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Archive for the ‘Vietnam’ Category

Vietnam es uno de los países más jóvenes  de Asia. Su población se ha doblado desde el final de la guerra con Estados Unidos (actualmente tiene 87 millones de habitantes; nº 13 mundial) hasta situar la edad media en 27 años (en España son 40 años). Más de un 50% de su población tiene menos de 25 años (30% en España) y lleva 10 años con un crecimiento del PIB superior al 6%. Y los jóvenes pasan del comunismo. Esto me lo decía uno de los guías que he tenido en mis tours por este país. A pesar de las discusiones con su padre, lo tenía bastante claro. Sólo hay que ver el progreso en los últimos años. Creo que es un país con futuro. Y su cercanía con China incrementa el potencial.

Los vietnamitas me han parecido un pueblo discreto y educado, avispado y rápido, inteligente, agobiante a veces, pero que una vez superas la primera barrera del turista te ofrecen ayuda y se divierten contigo. Sin problemas y sin complejos. Es un pueblo que sabe sufrir y lo hace, lo ha hecho, en silencio. Un pueblo que vive en la calle, un pueblo joven que se muere por tener una moto y con sentido del humor. Un pueblo elegante en el vestir y en los movimientos, educado y gentil cuando se precisa, que sabe negociar. Y un pueblo al que le encanta el fútbol. La mañana siguiente del 5-0 todo Vietnam sabía el resultado. Yo pude ver el partido gracias a la colaboración del staff de mi modesto hotel que enseguida comprendió la urgencia y me ayudó a localizar la cadena inglesa que lo retransmitía. Y aunque se dan los partidos en diferido, se conoce nuestra Liga mucho más que en ningún país del entorno. Los chavales se saben todos los jugadores, las alineaciones completas. Es lo que se conoce de España en Asia. También a Nadal.

Vietnam no es un país de grandes atracciones (mas alla de Halong bay) ni de masas de turistas en tropel. Hay mucho turista pero se lo reparten las miles de agencias. Aun es posible en Vietnam tener la sensación de estar de vacaciones en un país lejano. Hay un tipo de turismo relajado, equilibrado en edades, y los hoteles de Vietnam aún mantienen algo del encanto de épocas pasadas. En Thaiandia, por ejemplo, eso es bastante más difícil, por no decir imposible: ni los hoteles tienen encanto,  ni el turismo es relajado. Es cierto que en ciudades como Hanoi es difícil discutir cuando te sientes timado (un timo de 4 o 5 USD), pero para evitarlo —un consejo para toda Asia— has de preguntar siempre, siempre, el precio de lo que compras.  Pero también es cierto que es un país donde en todos los hoteles te reciben, te atienden y te despiden con una sonrisa que, aunque sea una sonrisa para el turista, se agradece. He leído en la Lonely Planet que en Vietnam había habido muchas quejas en los últimos años por los servicios a los turistas, casi siempre relacionados con agencias de precios reventados. Yo no he tenido ningún problema. Eso sí, he visto diferencias entre los hoteles que tienen un gran directorio de servicios y los que tienen un folleto (aunque digan que tienen un “tourist desk”). Basta con tener un poco de vista.

En Vietnam ya no existe el país colonizado por Francia, todo es inglés, con todo lo que eso supone de bueno y malo. Pero aún hay pan, aún hay sombreros de cono y barqueros avispados, camareros de botones y habitaciones de madera oscura con mosquitera y una estola de seda sobre la cama. Restaurantes iluminados con farolitos rojos de papel y ventanas de rendija, viejos con la perilla del “tío Ho” y camareras con vestidos de seda amarilla que se deslizan sin hacer el más mínimo ruido. El buen gusto no se ha perdido en Vietnam, aún se percibe el discreto encanto de Oriente.

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Incluyo esta entrada retrasada, que corresponde a la parte Norte y Central de Vietnam simplemente para indicar dos lugares que, aunque a mí no me acabaron de convencer, son buenas opciones si se tiene tiempo. Las fotos explican bastante.

