una avenida europea y cafés con aspecto parisino entre una panadería sueca y una trattoria con mesas de teca oscura. Luang Prabang vive del turismo, no hay duda, aunque no creo que a nadie le moleste. Parece como si esa calma bochornosa que marca el ritmo cotidiano de la ciudad —la calma de los mercados de mujeres soñolientas y olor a cilantro y a fruta, de los monjes cabizbajos y huidizos que escapan silenciosamente de los ávidos fotógrafos—, atrapase al turista y lo adormilara, lo dejase saboreando el café o la cerveza de media tarde en vez de buscar elefantes o aventuras en la jungla. Luang Prabang es de esos lugares donde uno se queda más tiempo del que pensaba, un lugar para disfrutar sin prisa, para paladear lentamente mientras el ritmo silencioso de la ciudad te va dejando dormido en una terraza junto al río.

Luang Prabang nace entre los siglos VI y VII aunque su nombre actual procede de 1512, cuando el rey Visoun aceptó una imagen de Buda (el Pha Bang) como regalo de la monarquía jemer de la actual Camboya y la ciudad-estado se dio a conocer como Luang (Gran) Phabang (imagen de Buda). Dicha estatua se conserva hoy en el Royal Palace Museum y es paseada en procesión durante las celebraciones del año nuevo laosiano (abril), cuando los laosianos construyen stupas de arena en miniatura en una playa del Mekong, se disfrazan de colores y acaban mojándose unos a otros en el río: uno de los momentos para visitar la ciudad. Tras varios siglos de dominación de sus vecinos birmanos, vietnamitas y tailandeses, en 1887 Luang Prabang acepta la protección francesa y se establece un comisariado francés en la ciudad. Los franceses permitieron que se mantuviera la monarquía en Luang Prabang y trajeron la arquitectura y ese aspecto colonial que aún conserva la ciudad, construyendo infraestructuras y edificios gubernamentales. La monarquía laosiana acabará en 1959 al morir el penúltimo rey, Sisavang Vong. Su hijo, Sisavang Vatthana debía ascender al trono pero tras un par de años como asesor del presidente, el Pathet Lao lo confinó en Viang Xai donde acabaría muriendo entre 1977 y 1981 (no se sabe la fecha exacta de su muerte). Tras la caída de la URSS en 1989 Laos se abrió al turismo, se arreglaron las antiguas villas de los colonos y se transformaron en hoteles, aparecieron tiendas, restaurantes y galerías y la ciudad fue recuperando su viejo aspecto de ciudad de templos, artistas e intelectuales. La declaración de la ciudad como Patrimonio Universal por la Unesco en 1995 restringió el tráfico de vehículos y permitió mejorar y conservar las joyas arquitectónicas de la ciudad, siendo así el espaldarazo definitivo para convertir Luang Prabang en lo que es hoy.

Entre las atracciones turísticas de Luang Prabang el primer lugar es para los templos. Hay muchos, una veintena por lo menos, pero no vale la pena preocuparse demasiado por la visita, te los irás encontrando sobre la marcha. Los mejores están en el centro, normalmente un edificio principal y dos o tres más accesorios. La visita dependerá del tiempo que dediques a admirar las pequeñas filigranas en las puertas o a las pinturas en las paredes, ni siquiera para eso es necesaria la prisa en Luang Prabang. El Royal Palace Museum, antiguo hogar de la monarquía, acoge la estatua del Pha Bang y diversas joyas de la antigua Corona de Laos. El palacio está completamente abierto al público, se exponen las habitaciones del rey y la reina así como las diferentes salas que se usaban para los invitados, audiencias, etc. Una visita que vale la pena, e igual tienes la suerte como yo de encontrarte con una preciosa exposición de fotografía dedicada a los monjes.

El centro de Luang Prabang es una península en la confluencia de los dos ríos que rodean la ciudad. Un área de no más de un kilómetro de largo y 500 metros de ancho donde se sitúan la mayor parte de los templos, restaurantes, tiendas, hoteles y guest-house de la ciudad. Es donde habitan los turistas, una zona dibujada a partir de dos avenidas paralelas cruzadas por multitud de pequeñas calles que llegan hasta las dos riberas. Pasear por Luang Prabang es una actividad de la que uno no se cansa. En dos o tres horas has recorrido la ciudad, así que no es una cuestión de tiempo. Salir del hotel y probar cada vez un café distinto, curiosear entre las tiendas de ropa o las galerías, visitar cada vez un templo distinto o sentarse a comer en un restaurante diferente sobre cualquiera de los dos ríos sin que las hordas de visitantes te agobien te hacen sentir un turista privilegiado en Asia. Ya sea en la ribera del Nam Khan, con la senda sinuosa del río en el horizonte y grupos de bañistas tomando el sol o comiendo en la otra orilla, ya sea en la ribera del Mekong, ancho y marrón, con las lanchas alargadas tratando de esquivar las rocas que sobresalen sobre el cauce del río, comer es uno de los momentos del día en Luang Prabang. La brisa del río y el sol de media tarde que te acaricia sin quemarte, un libro y silencio. De noche apenas te llegará para una copa después de la cena, Luang Prabang duerme ya a las once de la noche. Los bares cierran a las once y media. Y se agradece. El budismo impregna cada movimiento en Luang Prabang y el viajero occidental, acostumbrado a otros ritmos, acaba dejándose mecer en el ritmo tranquilo e inteligente de la gente de Laos, en ese sentido de la existencia donde la prisa no tiene sentido.

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SAM NEUA – LUANG PRABANG: 600 km. / 16h

Son las 6’30 de la mañana cuando llego a la estación de autobuses de Sam Neua. He venido andando, arrastrando mi maleta por la carretera. Hace 7 grados y no tenía ganas de empezar el día discutiendo con los tuk tuks. Además, el esfuerzo quita el frío. La estación está prácticamente vacía: dos hombres sentados en el suelo esperando, un autobús averiado entre la niebla y algunas mujeres abriendo sus puestos de venta. Por ahora no hay nadie en las taquillas. Junto a los puestos, en uno de los lados de la estación, hay una mujer mayor y su nieta calentando brasas en un cubo. Me acerco para curiosear y me ofrecen calentar las manos como hacen ellas. Sonrío porque es una sensación extraña, en nuestro mundo nadie nunca te ofrece nada, incluso cuesta conseguir que te presten el periódico en un bar. La nieta lleva a su hijo dormido colgando de la espalda, protegido por una manta que funciona como un saco. Es una forma simpática de llevar a los niños que ya he visto otras veces en Laos y que siempre me hace pensar en una vendedora de cochecitos McLaren, o como se llamen, tratando de explicar las maravillas de esos complejos trastos. Parece que la familia va a desayunar porque llega más gente, el abuelo, la madre y dos chicas jóvenes, probablemente hermanas de la primera, con recipientes de arroz, verduras, trozos de carne en un cuenco y teteras con agua. Se sientan en círculo alrededor del fuego y reparten los palillos, así que me aparto un poco y voy en busca de mi horario y mi ticket. El autobús sale en media hora.

