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Archive for the ‘Malasia’ Category

Aguas cristalinas, playas escondidas y palmeras que llegan hasta el mar. Luz de 7pm a 7am, agua fría y ventilador en los alojamientos modestos, playas privadas y tumbonas de teca para los hoteles (pocos) de nivel. El archipiélago de Pulau Perenthian, 20 km mar adentro en el noreste de la península de Malasia, casi en aguas de Tailandia, se ha ganado su fama como uno de los mejores destinos de playa de Malasia en base a una inteligente combinación: precariedad y lujo en la medida equilibrada. Un lugar para pasear y bucear, sin carreteras, donde se arrastra la maleta por la arena y el transporte es un bote, donde no se alquilan motos ni hay cajeros, un lugar que parece mantenerse en un estado básico de tecnología precisamente para evitar las avalanchas de turistas. Una medida inteligente para un lugar especial, un lugar donde disfrutar de la precariedad.

El archipiélago de Pulau Perenthian  consiste en dos islas, Pulau Perenthian Kecil, la isla menor, con un turismo de bajo y medio presupuesto, y Pulau Perenthian Besar, la isla donde se enclavan los mejores alojamientos y de un ritmo más tranquilo. El ferry desde Kuala Besut en realidad no es un ferry, son lanchas con 2 motores de 250 CV que atraviesan el mar, plano como una sábana, como si fuera aire. A medida que se avanza se descubre en el horizonte el perfil de las islas, recubiertas de palmeras verde claro con trozos de playa desiertos —un bungalow, una barca varada en la arena— y protegidos del oleaje por las grandes rocas lisas y redondeadas típicas de la costa de Andamán. Al llegar cerca de la orilla se cambia la lancha por un bote de menor calado que te lleva hasta la arena. Los pasajeros son descargados en los diferentes puntos de las islas en los que se enclavan los alojamientos: Long Beach y Coral Bay en Kecil; Teluk Dalam y el Perenthian Island Resort en Besar. Queda arrastrar la maleta y encontrar alojamiento, algo difícil un fin de semana, cuando los malayos de ciudad, ropa moderna y aire urbano, aprovechan para pasar el fin de semana.

El trayecto desde Langkawi a Perenthian es una combinación de furgoneta y ferry desde Langkawi hasta el continente, más autobús nocturno para cruzar de oeste a este de la costa, y luego un coche privado hasta Kuala Besut. El autobús para en medio de la autopista a las cinco de la mañana y el coche está esperando. Nos traslada al puerto de Kuala Besut donde esperamos la primera salida del ferry a Perenthian. Amer es bosnio, no español, me aclara, las facciones oscuras y la barba de dos días me han confundido. Viaja con su novia, holandesa, como él ahora, y trabaja como peluquero en Amsterdam. En el desayuno hablamos de Mostar, de Bosnia. Familiaridad mediterránea. Neville y su mujer, Sam, son de Brisbane. Ella intentó cruzar la frontera de China y Laos hace 20 años. Allí conoció a su marido, un tipo dicharachero y divertido, al que me cuesta entender, y que juega con su hijo a darle golpes en la calva. No son el perfil clásico de turista, otra de las ventajas de Perenthian. Sale la lancha, a la hora exacta, y partimos. Los trabajadores del puerto te ayudan, te indican, te atienden. Como a un cliente. Eficiencia malaya.

A las 10:30 de la mañana, tras una noche de trayecto sin apenas dormir, Long Beach es un desfile de mochileros yendo y viniendo en busca de alojamiento. En los dive centers los instructores ultiman los consejos a los aprendices y la gente va dejándose caer en el restaurante principal de la playa. Se respira un aire de relax y paz. La verdad es que este lugar tiene algo, quizás sea la precariedad.

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Una foto aérea tomada desde un teleférico: un día soleado y el mar azul, brillante, rodeando el contorno de una isla de playas blancas. En medio del mar islotes verdes como la hierba poblados de palmeras y cocoteros. El destino de vacaciones más conocido y promocionado de Malasia, playas y jungla, shopping y duty free, es, tras las torres de Kuala Lumpur, la otra postal inevitable de Malasia. Pulau Langkawi.