Tam Coc es una excursión de un día desde Hanoi (3 horas ida y 3 horas vuelta). Es una zona a unos 150km de Hanoi caracterizada por un paisaje kárstico similar al de Halong Bay. Además, también hay dos o tres templos vietnamitas dedicados a monarcas del antiguo reino de Vietnam. No he visto grandes templos en Vietnam más allá de My Son, suelen ser pequeñas estructuras de piedra con ese estilo arquitectónico como de “crestas de dragón” tan característico. Luego de los templos das un paseo en barca de 40 minutos por un río que atraviesa las montañas de karst. El junco de madera y remos lo llevan mujeres vietnamitas vestidas con mono de tela y el típico sombrero de cono vietnamita. Advertencia: al final del recorrido te verás sometido al ataque de vendedoras en barca que te pedirán que le compres una bebida para “madame” que está agotada de tanto remar (la verdad es que es bastante trecho, aunque no se cansan). Si le ofreces un poco de agua te dirá amablemente que no. La verdad es que aunque el paisaje es bonito, no se puede comparar a Halong Bay. Es una vía de escape si a alguien le da un colapso en Hanoi.

Hue, en teoría, era más interesante. Antigua capital de Vietnam hasta 1945, aún conserva los restos de la Ciudadela que rodeaba el palacio real. Sin embargo, durante la guerra de Vietnam, la ciudad fue bombardeada y hubo combates en las calles por lo que se produjeron destrozos importantes que todavía no se han recuperado. Lo que ves ahora es una ciudad bastante similar a Hanoi, llena de motos por todos lados, un río marrón (el río “Perfume”) y templos y casas abandonadas. En el centro de la Ciudadela está la Torre de la Bandera (el mástil más alto de Vietnam) y la Residencia del Emperador, con la Ciudad Prohibida Púrpura, una ciudadela dentro de otra y destinada al servicio del Emperador. El complejo es realmente bonito aunque el hecho de que esté parcialmente destruido le quita algo de gracia.

Para ver la ciudadela pagué a un tuc tuc en bicicleta, Xnang, todo un piratilla pero simpático. Llevaba un bloc con recomendaciones que le habían escrito otros turistas, lo que me hizo gracia y lo contraté. Como ya imaginaba, él pretendía que parásemos en cada negocio en el que tiene comisión (una tienda de plantas, una sastrería, de todo), así que yo le decía que me gustaban las fotos en movimiento, que no parase. La verdad es que no le importó mucho y fue divertido. Al final me llevo a comer a un sitio barato, de un amigo suyo y comí muy bien y muy entretenido, además, ya que el restaurante tenía una terraza sobre un cruce con espectaculares vistas del caos de tráfico de Hue.

 

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Ho Chi Minh es la antigua Saigón, la ciudad que los franceses, con ayuda de España, tomaron en 1.859 y que luego se convertiría en la capital de la Indochina Francesa (un territorio que hoy comprendería los actuales Vietnam, Laos y Camboya). Los vietnamitas aún la llaman así, yo también lo haré.

Pero poco queda ya de la “París de Oriente”, la ciudad de restaurantes caros y terrazas con balaustradas de cerámica azul, la ciudad de apartamentos prestados con persianas de rendija y recepcionistas discretos de “El amante” de Marguerite Duras. La mejor ciudad para tener una aventura. El barrio chino de Cholon donde la protagonista de Duras (o ella misma, tampoco importa), la chica de quince años que se escapa del internado para citarse con su amante chino de 27 —“con la piel blanca de los chinos del Norte” hoy no es más que un conglomerado de comercios, patos asados  y edificios de habitaciones con rótulos en chino. Quizás queda el olor de la novela: a caramelo, a cacahuetes tostados, a sopa china y carnes asadas, a hier­bas, a jazmín, a ceniza e incienso. Ni rastro de un hotel que recuerde a mediados de siglo. Ni de un transbordador. Marguerite Duras escribe que cuando volvió a París, a los dieciocho años, ya había envejecido. Y que ese rostro fue su rostro el resto de su vida, “con los mismos contornos y la materia destruida. Un rostro destruido”. Salir de Saigon destruyó su vida. He leído que a las afueras de la ciudad, en el cementerio de Sa Dec, donde estaba la casa de la familia Duras, aún hay un pequeño santuario junto al cual reposan los restos de Huynh Thuy, “el amante”, y de su esposa. Hay una foto de ambos. Quizás sea lo único que queda de la novela.