 

Somos ocho en el autobús de 30 plazas pero me da la sensación de que soy el único pasajero. Me instalo en la tercera fila, tengo aprendida la lección de mi anterior viaje. El resto de mis acompañantes son chicos jóvenes, entre 20 y 25 años, separados entre sí y desparramados por los asientos con pose de estrellas del pop con resaca. No veo más equipaje que pequeñas bolsas de deporte y una guitarra en una funda, o son un grupo de música o son ayudantes del conductor, aunque no entiendo para qué necesita tantos ayudantes. Uno de ellos se me acerca para marcar el billete. Hace un frío de narices y el “tío” va en tejanos con una camisa de cuadros sobre una camiseta blanca. Como le miro con pinta de “tío, tú estás loco”, él contrae los bíceps para decirme, “tío, yo estoy en forma” y me sonríe. Parece simpático. Arrancamos y enchufan la música. Digo enchufan porque llevan un reproductor alargado de dvd colgando del techo del autobús y conectado con una pinza a un cable de la batería. Seleccionan los temas, casi todo pop lao y baladas de piano, todo muy tranquilo, está bien para estas horas. Comenzamos a descender entre la niebla. Curvas y más curvas, el sol no ha salido del todo y cada vez hace más frío, la hierba aún está mojada en los costados de la carretera. Paramos a poner gasolina y bajo a fumar. Uno de los ayudantes tiene las manos sobre una hoguera en un bidón vació, así que me acerco y pongo yo también las manos. El tipo del puesto me ofrece un vaso de un licor amarillo. Es aguardiente, no sé de qué, pero es bueno, dulce y fuerte a la vez, como limoncello. El conductor y otro chico también beben y asienten sonriendo. “¿Otro?”, me dicen, “no, está bien”. Charlamos un rato. El conductor es un hombre de unos cuarenta años, fuerte y con algo de barriga, simpático, de ese tipo de personas que hace bromas continuamente. Y conduce muy bien para lo difícil que debe ser llevar una cosa de diez metros por carreteras tan terroríficas. Se toma el segundo y subimos. Arranca y al doblar una curva para volver a entrar en la carretera principal  asusta a un chaval en una moto que, muy torpe, primero frena demasiado al apartarse hacia el arcén y luego, ya parado, se resbala y se cae con la moto encima. Carcajada general. Son unos cachondos.

Tras una hora de viaje en solitario paramos a recoger pasajeros en una aldea. Es una familia entera con abuelos y nietos incluidos. Y muchos sacos. Los chicos bajan del autobús y empiezan a subir sacos de arroz a la baca, sobre el autobús, y a meterlos dentro, en el pasillo. Empiezo a entender para qué tantos ayudantes porque hay como quince sacos de arroz de 50 kg. El chaval de la camisa a cuadros me hace un gesto como diciendo: “están locos”, mientras deja su sexto saco en el pasillo. Uno de los sacos se rompe y se desparrama el arroz. “Que les den” entiendo.  Mientras, la familia entera permanece sentada en cuclillas afuera, esperando hasta que acabe la operación. Ni se mueven. Suben y arrancamos y, me da la sensación de que esto ya se lo temían, a la hora de pagar hay problemas. La portavoz de la familia, una chica joven sentada con su marido, que no dice nada, discute con los chicos. O no quieren pagar todos los sacos o no llevan suficiente dinero. Los tengo al lado: a la chica se le nota en la cara que ya sabía lo que iba a pasar. Los chicos se ríen y hablan entre ellos, el conductor pasa. No entiendo lo que dicen pero está claro, tienen esa cara de “¿y ahora qué?, ¿les bajamos con sus sacos?”. Pero les dejan seguir.

Continuamos la marcha y sigue subiendo gente y sacos. Ahora ya tengo clarísimo el motivo de tantos ayudantes, a cada pasajero que sube la ubicación de los equipajes exige más trabajo. La baca del techo está llena y hay una auténtica trinchera en el pasillo, en las paradas la gente anda por encima de los sacos para salir. Ya ha salido el sol y se ha pasado el frío, el paisaje sigue siendo montañoso, con aldeas polvorientas, gallinas por los arcenes y niños en camiseta que saludan al pasar. Me quedó dormido y me despierto con el autobús parado en una cuneta. Es mediodía. Y es un pinchazo. No es extraño, debe de haber cincuenta sacos y treinta pasajeros, aunque por cómo se organizan el conductor y su tropa tampoco debe ser un suceso extraordinario. Siguen haciendo bromas mientras trabajan, no da la sensación de que vayamos a pasar el día allí. Ahora han sacado un tubo largo de hierro, como una tubería, lo conectan a la llave que afloja los tornillos de la rueda y dos chicos se cuelgan de ella para hacer palanca. Un proceso muy ingenioso porque las tuercas tienen el tamaño de un puño cerrado. Sacan la rueda y ponen otra, yo diría que han pasado veinte minutos. Subimos todos y en marcha de nuevo. Le pregunto a mi compañera de asiento si los chavales son vietnamitas, de repente me lo ha parecido. Lo son, ahora entiendo las poses chulescas y esa pinta como de banda de música. En el sudeste asiático se dice que “los vietnamitas plantan el arroz, los camboyanos miran cómo crece y los laosianos lo escuchan”, un dicho que tiene algo de verdad. Los vietnamitas son bastante más prácticos y rápidos que sus vecinos. También son más orgullosos, o chulos, y les gusta más el dinero. La diferencia entre Laos y Camboya viene de que los laosianos tienen fama de ser más “lúdicos” que los camboyanos, les cuesta más hacer algo en que no disfruten de alguna manera. Incluso les gusta bromear con frases como “trabajar demasiado es malo para el cerebro”. Sobre los camboyanos, es largo de explicar, ya llegará.