Pero en época de lluvias (marzo-octubre) esa postal es difícil de ver. En el ferry que me trae desde Penang (4h) la bruma apenas deja ver las islas de la bahía. Junto a mi asiento, dos mujeres completamente cubiertas por el velo hablan en voz baja. Sólo se ven los ojos, una instantánea que impacta la primera vez que la tienes cerca. Un poco apartados, vigilantes y con la mirada seria y agresiva, casi displicente, los guardianes parecen cómodos en sus ligeros ropajes de verano. Ambas familias se dirigen a Kuala Perlis, frente a Langkawi, en Perlis, el estado más fanático de Malasia, donde es difícil encontrar alcohol. Sin embargo, en el puerto de Kuah, que da acceso a la isla, poco más que un conjunto de centros comerciales, tiendas de artesanías y establecimientos de duty-free, el alcohol es uno de los productos estrella. Estas contradicciones forman parte de Malasia, un país donde todo funciona lo suficientemente bien como para que las proclamas islamistas radicales, que usan frecuentemente la pobreza como espita, queden simplemente en un apartado de la página de sucesos.

Al llegar a Kuah las playas de postal no se ven por ningún lado. Presuntamente, para alcanzarlas uno tiene que ir hasta Pantai Cenang, 25 km hacia el oeste, el principal complejo turístico de la isla por poseer alojamiento e instalaciones para todos los bolsillos. A los lados de la carretera que cruza el pueblo se sitúan los hoteles, interrumpidos por restaurantes para turistas y restaurantes locales, tiendas de camisetas y spa’s. Una vez en tierra, el calor te impide andar más de 500 metros sin empaparte en sudor. La playa en época de lluvias es una estrecha franja de arena adornada con motos de agua, tumbonas y paracaídas para volar unos metros arrastrado de una moto. En temporada alta, cuando la altura del mar es menor, con marea baja se puede ir andando hasta la isla de Pulau Rebak Kecil. Unos cuantos bañistas extranjeros y malayos, las mujeres vestidas, retozan cerca de la orilla sin excesivo entusiasmo. Nadie nada. Es una imagen de playa sin apenas bañistas, asiática. El paracaídas, sin embargo, causa furor. Algunos de los usuarios, principalmente malayos y chinos de Singapur, tienen problemas con los mandos y sufren para bajar desde lo alto. Los chavales que manejan los puestos les gritan y, divertidos, tratan de mantener las formas y que no caigan al mar de golpe. En la punta norte de la playa se sitúan los resorts más exclusivos: bungalows de madera noble, personal uniformado y una inevitable sensación de aburrimiento que se extiende a lo largo de toda la franja de arena. Esa sensación de la frase “demasiado turístico”, que ni siquiera los bares con carteles de reggae logran relajar un poco. Ambiente de turismo organizado, demasiado concurrido para ser romántico, demasiado tranquilo para ser divertido.

En un desvío de la carretera que une Kuah y Pantai Cenang se encuentra el complejo de Kota Mahsuri, una recreación de una casa tradicional y un pequeño monumento en honor de la leyenda de la princesa Mahsuri, injustamente condenada a muerte por adulterio. La leyenda dice que, protegida por poderes mágicos, todos los intentos de ajusticiar a la princesa fracasaron hasta que ella aceptó la muerte no sin antes proclamar siete siglos sin paz ni prosperidad. Un lugar curioso, algo más interesante que las otras dos grandes atracciones de Pantai Cenang, el centro comercial que contiene el acuario “Underwater World” o Laman Padi, un bonito complejo de ecoturismo con búfalos y patos que resulta surrealista como atracción si uno viene de Indonesia.

Pantai Kok, 12 km al norte de Pantai Cenang, es el lugar donde tomar el famoso Langkawi Cable Car, un viaje que te lleva hasta lo alto del monte Gunung Machinchang, 708 metros, para poder hacer la foto de la postal.

La carretera hasta Teluk Datai, serpenteante entre la jungla, es uno de los recorridos más interesantes de la isla para hacer en moto. Teluk Datai es el emplazamiento también de algunos de los resorts más exclusivos de la isla y del Golf Club Datai Bay. Otro de los lugares de altas prestaciones es la playa de Tanjung Rhu en el norte de la isla, donde en temporada seca uno puede andar hasta las islas cercanas desde la playa. Finalmente mencionar una de las actividades más populares, los tours de buceo o snorkel por los islotes, que rodean la isla principal.