Tampoco hay ya soldados americanos en Saigón, obviamente, aunque de “la ciudad que atrae patológicamente”, del bazar donde todo se vende de “Despachos de Guerra” de Michael Herr quizás si queda algo. Herr, periodista, acompañó a en cientos de misiones a los soldados en la Guerra de Vietnam. Estuvo durmiendo con ellos en la jungla, en barracones e incluso cayó con ellos desde un helicóptero en vuelo. Herr odiaba Saigón, como todos los soldados, pero al mismo tiempo no podía evitar una atracción autodestructiva por la ciudad. En aquella época, además de un gran mercado “negro” y “rojo” (por llamarlo de alguna manera), Saigón era muy peligroso: “Podías morir en cualquier esquina. Ladrones, chulos, terroristas infiltrados del Vietcong. En cualquier sitio. Una vez corrió el rumor de que había una mujer con un vestido de tigre que se acostaba con los soldados para luego matarlos. Lo cierto es que hubo siete asesinatos. Algunos decían que la mujer en realidad era un hombre”. De ese Saigón oscuro y deprimente, sin dueño, sin normas, escenario de últimos alientos y despedidas involuntarias, de esa ciudad que despertaba al anochecer, poco queda también. Afortunadamente.

Aunque quede poco ya de su pasado, lo cierto es que en Saigon aún se puede disfrutar. A pesar de que el número de motos es mayor que en Hanoi, su presencia no es tan intrusiva. La ciudad cuenta con grandes avenidas y calles amplias que descongestionan el caos. Y se pueden comer excelentes platos por 4 o 5 USD en pequeños restaurantes en los callejones del centro, sentado en mesas y sillas bajas de plástico, rodeado de vietnamitas, tomando una 333 (una “bababa” en vietnamita) o una Saigon. Se puede salir a tomar algo de noche con bastantes más opciones que en Hanoi y, claro, se pude contratar un tour por el Mekong, que es lo que suele hacer todo el mundo. También es lo que hice yo. Y ahora creo que me hubiera gustado curiosear un poco más por Saigón pero es realmente difícil hacerlo. Es demasiado caótico, pierdes mucho tiempo para encontrar muy poco.

Como decía, hice un tour. Un tour que, como podréis ver en las fotos, te lleva de visita por granjas de arroz y fábricas de caramelos, donde visitas el mercado flotante (seguramente lo mejor), y también algunos pueblos que viven en las islas que existen en el propio río. No está mal, es entretenido y ves, aunque sea mirando a los que no te indica el guía, la vida de la gente que vive del río. El mercado, la verdad, ya no es lo que yo tenía en mi imaginación, es bastante más modesto y parece que esté en las últimas. De hecho ya no tiene mucho sentido, el único es que los turistas vayan a verlo. Aún así, es exótico. Vale la pena el show.

Y un par de opciones interesantes que también existen en el sur de Vietnam. Una es pasar unos días en la isla de Phu Quoq, cerca de la frontera de Camboya, una zona de playa tranquila e idílica, otra desplazarse en avión hasta Nha Trang en la costa este (una hora de avión) que también es un destino muy conocido aunque seguramente menos idílico.