Hora de la comida. Me siento junto a los vietnamitas y pido lo mismo que ellos: sopa de pescado y arroz, “más dos huevos duros”. 1,7€. Hablamos de fútbol, claro. Es un poblado algo más grande que las aldeas que hemos ido pasando y parece que todos se conocen, los chicos coquetean con las camareras y el conductor se mete con un tipo mayor que sonríe entre dientes. Hay cerdos grises, gallinas y cabras merodeando por el puesto de comida. Salen de las casas bajas, de un piso y con los techos sueltos, y los perros los miran, indiferentes. A lo lejos se ven campos de girasoles y viñas. Luce el sol y nos han puesto una botella de licor como postre. Una agradable comida.

Paso la tarde entre durmiendo y charlando, intentándolo, con mi compañera de asiento, una chica joven muy bajita y alegre con un jersey rojo hecho a mano, que hace bromas y charla con todo el mundo. Se dirige a Luang Prabang, como yo, a su casa, y viaja con una amiga que se ha instalado en los primeros asientos.  Es un poco frustrante porque no nos entendemos, la verdad es que los “phrasebooks” no sirven de mucho para mantener una conversación, dos minutos de búsqueda para cada pregunta se hace muy pesado. Así que acepto sus mandarinas, ella mi bebida y le enseño algunas fotos para pasar el tiempo. Al cabo de un rato pasamos por delante de una boda. Los invitados han puesto varios altavoces uno encima de otro y beben y cantan al lado de la carretera, colapsando el tráfico. Es media tarde pero ya hay algunos que van bastante bien servidos.

Va oscureciendo y vuelve el frío aunque ahora es mucho menor, soportable, se nota que ya no estamos en la montaña. En los poblados se van viendo hogueras, leña, motos en las entradas y olor a carbón quemado, a hojas secas. La tierra va dejando su color oscuro y tomando un color más rojizo, cruzamos varias veces el Nam Ou a través de puentes antiguos de hierro forjado. Llegamos a Nong Khiaw, un lugar turístico a unos 100 km de Luang Prabang. Es fácil saberlo, por primera vez en todo el viaje ves un restaurante con sillas de mimbre y farolillos chinos de colores. Pensiones y Guest Houses con carteles luminosos. Son las ocho de la tarde, hora de cenar, y los turistas reposan adormilados en terrazas sobre el cauce del río. Paramos en el siguiente pueblo a cenar y bajo junto con mi compañera y su amiga, que me ilustran en cómo sazonar el plato de carne que he pedido. La amiga si habla un poco de inglés así que podemos tener una conversación un poco más extensa, sobre Laos y sobre España, ese país donde hay tantos futbolistas.

Las últimas dos horas se hacen algo largas. La gente va bajando en sus casas particulares, mi compañera también, empiezo a pensar que voy a ser el único en bajar en Luang Prabang, algo que no me gusta demasiado. Tengo un hotel reservado pero no sé dónde está la estación y como es de noche ni se ven los ríos ni se ve nada que sirva de orientación. Llegamos a la estación y, efectivamente, me bajo solo. Ni un alma. Al fondo, un tuk tuk. Tocará pagar otra vez precio de taxi japonés. No opongo resistencia aunque me da la sensación de que no he escogido bien al conductor, es un tipo mayor que apenas habla inglés básico y el otro era un chaval joven. Una de las normas básicas sobre los taxistas en el Sudeste Asiático es que uno debe preocuparse menos por el dinero o la pinta y más por el nivel de inglés. Además de que ahorra tiempo, normalmente son más espabilados. A éste le he insistido varias veces en si sabía dónde estaba el hotel (o la dirección) y aunque cada vez me ha dicho que sí, enseguida me doy cuenta de que no tiene ni idea. Estoy cansado así que le digo que pregunte, y me bajo yo mismo a preguntar porque no lo veo muy ágil (hay veces en que es bastante más rápido preguntar tú mismo, mucha gente mayor no sabe leer los mapas ni las calles). Después de veinte minutos dando vueltas por fin encontramos el hotel. La habitación tiene el suelo de madera y está impecable, la cama es perfecta. Me va a gustar esta ciudad.

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Vieng  Xai es un pequeño pueblo a lo largo de la carretera. No parece que allí pudiera ocurrir nada relevante. Un sencillo mercado construido con tablas de madera donde las mujeres arrastran grandes cuencos llenos de sangre de búfalo, varios puestos de ropa sin copias para turistas y una parada de autobús donde nadie espera. Nadie te recibe al llegar, ni siquiera los “taxis” locales. Desde Sam Neua hay 30 km y una hora de trayecto en camioneta, un viaje para tiritar y admirar el fantástico paisaje local. Casas aisladas entre campos de arroz, algún búfalo difuminado entre la niebla y grandes moles grises y verdes de karst. Y dentro de esas grandes moles, cuevas. 100 cuevas sólo en los alrededores de Vieng Xai, de las cuales 12 tienen historia bélica. Porque en Vieng Xai, donde no parece que suceda nada, estuvo el emplazamiento secreto del cuartel general del Pathet Lao, el movimiento revolucionario comunista de Laos. Una ciudad oculta donde llegaron a vivir 23.000 personas y un cuartel de guerra que resistió diez años de bombardeos y misiles norteamericanos. Diez años viviendo en cuevas, así llegó al poder el Pathet Lao. Hasta hoy.