Langkawi es una isla pensada y desarrollada para que nada distraiga al turista de su propósito de descanso y consumo. Por ello, como en muchos de los restaurantes perfectamente preparados para la comodidad del turista de Pantai Cenang no hay cerveza, alguien inventó una solución: comprarla en un chino y traerla al restaurante. Los chinos representan el vicio en Malasia. Le pregunto al chino de la pizzería de enfrente del restaurante cuánto ganan con la cerveza y se ríe. Luego, el camarero del restaurante me aclara el sistema: uno ha de comprar una licencia para vender alcohol, pero los restaurantes musulmanes no pueden obtenerla, sólo los chinos. Fácil y lógico. Como Langkawi, un lugar pensado para que nada estropee la imagen de la segunda postal de Malasia. 

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En la década de los 20 del pasado siglo el Hotel Eastern Oriental de Georgetown, la principal ciudad de la isla de Penang, era uno de los centros de la vida social en el Sudeste Asiático. Fue construido en 1884 con el estilo de los grandes hoteles de finales del s XIX por los hermanos Sarkie, una familia de armenios de Ispahan, los más famosos hoteleros de Asia, constructores también del Hotel Raffles de Singapur o del Strand de Yangon. Pero el Eastern Oriental, a diferencia del Raffles, repleto de turistas de paquete vacacional, y del Strand, que sobrevive a duras penas en un país aislado del mundo, aún mantiene hoy en sus suelos de madera, sus verandahs y largos pasillos acristalados y un inmenso lobby con ascensor vintage algo de aquel pasado glorioso. Por allí pasaron y escribieron sus historias Rudyard Kipling, Somerset Maugham o Noel Coward. Era una época donde los viajes duraban semanas y la colonia británica curaba su nostalgia entre fiestas de etiqueta, partidos de tenis y desayunos en el balcón de la habitación. Un tiempo, según la ácida definición de Graham Greene, “de pink gins y pequeños escándalos que Maugham se encargaría de relatar” en un lugar del mundo donde la llegada de un nuevo huésped suponía un acontecimiento social. Oficiales de alto rango, dueños de las plantaciones de caucho y comerciantes estaban entre su público habitual, el centro de la élite social de la isla de Penang. Pero llegó la crisis y en 1931 el desplome del precio del caucho significaría la quiebra del Eastern. Dirigido en aquella época por Arshak Sarkie más como un lugar de entretenimiento que como una forma de ganar dinero, se dice que la causa de la quiebra fueron las facturas asumidas por Sharkie para que los arruinados colonos británicos pudieran al menos regresar a Inglaterra. Arshak Sharkie murió en 1931 y su hotel quedó olvidado hasta que en 1991 se recuperó como uno de los símbolos de Penang. Hoy en día sus paredes blancas lucen en la explanada del puerto de Georgetown, una ciudad que aún retiene algo de su pasado colonial en una parte de Asia donde ese pasado se derriba para hacer un hueco a los nuevos tiempos.

Eastern Oriental

Los domingos por la tarde las familias malayas recorren el parque junto a la Esplanade de Georgetown. El cielo es gris y el mar espeso, al fondo se vislumbran las grúas y los contenedores, no es una gran vista. Pero las parejas pasean en torno a los carritos de limonada y perritos calientes, los coloridos trishaws ofrecen amablemente sus servicios y los corros de ancianos juegan al ajedrez y escuchan a los improvisados comediantes. Malasia mezcla chinos, malayos e indios pero es en Penang donde reside la mayor comunidad china del país. Penang es una isla tranquila, que combina algunas playas saturadas el fin de semana en el norte, grandes empresas de electrónica en los edificios altos de Georgetown y aldeas malayas en los bordes de las carreteras que recorren la isla. Georgetown es la capital, una ciudad que concentra todo su interés en la parte vieja, cercana al mar. Allí es donde se ubican los principales edificios e iglesias coloniales, Chinatown y Little India. También el símbolo de la ciudad y de su historia: Fort Cornwallis.