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“En un  principio era incapaz de imaginar cómo era posible que los civiles hubieran ido a parar a la zanja. Aterricé el helicóptero, me desabroché el cinturón y salté fuera. El motor todavía funcionaba y me llegó una ráfaga de aire del rotor de cola. Vi como el sargento Husky pisoteaba algo y grité para evitar el ruido del rotor. Le pregunté si podía hacer algo para ayudar a la gente de la zanja. Me respondió que lo único que podía hacer para ayudarles era liberarles de su miseria. Un joven oficial de infantería, el teniente segundo William Calley, salió de la zanja y me preguntó sobre qué diablos estaba haciendo yo en tierra. Añadió que nada de lo que allí pasaba era asunto mío y que él estaba al mando allí.

>> Me fijé que algunos miembros del pelotón de Calley habían visto la escena. Un soldado, Stanley, estaba apartado unos 100 metros, vigilando el perímetro. Luego supe que no participó. Nos miraba, asustado, y escuchó algo que Calley le decía a Husky sin que yo me diera cuenta: “No le gustará cómo estamos llevando esto pero aquí el jefe soy yo”.

>>Volví al helicóptero y arranqué. Unos minutos sobrevolando la zona me confirmaron lo peor. Había más grupos de civiles abatidos, agrupados en montones o tirados en los caminos. Animales muertos. Las chozas ardían y se veían los efectos de las granadas en los búnkeres antibomba. Me enfurecí. Conmigo mismo y con todo el mundo. Pensé en los nazis y en los crímenes que había visto por televisión, los cuerpos amontonados y las zanjas. Aceleré y comencé a volar bajo a lo largo del poblado, rumbo noreste, hasta que distinguí a un grupo de unos diez civiles, incluidos niños, que corrían hacia un refugio antibombas. Un grupo de soldados los perseguían de vuelta desde Binh Tay, un poblado cercano. Dudé un momento pero algo dentro de mí, un impulso, me hizo decidirme. Aterricé el helicóptero entre los civiles y los soldados y emití un mensaje de ayuda por radio. Acto seguido, le dije a mi tripulación que había que sacar a los civiles de allí. Me dirigí a Colburn, mi oficial de ametralladora, y le dije: “Si los soldados empiezan a disparar a los civiles, enciende eso y vuélalos por los aires”. Colburn se quedó blanco, desconcertado, pero no dijo nada. Mientras yo iba hacia los civiles Colburn bajó del helicóptero, fue hasta el teniente al mando y le dijo que pensábamos sacar a los campesinos del bunker. No estaba muy seguro de poder disparar a sus propios compañeros. El teniente le contestó que la mejor manera de hacerlo era con granadas de mano. Eso aclaró las cosas. Y me hizo me enfurecer todavía más. Les grité a todos que yo iba a hacerlo personalmente y fui hasta el bunker.  Los campesinos vietnamitas me miraban con cara de pánico pero conseguí convencerles para que salieran.

De repente, varios helicópteros aparecieron y emitieron el mensaje de que había un hombre mayor sentado junto a un refugio antibombas en el camino de las tropas. Blasfemé, los insulté, estaba fuera de control. Pensaba que lo iban a matar, así que les rogué gritando que bajaran a ayudar a rescatar a los civiles.  Hubo un silencio y finalmente uno de los pilotos dijo algo por radio, cuestionando la orden. La situación era muy confusa y yo estaba histérico, desde el aire no entendían qué estaba pasando allí. Amenacé con que si la infantería disparaba a los civiles Colburn dirigiría la ametralladora hacia a los soldados. Finalmente, Danny Millians, el oficial de seguridad del helicóptero que volaba más bajo, se dio cuenta de la situación y comunicó por radio al resto que ordenaran a la infantería que dejara de matar. Milians y Livingston, otro piloto, aterrizaron y se llevaron de allí a los civiles: dos hombres, dos mujeres y cuatro o cinco niños. Al sobrevolar la zanja donde habíamos aterrizado en un principio vimos una niña ensangrentada que se movía entre los cadáveres. Bajamos y nos la llevamos. Luego se supo que en realidad era un niño. Su nombre es Dohn Lao.”

