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Archive for the ‘Singapur’ Category

Una vez superado el pánico de las primeras horas a incumplir alguna norma, a que se te caiga algo al suelo, al shock “higiénico”, Singapur ofrece múltiples perspectivas de ocio para un turista de perfil acomodado. Espectáculos internacionales de música y danza frecuentan la cartelera cultural, hay numerosas exposiciones y cuidadas galerías de arte por toda la ciudad y la oferta de ocio infantil, en un país que adora la idea de familia, es sustancial y diversa. La oferta de restaurantes es reconocida como una de las mejores de Asia. En Singapur se puede comer jamón serrano pero también una raclette de queso suizo, una ración de sushi o  unos noodles tailandeses exquisitos. Y, por supuesto, se puede ir de compras. Porque la gran estrella del tiempo de ocio de la ciudad es el centro comercial. El shopping es como una religión en  Singapur, y el centro comercial su lugar de culto, práctica y devoción. Cada fin de semana la ciudad entera se desplaza a ellos para consumir y retozar. Por ello, Singapur no es un lugar muy apropiado para mochileros ni turistas de bajo presupuesto, incluso aunque uno siempre puede buscarse la vida en sitios como Geylang. Pero no es el perfil. No es el tipo de visitante que la ciudad propone. Singapur es un lugar para gastar y disfrutar haciéndolo. No hay una ciudad en Asia, no sé si en el mundo, donde todo esté tan perfectamente planeado.

El Distrito Colonial es el centro geográfico y administrativo de Singapur. Ocupando un edificio británico del s.XIX el Museo De las Civilizaciones Asiáticas ofrece un interesante recorrido histórico y cultural por algunos de los pueblos más importantes de Asia. Una cuidada y bonita muestra para quien esté interesado en la cultura asiática: desde India hasta los pueblos de Indonesia pasando por China, las tribus de las montañas de Laos o Vietnam, y el Islam. Separadas por civilizaciones, las vitrinas muestran vestidos y joyas, objetos religiosos y armas o utensilios caseros de cada uno de ellas. Pantallas de televisión explican algunas de las secciones, con mapas de la evolución de los grandes Imperios (China o el Islam) y reconstrucciones a tamaño real de las casas tradicionales de algunos pueblos, desde los toraja a una tienda beduina. Durante mi visita en una de las salas había una exposición itinerante de los guerreros de terracota de Xian, cada escultura con sus famosos rasgos diferentes. Un lugar entretenido y sencillo, que despierta la curiosidad y sugiere nuevos destinos para viajar.

Enfrente del Museo, al otro lado del río, resguardado bajo las sombras de los rascacielos del distrito financiero, está el Quay, una serie de restaurantes y bares de cara al río. Pero a las 3 de la tarde de un sábado, mi hora de visita, estaban vacíos. No más de 15 personas para 20 restaurantes. Probablemente sea en los días de trabajo cuando se llene de oficinistas y ejecutivos. Pero no sólo era el día y la hora. Hacía calor, bochorno, y en Singapur, cuyo clima no ofrece muchas variaciones a lo largo del año, se vive con aire acondicionado. No sólo por el calor. Protegerse del sol en un espacio cerrado es también es la única forma de mantener la piel blanca, lechosa, que las mujeres de Singapur adoran. Estar moreno en Singapur es peligroso para la salud y, además, de clase baja. Un curioso canon de belleza que convive sin problemas con los anuncios de perfumes y ropa occidentales, donde los rostros morenos son la norma. Vuelvo al Quay, donde nadie paseaba. Mi única compañía un tipo que hacía gimnasia en un árbol. Una sensación extraña: en Singapur sólo andan los turistas. Las grandes avenidas que conectan con los edificios del centro aparecen vacías de peatones. Poder andar 500 metros sin cruzarse con nadie en una ciudad de 4 millones de habitantes es singular. Aunque, a media tarde, el Quay sí parece revivir. Los expatriados comparten cervezas con gente local y suena música en los bares. El ambiente dura hasta poco más tarde de la medianoche. A partir de ahí la gente se traslada a otros lugares de la ciudad y en el Quay van quedando abiertos únicamente algunos inmaculados bares de señoritas.