El Pathet Lao (“Tierra de los Lao”) nació en los años cincuenta como un movimiento nacionalista de inspiración marxista muy ligado ideológicamente y apoyado por los comunistas vietnamitas. Aunque en un inicio estuvo en el primer gobierno de coalición tras la independencia de Laos en 1953, la negativa norteamericana a proporcionar ayuda económica a un gobierno con comunistas en 1958 hizo efímero ese intento. El gobierno cayó y el Pathet Lao se trasladó a resguardarse en las montañas, a Vieng Xai, y a aguardar allí su oportunidad de llegar al poder. En los 11 años de guerra en Vietnam el Pathet Lao fue incrementando progresivamente su influencia sobre el pueblo laosiano. Por un lado, las bombas que caían sobre los civiles no eran suyas sino de los aliados, EE.UU., de la facción contra la que luchaban. Por otro, la maquinaria de propaganda del partido funcionaba eficientemente y, así, mientras los funcionarios de USAID y sus partidarios laosianos disfrutaban de los clubes nocturnos y de las drogas tranquilamente en las ciudades apartadas de la guerra de la riviera del Mekong (el Vientiane de Paul Theroux), el Pathet Lao vivía estoicamente en cuevas. Con esos antecedentes y la retirada de los americanos en 1975, tanto las fuerzas neutralistas como la derecha cooperaron con el Pathet Lao para un traspaso de poder sin derramamiento de sangre. Y así en 1975, el rey abdica después de 650 años de monarquía en Laos y se forma la República Democrática de Laos, régimen comunista unipartidista, sistema que continúa vigente hoy en día. Vieng Xai pasó de cuartel militar a cárcel, y allí se situó el emplazamiento de diversos campos de reeducación para los contrarios al régimen. Los internos trabajaban en la construcción de carreteras, ayudaban a los aldeanos y cultivaban sus propias verduras. Incluso algunos se emparejaron con muchachas de la zona ya que los reclusos de poca importancia gozaban de cierta libertad. No obstante el trabajo era duro, la comida escasa y la atención médica inexistente. En Vieng Xai estuvieron arrestados el rey, la reina y el príncipe heredero y allí acabaron muriendo, probablemente de malaria y desnutrición.

Para llegar a las cuevas lo primero que se ha de hacer en Vieng Xai es llegar al Centro de Información Turística de las Cuevas. Y que haya alguien cuando llegues. Una vez bajas de tu camioneta enfrente del mercado, sólo has de seguir las indicaciones durante un kilómetro hasta llegar a un edificio bajo y blanco. Las visitas tienen dos horarios, diez de la mañana y una de la tarde, así que si apareces a las doce como yo, seguramente no habrá nadie. “Se han ido a comer”, me explicó un turista que regresaba de su turno. La visita consiste en un recorrido variable, de entre dos y cuatro horas, por las diferentes cuevas acompañado por un guía y por una guía de audio bastante instructiva y con un tono bastante neutral (que finaliza con una canción tradicional laosiana por la paz). Lo cierto es que, por lo que vi, es una visita que le gusta a todo el mundo.  El paisaje es espectacular y las cuevas son gigantescas, una mezcla de inteligencia y estoicismo: cómo vivir entre misiles. La entrada de la cueva principal, a ras de suelo, está protegida por un muro de hormigón de unos diez metros de alto para interceptar misiles. Una vez dentro, puedes visitar, entre otras dependencias, los cuartos del rey y de la reina o la residencia del líder Tham Than Kaysone, simples habitaciones construidas con muros de cemento y protegidas por puertas blindadas que parecen sacadas de un submarino. Hay salas de reuniones, pasillos interiores que cruzan la montaña como vías de escape e incluso una sala de emergencia con oxígeno por si las cuevas eran bombardeadas con gases. Las cuevas ascienden por la montaña y se conectan con escaleras de piedra, lo que permite observatorios en alto con un amplio alcance para detectar la aproximación de aviones y que hoy permiten unas increíbles vistas de toda la zona. Uno de los lugares más curiosos es la “Cueva Teatro”, un espacio con forma de anfiteatro donde se celebraban ocasiones especiales como bodas o fiestas de fin de año, se proyectaban películas y donde actuaron artistas invitados de Rusia, China y Vietnam durante la guerra. Hay espacios para un hospital o una escuela, incluso lugares donde los soldados jugaban al fútbol o a la petanca (muy popular en Laos). La verdad es que todo el complejo genera una sensación extraña, entre temor y respeto, por la gente que vivió allí y por las circunstancias en que vivieron. Supongo que inconscientemente pensamos que nos costaría acostumbrarnos.

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El escritor Cees Nooteboom mencionaba en una reciente entrevista a propósito de un libro sobre España “El desvío a Santiago”, que “la mejor manera de conocer un país es perderse en él”. Siguiendo ese espíritu yo decidí perderme también en Laos, concretamente en el noreste del país, y llegar hasta Vieng Xai, la antigua base del Pathet Lao, un pueblo cercano a Sam Neua  (la “ciudad” más importante de la zona) y casi fronterizo con Vietnam. Es una parte de Laos a la que muy pocos turistas llegan atravesando el país (la mayor parte lo hacen desde Vietnam en viajes organizados), un buen trayecto para probar a perderse. Mi periplo consistió en un viaje en autobús desde Phonsavan a Sam Neua (la ciudad más cercana a Vieng Xai), 2 noches allí, y de allí vuelta a Luang Prabang, un total de 24 horas en autobús. Sin duda una experiencia inolvidable y que recomiendo a todo el mundo, incluso a los adictos al resort. Viajar en autobús es una buena forma de conocer a la gente de este pequeño país y de divertirse al mismo tiempo. No es un viaje muy cómodo pero lo es más que cualquier viaje largo en avión, eso seguro. Y puedes fumar en las paradas. Sólo un detalle más: no todos los hoteles de Laos tienen calefacción, conviene tenerlo en cuenta si vas en invierno como yo, en la montaña hace 7 grados y no a todo el mundo le gusta dormir vestido. Esta entrada va sobre el primer trayecto.

PHONSAVAN – SAM NEUA: 300 km. / 10 horas

El autobús para Sam Neua sale a las 8 de la mañana de la estación de Phonsavan. La estación es un descampado de tierra, un techo de metal bajo el que la gente espera en asientos de plástico que se tambalean y un pequeño edificio recubierto de polvo para las taquillas. Yo llego ya con el billete, así que pregunto a las mujeres que atienden los puestos improvisados en el suelo si alguien tiene café instantáneo. No tienen, aunque me ofrecen bolsas de caramelos, bizcochos, pipas, tabaco, cosas útiles para el autobús.  Veo a un hombre desayunando una sopa de noodles calentada en un cubo de brasas y voy a por mi café: si hay sopa, hay café. Mientras me tomo el café trato de adivinar cuál es mi autobús, algo que no siempre es fácil de averiguar. Porque siempre hay alguien que te dice que su autobús es el tuyo. Y no siempre lo es. La taquillera habla muy bien inglés, y así me entero que mi autobús es en realidad una furgoneta oxidada, azul y blanca, con la pintura desgastada y el logotipo chino de la marca en un costado. Dejo la maleta al ayudante que carga los bultos y entro. En muchas guías aconsejan no perder de vista la maleta y muchos turistas miran con pánico ese momento, un consejo tan gratuito como inútil, es imposible estar pendiente todo el tiempo de ella sin resultar maleducado o parecer un psicótico. Es mejor mirar de vez en cuando si todavía sigue allí y, sobre todo, llevar cosas que no te importe mucho perder (lo que sí me importa lo llevo conmigo, y soy yo el que lo pierdo). Los asientos son pequeños pero confortables, de espuma vieja, ablandada por el tiempo, y alguien ha quitado los ceniceros instalados en la parte trasera, una medida drástica, como si no confiaran en los pasajeros. En el techo interior quedan los agujeros de las antiguas bombillas, extraídas para colocar la baca en el exterior, que ahora está repleta de fardos de tela, sacos de arroz  y cajas de cartón atadas. Y de mi maleta, una de las pocas. Las maletas son para la ropa, pero no todo el mundo necesita tanta ropa como para llenar una maleta en Laos. Por supuesto, la más grande es la mía.