Adaptación de las declaraciones del teniente Hugh Thompson Jr. al periodista Seymour Hersh para el libro “4-hour My Lai”, ganador del Premio Pulitzer de Periodismo. Cuatro horas es el tiempo que duró la matanza en My Lai hasta la intervención del helicóptero de Thompson. No se incautó ningún arma aunque el soldado Carter se disparó en un pie, según su propia declaración, para ser evacuado de allí.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

My Lai es hoy Son My. Allí se ha erigido un pequeño museo fotográfico, una placa con los nombres de las víctimas (504) y un monumento dedicado a ellas. Los vietnamitas han apuntalado las chozas quemadas y los refugios derruidos pero manteniendo el mismo aspecto que quedó tras la matanza. También han cubierto con cemento los caminos para fijar las huellas de las botas de los soldados americanos, entremezcladas con otras más pequeñas de los vietnamitas. Eso es, quizás, lo más impresionante.

Son My está a unos 150 km de Hoi An. Para llegar hasta allí contraté un conductor que luego me llevó hasta las ruinas de My Son (80 USD). Un lujo para una persona sola en Vietnam, pero creo que valió la pena. Llovía mucho y cuando llegué al museo-poblado estaba solo, ni un solo turista.

Ni siquiera había un vigilante en la entrada al pabellón donde se exponen las fotografías de Ronald Haeberle (B/N) y otras instantáneas que tomaron los propios participantes en la matanza.  De entre ellas sólo fotografié las que me parecieron menos crudas. Tampoco mencionaré los detalles de la matanza y otros, realmente horribles, aunque los he leído. Prefiero quedarme con la historia de Thompson. Existe un informe, además del libro de Hersh, de un auditor de guerra norteamericano, el comandante Tony Raimondo, que detalla de una forma un tanto macabra todo el horror. Es fácilmente encontrable en Internet.

Para acabar algunos datos adicionales:

En un primer momento la matanza fue declarada por la revista del ejército “Star and Stripes” como un “largo día de batalla sangriento”. La primera investigación, llevada a cabo por un joven Colin Powell, no detectó ninguna anomalía y mencionaba las buenas relaciones del pueblo vietnamita con el ejército norteamericano. En el juicio que se realizó posteriormente en Estados Unidos únicamente se condenó a Calley, a cadena perpetua, pena que fue indultada por Nixon unos días después. Pasó 4 meses en la cárcel. Ninguno de los miembros de la cadena de mando que ordenaron a Calley la “detección y destrucción” de los poblados de My Lai (habían más acciones preparadas) fueron encontrados culpables.

Thompson, Colburn y Andreotta (otro de los tripulantes del helicóptero, éste póstumamente) fueron condecorados en 1998 con la Medalla al Soldado, la más alta condecoración del Ejército Norteamericano. Colburn y Thompson volvieron a My Lai y se entrevistaron con algunos de los supervivientes. Thompson murió en 2006.

Existen varios documentales con entrevistas a los soldados y a los supervivientes sobre la matanza. Concretamente Yorkshire Television y la BBC inglesas, así como PBS, norteamericana, han editado recientemente documentales. Existe una película italiana basado en el libro de Hersh, “My Lai Four”, y Oliver Stone preparaba otra basada también en los incidentes y titulada “Pinkville”.

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Danang es la mayor ciudad del centro de Vietnam y el mejor punto de entrada para explorar la zona, aunque no tiene mucho que ofrecer si no eres aficionado a los casinos o a los resorts de lujo. No obstante sí tiene algo de lo que quiero hablar: China Beach.