Tras el Quay se erigen los edificios de oficinas de las multinacionales que residen en Singapur, donde la comunidad de locales y expatriados disfruta de uno de los regímenes impositivos más bajos del mundo. Singapur ha conseguido desarrollar su economía en varios puntos, desde la refinería de petróleo o la logística de mercancías —el puerto de Singapur es el de mayor actividad del mundo—hasta los servicios financieros. Con muy bajos impuestos también es un punto para que las multinacionales establezcan sus sedes en Asia. La tasa máxima del impuesto de la renta es del 20% y no se gravan los ingresos recibidos en el extranjero. Vivir como expatriado en Singapur significa ganar dinero. De ahí el esplendor de unas oficinas que recogen a lo más selecto del planeta.

Más allá del centro de negocios de la ciudad aparece Chinatown. Un barrio que no parece habitado, un poco artificial. Pero, ¿tiene sentido un Chinatown en una ciudad china? Para el turista tiene mucho sentido. Además, Singapur es sorprendente, también es el emplazamiento de algunos de los más famosos bares de ambiente gay. Las casas mantienen cuidadas y restauradas ventanas de madera coloniales y tejados de teja, farolillos rojos adornan las diez calles entrelazadas que forman el barrio. A media tarde de un sábado está a reventar. Los vendedores de los puestos de fotografía ofrecen accesorios desde la distancia a la marea de turistas. Saben lo que probablemente no tienes, una batería extra larga, un filtro de luz, un objetivo que acaba de salir, y consiguen atraer tu atención con inteligencia. Turistas anglófilos –mujeres de mediana edad con el pelo corto y pasado de moda, vestidos de pequeños estampados y los hombres cortados a cepillo- grupos de jóvenes locales, parejas mixtas y toda la variedad de razas local (malayos, indios y chinos) caminan entre los restaurantes y los puestos de baratijas. Fotografía, tiendas medicinales, sastrerías, souvenirs (llévate tu nombre en chino) y vestidos de saldo. Pero no hay las clásicas copias chinas de la ropa de marca, se paga el precio europeo. Enclavado en mitad del barrio hay un templo indio, por lo que entre la marea de visitantes a veces emergen las grandes mujeres indias con sus facciones prominentes, la mancha en la frente y sus brillantes vestidos de colores. Parecen un ser distinto, 3 veces el tamaño de una local, también diferente la expresividad, gritos y risas frente a timidez y silencio. Calor y frío. Los hombres son fuertes como armarios, otros delgados y alargados, con una expresión pacífica en el rostro. Es un buen lugar para ver de cerca la variedad de personas que conviven en Singapur.

Orchard Road es una atracción según los mapas y guías de Singapur. Pero en realidad es un gigantesco centro comercial, que interrumpido en trozos, ocupa dos kilómetros de avenida en ambas aceras. Concretamente, son 50 los trozos, 50 centros comerciales. Un sábado por la tarde es “día de partido” en Orchard Road, y da la sensación de que todo Singapur está en esta calle. Una marea de gente recorre las aceras, entra y sale de las tiendas y ocupa las mesas de los restaurantes interiores. Parejas, familias y  grupos de jovencitas pasean cogidas de la mano, en la calle se representan espectáculos —Capitán America, Darth Vader y Lobezno se turnan para posar en las fotos con los niños; un tipo hace malabarismos con un collar de pelotas de madera en el cuello— y las pantallas de plazas de parking van agotando sus 1000 plazas cada uno. La oferta de consumo es tan abrumadora que genera una cierta sensación de alienación. Tanta gente comprando y consumiendo a la vez, tan saludables, y todo tan limpio y ordenado genera una idea que da vueltas en la cabeza. Singapur es muy moderno, y propone un modelo de futuro: ¿es ese también mi futuro, el de mi ciudad?

Un destacado en las guías es una calle de apenas 200 metros, Emerald Street. Las casas, pintadas en tonos cálidos, las famosas “terrace houses” son ahora bares y restaurantes más o menos sofisticados y de aspecto europeo. Una cerveza y un café son 10€, el precio de un lugar único en esta ciudad. Entre los diferentes locales hay un bar español, pero está vacío a las cinco de la tarde de un sábado. Hay botellas de vino en las mesas, y patas de jamón cuelgan sobre la barra. Todo exquisito, bonito. Pero no hay nadie, únicamente una pareja en un local de 30 mesas. Singapur está de compras como Las Vegas está empezando a jugar en las mesas de los casinos. El final de Orchard Road enlaza con el distrito financiero. Es el emplazamiento del Museo Nacional de Singapur y de las galerías de arte y universidades. Calles desiertas e impolutas de nuevo. Volver a las calles de Geylang, con su agitación de sábado noche, su suciedad, es como llegar a una ciudad diferente.