Fort Cornwallis, la fortaleza erigida en 1786 por el Capitán Francis Light para defender la isla se sitúa al final de la explanada del puerto. La historia de Fort Cornwallis, con sus murallas recubiertas de musgo y sus cañones oxidados, las aspilleras despintadas y los cuervos reunidos en hileras sobre los cables de electricidad es la historia de Penang. En 1771 el sultán de Kedah llegó a un acuerdo con la Compañía Inglesa de las Indias Orientales para intercambiar derechos comerciales por asistencia militar. El capitán inglés Francis Light fue el encargado de llevar a cabo la misión y fue también quién dio el nombre de Georgetown al emplazamiento escogido como base para sus tropas en honor al rey inglés Jorge IV en 1786. Penang se convertía así en el puerto británico más antiguo en Malasia. La ciudad de Georgetown pronto se establece como un puerto libre de aduanas que atraerá a comerciantes y colonos de toda Asia y que se dividirá en dos comunidades: china y malaya, frecuentemente enfrentadas. A mediados del XIX Penang se había convertido en uno de los pilares fundamentales del tráfico de opio británico, que generaba el 50% de los ingresos de la Corona, y una las capitales del Imperio Británico en Asia junto a Bombay y Madrás. Y el opio fue cambiando a Penang, que tomó un carácter más decadente y libertino, con locales de juego y burdeles, los preferidos de la comunidad china. Pero a diferencia de Singapur, con una historia parecida y cuyo pasado arquitectónico se echó abajo, en Penang aún se mantienen, sobre alambres, algunas fachadas y edificios coloniales intactos. No es mucho, pero es algo.

Fort Cornwallis

Hay días en que la calima apenas deja ver el cielo en Malasia, un calor húmedo y pegajoso, que no permite andar mucho sin empaparse en sudor, retiene todos los movimientos. Al entrar por la puerta de Fort Cornwallis parece que lo hagas en un castillo de juguete. No hay apenas gente, únicamente un pequeño grupo de turistas asciende a la muralla para contemplar los viejos cañones y la bandera. En los soportales que antiguamente se usaban como almacén hoy se exponen trozos de la historia del fuerte, desde su fundación a la ocupación japonesa de 1941. Una visita corta, un pequeño trozo de historia y un calor asfixiante que hace que ni siquiera los gatos, ovillados en el suelo, se muevan al pasar junto a ellos.

Little India es naranja y bulliciosa. Altavoces con los grandes éxitos de Bollywood a todo volumen y olor a sándalo azotan los sentidos. En los escaparates se ofrecen coloridos saris y en los restaurantes el curry se mezcla con los quemadores de sándalo. Robustas mujeres de nariz afilada y rasgos diferenciados, grandes o delgadas, enjutas o narigonas, atienden y pasean. En una ciudad donde todos los chinos se parecen es imposible confundir a un indio con otro.

Little India

Tras Little India aparece Chinatown. Pero el barrio chino de Georgetown apenas mantiene ya las antiguas y características ventanas y puertas de madera. Únicamente los templos retienen el espíritu de los tiempos del comercio de opio y las especias. Situada en mitad de Chinatown, Lebuh Chulia es la calle de los hostales de mochileros. Por razones que se me escapan, Penang participó un tiempo de la clásica ruta de los mochileros en Asia. Hoy no parece estar en su mejor momento, aunque en los guesthouse aún se mantienen los llamativos letreros de colores con nombres apropiados para el gremio. No parecen muy limpios pero rebosan de la parafernalia clásica: ofertas de transporte, pilas de cerveza y librerías de libros usados. Algunos veteranos retozan a media tarde en las pequeñas terrazas, el resto parece únicamente conectado a Facebook, la pantalla azul y blanca que es ya como un icono en los cafés asiáticos. Aceras rotas y el sonido de las tapas de alcantarilla mal ajustadas te acompañan en el paseo. De repente, una rata. Un suspiro y desaparece. En los soportales hay puestos de comida grasientos con taburetes de plástico. Todas las calles parecen tener doble sentido, el tráfico es fluido pero constante. Georgetown está, como muchas ciudades malayas, más pensada para circular en coche que para pasear, pero así y todo, algo se puede hacer. Girando por Lubuh Chulia hacia el mar se llega a la calle de los bares de estilo taberna occidental. Terrazas y pantallas de televisión, casi vacías.

Terrazas en la zona de bares

Luego los edificios oficiales, éstos sí con el estilo colonial intacto y algunas iglesias. Entre ellos el Eastern Oriental, un hotel que es al mismo tiempo un pedazo de historia colonial, de historias y personajes de otra época.