Durante la guerra de Vietnam los americanos instalaron en la playa que recorre las afueras de Danang su principal aeropuerto y helipuerto. Miles de soldados iban y venían desde allí a otras partes de Vietnam llegando a convertirse en el aeropuerto con más operaciones del mundo. Es allí donde el Teniente Coronel Kilgore (Robert Duvall) quiere que sus muchachos hagan surf en “Apocalipsis Now” (la zona real donde se filmó está en Filipinas). Aunque sus soldados le advierten de que hay un poblado tomado por el Vietcong en la zona de surf, él decide atacar con los helicópteros —al son de “las Walkirias” de Wagner— con un argumento categórico: “Charlie don’t surf”. Al acabar la matanza deja otra frase memorable: “Me encanta el olor del napalm por las mañanas…ese olor a gasolina…huele a victoria”. Posteriormente, la playa incluso dio nombre a una serie sin mucho éxito de público pero apreciada por la crítica. Hoy, China Beach, todavía se llama así, es una sucesión de resorts de lujo apadrinados por tipos como Greg Norman o empresas como Daewo, y otros apartamentos más cutres y cercanos a la ciudad. Danang es una ciudad dinámica y en crecimiento a base de casinos, campos de golf y resorts, muy enfocada al turista norteamericano pero donde si alguien es aficionado al surf puede recrearse imaginándose parte de Apocalipsis Now.

Hoi An sobrevivió milagrosamente a la guerra.  Históricamente, debido a su emplazamiento en la desembocadura de un río que accede al mar, fue un importante centro de comercio marítimo desde el s.XV hasta el XIX. Hoy es una pequeña ciudad encantadora, de las pocas de Vietnam que aún conserva las casas de dos pisos, con techo de teja, persianas de madera y balcones de hierro características de la colonización francesa. Incluso las paredes mantienen los tonos pastel desgastado. Uno recorre las calles del barrio antiguo y se va encontrando pequeñas galerías de arte, sastrerías, tiendas de farolillos de papel, cafés y restaurantes, y alguna librería de segunda mano. Aunque la mayor parte de las galerías y sastrerías no ofrecen la calidad que prometen (muchas telas son de mala calidad y muchos cuadros se hacen en serie en Taiwan) sí que informándose bien uno puede encontrar algo realmente bonito. Entre las calles se conservan algunas casas antiguas restauradas y conservadas al mínimo detalle que vale la pena visitar. Es una ciudad para descansar, para pasear y curiosear en las tiendas, para comer y cenar en silencio a la luz de miles de faroles de colores: un pequeño lujo en el agitado Vietnam.

Un lugar interesante que se pude visitar cercano a Hoi An son las ruinas de los templos hindús (dedicados a la diosa Shiva) de My Son. Estos templos, construidos entre los siglos IV y XIV d.C. pertenecieron a una civilización extinguida, el reino de Champa, y, aunque no se conservan en tan buen estado, tienen un interés arqueológico comparable al de otros grandes complejos religiosos de la zona como Angkor Wat en Camboya o Bagan en Birmania.

Y una recomendación de hotel, aunque hay muchos y encantadores en el mismo centro (mucho más caros): Nhi Nhi Hotel. Por 30 USD tendréis una bonita y amplia habitación con terraza y una procesión de pequeñas vietnamitas vestidas en kimonos de seda amarillos os acompañarán a la entrada, atenderán todas tus peticiones y os despedirán en coro a la salida. Son tonterías que se recuerdan con nostalgia cuando uno llega a otros sitios más turísticos: por ejemplo la “happy” Thailandia.

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Sapa: Hmongs

Colinas verdes y terrazas de arroz que se escalan una sobre otra entre la niebla. Lluvia y canales de bambú en los arrozales. Búfalos entra la hierba y olor a mojado, a barro, a cascadas. Vestidos de colores y tribus de montaña. Esto es Sapa, una antigua estación de montaña que construyeron los franceses para escapar del calor de Hanoi y que hoy es uno de los centros turísticos de Vietnam. Pero no es agobiante. El clima, frío y húmedo, el viaje en tren, y los hoteles, bastante incómodos, hacen que el turismo de resort no se vea atraído. Una suerte.