Si Aldous Huxley viviera, seguramente escribiría una novela sobre Singapur. Una ciudad de normas desproporcionadas y con casi ausencia de criminalidad, grandes espectáculos de entretenimiento y escasa libertad de prensa, donde sus saludables ciudadanos ya no pasean por la calle si no que lo hacen en centros comerciales y donde las avenidas ofrecen impolutas medianas adornadas de violetas y sauces asiáticos, es un escenario atractivo para una novela de Huxley. Singapur es una ciudad singular. Cómoda y desarrollada como pocas, rica y opulenta, parece diseñada para que la raza humana ocupe su tiempo de ocio. La potencia de una droga, protegida hasta con la muerte del resto de drogas comunes, es el sello de Singapur: el centro comercial. Singapur se muestra algo inhóspito para alguien que llegue de recorrer Asia, y propone un futuro tan sano como amenazador.  Una ciudad donde uno puede ver un programa en televisión titulado “¿Cómo ser un SuperPadre?” resulta algo inquietante. Pero también es cómodo y saludable como un barrio residencial para los habitantes locales y expatriados que trabajan en las multinacionales. Y es una ciudad indudablemente cuidada y limpia en su parte visible, sin la amenaza del crimen, e incluso en las grandes colmenas, las viviendas públicas que no aparecen en las fotos oficiales, parece haber un óptimo nivel de higiene y salud. Con un gobierno que es del mismo partido desde que se fundó el país en 1965 —el presidente actual es hijo del primer presidente del país— una población absolutamente bilingüe y una prensa absolutamente censurada, Singapur basa su éxito en el orden social y el liberalismo económico. Sobre eso Singapur ha obtenido el mayor puerto del mundo, una de las principales bolsas, una esperanza de vida de 81 años y una renta per cápita similar a la de USA. La república de Singapur es un sistema, un experimento y una isla, como en el libro de Huxley, que parece haber llegado a la perfección de los sistemas sociales. Un mundo feliz.

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En la puerta de salida del aeropuerto de Changi, el más moderno del mundo, hay un letrero en inglés y chino que advierte que en hora punta el tiempo de espera para un taxi puede suponer más de 45 minutos. Una ordenada cola te espera, como en otros tantos sitios de Singapur, pero hoy es domingo y se mueve rápidamente. En pocos minutos el taxi entra en la ciudad. Hay poco tráfico, las avenidas están desiertas y el cielo encapotado, gris y bochornoso. Las medianas lucen adornadas con violetas y grandes sauces asiáticos que se desparraman en los parterres de los costados. Letreros verdes indican las calles en cada cruce, con precisión. No se ven peatones, únicamente algún hindú en bicicleta distorsiona la limpia soledad de la calles. Las altas y estrechas colmenas que forman los edificios de vivienda pública, donde vive la mayoría de la población, se intercalan con carteles de establecimientos de comida rápida y espacios que parecen centros comerciales suburbanos, modestos y poco coloridos. Llevo conmigo los 5 paquetes de Marlboro que he declarado en Aduanas a 3€ cada uno, suficiente para 4 días. El tipo malayo de la máquina de infrarrojos del “Nothing to declare” me ha mirado con cara seria cuando le he enseñado 6 cartones de cigarrillos indonesios. Porque no se pueden entrar ni cigarrillos, ni chicle (es en serio), ni alcohol en Singapur… Y la multa por hacerlo es de más de 1.000€. Pero simplemente me ha mandado a Aduanas, donde me han aconsejado que los deje en su almacén (4€ de coste) y vuelva a recogerlos cuando me vaya. En cualquier otro lugar podría haberme despedido de ellos, pero Singapur es un lugar estricto, y a mi salida de la isla estaban todos en una bonita bolsa con el logo del establecimiento de Tax Free. Las normas son importantes en Singapur, y esta entrada, la primera, sobre el país de las normas — donde se venden camisetas con las diferentes multas que uno puede recibir— va también sobre normas.