Georgetown al mediodia

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Después de varios meses viajando por el sudeste asiático más tradicional mi siguiente destino era Birmania, un país bastante singular. Para llegar a Yangon, la capital, opté por hacerlo a través de Air Asia, vía Kuala Lumpur, y así aprovechar para visitar la famosa capital malaya. Actualmente Kuala Lumpur es una ciudad que no hace falta planificar en un itinerario de viaje por Asia. El antiguo aeropuerto de carga de LCCT es la sede de Air Asia, la compañía low cost más famosa de Asia y una de las mejores del mundo. Conecta todas las capitales asiáticas y algunas ciudades australianas y neozelandesas a través de Kuala Lumpur o Bangkok; y algunas ciudades europeas (Londres, París) con Asia y Oceanía. De algún modo acabas pasando por ella. Y si no quieres más que hacer escala, la cadena Tune Hotels tiene uno junto al aeropuerto por no más de 25€. Supongo que el hecho de haberse convertido en un verdadero hub asiático, junto con la mezcla de razas, las famosas torres y el espíritu abierto que desprende la ciudad ayudan a que hoy, la antigua “confluencia fangosa” —no mucho más que un campamento minero chino alrededor de yacimientos de estaño en 1857—, sea una de las ciudades más internacionales de Asia.


Cuando llegas a Kuala Lumpur desde algún país del sudeste asiático, desde Phnom Penh, por ejemplo, el cambio es instantáneo. Sales con tu maleta de la terminal y nadie se dirige a ti para ofrecerte algo. Los taxistas esperan fumando en filas medio ordenadas de las que continuamente entran y salen pasajeros: rostros malayos de rasgos morenos, hindús o achinados; familias tailandesas, tipos con turbantes musulmanes y mochileros sonrosados, ejecutivos americanos, indonesios o japoneses. Un auténtico “melting pot” de razas y países. Los autobuses paran, desalojan y se marchan. Un continuo movimiento de cientos de personas de un lado a otro, llegando, marchándose, o comiendo en las franquicias de comida rápida. Y nadie te hace ni caso. La conexión de tren directa con la ciudad no es intuitiva, así que es conveniente preguntar. Te responderán en un inglés perfecto. Autopistas perfectamente asfaltadas, carteles y señales de tamaño occidental, conductores normales. Y una humedad asfixiante. La temperatura es invariable en Kuala Lumpur: siempre hace calor y humedad. La verdad es que el caos ordenado del aeropuerto le quitó algo de emoción a mi primera impresión de Malasia. Creo que echaba un poco de menos la rutina de la incertidumbre, esa sensación —medio fantástica en Asia— de que en cualquier momento puedan robarte la maleta o de que de una manera u otra van a tomarte el pelo de Bangkok o Hanoi.

El hotel Citinde Kuala Lumpur está en un edificio que da a los puestos de saris, DVD’s y relojes de Little India, un pintoresco barrio que es mitad barrio y mitad bazar barato a un tiempo, donde se mezclan hindús y musulmanes a ritmo de música malaya y sintonías de Bollywood. La puerta de entrada del hotel queda escondida tras un puesto de bolsos y mochilas de imitación junto a la mezquita de Masjid India. Las referencias que leí sobre el hotel hablaban de que no hacía falta despertador, la lectura del Corán a través de los megáfonos lo sustituía con garantías. Sin embargo, algo deben haber hecho porque no me enteré. Un hotel discreto con familias y turistas de todo el mundo. Malasia está a medio camino en precios entre el Sudeste Asiático y Europa, así que un hotel de 25€ siempre es mucho peor que cualquiera de los que puedas escoger en Vietnam, Laos o Camboya. Es lo que tiene la civilización. No obstante, tenía el privilegio de estar a unos pasos de la plaza Merdeka y de la mezquita de Masjid Jamek, dos de los pocos monumentos turísticos de la ciudad con algo de historia. La plaza Merdeka es el lugar donde se proclamó la independencia de Gran Bretaña en 1957, un rectángulo poblado de hierba donde se erige una gran bandera de Malasia en un mástil de 100 metros de altura. A un lado de la plaza está el Real Club de Selangor, centro social de la élite adinerada y que aún hoy conserva ese aire de partidos de cricket y camareros con fez granate de los antiguos clubs coloniales del Imperio. Somerset Maugham escribió dos volúmenes de relatos cortos centrados en Malasia. No es difícil imaginárselo tomando el té en el club. A unos metros de distancia de la plaza está el edificio Sultán Abdul Samad, hoy sede de los altos tribunales, mezcla de arquitecturas victoriana, morisca y mogola y uno de los más bonitos de la ciudad. Continuando hacia el este se observan los minaretes blancos y rosados de la mezquita de Masjid Jamek, la más famosa de la ciudad.