Sapa es también el hogar de los pocos Hmong que quedan en Vietnam, de los pocos que quedan en el mundo (la mayoría están en las provincias del sur de China, Hunan, por ejemplo). Quedan pocos porque la mayoría fueron exterminados por los propios vietnamitas en su guerra con Laos (esto no lo explican en el tour; aunque ahora entiendo porque la guía no era vietnamita). La historia comienza a mediados de la década de los cincuenta. Los Hmong vivían en relativa paz y tranquilidad en el norte de Laos cuando la CIA decidió que sería una buena idea establecer allí una base de operaciones para detener el comunismo en la zona. Con la promesa de un buen sueldo, formación militar y un futuro brillante, más de 9.000 hmong (que llegarían a ser 18.000) pasaron a formar parte de un proyecto secreto que pocos años después acabaría con su participación en la guerra de Vietnam, donde intervinieron en muchas misiones. Tras la retirada estadounidense, Vietnam decidió atacar Laos y los hmong fueron perseguidos y aniquilados. No fue hasta finales de 1975 cuando el Gobierno estadounidense decidió dar estatus de refugiado político a los hmong que lo solicitaran. Se calcula que de los 3 millones de Hmong que vivían en la zona sólo 200.000 consiguieron salvarse. Varios miles aceptaron la oferta americana de refugio político y actualmente viven unos 180.000 en Estados Unidos.


Y hace un año Clint Eastwood decidió hacerles un pequeño homenaje. La comunidad que rodea al ex marine agrio y racista de “Gran Torino”, su última película, son hmong. El guionista del film había trabajado con ellos embalando cintas de video en un supermercado, conocía su historia y su olvido, y decidió incluirlos. Los humildes y entrañables vecinos que acaban robándole el corazón al siempre cabreado Eastwood, los “putos amarillos”, no son “coreanos” como los llama él, son hmong. Una gran película que ha rescatado del olvido a los hmong que tratan de sobrevivir en un país cuyas costumbres nada tienen que ver con las suyas.

Volviendo a Sapa, además de los hmong hay siete tribus más viviendo en la zona, de las cuales la más numerosa son los Dzao rojos. Mientras las mujeres hmong llevan vestidos azules o negros con bandas azules en la frente y grandes cestos en la espalda donde llevan de todo, las Dzao llevan grandes pañuelos y vestidos rojos. El mercado, donde coinciden todas las tribus, es un auténtico espectáculo de colores.

El clásico tour para turistas en Sapa, el que yo hice, consiste en lo siguiente: las mujeres hmong esperan a la entrada del hotel a que salgan los turistas y los acompañan, junto con el guía, en todo el trayecto que recorre la zona hasta llegar a sus poblados. Una avalancha de mujeres pequeñas vestidas de azul y negro y cargadas con cestos que colapsan la entrada del hotel. En realidad su único objetivo es venderte cualquier cosa que saquen de las grandes cestas que llevan a su espalda, y tú lo sabes, está claro, pero tienen una habilidad especial para camelarte. Te esperan, te indican el camino, evitan que acabes bañado en barro, y mientras, con su inglés aprendido a fuerza de practicar te van interrogando “Where do you come from?; Are you married?; Do you have children?”. Al final de una caminata de dos horas no puedes evitar comprarles algo. Pero aún así es divertido, porque tú también te enteras de su vida y no resulta tan forzado como entrar en un poblado y ponerse a hacer fotos como si fuera un zoo. Y al final acabas sabiendo donde viven, de que se trabaja su marido o qué hacen cuando hay una boda o un entierro. También que son las mujeres las que traen el dinero a casa (de los turistas), o que muchas se divorcian porque el marido es un vago. En fin, como en Europa.

Nuestra guía, Miay Lai, una chica muy alegre y simpática de 18 años, ya tenía un hijo. Aunque entre los hmong hay una tradición que se parece bastante a la “compra de esposa” —el “Mercado del Amor”, más bien una farsa para turistas— Miay nos dijo que ella había escogido a su marido y rechazado a otro que la perseguía. Y en vez de hacer como muchas hmong y seguir a los turistas, había aprendido inglés por su cuenta para ser guía. Aunque solo ganaba 10 USD por cada tour de 2 días (bastante menos que lo que se saca de vender souvenirs a los turistas), prefería ser independiente. Le pregunté si tenía e-mail para recomendarla (en los tours privados ganan ellos todo el dinero) pero me dijo que no porque todavía no había aprendido el ordenador, estaba en ello. Me dio el teléfono. Y como también quería comprarse una moto al final del tour le di 20 USD para que empezara (una moto de segunda mano vale unos 200 USD en Vietnam).