Siempre que entro en algún lugar saludo, “¡savaidii!” y la gente sonríe. Es un saludo que me gusta, me gusta como suena, es como contagioso. Los más ancianos responden y hacen  broma, seguramente sobre mi poca pinta de explorador (los turistas en Laos suelen ir vestidos de comando, los laosianos en tejanos y camiseta), o sobre que sólo sabemos decir eso (lo más probable). Puede que sobre qué demonios hago allí. Los laosianos son callados pero amables, distantes pero cálidos, y uno no se siente diferente hasta que te diriges a alguien. Entonces todos se movilizan para ayudarte. Respetan tu ignorancia y no tratan de engañarte, aunque tampoco esperes ser una gran atracción excepto por tu torpeza al hablar laosiano. Y eso que llevo mi “phrasebook” de Lao, la primera vez en mi vida.

Partimos y el autobús se va llenando, la gente ocupa sus asientos y deja los bultos que no caben en la baca en la parte trasera, alrededor mío. Los primeros kilómetros son de continuas paradas, a veces sube algún pasajero, otras la gente baja para echar el correo o para  recoger un regalo para los familiares, para comprar tabaco o una bebida. Avisas al conductor y para, así funciona. Nadie se queja porque el ritmo de la vida es diferente en estos lugares, menos instantáneo, sin agendas que cumplir, sin objetivos ni listas de pros y contras. Nadie tiene prisa. Es difícil acostumbrarse. Una mujer mayor ha recogido una tarta y la guarda cuidadosamente bajo sus pies, el conductor arranca y seguimos. La carretera va adentrándose en las montañas, el paisaje se hace verde y frondoso, palmeras, árboles de grandes hojas verdes, bambú y caña de azúcar. La tierra no es rojiza, como en los alrededores de Vientiane, tiene un color marrón oscuro, casi negro, y está mojada y blanda por la lluvia. La furgoneta acelera y se hace cada vez más difícil escribir esto, el traqueteo distorsiona las notas, las líneas suben y bajan, los baches se acentúan y los amortiguadores rechinan. Es una marcha lenta, un continuo vaivén a 40 km/h, como un barco sobre el agua. Pasamos poblados con casas de madera gris sobre pilotes para evitar la humedad de la tierra y casas sobre el suelo, hmongs, para evitar a los espíritus. Así se diferencian. Suena una voz y paramos, dos mujeres quieren ir al baño. Bajo a fumar y veo como se alejan entre la hierba a media altura. Llevamos dos horas de viaje y no habremos recorrido más de 60 kilómetros. Empiezo a comprender los tiempos: paradas continuas y carreteras estrechas en un vehículo que chirria en cada curva como si algo fuera a ceder de un momento a otro: una media de 30.  Llegamos a un pueblo y unas chicas ofrecen ristras de cacahuetes y bolsas de dátiles a los pasajeros a través de las ventanillas. Llevan un chándal amarillo de Helllo Kitty y sandalias a juego. Sonríen y pasan pasajero por pasajero con educación, sin la urgencia agobiante de los vendedores callejeros. A la entrada estos pueblos, más grandes, siempre hay un letrero azul con el nombre, luego casas en construcción de dos pisos, de ladrillo y techos de teja con balcones de balaustradas clásicas en tonos pastel, azul, amarillo, verde. Llaman la atención porque son bastante más bonitas que los chalets de “El Pocero”, por ejemplo. Casas grandes, de dos plantas, con puertas de madera y ventanas amplias y alargadas, con claraboyas y escaleras. Y con algo que no encaja, pero que ya he visto en Vientiane. Junto a la entrada, en lo que podía ser un garaje, hay una reja de tienda. Todas las casas la tienen. Allí es donde se instala cualquier cosa, desde una pequeña tienda de comestibles o bebidas hasta una pequeña granja con jaulas para patos y gallos de pelea, desde un garaje a un almacén o una sala de billar. En las casas de Laos el salón se mezcla con la cocina y el almacén o la tienda en la planta baja. Apartados quedan los baños y las habitaciones.

Arrancamos de nuevo y sube otro pasajero. Cada vez hay menos sitio, me doy cuenta de que no ha sido una gran idea ponerme al final, ahí es donde van a parar todos los paquetes que no caben en los asientos, uno encima de otro. Salir de mi asiento comienza a ser un engorro de mover y recolocar bultos. Una mujer mayor hace fotos con una cámara pequeña (no soy el único friki). Lleva una bufanda naranja chillón, de lana, y come chicle mirando hacia los pasajeros. Tiene la piel levemente oscurecida de algunos laosianos y dos trenzas unidas en la cabeza. Fotografía todo: el paisaje, los carteles de Beer Lao amarillos y verdes, algunas “guesthouse” con letras en rojo y bombas en la entrada, pick ups y camionetas antiguas, parece muy contenta con su juguete. El conductor para de nuevo y al cabo de un rato vuelve con una pieza de recambio. Una tuerca grande que se guarda y arranca. La carretera se estrecha, apenas metro y medio de calzada que serpentea sobre los precipicios y la selva. Cada curva es un toque de bocina, una bonita carretera para recorrer en moto, aunque sigo sin saber para qué recogió la pieza. Las casas aquí cambian de color, ya no son pueblos sino aldeas de casas de madera grisácea, como recubierta de polvo, diseminadas a lo largo de la carretera. Tablones rectangulares clavados uno sobre otro en los costados y a la estructura que soporta el techo. El tejado de paja oscura, algunos de uralita, con palos alargados como las varillas de un paraguas para sujetarlo. Dos niños de unos cinco años saludan al para. Llevan los pies descalzos y recubiertos de tierra y barro, y tienen la cara redonda y sonrosada por el frío, los ojos alargados y curiosos, contentos con la novedad. El ayudante del conductor baja un paquete y un chaval algo mayor va a buscar a su madre. Aparecen dos mujeres que leen el remite y afirman con la cabeza, algo sorprendidas. No parece que lo esperaran, igual ya no lo esperaban, igual no tan pronto. Se lo llevan y al arrastrarlo se vislumbran varios tubos de pasta de dientes.