Las calles que cruzan la avenida Geylang, son el hábitat de los hoteles de la cadena 81, unos 15 diferentes, separados por unas calles de distancia. Entre los hoteles hay edificios de viviendas, y entre los edificios, pequeños burdeles con neones de color arco iris. Los burdeles no aparecen entre las atracciones de la zona que se detallan en las descripciones de Internet (uno debe leer los comentarios de los huéspedes) así que muchos turistas de bajo presupuesto tienen cara de circunstancias en el hall del Hollywood 81, que es mi 81. El tipo de recepción, un chino de actividad frenética, insiste, como gesto de bienvenida, en señalarme en cada frase que mi inglés es defectuoso. Tengo dos noches reservadas por 40€ cada una y me advierte que el fin de semana será más caro (60€). Pero no hay muchas opciones de alojamiento barato en Singapur. Pienso en que enfrente tengo otro hotel, aunque luego me daré cuenta de que en realidad sólo parece un hotel: las parejas entran sin maletas. Geylang es el nuevo barrio rojo de Singapur y de noche las calles perpendiculares a la avenida principal (Lorongs) son un hervidero de Mercedes tintados, vendedores y chicas en minifalda. Pero no es peligroso, a los dos días resulta parte del paisaje. Simplemente es sorprendente. Porque en Singapur, una bonita y limpia ciudad que lucha con la pena de muerte contra las drogas, la prostitución, curiosamente, es legal. Controles periódicos de salud y un registro de actividad, presume la administración. Pero paseando por Geylang y observando la edad de las chicas que los vigilantes introducen en los coches tintados, la mayoría chinas o filipinas, sin papeles, sin controles y probablemente con 15 horas de trabajo 7 días a la semana, también parece que lo sea el tráfico de mujeres. De hecho Singapur es uno de los países que no ha firmado el Protocolo de Naciones Unidas sobre Tráfico de Personas. Las penas por tráfico son mínimas en comparación con otros delitos y no parece que se persiga en demasía. En este documento del Departamento de Estado de USA se describe bastante bien la situación.

A la mañana siguiente de mi llegada llueve en Singapur. De camino a la lavandería paseo por Geylang. Los altos complejos de más de 40 años se mezclan con edificios de no más de dos pisos pintados de crema o verde, extraños colores, y siempre sin balcones. En las paredes aún se pueden ver los antiguos agujeros alargados en la pared para la ventilación entre la pintura desconchada. Las ventanas están revestidas de aluminio doblado, las antenas cuelgan dobladas de los tejados y mugrientos aparatos de aire acondicionado cuelgan a punto de caer sobre la acera. Es el aspecto de un barrio chino, con pasadizos y tiendas que entran en los edificios. Las aceras están repletas de puestos de comida con taburetes de plástico sucios en los rebordes y fotos de los platos descoloridas, tomadas cuando se abrió el local. Grandes moles de arroz rebosan en tupperwares industriales y los patos cuelgan en salsa de caramelo. Pero no huele a comida. Entre los puestos se mezclan cambistas, tiendas de teléfonos y ropa de saldo, joyerías y puertas cerradas —los letreros están apagados—que se abren al caer el sol. Una camioneta de descarga sobrepasa un BMW tintado y deja verduras en un puesto. También lleva algunos aparatos de saldo, televisores principalmente. Es un barrio humilde, se nota en la ropa de la gente en los restaurantes, pero lleno de vida. Por la acera pasa gente de otros barrios, ellos con polos de marca y ellas con minifalda y tacones, las piernas blancas y casi descubiertas, mostrando todas sus imperfecciones. Algo que no parece importar mucho en estas calles.

Geylang

Marina Bay es una de las atracciones turísticas de Singapur. En el contorno de la bahía que adorna la ciudad se han establecido lujosos edificios de oficinas, hoteles y brillantes centros comerciales con restaurantes y terrazas. Un paseo desde donde contemplar el majestuoso skyline de la ciudad adorna la ribera y a media tarde los corredores de footing le dan un aire neoyorquino un poco impostado. Los principales edificios administrativos —el Ayuntamiento, el Parlamento—, y los mejores Museos o iglesias se distribuyen en los alrededores. Es el llamado Distrito Colonial, donde las calles tienen nombres londinenses y todo está impoluto, las parejas pasean de la mano y en los restaurantes franceses las velas adornan las mesas. En la estación de City Hall, que conecta con varios centros comerciales, la gente espera leyendo en los costados de las escaleras mecánicas para no desaprovechar el aire acondicionado. Es el lugar desde donde hacer las fotos del skyline y del estrambótico barco-hotel, de la noria y de la famosa fuente del león, que hace furor entre los visitantes. Indudablemente es la imagen de Singapur, la “ciudad del león” en sánscrito.