Kuala Lumpur no es precisamente una ciudad para pasear. Las avenidas de varios carriles que atraviesan la ciudad dejan poco espacio a las aceras y provocan que se conduzca a bastante velocidad, con múltiples intersecciones que hacen que atravesar la calle en algunos cruces sea toda una aventura. Lo más fácil es moverse en transporte público, barato y cómodo, de barrio a barrio, y caminar a partir de ahí en los 3 o 4 puntos turísticos de la ciudad. Es una ciudad que mezcla modernidad y tradición, un poco decepcionante porque apenas conserva edificios antiguos conservados. Todos los prodigios arquitectónicos, empezando por las famosas Torres Petronas, el símbolo de la ciudad, son recientes. Las ínclitas torres, inauguradas en 1998 y con 88 pisos y 452 m de altura, son un reclamo turístico soberbio y una bonita estructura de acero y cristal que reverbera con el sol cuando la polución deja un espacio. Se puede subir hasta el piso 41 (140m) pero como las entradas se agotan rápidamente uno ha de estar allí a las 9 de la mañana. Yo no subí, cuando llegué ya estaba todo vendido. La verdad es que por dentro no me pareció mucho más que un gran centro comercial, muy cuidado, y con precios europeos para turistas y malayos acomodados. Tiene una galería de arte y un auditorio, además de una agradable terraza para comer junto al inmenso parque que rodea las torres, con piscinas hinchables, fuentes decorativas y una zona de juegos infantiles. Es todo un poco excesivamente occidental. Y aburrido. Como los alrededores tampoco me seducían mucho, básicamente son edificios de oficinas y apartamentos, preferí continuar la visita en algún lugar que me ofreciera algo novedoso. Por ejemplo, el barrio malayo de Kampung Baru.

Kampung Baru es la parte tradicional de Kuala Lumpur. Un pequeño pueblo en mitad de la metrópoli con casas bajas de madera de estilo malayo y pequeños jardines con porches desvencijados y banderas de Malasia colgando. Un oasis de tranquilidad que se mueve al ritmo pausado de los cafés semivacíos y los niños que corretean por las calles desiertas vestidos con camisetas de clubs de futbol europeos. Sin coches y sin turistas. Sólo pequeños comercios y tiendas de barrio: un buen lugar para tomarse un café sin prisas y respirar el ambiente de un auténtico barrio malayo. Los sábados por la noche hay mercado nocturno, un momento apropiado para visitarlo y cenar algo antes de dirigirse a cualquiera de los exclusivos clubs que nacen cada día en la parte moderna de la ciudad. La edición malaya de Time Out te dirá dónde.

Si no te gusta la tranquilidad, en Chinatown estarás a gusto. La península de Malasia es históricamente lugar de inmigración de ciudadanos chinos —Singapur—, y el barrio chino de Kuala Lumpur es un gran ejemplo. Pasajes peatonales cubiertos de farolillos rojos y con olor a pescado, tiendas de adornos de papel y guirnaldas de flores, electrónica y artesanía por todos lados, puestos ambulantes de comida y la gran atracción para el comprador occidental: el Mercado de Petaling. Situado en un estrecho pasaje sin apenas espacio para andar, a lo largo del mercado callejero se agolpan los puestos de ropa y relojes de imitación, perfumes y carteras, bolsos y maletas. Cualquier producto de marca tiene su lugar. Los precios van desde los 7€ de un polo de marca hasta los 50€ de una buena imitación de un reloj que ronde los 2000 a precio original.

Kuala Lumpur es hoy una ciudad moderna de grandes centros comerciales y un estilo de vida que sigue el ejemplo occidental pero que también conserva barrios tradicionales donde aún conviven las diferentes comunidades que pueblan en el país. Una ciudad de vías rápidas pero también de baches y aceras sucias, de puestos callejeros, franquicias de comida rápida y restaurantes exclusivos. No es bonita, pero tampoco es horrible. Una ciudad que sufre la tiranía del progreso acelerado de Malasia, una ciudad mezcla de cultura y de culturas en un país que parece mucho más atractivo que su capital.

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