Paramos a comer, medio kilo de carne por 60 céntimos, huevos duros a 10 céntimos, uno de mis tentempiés favoritos. Para saber “qué toca” cuando viajas por autobús en Laos uno ha de fijarse en el conductor. Si el conductor para, se baja sin decir nada (nada que entiendas) y se sienta a comer, ya sabes. Y cuando acaba, se sube al autobús y arranca, ya sabes. Pero no has de preocuparte en exceso, los ayudantes siempre saben cuanta gente va en cada momento. Y, además, de ti todo el mundo se acuerda. Mientras espero a que el conductor acabe de comer, un cerdo gris y gordo aparece de entre las casas y atraviesa corriendo la plaza. Lo esquivo. El dueño, un muchacho joven, va detrás de él con un bastón hasta alcanzarlo un poco más allá. No consigo la foto del cerdo pero sí la del tipo corriendo. Los cerdos, cerdos grises y más pequeños que los nuestros, son un elemento más del paisaje de Laos. Apenas hay búfalos en esta zona (supongo que son demasiado caros), así que el cerdo es la base de la nutrición. Una suerte porque el bacon, como creo que ya he dicho, es excelente.

Es media tarde y las dos últimas horas han transcurrido entre montañas y hace cada vez más frío. Un frío que se cuela por las ventanillas y que te va calando poco a poco. Ahora sí estoy empezando a desear llegar, incluso les digo a mis compañeros de delante que cierren la ventana (ellos sí van preparados). Suerte que no envié mi cazadora con la ropa que mandé para casa, pero me faltan la bufanda y los guantes. Hay que perderse, pero abrigado.

Deben ser las seis cuando llegamos a Sam Neua. Anochece y como suele ocurrir con los planos de las estaciones de autobús de Laos en Lonely Planet (y alguna cosa más), no estoy donde debería estar. Es una colina y no se ve el pueblo. Es decir, no sé dónde estoy. Y cuando no sabes dónde estás toca pagar: 5€ al pirata del tuk tuk. Es más de la mitad del coste del billete de autobús para un trayecto de apenas 1 kilómetro (eso lo sabes al llegar, claro), pero lo que da rabia no es eso, lo que cabrea es que estos tipos ganan en 10 minutos con un turista lo que el resto de negocios (honrados) en una mañana. Y si no pagas ahí te quedas, porque ninguno te llevará.

Sam Neua es un pueblo grande y gris en el que cuando oscurece ya no se ve a nadie por la calle. Hay una plaza con un puente sobre el río y apenas coches. No me da la sensación de que el mercado pueda ser tan impresionante como se menciona en Lonely Planet, más bien tiene todo un aspecto que encaja con la posibilidad de un “campo de reeducación” en las afueras. El tuk tuk me deja en uno de los hoteles que figuran en la guía y trato de entenderme con la chica que me atiende mientras da de comer la papilla a su hijo. Lleva un grueso jersey de lana con bolas que caen a los lados de las mangas al que sólo le falta el dibujo de los renos. Mientras, hay un programa de karaoke en la tele, que nos acompaña en la negociación. “Room” y “Price” es suficiente, la calculadora hace el resto. Y como no veo calefacción le pido una manta extra, mi habitación está en la planta baja y el frío se cuela por la ventana. Pero no pasa nada por dormir vestido. Y me acuerdo de Nooteboom. Mañana, Vieng Xai.

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Phonsavan es la capital de la provincia de Xieng Khuang, unos 300 km al norte de Vientiane, una ciudad reconstruida a partir de 1975 y sin mucho atractivo pero que es el punto necesario para visitar una zona que es protagonista, muy a su pesar, de la reciente historia de Laos. El viaje es relativamente cómodo para los estándares laosianos, 8 horas en un autobús moderno con asientos abatibles, aire acondicionado y una gran selección de los mejores éxitos del pop laosiano que nunca te abandona. Ni siquiera de noche. El paisaje de la zona se compone de grandes explanadas y pequeñas colinas ocre que a medida que uno se dirige hacia el norte, van dejando paso al verde de las escarpadas y espesas montañas del norte de Laos, con abruptas laderas que dibujan profundos valles salpicados de grises formaciones de roca kárstica. Es aquí donde, entre 1964 y 1975 se desarrolló la mayor parte de la llamada “Guerra Secreta de Laos”, uno de los episodios más lamentables del pasado siglo y que, hoy en día, 35 años después de su teórico final, aún sigue teniendo consecuencias. Por un lado, unas 50 vidas humanas al año por explosiones de minas (el 40% de ellas, niños), por otro, miles de refugiados hmong en Tailandia y EE.UU., dejados a su suerte y sin estatus de refugiado político, a los que nadie quiere. Y unos cuantos cientos de soldados hmong que siguieron luchando tras la retirada de los norteamericanos en 1975. Perseguidos por el régimen comunista que se instaló en Laos y masacrados por los vietnamitas, algunos soldados se refugiaron en las montañas en torno a Long Chan y siguieron su particular lucha aislados del mundo. Lo más increíble es que hoy en día, 35 años después de acabada la guerra, aún quedan soldados armados que se resisten a aceptar los ofrecimientos del Gobierno de Laos por miedo a las represalias. La reciente muerte del general Vang Pao, que residía en EE.UU y financiaba desde allí los envíos de armas, seguramente indicará el final de una lucha surrealista dentro de un país que hoy recibe gran parte de su ayuda externa de los propios EE.UU.

El interés turístico de la zona se suele centrar en la llamada “Llanura de las Jarras”, una explanada donde los monumentos con forma de jarra de más de 1.500 años de antigüedad se mezclan con los cráteres provocados por las bombas norteamericanas y las cintas que indican las zonas con peligro de minas. Y como punto de partida, Phonsavan, una ciudad donde no queda ni un edificio anterior a la guerra y donde uno encuentra carcasas de bomba oxidadas por todos lados. En la recepción de los hoteles, como macetas en los jardines o en los estantes de un bar, todo el mundo te enseña su bomba en Phonsavan. Una forma de poner buena cara ante un pasado terrible y una vía de ingresos para los humildes habitantes de la zona: bombas para los turistas.    