La Fuente del León y Marina Bay

Skyline de Singapur

Ya de noche vuelvo a mi barrio. Desde la mesa del restaurante, colocada en mitad de la calle, puedo contemplar la actividad. La mesa está dirigida a los televisores que cuelgan de las columnas de los edificios, que emiten la programación en chino.  No hay muchos occidentales por aquí y las camareras no hablan más de tres palabras en inglés. Es un puesto en una esquina, abierto y con mesas en ambos lados, donde uno escoge la comida en la cocina y  la bebida en el bar. Los chinos mezclan un poco de todo: pato asado, vegetales, pescado pollo, huevo y arroz y lo meten todo en un tupper de plástico para llevárselo. La cena no pasa de 5€. En el Mc Donalds del aeropuerto el menú vale 7€. Un tipo ha puesto el pie descalzo en el taburete de mi lado, lleva la camisa abierta y parece cansado, tiene esa edad indefinible de los chinos viejos. La calle está a rebosar de tráfico y ruido: autobuses, taxis y coches se entrecruzan e invaden los carriles generando un colapso continuo. Un pakistaní se acerca con flores a una pareja y un grupo de veinte mujeres  de varias edades, arregladas modestamente, se dirigen contentas a cenar. Hay movimiento continuo. Sin embargo, en los barrios del centro a esta hora no hay tráfico, ni gente en la calle, toda la población se recluye en locales cerrados y centros comerciales. Geylang es low cost pero al menos te permite ver vida en la calle. Un Singapur que no sale en las promociones turísticas pero que tiene mayor relación con el resto de Asia. Hay piñas en estanterías, bolsas de cacahuetes y grandes neveras de Carslberg. Pasa un tipo con una caña de pescar, muchas parejas lo hacen de la mano y en las esquinas grupos de chicos negocian, se miran, se avisan y llaman por el móvil. Me fijo en la camiseta de un hombre: “A box is not a Home”. Sólo mirar el panorama ya es entretenido. De repente, un acontecimiento. La policía trata de llevarse a un tipo, chino, que se resiste sollozando. Un corro de espectadores contempla la escena, que se eterniza porque los dos policías, pequeños y flacos no pueden con él. Finalmente lo meten en el furgón.

Puede que fuera un asunto de drogas, de ahí el pavor. Porque, otra norma, la mera posesión de drogas supone pena de muerte en Singapur. 15 gramos de heroína, 30 de cocaína o 500 de marihuana. Obligatoria. Otros crímenes castigados con la pena de muerte son el asesinato o algunos delitos relacionados con armas, pero el 70% de las ejecuciones son por drogas. La pena capital por tráfico de drogas no es una novedad en Asia, también sucede lo mismo en los países musulmanes, Malasia o Indonesia, o en Vietnam, Laos o Tailandia, donde los grandes traficantes campan a sus anchas. La gran diferencia de Singapur es que se cumple. De hecho, Singapur es el quinto país en porcentaje de ejecuciones por población tras China, Estados Unidos, Irán y Arabia Saudí. De una forma discreta y limpia, sin noticias en los periódicos ni peticiones de indulto. No es un debate porque no existe en los medios locales. Ni siquiera la familia del reo conoce el día de la ejecución. Singapur presume de unos de los ratios más bajos de criminalidad del mundo y ese es un argumento común frente a las organizaciones humanitarias. En 2005 el australiano de origen vietnamita Nguyen Tuong Van, de 25 años fue ejecutado por tratar de pasar 400g de heroína de Camboya a Australia a través de Singapur. La petición de clemencia del Primer Ministro australiano no bastó. Tampoco se aceptó su petición de que la madre de Van pudiera abrazar a su hijo antes de morir. El Gobierno de Singapur sólo aceptó que se cogieran las manos. Por otro lado, el periodista británico Alan Shadrake pasó seis meses en prisión el pasado año por criticar la pena de muerte en un libro titulado “Once a Jolly Hangman”. El gobierno le acusó de difamación y lo metieron, con 76 años, en prisión.

Como decía al principio, las normas son las normas en el país de las normas. Y no se critican.

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