Si alguna vez vais a Sapa os recomiendo que en vez de pasar la noche en un hotel lo cambiéis por una noche en un poblado hmong (“homestay”). Os encantará esta gente.

 

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Halong Bay significa en vietnamita “dragón descendente” y el nombre viene a referirse a que las miles de islas de roca kárstica que pueblan la bahía fueron creadas por la cola de un dragón que golpeaba contra el mar. La leyenda cuenta que así derrotaron a los barcos chinos hacia el año 40 a.C., una de las múltiples invasiones que los vietnamitas han rechazado a lo largo de su historia. Porque además de a los americanos, los vietnamitas derrotaron a Gengis Khan hacia el 1.250 d.C., y eso es algo que no muchos pueden decir. Los vietnamitas no son cobardes, eso queda claro. No hay más que verlos conducir.

El paisaje de Halong Bay es universalmente conocido. Una bahía de 434 km2 con 775 islas que emergen del mar en un laberinto de escarpadas columnas gris y verde, un lugar declarado Patrimonio de La Humanidad por la UNESCO. Y es un paisaje espléndido, haga el día que haga —lamentablemente muchas veces está nublado—, uno de esos lugares únicos.

La mejor forma de visitar Halong Bay es pagar un tour. Lo dicen las guías, y en el puerto nos encontramos a un donostiarra que venía de Laos en moto y trataba de hacerlo por su cuenta. Le pedían el triple que a nosotros así que le dijimos a nuestro guía que le ayudase un poco. Hablo en plural porque el tour por Halong Bay lo hice en compañía de una pequeña comunidad hispano parlante: Luis Alkor, un madrileño que montó con 18 años su librería y todavía le aguanta y su novia, amantes ambos de la montaña; y Daniela, una argentina residente en Toronto que nos hacía de intérprete. Fue un viaje divertido, compartimos muchas anécdotas de lugares y viajes. Entre ellas me quedo con que la forma mejor de llegar a Machu Pichu es mediante un trekking de cuatro días por los desfiladeros con guías peruanos. Cuando llegas, al amanecer, no hay ni un solo turista. La próxima vez que vaya a Madrid le compraré algún libro. A Daniela la conocí en el hotel de Hanoi, cuando trataba de asimilar si recién llegada de la paz y los resorts de Thailandia todavía seguía en la Tierra o estaba en un planeta dominado por las motos. Un tour por Halong Bay es lo mejor en esos momentos. Un barco de madera, camarotes amplios, servicio por todos lados y paz.

En definitiva, que vale la pena pagar el tour (100 USD) y dormir en algún barco. A pesar de que haya ochenta barcos en la bahía, a pesar de las 3 horas de minibús y a pesar de tener la sensación de que estas de nuevo en la escuela con horarios para comer, cenar y dormir. Y otro consejo: como Hanoi no es una ciudad para quedarse mucho tiempo, pero es una muy buena base de excursiones, contratarlo todo con el hotel, aunque sea un poco más caro (20 USD más caro), te permite dejar tu maleta y no tener que cargar con ella de aquí para allá. Buscad un hotel con buenas referencias de clientes y te lo harán todo. En mi caso, además, los chicos del hotel me invitaron a cenar con ellos un par de veces. Una cena auténticamente vietnamita hablando de fútbol, un placer. Y el dueño me quería comprar la cazadora que compré en Japón, un momento curioso, aunque no llegamos a un acuerdo: 60€ es mucho dinero en Vietnam. Para el que no le importe estar en un hotel modesto pero con gente amable y que se preocupa: Hanoi Phoenix Hotel, en pleno centro, 18 USD la habitación.

 

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