A la “Guerra Secreta de Laos” se le llama así, “secreta”, porque fue una guerra que nunca existió para la administración americana. La guerra tenía el objetivo de de frenar las rutas de abastecimiento del ejército norvietnamita en el sur de Vietnam, la célebre ruta Ho Chi Minh, y aunque en un inicio fueron los propios norteamericanos los que lucharon en esa zona, a medida que el conflicto fue agravándose y las bajas aumentando, la CIA comenzó a formar y pagar a un ejército de soldados de la etnia “hmong” para que lucharan contra los norvietnamitas. Dos terceras partes de los jóvenes hmong, un pueblo diseminado entre Laos, Tailandia y Vietnam fue contratado para combatir, apoyados por aviones norteamericanos, contra los vietnamitas que transitaban por Laos. A medida que los vietnamitas avanzaron hacia Saigon, se incrementaron los bombardeos y se flexibilizaron las reglas de combate que debían seguir los pilotos en su selección de objetivos. Los aviones B-52 partían de Tailandia y descargaban sus bombas indiscriminadamente sobre pueblos, carreteras, granjas o tramos de selva, hasta llegar, como confesaba un piloto, a “disparar a cualquier cosa que se moviera”. Desde la base de Long Chan, al sur de Phonsavan, una ciudad fantasma hoy en día (aún con acceso restringido), pero que llegó a alojar a 300.000 personas entre personal de la CIA y soldados hmong (la segunda ciudad de Laos) se dirigieron, entre 1969 y 1972, 584.000 misiones para arrojar 450.000 toneladas de bombas sobre Laos. Se cuenta que a los congresistas americanos que visitaban la base se les enseñaba una maqueta con la base situada dentro de la frontera de Vietnam. Es la base que aparece en la película “Air América”, un film disfrazado de historia de “colegas” (Mel Gibson y Robert Downey Jr.) que, sin embargo, contiene una velada crítica, modesta pero crítica al fin y al cabo, de los manejos de EE.UU. en esa época. La pena es que la historia se centra en el opio (los malos trafican con opio) para dejar a un lado las bombas, los pesticidas y el “agente naranja” que caían sobre los civiles, un olvido seguramente necesario para poder estrenarse. Porque no hay que olvidar que todas esa bombas caían sobre un país que NO estaba en guerra. Los supervivientes de la época declaran hoy que simplemente escuchar el sonido de los aviones hacía llorar a los niños: “no entendíamos porque nos bombardeaban si nosotros no les habíamos hecho nada”. Una locura que supuso el mayor bombardeo sobre civiles de la historia. Y un bombardeo que no sucedía. Así, Nixon declaraba en 1969, es una de las primeras escenas de la película que mencionaba, que “no había fuerzas de combate americanas” en la zona.

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Uno se da cuenta de que ha llegado a un país diferente nada más salir del aeropuerto de Vientiane. Se abren las puertas automáticas y el sol de media tarde te pega en la cara. Silencio. Un taxista lee el periódico con un cigarrillo a medias entre los dedos. Te mira y vuelve al diario. El parking medio vacío y dos mochileros que se alejan hacia la parada de autobús. Te acercas al taxista y le preguntas. Has de comprar el ticket dentro. El precio es fijo: 7,5€. Vuelves con tu ticket y te montas en el taxi. La carretera empieza a llenarse al alejarte del aeropuerto y entrar en la ciudad: motos y tuk tuks azules, coches japoneses y pick ups repletas de jóvenes en cuclillas. El tráfico fluye suavemente mientras a los lados se suceden casas bajas pintadas de colores pastel y pequeñas tiendas de comestibles, puestos de comida, talleres mecánicos y salones de belleza con las fotografías ya rosadas por el tiempo. Las calles alternan letreros verdes con el nombre en francés y otros con nombres locales. Giras a la derecha y entras en la Riviera del Mekong. Es invierno y el río está con su cauce mínimo, apenas una franja rodeada de grandes trozos de arena. La gente camina por el paseo en obras. Niños jugando a fútbol y parejas de la mano, algún turista. Tu hotel no estará muy lejos del río, un minuto o dos más en coche, todos los hoteles y pensiones de Vientiane se pueden visitar andando, la ciudad en bicicleta. Una cafetería francesa, una tienda de ropa de seda y tu hotel. Desde la ventana de la habitación puedes contemplar la puesta de sol sobre el río: estás en Vientiane, la capital más relajada del mundo, y en Laos, un país que se mueve a otro ritmo, más lento, más amable, más compartido. Un país diferente.


Vientiane es una ciudad de apenas 200.000 habitantes, casi un pueblo, cuyo nombre original, Vang Chan, significa “Ciudad de Sándalo” en laosiano. Un nombre apropiado, porque Vientiane, como el árbol, el perfume, tiene un algo especial. Y no todo el mundo lo capta. La mayoría de los turistas apenas recorren de pasada Vientiane, unos en dirección a los templos de monjes azafrán y la calma de Luang Prabang, otros, más cutres, hacia el “tubbing” de Vieng Viang y, otros, muy pocos, hacia el trekking en las regiones del norte. Yo me quedé casi una semana. Y lo pasé muy bien.

El origen de la ciudad data del siglo X d.C. y, como todo Laos, su historia es la historia de sucesivas dominaciones extranjeras. Desde el reino de Siam hasta los reyes de Vietnam, pasando por  birmanos, chinos y ya más recientemente franceses, rusos y americanos. Todo el mundo ha querido manejar Laos, y casi nunca a favor de la población local. Quizás es por eso que uno no puede evitar simpatizar con su gente. Ya va siendo hora de que los laosianos dominen su propio destino.

La mayor atracción de Vientiane es su tamaño. Desde la Riviera del Mekong y a lo largo de no más de dos kilómetros de largo y uno de ancho se sitúa tu esfera de movimiento. En ese espacio, fácilmente manejable a pie, desayunarás y tomarás un café a media tarde en cualquiera de los pequeños cafés con aspecto francés, es ahí, en cualquier puesto ambulante o en alguna de las pequeñas tiendas de ropa, donde posiblemente compres un pañuelo de seda o un bolso de mano con motivos locales, y es también ahí donde cenarás algún plato a la parrilla en una de las muchas terrazas frente al Mekong. Y puede que después de la cena te animes a compartir una Beer Lao (un símbolo de laos) con la extraña mezcla de expatriados y locales que puebla los bares a partir de las ocho. Vientiane ya no es el nido de espías que describía el autor norteamericano Paul Theroux en “El gran bazar del ferrocarril”: ya no es esa ciudad “excepcional, y poco conveniente, donde los burdeles son más limpios que los hoteles, la marihuana más barata que el tabaco de liar y es más fácil de encontrar una pipa de opio que una jarra fría de cerveza”. Los americanos se fueron en 1.975, la prostitución está prohibida, y el gobierno comunista limpió de drogas la ciudad.

Decía al principio que las principales atracciones turísticas de Vientiane se pueden visitar en bicicleta. Es cierto con una excepción: el museo Memorial Kaysone Phomvihane, dedicado al célebre líder del Pathet Lao y cuyo enclave, a 6Km de la ciudad, y esto es lo más curioso, es el mismo que el de los antiguos cuarteles de la CIA en Vientiane. Un complejo con pistas de tenis y piscinas desde donde se dirigió, cómodamente supongo, la guerra que nunca existió: la llamada “Guerra Secreta de Laos” (de la que hablaré en otras entradas). El museo es un panegírico de la modestia y virtudes del pragmático líder comunista, con un toque kitsch y retro comunista que lo hace muy atractivo. Además de esta “atracción”, los principales monumentos de la ciudad son el Pha Tat Luang, estupra dorada de 138 m de alto y símbolo de los reinos antiguos de Laos y actualmente uno de los símbolos de la nación y del budismo laosiano, y el Patuxai, monumento reminiscente del Arco de Triunfo parisino y construido en 1.960. Dos templos, pequeños pero muy cuidados, merecen también una visita: Wat Si Saket y Haw Pha Keo.


Pero Vientiane no es sólo el centro turístico, aunque sea eso lo más bonito. A medida que uno se aleja del centro y entra en la propia ciudad, con casas algo más altas y algún edificio de oficinas, algún centro comercial, uno entra en el territorio del trabajo. Allí es donde trabaja y vive la mayoría de los habitantes de la ciudad, donde, entre talleres mecánicos y pequeñas casas de madera, puedes encontrarte un edificio de paredes blancas y aspecto descuidado con el siguiente cartel: “Ministère d’Affaires Extèrieurs”.

Una de las cosas que más disfrutas en Laos es la comida. Ni comida japonesa, ni comida tailandesa, yo me quedo con la “Lao food”. Seguramente es uno de los mejores sitios del mundo en cuanto a relación calidad precio. Además de la comida tradicional, encuentras comida francesa, italiana, parrilla y, sobre todo, un invento que ya había visto en Hong Kong. Se trata de un cubo con brasas sobre el que se pone una plancha de metal con forma de sombrero hongo. Las mesas tienen un agujero en el centro donde se encaja el cubo, de tal forma que quede al alcance de todos. La parte del “hongo”, la parte superior, sirve como brasa y las alas de alrededor se llenan de agua que, poco a poco, va hirviendo. Al mismo tiempo que el cubo, te traen la comida para que tú mismo la vayas cocinando. Para la brasa puedes escoger bacon (espectacular), gambas, pollo, ternera, o incluso pescado. Para la parte de olla te traen huevos (para hacerlos escalfados) y verduras: espárragos, cebollines y otros vegetales locales excelentes. Normalmente no son restaurantes de turistas los que ofrecen este “plato” así que preguntad, hay muchos. Los laosianos suelen salir en grupo a comer o a cenar, por lo que sus mesas son espectaculares. En Vientiane, además de los restaurantes de la ciudad, tienes la posibilidad de comer en restaurantes flotantes que se desplazan a lo largo del río unos kilómetros a las afueras de Vientiane, justo en la frontera con Tailandia. Pero si vas un domingo reserva, porque los laosianos salen en familia (quince personas) a comer, y ocupan todo muy rápido. Es una forma de ver a los locales en su ambiente y comer bien.

Otra cosa que vale la pena probar en Vientiane es una sesión de sauna sueca (con hierbas) seguida de masaje. En la ciudad hay varios locales, cuanto más modesto más auténtico. Una casa con un letrero rectangular a punto de caerse y casetas de madera gris. Una toalla y entras en la caseta, donde hay completa oscuridad. Escuchas voces en laosiano y gente que se mueve para dejarte un espacio en las tablas de madera. El olor es tan fuerte que vas aspirando hasta que a los diez minutos no puedes más y sales para airearte o una ducha fría. Así sucesivamente hasta que te quedas bien aplanado. Luego, una hora de masaje que te deja nuevo. No recuerdo bien, yo diría que 10€ por todo.

Y, finalmente, un pequeño espacio para la noche de Vientiane, una de las grandes bazas de la ciudad desde mi punto de vista. Como ya he dicho, Vientiane es una ciudad pequeña, y todo el mundo se conoce. Y de noche, más. Empiezas con una cerveza después de cenar en La Casita (donde el personal sentado en la barra aún parece sacado de una novela de John Le Carré) o en la terraza de Bor Pen Nyang, donde acaba pasando todo el mundo, extranjeros y laosianos. Luego, a eso de las once (los bares cierran a las once, has de cenar con horario inglés) te vas al Samlo que cierra a las 3. Aquí la cosa ya no es tan relajada, un local con aspecto de club,  música house y una pequeña tarima ocupada por ladyboys que, a diferencia de Tailandia, no roban y son simpáticos. Si todavía no has encontrado a tu compañero/a para compartir bebida, aquí lo encontrarás. Esa es una de las cosas que atraen de Vientiane, sea como sea, acabas conociendo gente cuando sales. Luego del Samlo, si quieres discoteca tienes los hoteles del Don Chan (el tramo de tierra que sobresale en mitad del río), donde los laosianos de pasta se reúnen y donde acaba la noche. Y para una noche “exclusivamente Laos” tienes el “Music House”, con grupos en directo y laosianos bailando entre las mesas alargadas de taberna. No importa si vas solo o acompañado, si sólo quieres tomar algo o salir toda la noche, en Vientiane siempre encontrarás a alguien nuevo y a alguien conocido. Como un pueblo, pero internacional, eso es Vientiane: un lugar donde puedes quedarte más tiempo del que esperabas.

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